De la comunión espiritual
Como al fin de cada una de las siguientes Visitas al Santísimo Sacramento se persuade la comunión espiritual, es justo explicar aquí en qué consiste y el grande fruto que alcanza quien practica tan loable ejercicio. La comunión espiritual, según enseña Santo Tomás, consiste en un deseo ardiente de recibir a Jesús Sacramentado y en un abrazo amoroso como si ya lo hubiésemos recibido.
Cuán agradables sean a Dios estas comuniones espirituales y cuántas gracias por este medio comunique a las almas fervorosas, el mismo Salvador lo dio a entender a aquella sierva suya, sor Paula Maresca, fundadora del Monasterio de Santa Catalina de Sena, en Nápoles, cuando la hizo ver, como se refiere en su vida, dos vasos preciosos, uno de oro y otro de plata, y le dijo que en el de oro conservaba sus comuniones sacramentales y en el de plata sus comuniones espirituales. Este ejercicio se halla acreditado no solo por la autoridad de los doctores místicos, que lo alaban e inculcan encarecidamente a los fieles, sino también por el uso de las almas devotas que lo practican: siendo esta devoción tan útil es al mismo tiempo la más fácil. Por eso decía la beata Juana de la Cruz, que la comunión espiritual se puede hacer sin que ninguno nos vea, sin ser preciso estar en ayunas, y que se puede hacer en cualquier hora; porque no consiste más que en un acto de amor; basta decir de todo corazón: Jesús mío, creo que vos estáis en el Santísimo Sacramento. Os amo sobre todas las cosas y deseo recibiros ahora dentro de mi alma, y ya que no os puedo recibir sacramentalmente, venid a lo menos espiritualmente a mi corazón; y como si ya os hubiere recibido, os abrazo y me uno todo a Vos. ¡Ah Señor! No permitáis que jamás me aparte de Vos. O más breve: Creo, mi Jesús, que estáis en el Santísimo Sacramento; os amo y deseo mucho recibiros; venid a mi corazón; yo os abrazo; no os ausentéis de mí.