COMENTARIO
Una nueva acción simbólica: la rotura de un cántaro de barro cuyos trozos caen sobre cascotes ya existentes, significando la suerte reservada a Judá. Se desarrolla en dos momentos, primero en la Puerta de los Cascotes (19,1-13) y luego en el atrio del Templo (19,14-15). A esta acción se sigue el encarcelamiento de Jeremías (20,1-6).
La localización de la Puerta de los Cascotes no es segura. Se suele identificar con la Puerta de las Basuras (cfr Ne 2,13; 3,14; 12,31), que se encuentra en la parte sur de las murallas de Jerusalén, sobre la confluencia de los valles del Tiropeón y de Ben-Hinom. Sobre el Tófet y el valle de la Matanza ver nota a 7,21-8,3.
Si poco antes, al hablar de la visita de Jeremías al taller del alfarero (18,1-12), se contemplaba al artesano con el barro blando entre las manos, pudiendo hacer vasijas de un tipo u otro, e incluso cambiando su forma, y dejando así espacio a la esperanza, ahora se presenta un recipiente de barro ya cocido cuya forma no se puede cambiar. La suerte está echada. Se ha endurecido el corazón del pueblo, que no se ha dejado cambiar por la palabra de Dios (19,15). Por eso, el Señor ordena al profeta que rompa el cántaro para anunciar con esa acción la desgracia que se acerca. Como se quiebra ese recipiente, así Dios destruirá a la ciudad y al pueblo, quedando todo impuro como el Tófet (19,12). La ruina y la destrucción serán absolutas (19,8-9; cfr Dt 28,53-57).
La imagen del barro moldeable y del ya cocido fue utilizada en los comienzos de la predicación cristiana para urgir a la conversión: «Hagamos penitencia mientras vivimos en este mundo —escribe un autor del siglo II—. Somos, en efecto, como el barro en manos del artífice. De la misma manera que el alfarero puede componer de nuevo la vasija que está modelando, si le queda deforme o se le rompe, cuando todavía está en sus manos, pero, en cambio, le resulta imposible modificar su forma cuando la ha puesto ya en el horno, así también nosotros, mientras estamos en este mundo, tenemos tiempo de hacer penitencia y debemos arrepentirnos con todo nuestro corazón de los pecados que hemos cometido mientras vivimos en nuestra carne mortal, a fin de ser salvados por el Señor. Una vez que hayamos salido de este mundo, en la eternidad, ya no podremos confesar nuestras faltas ni hacer penitencia» (Pseudo-Clemente, Epistula II ad Corinthios 8,1-3).
Por primera vez el libro narra una pena corporal de Jeremías (20,1-6). La actividad profética de Jeremías tropezó con continuas dificultades, y este altercado es una muestra más de ellas. Es probable que Pasjur (distinto del que aparece con el mismo nombre en 21,1 y 38,1) fuera un sacerdote encargado de mantener el orden en el Templo. El lugar en el que sufre el tormento es una zona del Santuario, quizá cerca de la puerta de la ciudad llamada de Benjamín, pero distinta de ésta (cfr 2 R 15,35). Como consecuencia de los golpes y el encierro, Jeremías pronuncia una invectiva contra Pasjur, no por haberse opuesto a su persona, sino por resistirse a la palabra de Dios que él declaraba. El nombre de Magor-Misabib, que el profeta da a Pasjur (20,3), significa «terror alrededor» (cfr 20,10), y alude a la situación que le vaticina, en la que los nobles de la ciudad serán deportados, como ocurrió en el 597 a.C. También él, como todos los que debido a su cerrazón no atienden a las palabras que Dios dirige, será responsable de la desgracia que acaecerá a Jerusalén y a su Templo.