COMENTARIO

 Jr 29,1-32 

Continúan las confrontaciones entre Jeremías y los profetas (cfr 27,12-22), ahora en relación con algunas de las circunstancias que se daban en Babilonia. El capítulo se puede dividir en dos partes: la carta de Jeremías (vv. 1-23) y las consecuencias que de ella se siguieron (vv. 24-32). Es posible que Elasá, uno de los portadores de la carta (v. 3), fuera hermano de Ajicam (cfr 26,24).

Poco después del destierro de Yoyaquín y de algunos del pueblo (cfr nota a 13,15-27; 24,1), Jeremías envía esta carta al grupo de los que están deportados en Babilonia. En ella les señala, como ya venía predicando ante el pueblo de Judá, que no deben pensar en un regreso inmediato, tal como le están vaticinando con engaño algunos falsos profetas (vv. 8-9), que además estaban causando problemas con las autoridades babilónicas (vv. 21-23). En cambio, les llama a que organicen su vida en paz en la tierra a la que han sido llevados (vv. 6-7), pues sólo al cabo de setenta años de la deportación se producirá el regreso. Mientras tanto deben llenarse de esperanza y buscar al Señor, al que encontrarán cuando acudan a Él con un corazón sincero (vv. 10-14). Como un inciso, que prepara el trágico final de los profetas Ajab y Sedecías (vv. 21-23), se anuncian grandes desgracias a los que han quedado en Jerusalén. Serán castigados por no haber escuchado las palabras del Señor (vv. 15-20).

El mensaje de Jeremías es el mismo que ya había proclamado al explicar la visión simbólica de las cestas de higos (cfr 24,1-10): los que habían sido deportados tienen esperanza de futuro, pues se convertirán al Señor, pero los que han permanecido en Judá se verán decepcionados por su resistencia a acoger la palabra de Dios. Frente a una interpretación superficial de los sucesos, el profeta enseña que propiamente no es el rey de Babilonia quien ha mandado al pueblo de Judá al exilio, sino el mismo Señor (vv. 4.20-22). Por eso, es lógico que la palabra de Dios les anime a que rehagan su vida en el país al que los ha enviado, y que la misma palabra divina les hable de un regreso, una vez sufridas la pena y la purificación en el exilio. Cuanto les ha sucedido no es una condena irrevocable, pues el Señor quiere el bien de los suyos (v. 11). Dios busca que se arrepientan para restaurar el amor de sus elegidos (cfr 33,3): «[Dios] no viene a condenarnos, a echarnos en cara nuestra indigencia o nuestra mezquindad: viene a salvarnos, a perdonarnos, a disculparnos, a traernos la paz y la alegría. Si reconocemos esta maravillosa relación del Señor con sus hijos, se cambiarán necesariamente nuestros corazones, y nos haremos cargo de que ante nuestros ojos se abre un panorama absolutamente nuevo, lleno de relieve, de hondura y de luz» (S. Josemaría Escrivá, Es Cristo que pasa, n. 165).

Los incidentes narrados en los vv. 21-32 añaden más datos acerca de la persecución que sufrió Jeremías por oponerse en su predicación a los vaticinios de los falsos profetas. El texto recoge de manera un tanto desordenada el vaticinio sobre Semaías, como respuesta a la carta que éste había enviado desde Babilonia pidiendo a Sofonías (cfr 21,1; 37,3; 52,24) que pusiera a Jeremías en la cárcel (vv. 26-27). El profeta de Anatot vaticina que el propio Semaías sufrirá el castigo por haber profetizado en falso (cfr v. 32).

El conjunto del cap. 29 proclama que el único camino que tiene el pueblo para llegar a la vida, es la obediencia a la verdadera palabra profética. Ésta exige la conversión y tiene vigencia permanente por encima de las apariencias superficiales y las expectativas de la generación que la escucha. La dureza con la que se juzga la actitud de Semaías es debida a que ha profetizado sin haber sido enviado por el Señor, y ha hecho concebir esperanzas a los deportados con engaños (cfr v. 31). Los falsos profetas como Semaías con frecuencia gozaban del beneplácito del pueblo ya que pronunciaban las palabras que el vulgo deseaba escuchar para tener una vana tranquilidad (cfr 29,8-9). La lectura de cuanto aquí se narra recuerda la predicación de Jesucristo sobre las dificultades que también encontrarán sus seguidores. Nuestro Señor enseña que el cristiano no debe sorprenderse de sufrir persecución, pues ya la padecieron los profetas (cfr Lc 6,23). En cambio, lo sorprendente sería que quienes no escuchan a Dios ni le obedecen halagasen al discípulo de Cristo. Ése fue el comportamiento de los malos israelitas con los falsos profetas (cfr Lc 6,26).

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