COMENTARIO

 Ap 12,13-18 

El ataque de la serpiente se contempla ahora desde la situación de la Iglesia que sufre. La mujer que da a luz un Hijo varón es imagen de la Madre del Mesías, la Virgen María, y de la Iglesia que, «cumpliendo fielmente la voluntad del Padre, también ella es constituida Madre por la palabra de Dios fielmente recibida» (Conc. Vaticano II, Lumen gentium, n. 64). Mediante la Iglesia los cristianos se incorporan a Cristo, contribuyendo al crecimiento de su Cuerpo (cfr nota a Ef 4,13). En este sentido puede decirse que la Iglesia es la Mujer que engendra a Cristo.

La lucha que soporta la Iglesia contra los poderes del mal viene aquí descrita con representaciones del éxodo, ya que también aquél fue el momento de máximo peligro para el pueblo de Israel. Dios lo llevó entonces por el desierto «en alas de águila» (Ex 19,4), es decir, de forma extraordinaria, superior a las posibilidades humanas. Cuando el profeta Isaías anuncia la liberación del cautiverio en Babilonia, también dice que subirán con alas de águila (cfr Is 40,31). La Iglesia, a lo largo de la historia, goza de esa misma protección divina para vivir la unión con su Señor representada por el desierto. El período de «un tiempo, dos tiempos y medio tiempo» (v. 14), que es lo mismo que tres años y medio, es considerado —por lo menos a partir de Dn 7,25— como el tiempo convencional de cualquier persecución.

El río de agua (v. 15) simboliza las fuerzas destructivas del mal, que proceden del demonio. De igual modo que en el desierto del Sinaí la tierra se tragó a los que se rebelaban contra Dios (cfr Dt 16,30-34), así serán anuladas esas fuerzas en su ataque contra la Iglesia, pues, como prometió el Señor, «las puertas del infierno no prevalecerán contra ella» (Mt 16,18). No debe extrañarnos, por tanto, que la Iglesia sufra persecuciones: «No es algo nuevo. Desde que Jesucristo nuestro Señor fundó la Santa Iglesia, esta madre nuestra ha sufrido una persecución constante. Quizá en otras épocas las agresiones se organizaban abiertamente; ahora, en muchos casos, se trata de una persecución solapada» (S. Josemaría Escrivá, El fin sobrenatural de la Iglesia).

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