COMENTARIO

 Dn 8,15-27 

Para que Daniel —llamado aquí «hijo de hombre» (v. 17), es decir, hombre— pueda comprender, los seres celestes aparecen como hombres y hablan con voz de hombre. Así en la plenitud de la revelación Dios llegará a hacerse verdaderamente hombre. Responde a la admirable condescendencia de Dios ya que «la palabra de Dios, expresada en lenguas humanas, se hace semejante al lenguaje humano, como la Palabra del eterno Padre, asumiendo nuestra débil condición humana, se hizo semejante a los hombres» (Conc. Vaticano II, Dei Verbum, n. 13).

Por vez primera en la Biblia aparece aquí el ángel Gabriel. Tiene el encargo de comunicar el designio de Dios. Ésta es su misión específica como se dirá más adelante en el libro (cfr 9,21) y como aparece en el Nuevo Testamento cuando lleva el mensaje a Zacarías (Lc 1,11) y a María (Lc 1,26). Respecto de los ángeles (cfr nota a Ex 23,20-33) dice San Gregorio Magno: «Hay que saber que el nombre de “ángel”, designa la función, no el ser del que lo lleva. En efecto, aquellos santos espíritus de la patria celestial son siempre espíritus, pero no siempre pueden ser llamados ángeles, ya que solamente lo son cuando ejercen su oficio de mensajeros» (Homiliae in Evangelia 2,34,8). Y San Jerónimo comenta: «Como la visión trataba de combates y de luchas entre reyes y sucesiones de reinos, Gabriel, que está a la cabeza de los combates, se ocupó de esta tarea. Gabriel se traduce por “fortaleza” u “hombre fuerte de Dios”. Por eso, en el tiempo en el que iba a nacer el Señor, y declarar la guerra a los demonios y triunfar sobre el mundo, vino Gabriel a Zacarías y María» (Commentarii in Danielem 8,16).

La interpretación de la visión no aporta mayor claridad que la que se percibía en sus elementos simbólicos; sin embargo, desvela la dimensión escatológica refiriéndola al tiempo del fin (v. 17), y se señala que la muerte del perseguidor será una acción divina sin intervención humana (v. 25). Éste es en realidad el aspecto de la visión que todavía no se ha cumplido. Mientras llega su cumplimiento, la visión ha de mantenerse en secreto (v. 26), es decir, ha de ser mantenida en la fe. Los «muchos días» que faltan pueden significar que las penalidades que habrá que sufrir van a ser muy grandes, o que no se sabe exactamente cuándo llegará el fin. En cualquier caso tras conocer la visión y ser profundamente afectado por ella, Daniel vuelve a su ocupación normal viviendo al mismo tiempo bajo la tensión que le ha producido (v. 27). Conocer lo que va a suceder no le lleva a abandonar su puesto, como «la espera de una tierra nueva no debe debilitar, sino más bien avivar, la preocupación de cultivar esta tierra, donde crece aquel cuerpo de la nueva familia humana, que puede ofrecer ya un cierto esbozo del siglo nuevo» (Conc. Vaticano II, Gaudium et spes, n. 39).

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