COMENTARIO
Los tres ejemplos bíblicos parecen señalar tres vicios fundamentales (cfr v. 8): los israelitas incrédulos y murmuradores que perecieron en el desierto (Nm 14) son paradigma de incredulidad; los ángeles que, rebelándose contra Dios, pecaron con mujeres, para ser, según la tradición judía, aherrojados en el infierno por Dios (Gn 6,1-2; Libro de Henoc 10,4-6; caps. 12 y 13), son manifestación de desobediencia y soberbia; las perversiones de Sodoma y Gomorra (Gn 18,16ss.) son prototipo de impureza. Ver también 2 P 2,4-10.
El v. 7 es una condena explícita de la homosexualidad (cfr Rm 1,24-27; 1 Co 6,9; 1 Tm 1,10). Apoyándose en estos y otros textos de la Escritura, «la Tradición ha declarado siempre que “los actos homosexuales son intrínsecamente desordenados” (Cong. Doctrina de la Fe, Persona humana, n. 8). Son contrarios a la ley natural. Cierran el acto sexual al don de la vida. No proceden de una complementariedad afectiva y sexual verdadera. No pueden recibir aprobación en ningún caso» (Catecismo de la Iglesia Católica, n. 2357). cfr nota a Rm 1,18-32.
«El Señor» (v. 5). En otros manuscritos griegos se lee «Jesús», atribuyendo así más expresamente la liberación del pueblo de Israel de la tierra de Egipto a Cristo, e interpretando así el Antiguo Testamento a la luz del Nuevo, que es su plenitud.
«El castigo de un fuego eterno» (v. 7) manifiesta el carácter irrevocable del juicio divino. La fe de la Iglesia se ha hecho eco de esta expresión al ilustrar las penas que los condenados sufren en el infierno (cfr nota a Ap 20,7-10). Sin embargo, la existencia del infierno, y de los otros «novísimos», es doctrina cristiana, revelada no para provocar terror, sino para estimular a la conversión y a la perseverancia en el bien: «Solamente en esa visión escatológica se puede tener la medida exacta del pecado y sentirse impulsados decididamente a la penitencia y a la reconciliación» (S. Juan Pablo II, Reconciliatio et paenitentia, n. 26).