COMENTARIO
El capítulo refiere el mismo incidente en el Templo narrado en 7,1-8,3 (ver nota), ocurrido el año 608 a.C. Contiene un resumen (vv. 2-6) de lo que dijo el profeta en aquella ocasión y las reacciones que produjo (vv. 7-24). Jeremías anunció que el Templo, alrededor del cual giraba la vida religiosa del pueblo y que a partir de la reciente reforma de Josías había visto crecer aún más su importancia, sería destruido y convertido en un montón de ruinas, como le había sucedido al santuario de Siló (vv. 2-6). El vaticinio produjo reacciones tan airadas que los sacerdotes y profetas pidieron su muerte (vv. 7-9). Sólo la intervención de las autoridades del pueblo logró apaciguar los ánimos y permitió que Jeremías saliera vivo de ese lance (vv. 10-19), impresionados quizá por la sinceridad de éste, que estaba dispuesto a arriesgar su vida por ser fiel a su misión profética. Aunque no nos es posible precisar el lugar donde estaba la Puerta Nueva, queda claro el carácter de juicio que tuvo aquella intervención, pues era en las puertas donde se administraba la justicia. En el Nuevo Testamento hay evocaciones claras de este relato en diversos momentos: en las deliberaciones del Sanedrín sobre la condena de Jesús (cfr Mt 26,5-68 y par.), en la sentencia que Pilato dictó (cfr Lc 23,22) y también en el martirio de San Esteban (cfr Hch 6,12-14).
Desde esta primera escena aparecen con todo su dramatismo los conflictos en los que se ve envuelto Jeremías al cumplir lo que el Señor le pide. Sus palabras son duras, y la gente se resiste a aceptarlas, llegando a poner en duda que lo que se enfrenta a sus convicciones proceda de Dios. Pese a todo, Jeremías no se retrae, sostenido en la fortaleza que el Señor le viene otorgando desde que respondió sin vacilar a su vocación (cfr 1,7-10).