COMENTARIO

 Hch 9,19-31 

Lucas hace notar el vigor de la predicación de Saulo: el ardor que mostraba antes en la persecución de los cristianos (9,1-2), lo renueva ahora en sus controversias con judíos, ya sean de origen palestino (v. 22), o de origen griego (v. 29). Pero del mismo modo se destaca el poder del Señor: el perseguidor (v. 21), el temido por todos (v. 26), ha sido fácilmente convertido por Dios.

San Pablo narra en Ga 1,16-18 que, tras su conversión, se retiró a Arabia; después, volvió a Damasco. Entre las dos estancias pasaron casi tres años, y debió de ser en este segundo período cuando Saulo predica la divinidad de Jesús, con toda su fogosidad y ciencia, puestas ahora al servicio de Cristo (vv. 20-22). Esto admiró y confundió a los judíos, quienes enseguida tomaron medidas contra él. La fuga que se narra después (vv. 23-26) la cuenta San Pablo en 2 Co 11,32-33. El que pretendía capturarle era el gobernador del rey nabateo Aretas, instigado por los judíos de la ciudad.

A continuación (vv. 26-28), se resume la primera vez que Pablo, después de su conversión, se presenta en Jerusalén. Visitó a Pedro, con quien pasó quince días (cfr Ga 1,18), para contrastar su predicación con la de los Apóstoles. Bernabé (cfr nota a 4,32-37) disipó el primer y lógico recelo de la primitiva comunidad ante su antiguo perseguidor.

Por segunda vez San Pablo tiene que huir para evitar su muerte (vv. 29-30). San Juan Crisóstomo explica, con ocasión de este suceso, que en la actividad apostólica hay que poner, además de la gracia, los medios humanos pertinentes: «Los discípulos temían que los judíos hicieran de Saulo un mártir, como habían hecho con San Esteban. A pesar de ese temor le envían a predicar el Evangelio a su propia patria, donde estará más seguro. Veis en esta conducta de los Apóstoles que Dios no lo hace todo inmediatamente con su gracia y que con frecuencia deja actuar a sus discípulos siguiendo la regla de la prudencia» (In Acta Apostolorum 21).

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