COMENTARIO
Una nueva visión simbólica —semejante a la de Amós (Am 8,1-3) y con el mismo esquema literario que las de 1,11-13: visión, pregunta y explicación— sirve para expresar el juicio de Dios sobre los habitantes de Judá que han permanecido en su tierra y los que habían sido desterrados a Babilonia. La escena se sitúa después de la primera deportación, el año 597 a.C.: Yoyaquín («Jeconías», cfr 22,20-30), junto con muchos nobles y artesanos, habían sido llevados al exilio, y mientras, en Jerusalén, las autoridades babilónicas habían puesto en el trono a Sedecías (cfr nota a 21,1-10; 2 R 24,10-17).
Se explica el sentido de la visión de la cesta con los higos buenos y malos: frente a lo que podían pensar los habitantes de Jerusalén, Dios ve con mayor agrado a quienes fueron llevados al destierro que a los que se quedaron en el país. No debían, pues, sentirse orgullosos de permanecer en su tierra. Los que están lejos «se convertirán de todo corazón» (v. 7; cfr 32,39) y serán el verdadero pueblo de Dios a quienes el Señor protegerá cuando regresen del destierro (v. 6). En cambio, los que se quedaron en Judá y no se convirtieron están llamados a desaparecer (vv. 8-10). San Juan Crisóstomo glosa: «“Como se tira lo que está malo, en lo que no se encuentra nada bueno, así destruiré a todos los que no sirven y van tras la impiedad, sin acordarse nunca de su Señor”. A estos los llama un cesto de higos malos porque no encontró en ellos nada recto» (Fragmenta in Ieremiam 24).