COMENTARIO

 Dn 11,21-39 

A Seleuco IV le sucedió Antíoco IV Epífanes, el «despreciable» del v. 21, usurpando el trono a Demetrio, hijo de Seleuco. Antíoco se fue imponiendo por la fuerza y por intrigas; incluso propició la muerte de Onías III, al que parece aludirse en el «príncipe de una alianza» del v. 22. Pronto se enfrentó también con el rey de Egipto, Tolomeo VI. En los años 170-169 organizó una campaña contra Egipto en la que hizo prisionero a Tolomeo, al parecer aprovechando la traición de sus ministros (vv. 25-26). Aunque trató a Tolomeo con fingida benevolencia por ser hijo de su hermana Cleopatra, en realidad se apoderó de los tesoros de aquel país, y no buscaba la paz que sólo había de venir en el tiempo previsto por Dios, el final (v. 27). Fue a la vuelta de esa primera campaña cuando asoló Jerusalén y saqueó el Templo (cfr 2 M 5,1-21), quizá con la excusa de poner orden en las peleas entre Jasón y Menelao por el sumo sacerdocio. Después se dirigió a Antioquía (v. 28). En el 168 emprendió su segunda campaña contra Egipto, pero tras algunos triunfos hubo de retirarse por la intervención de los romanos, llamados en el texto Quitim (v. 30; ver nota a Is 23,1-18). Enfurecido, a su vuelta entró de nuevo en Jerusalén, saqueó lo que quedaba en el Templo, suprimió el sacrificio diario y erigió un altar dedicado a Zeus (vv. 30-31). Algunos judíos se pusieron de su parte atraídos por el esplendor del helenismo y por los sobornos del rey (v. 32); otros se mantuvieron fieles a su religión y animaron a otros a hacerlo incluso sufriendo la muerte y la persecución (v. 33); otros reaccionaron con la lucha de guerrillas, como los Macabeos (v. 34). El martirio soportado por la fidelidad a la Ley tiene un sentido: servir de purificación ante el momento final que ya está fijado (v. 35). En la perspectiva del libro el motivo de esperanza y de fortaleza es la llegada de ese momento, más que la lucha armada.

La impiedad de Antíoco IV llegó a su colmo al proponerse él mismo como dios —de ahí su sobrenombre de Epífanes, que hace relación a la epifanía o manifestación de un dios— y acuñando moneda en la que él aparecía con los rasgos de Zeus. Tal impiedad es para el autor sagrado el signo de que el final está cerca, pues colma la cólera divina (v. 36). Además Antíoco abandonó el culto a Apolo honrado por sus antecesores e introdujo el de Júpiter Capitolino o dios de las fortalezas. No respetó ni al verdadero Dios, ni a los dioses tradicionales de su pueblo (vv. 37-39).

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