COMENTARIO
Se ilustra el castigo eterno que espera a los falsos maestros, con tres ejemplos bíblicos bien conocidos: los ángeles rebeldes, el diluvio y la destrucción de Sodoma y Gomorra. En el pasaje paralelo de Jds 5-10, en lugar del diluvio se habla del castigo de los israelitas rebeldes durante el éxodo. En contraste con la condenación que espera a los impíos, Dios otorga la salvación a los que permanecen fieles, como salvó a Noé y Lot. Es éste un estímulo para perseverar en el bien, aunque el ambiente sea contrario.
El v. 4 habla del pecado de los ángeles. «El diablo y los otros demonios fueron creados por Dios con una naturaleza buena, pero ellos se hicieron a sí mismos malos» (Conc. de Letrán IV, De fide catholica). «Esta “caída” consiste en la elección libre de estos espíritus creados que rechazaron radical e irrevocablemente a Dios y su Reino» (Catecismo de la Iglesia Católica, n. 392). La Sagrada Escritura no explica en qué consistió su pecado. Muchos Santos —San Agustín, Santo Tomás de Aquino, p. ej.— piensan que tuvo que ser un pecado de soberbia. La condena de los ángeles ha de servir de escarmiento: aun siendo criaturas privilegiadas, sufrieron una severa pena. Tal castigo ayuda a entender la maldad del pecado.
Parece ser que el pecado más difundido entre los falsos maestros, y que más pervertía a los fieles, era el de lujuria (v. 10), como sucedía en Sodoma y Gomorra (cfr nota a Jds 5-7). Ese vicio ofusca de tal manera la mente que quien está inmerso en él llega a menospreciar «la autoridad del Señor» (cfr Jds 8-10). En cambio, la castidad «es una virtud que hace honor al ser humano y que le capacita para un amor verdadero, desinteresado, generoso y respetuoso con los demás» (Cong. Doctrina de la Fe, Persona humana, n. 12).