COMENTARIO

 Hb 13,7-19 

Estos versículos son una exhortación a los destinatarios para que perseveren en la doctrina inmutable que han recibido (vv. 7-9.17). La eficacia de su vida depende del «altar» de la cruz, es decir, del sacrificio de Cristo que se renueva en la Eucaristía (v. 10). Los vv. 11-13 se entienden en el contexto del ceremonial judío del gran Día de la Expiación (cfr 9,1-10 y nota). Jesucristo, crucificado fuera de los muros de Jerusalén —lo que también significa abandonar y declarar superado el culto judaico—, ha cumplido en Sí mismo la prefiguración de las víctimas sacrificadas, que eran quemadas fuera del campamento. Como el sacrificio del novillo y del macho cabrío, inmolados por los pecados del pueblo, permitía al sumo sacerdote entrar en el Santuario, así la sangre de Cristo nos ha abierto el camino hacia el Santuario del Cielo. Al participar de su sacrificio, los cristianos tienen la posibilidad de dar sentido sobrenatural a su vida (v. 14), ejerciendo un sacerdocio espiritual mediante el sacrificio de la oración y las buenas obras (vv. 15-16). Finalmente, el autor pide obediencia a los pastores y oraciones por sí mismo (vv. 18-19).

Si la carta estuviera dirigida a la iglesia de Roma, como algunos piensan, el v. 7 podría hacer alusión a Pedro y Pablo.

El v. 8 es una profunda profesión de fe que expresa el fundamento de toda vida cristiana. La doctrina de Cristo es inmutable como Él y terminará por transformar el mundo. Las circunstancias de la vida humana, el trabajo, la vida familiar y social, los afectos, los dolores, todo adquiere en Cristo un nuevo y definitivo sentido. «La Iglesia cree que Cristo, muerto y resucitado por todos, da al hombre luz y fuerzas, por su Espíritu, para que pueda responder a su máxima vocación; y que no ha sido dado a los hombres bajo el cielo ningún otro nombre en el que haya que salvarse. Igualmente, cree que la clave, el centro y el fin de toda la historia humana se encuentra en su Señor y Maestro. Afirma además la Iglesia que, en todos los cambios, subsisten muchas cosas que no cambian y que tienen su fundamento último en Cristo, que es El mismo ayer, hoy y por los siglos» (Conc. Vaticano II, Gaudium et spes, n. 10). De aquí la seguridad y la firmeza de cada cristiano. «Jesús es el camino. El ha dejado sobre este mundo las huellas limpias de sus pasos, señales indelebles que ni el desgaste de los años ni la perfidia del enemigo han logrado borrar. Iesus Christus heri, et hodie; ipse et in saecula. ¡Cuánto me gusta recordarlo!: Jesucristo, el mismo que fue ayer para los Apóstoles y las gentes que le buscaban, vive hoy para nosotros, y vivirá por los siglos» (S. Josemaría Escrivá, Amigos de Dios, n. 127).

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