COMENTARIO
El relato se centra ahora en la iglesia de Antioquía y en la penetración del mensaje apostólico en el mundo pagano. La iglesia antioquena era una comunidad floreciente, cuya organización presenta rasgos análogos a los de la iglesia de Jerusalén, con algunos aspectos diferenciales. Hay en ella unos ministros ordenados que la gobiernan y atienden con la predicación y los sacramentos (cfr v. 2). Junto a ellos se encuentran profetas y maestros como miembros cualificados de la comunidad (cfr 1 Co 12,28). Los «maestros» eran, en las primitivas iglesias cristianas, aquellos discípulos versados en la Sagrada Escritura que habían recibido un encargo de catequesis. Un documento del siglo II enuncia así el ideal de todo maestro cristiano: «No hablo de cosas peregrinas ni voy a la búsqueda de lo novedoso, sino, como discípulo que he sido de los Apóstoles, me puedo convertir en maestro de pueblos. Yo no hago otra cosa que transmitir lo que me ha sido entregado a quienes se han hecho discípulos dignos de la verdad» (Epistula ad Diognetum 11,1). Sobre los profetas, cfr nota a 11,27-30.
Realizado bajo la moción del Espíritu Santo, el envío de Pablo y Bernabé (vv. 2-3) es al mismo tiempo un acto eclesial, un encargo de la Iglesia, que concreta los designios de Dios y actualiza la vocación personal de los dos enviados. Ayuno y oración constituyen la preparación más adecuada para la empresa espiritual que Pablo y Bernabé se disponen a iniciar. «Primero, oración; después, expiación; en tercer lugar, muy en ‘tercer lugar’, acción» (S. Josemaría Escrivá, Camino, n. 82). Saben bien que no van a realizar una tarea meramente humana y que todo el fruto debe venir de Dios. La oración y la penitencia que acompañan al apostolado no buscan solamente mover al Señor para conseguir sus dones. Quieren sobre todo que la gracia esté presente en sus corazones limpios y en sus labios purificados, de modo que el Señor les acompañe y no deje «caer en vacío ninguna de sus palabras» (cfr 1 S 3,19).