COMENTARIO
Las comidas fraternales fueron frecuentes en las primitivas comunidades y estaban en relación con la celebración de la Eucaristía (cfr 1 Co 11,17-22 y nota); de ahí la relevancia que podía tener, en la práctica, la cuestión de alimentos lícitos o no. Es probable que entre los primeros evangelizadores de Roma se encontraran algunos de Jerusalén que seguían las prescripciones mosaicas y tradiciones judías —sobre el régimen alimentario, la observancia del calendario judaico, de los sábados y otras fiestas—, y que pudieron influir en quienes se convertían al cristianismo. En cambio, otros cristianos que venían del paganismo no se consideraban obligados a ellas, pues sabían que Jesucristo les había liberado de las observancias de la Ley. Los «fuertes» parecen designar a cristianos persuadidos de poder tomar cualquier alimento ordinario en su medio social. Los «débiles» eran aquellos que —cualquiera que fuese su origen, judaico o gentil— mantenían reparos a tomar alimentos considerados impuros. En cualquier caso, no se trataba de grupos o facciones dentro de la comunidad de Roma al modo de los que se produjeron en Corinto (cfr 1 Co 1,10-17).
Pablo enseña que el criterio que debe presidir es el amor y respeto mutuo: hay que ponerse en las circunstancias del prójimo (14,1-12), evitar siempre el escándalo (14,13-23) y seguir en todo el ejemplo de Cristo (15,1-13), acogiéndose con comprensión unos a otros (cfr 15,7). Es en definitiva una catequesis que «nos enseña también a tratar los casos de conciencia a la luz de nuestra relación con Cristo y con la Iglesia» (Catecismo de la Iglesia Católica, n. 1971).