COMENTARIO

 Os 6,8-7,16 

Dentro de las dificultades que conlleva discernir los diversos oráculos del libro, en esta unidad se pueden distinguir cuatro denuncias: dos oráculos genéricos de condena a los sacerdotes y a los príncipes por apartarse del Señor (6,8-11; 7,13-16) enmarcan otros dos oráculos en los que se critican las intrigas palaciegas (7,1-7) y los pactos con naciones extranjeras (7,8-12). El motivo común a todos los oráculos es el olvido del Señor: ya sea en el culto, en la política o en la oración, Israel no tiene en cuenta a su Dios.

El primer oráculo (6,8-11) es una reprimenda a los sacerdotes, que son comparados a una banda de ladrones asesinos (6,9); Galaad es una región, aunque otras veces se identifica con el santuario de Betel. No se dice expresamente el pecado concreto de los sacerdotes, a no ser el genérico de idolatría con el que prostituyen a Israel.

El segundo oráculo (7,1-7) es un anatema contra los conspiradores y regicidas que tiene presentes las convulsiones de la época en el reino de Israel. En efecto, Menajem mató al rey Salum y se coronó él mismo como rey (años 747-737), a Menajem le sucedió su hijo Pecajías (737-735), pero un capitán de su ejército, Pecaj, lo mató y reinó en su lugar (735-732). Cuando el libro de los Reyes (2 R 15,13-31) narra estos sucesos emite sobre los reyes el mismo juicio que Oseas (7,7): ninguno de ellos respetó la Ley del Señor. Aquí, el profeta, en su denuncia, se vale de la alegoría de la cocción del pan: el panadero, esto es, el rey, desatiende el horno, es decir, a los magnates conspiradores, consintiendo de esa manera que la masa de pan, probablemente la situación del reino, se recaliente y corrompa.

El tercer oráculo (7,8-12) es una denuncia profética contra la política de pactos con pueblos extranjeros. Los contenidos son muy semejantes a los de un oráculo anterior (cfr 5,1-15 y nota); el pacto político no se queda en una cosa externa sino que es una invitación al sincretismo y al olvido del Señor. Oseas se vale otra vez de una parábola: la de la «torta sin dar la vuelta»; la parte de abajo está quemada, mientras la de arriba no se ha cocido; es decir, las alianzas con Asiria y Egipto no sirven de nada, destruyen una parte de Israel y son inútiles a la otra; Israel se ha portado como «una paloma ingenua» (v. 11), que se ha ido en busca de extraños en vez de volverse a su Señor, que la cazará con la red y la castigará (v. 12). A los oídos de los contemporáneos de Oseas la imagen debía de ser muy expresiva, pues conocían y eran responsables de las circunstancias calamitosas concretas y del abandono de Dios en que habían incurrido. El profeta no es persona distante de los acontecimientos. Sus denuncias están cargadas de dolor. La lectura nos lleva al examen para descubrir si en nuestras vidas, colectiva e individualmente, no estamos cayendo en las mismas «ingenuidades» de la paloma sin cordura, si no sabemos ver la mano de Dios en los acontecimientos y circunstancias en que vivimos.

El último oráculo (7,13-16) parece una reflexión generalizadora sobre lo denunciado antes. Las expresiones de Oseas son muy ricas en contrastes: los israelitas «se apartaron» del Señor (v. 13), y se volvieron «al que no sirve de nada» (v. 16), se «rebelaron» contra su Dios (v. 13), pero como «un arco que falla» (v. 16). Confían en sí mismos y en lo que no es nada, y por eso causan risa más allá de sus fronteras (v. 16). En el fondo, su historia, muchas veces trágica, es la historia de las relaciones de Dios con los hombres, que, tantas veces, tomamos decisiones al margen de Dios y en perjuicio propio.

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