COMENTARIO

 Jr 22,20-30 

Conías (v. 24) es abreviatura de Jeconías, otro nombre de Yoyaquín, hijo de Yoyaquim, que, tras la muerte de su padre, subió muy joven al trono de Judá y sólo reinó algo más de tres meses, pues Nabucodonosor conquistó Jerusalén, lo depuso y mandó que fuera deportado a Babilonia, donde permaneció hasta su muerte (cfr nota a 13,15-27; 2 R 24,8-17). Ninguno de sus hijos ni descendientes ocuparía nunca el trono de Jerusalén.

El oráculo va precedido de unas palabras sobre lo que le va a suceder a Jerusalén (vv. 20-23). Los más altos montes de alrededor —los del Líbano al norte, los de Basán al noreste y los Abarim, donde se encontraba el monte Nebo, al sudeste— proclamarán su desgracia. No tendrá ni «amantes» ni «pastores» (vv. 20.22), es decir, nadie que se ocupe de ella, bien sean jefes del pueblo o aliados. El vaticinio propiamente comienza con una amenaza del exilio (vv. 24-27) y termina con el anuncio del fin de la monarquía (vv. 28-30). Yoyaquín, al ser comparado con una vasija rota (v. 28), es la personificación de la destrucción total de Jerusalén. Al apostrofarle «sin hijos» (v. 30), el oráculo declara el final de la monarquía davídica en Judá.

Con Yoyaquín se cierra la serie de los reyes de Judá contra los que Jeremías pronuncia los oráculos contenidos en caps. 21 y 22. En su conjunto, estos textos dejan clara la incapacidad de esos reyes para conducir al pueblo por el camino señalado por el Señor, manteniéndose fieles a la Alianza. El desamparo del pueblo fue, pues, tremendo. Si los profetas y sacerdotes no se habían ocupado sino de sí mismos (cfr 6,13), tampoco los reyes fueron los buenos pastores que se necesitaban.

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