COMENTARIO

 Jr 11,18-12,6 

Se suelen denominar «confesiones» de Jeremías a cinco pasajes del libro (ver nota a 11,1-20,18), en los que el profeta abre su corazón ante el Señor y muestra cuál es su situación interior en una oración llena de confianza. Reciben tal nombre porque recuerdan el conocido libro de San Agustín que lleva ese título.

Algunos piensan que esta primera «confesión» se remonta a los tiempos iniciales de la actividad profética de Jeremías, cuando los sacerdotes de Anatot, su ciudad natal, le hicieron frente porque su predicación servía de apoyo a la reforma religiosa de Josías —el pasaje anterior (11,1-17) podría ser buena muestra de ello—. La reforma iba contra los intereses de esos sacerdotes, ya que pretendía centralizar todo el culto en el Templo de Jerusalén. En cualquier caso, Jeremías se queja ante Dios por la persecución que está sufriendo de sus propios conciudadanos e incluso de algunos miembros de su familia (11,18-21; 12,6). En este sentido, en la tradición cristiana se ha considerado a Jeremías perseguido por los de su familia como figura de Jesucristo, rechazado incluso por los suyos (cfr Mt 13,57; Mc 6,4; Lc 4,24; Jn 7,3-5), y que, como Cordero de Dios, es inmolado por los pecados de los hombres (11,19; cfr Is 53,7; Jn 1,29; 19,31). San Jerónimo, al comentar este pasaje, afirma: «Hay consenso entre todas las Iglesias de que lo que se dice sobre la persona de Jeremías ha de entenderse de Cristo» (Commentarii in Ieremiam 2,11).

Las palabras del profeta, semejantes a las que se pueden encontrar en Job y en los salmos (cfr Jb 21,7-13; Sal 37; 49; 73), expresan el dolor, la perplejidad en la fe y los sentimientos de quien observa el poder y la prosperidad de los malvados, a la vez que experimenta sus personales limitaciones cuando intenta cumplir lo que Dios le pide (12,1-4). La respuesta del Señor parece muy dura: esas pruebas que ha sufrido de parte de los de su casa son sólo el comienzo: ha de aprender a ser prudente y prepararse para hacer frente a situaciones mucho más difíciles (12,5-6).

El hecho de que Jeremías no sólo haya dejado constancia de su desahogo ante el Señor, sino también de la exigente respuesta recibida, deja ver que la aceptó, e invita a responder siempre a Dios con valentía y entera disponibilidad, sin detenerse ante las dificultades. San Juan de la Cruz, comentando este texto, se dirige a quienes manifiestan deseos de servir de veras al Señor pero se resisten a asumir el esfuerzo necesario, haciéndoles ver la necesidad de purificarse y luchar decididamente: «Si tú no has querido dejar de conservar la paz y gusto de tu tierra, que es tu sensualidad, no queriendo armar guerra ni contradecirla en alguna cosa, ¿cómo querías entrar en las impetuosas aguas de tribulaciones y trabajos del espíritu, que son de más adentro? ¡Oh almas que os queréis andar seguras y consoladas en las cosas del espíritu! Si supiésedes cuánto os conviene padecer sufriendo para venir a esa seguridad y consuelo, (…) en ninguna manera buscaríades consuelo ni de Dios ni de las criaturas; mas antes llevaríades la cruz, y, puestos en ella, querríades beber allí la hiel y vinagre puro (cfr Jn 19,29), y lo habríades a grande dicha, viendo cómo, muriendo así al mundo y a vosotros mismos, viviríades a Dios en deleites de espíritu» (Llama de amor viva B, Canción 2ª, nn. 27-28).

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