COMENTARIO
Terminados los oráculos relativos a Judá y Jerusalén, llega el momento de recoger los dirigidos a las naciones vecinas. Como introducción a estos oráculos se describe, en una visión simbólica, cómo el profeta recibe una copa donde se contiene la ira divina, símbolo del castigo (cfr Sal 11,6; 75,9; Is 51,17; Ez 23,31-34), y la hace beber a todos los pueblos.
El Señor no es un dios local, como los ídolos de las naciones, sino el único Dios de toda la tierra. Por eso su palabra se dirige a Jerusalén y Judá, pero también a las demás naciones, desde el sur hasta el norte (vv. 19-26): a Egipto, con su variada población; al país de Us, patria de Job (Jb 1,1), quizá situado entre Egipto y Edom, y a Filistea, con sus ciudades más importantes; a los enemigos tradicionales de los israelitas en el sur y en la Transjordania (Edom, Moab, Amón), y en el norte (Tiro y Sidón); a las islas mediterráneas y a las tribus seminómadas del desierto en el norte de Arabia (cfr 9;25; Gn 10,7; 25,3); a los reyes de la desconocida región de Zimrí; a los pueblos más allá de Babilonia (Elam y Media), y a todos los reyes del norte. Se incluye así a todos los pueblos que limitan con Judá por los cuatro puntos cardinales, e incluso a los que están más allá en todas direcciones. Todos experimentarán la ira de Dios, incluido el rey de Babilonia (v. 26), mencionado probablemente bajo una forma enigmática, «Sesac» (cfr 51,41), mediante el procedimiento de cambiar cada una de las consonantes de la palabra hebrea Babel con la consonante que ocupa su misma posición en el alfabeto comenzando por el final.
Quieran o no beber la copa, lo harán inexorablemente (vv. 27-29), pues el señorío de Dios alcanza a todos los pueblos. Nada escapa a sus justos juicios. Ningún delito dentro o fuera de Israel queda impune ante el Señor. Sus juicios alcanzarán hasta los últimos rincones de la tierra (vv. 30-38). El instrumento de Dios será como un león (v. 38), como un torbellino (v. 32), que devorará al pueblo llano y a los gobernantes (vv. 34-36).
Esta sección (vv. 15-38) recopila la enseñanza que está en la base de los oráculos que el profeta dirige a cada una de las naciones (cfr 46,1-51,64). En el texto hebreo de Jeremías —seguido por la Neovulgata y también en nuestra traducción— la sección se encuentra situada en este lugar como anticipo de esos oráculos, que han sido desplazados al final del libro. En el texto griego ha quedado incluida como epílogo a estos mismos oráculos, que han permanecido agrupados en el centro del libro en un orden diverso al del texto hebreo: contra Elam, Egipto, Babilonia, los filisteos, Edom, Amón, los árabes, Damasco, y Moab (cfr nota a 46,1-51,64).