COMENTARIO
Para ilustrar mejor la maldad del comportamiento de los «intrusos» (cfr v. 4), el autor sagrado acude (vv. 9-10) a la leyenda popular recogida en el apócrifo La Asunción de Moisés, según la cual, cuando San Miguel iba a enterrar el cuerpo de Moisés, el diablo intentó arrebatárselo. San Miguel se lo impidió pero no injurió al diablo, sólo apeló al juicio de Dios. Ver también nota a 2 P 2,10-19.
Con otros tres ejemplos bíblicos (vv. 11-13) destaca la conducta perversa de los falsarios: Caín (Gn 4,3; cfr 1 Jn 3,12), Balaán (Nm 31,16; Ap 2,14; cfr 2 P 2,15), Coré y sus seguidores que se rebelaron contra Moisés (Nm 16).
Los falsos maestros no tienen inconveniente en asistir a celebraciones de los cristianos, pero llevan una vida amoral. Participan en las comidas fraternas —ágapes— de los cristianos (cfr nota a 1 Co 11,17-22), donde dan rienda suelta a su gula y propagan sus errores. Son así una «mancha» (v. 12). El término griego traducido de esta manera equivale a escándalo. Originariamente significa «escollo», es decir, una roca que está a flor de agua y es por tanto peligrosa para la navegación, pero también puede traducirse por «mancha», en sentido propio o moral, como hace la Neovulgata. Comenta San Beda: «Manchado está el que peca. El pecado mismo es una mancha que contamina a quien peca» (In Epistolam Iudae, ad loc.). Son «nubes sin agua», porque «no tienen en sí la fecundidad de la palabra divina» (Clemente de Alejandría, Exegesis in Iudam, ad loc.).
«Dos veces muertos» (v. 12). Quizá se refiere a que su apartamiento de la fe es peor que el estado anterior al Bautismo (cfr 2 P 2,20-22).