COMENTARIO

 Jr 50,1-51,19 

La serie de oráculos contra las naciones (46,1-51,64) se abría con los dirigidos contra uno de los grandes imperios del momento, Egipto. Ahora se cierra mirando a la otra gran potencia, Babilonia. De ella vinieron las continuas amenazas de invasión en vida de Jeremías, hasta que impuso su yugo sobre Judá y Jerusalén.

A lo largo del libro, Babilonia se veía con simpatía: era el instrumento en manos de Dios para castigar al pueblo elegido por los pecados que habían cometido y para conseguir su conversión. Ahora todo ha cambiado porque Babilonia se ha excedido en sus funciones, ha destruido el Templo y no ha reconocido el dominio del Señor. Por eso, en este largo oráculo las amenazas de destrucción son contundentes y se entremezclan con cantos de esperanza para los desterrados. Se inicia (50,2-20) indicando que Babilonia y sus dioses, Bel y Merodac, serán castigados y que su destrucción dará pie a la restauración de Israel (50,2-7). Dios tendrá misericordia de los extranjeros deportados en Babilonia y aplastará, en cambio, la arrogancia de los nativos, mediante los ejércitos enemigos a los que Él convoca para devastar la ciudad (50,8-16). El texto muestra los cuidados del Gran Pastor por su rebaño, Israel (50,6.17), al que hace regresar a casa una vez purificado, tras castigar a quienes lo han oprimido (50,18-20). Aunque podría pensarse en los medos como el enemigo invasor, no parece que el texto esté pensando en ningún pueblo en concreto, sino que más bien se esté refiriendo genéricamente a una potencia que, como ocurría en los otros casos, viene del norte a ejecutar el escarmiento del Señor (50,3).

Seguidamente (50,21-46) el oráculo vuelve a los anuncios de destrucción. Ésta vendrá desde el norte y llegará hasta los confines del imperio babilónico, es decir, hasta la desembocadura del Tigris y Éufrates («Merataim») por el sur, y hasta la zona fronteriza con Elam («Pecod»), por el este. Los que sembraron la devastación por doquier —eran «martillo»—, serán devastados y quedarán atrapados como una bestia salvaje (50,23-24); sus hombres poderosos —«novillos»— morirán (50,27). La arrogancia y la idolatría de Babilonia serán la causa de que la desolación sea total (50,29-40). La severidad y la inexorabilidad del castigo queda reafirmada por la insistencia en las ideas e imágenes ya aparecidas y por la repetición de las palabras (se menciona la «espada» cinco veces). Y como resumen de lo hasta ahora dicho, el oráculo reafirma que Dios no sólo profiere amenazas, sino que tiene poder para ejecutarlas (50,41-46).

En tercer lugar (51,1-19), abundando en lo anterior, el oráculo enseña que el que combate contra Babilonia es suscitado por Dios, para vengar a su esposa, Israel (51,5). La ciudad que seducía al resto de las naciones no tiene posibilidades de curación a pesar de los remedios que se le han aplicado (51,7-9). Su riqueza y su poder no le servirán para nada frente al poder del Señor (51,10-19). Probablemente el nombre de Leb-Camay (51,1) sustituye al de Caldea, según el mismo procedimiento empleado en 51,41 y 25,26 para designar a Babilonia como Sesac (ver nota a 25,15-38). El Papa San Gregorio aplicará en sentido espiritual las palabras de 51,9 al alma del cristiano que se encuentra en situación de pecado: «A Babilonia se le dan medicinas y, sin embargo, no llega a estar sana, pues el alma, confundida por el mal obrar, oye las palabras y recibe los castigos de la corrección y, no obstante, desprecia volver a los rectos caminos de la salvación» (Regula pastoralis 3,13).

Volver a Jr 50,1-51,19