COMENTARIO
Al final del relato de la vocación del profeta, el Señor había impuesto a Ezequiel un periodo de silencio, hasta que un fugitivo le anunciara la destrucción de Jerusalén (cfr 3,22-27). Así ocurrió el año 586, según la datación que aquí se consigna (v. 21), es decir, un año aproximadamente después de la caída de Jerusalén. Durante ese tiempo de mutismo el profeta de Quebar pronunció los oráculos contenidos en caps. 5 a 24 del libro. Ahora recupera la libertad de palabra y esto significa que, además de pronunciar las palabras que Dios pone en su boca, puede dirigirse por cuenta propia a sus compatriotas deportados para animarles y transmitirles un mensaje de esperanza.
En primer lugar se dirige a los que han quedado agazapados en Jerusalén (vv. 23-29), que siguen considerándose los únicos herederos de la promesa de la tierra (cfr 11,14-21 y nota). El mensaje de Ezequiel es claro: todos han pecado y todos han de sufrir el castigo. Todos, en consecuencia, han de reconocer la soberanía y las decisiones de Dios ante quien nadie debe invocar derechos adquiridos.
Después, el Señor advierte al propio profeta (vv. 30-33) que los deportados, aunque acudan junto a él, no por eso van a ser dóciles a sus palabras; él deberá seguir hablando, le escuchen o no le escuchen (cfr 2,11).
«Como una canción de amor» (v. 32). Significa que los oyentes con frecuencia valoran la belleza del discurso y hasta la profundidad del mensaje, pero no asumen las exigencias que conlleva.