Decenario al Espíritu Santo - Advertencias
1ª. Mi primera advertencia es, que al escribir este Decenario que dedico a la Divina Esencia, Dios, es mi intención escribirle, para dárselo como prueba de cariño, por lo mucho que aprecio y estimo a todas las almas que habiendo dejado el mundo, sólo anhelan, quieren y buscan, con grande deseo de su alma, el dar gusto y contento en todo a Dios y, cueste lo que cueste, quieren santificarse para asegurar con esto la posesión de Dios eternamente.
Sólo para esta clase de personas escribo este Decenario.
2ª. Cuando he tratado, visto y hablado almas que aspiran a la santidad, y que desconocen el camino que a ella conduce con toda seguridad, se me apena el corazón, y es grande por esto mi pena.
Para ayudarlas a conseguir lo que desean con tan grande deseo de su alma, voy a decirlas lo que a mí me ha sido dado y enseñado por un sapientísimo Maestro, que es fuente y manantial de Sabiduría y Ciencia.
Él ejerce su oficio de Maestro en el centro de nuestra alma y todas sus enseñanzas se encaminan a hacernos ver en qué consiste la santidad verdadera, y por qué caminos hay que ir para adquirirla y, una vez adquirida, no perderla.
Es grandemente consolador el asistir a esta escuela y ver cómo se aprenden las lecciones, por torpe que uno sea, y cómo se siente uno allí lleno de vigor y fuerzas para emprender, aun lo más arduo y difícil, cueste lo que costare el conseguirlo, sin vacilar, por cosa alguna que salga a su encuentro.
Todo se consigue, todo se adquiere con la ayuda y sutileza que tiene para enseñar este tan hábil Maestro; con qué claridad nos hace ver las astucias de nuestros enemigos y cómo nos enseña a vencerlas; en fin, entrad en esta escuela, que es la vida interior, donde se aprende el propio conocimiento y el conocimiento de Dios, y después, con la práctica propia, si os digo verdad, en todo lo que os he de decir en este Decenario.
3ª. La víspera de empezar este Decenario, que es la víspera de la Ascensión gloriosa de Nuestro Divino Redentor, os habéis de preparar, con resoluciones firmes, para emprender la vida interior, y emprendida esta vida, no abandonarla jamás.
No pongáis vuestros ojos en lo que cuesta; ponedles en lo que vale; siempre ha sido así: el costar mucho lo que mucho vale. ¿Y qué es el trabajo que ponemos en el propio conocimiento, para lo que por ello se nos da?
¡Oh qué glorioso es el morir uno a sí mismo para no tener vida sino en Dios! ¿Quién podrá, ni imaginar siquiera, lo que es vivir en Dios y endiosados?
Con palabras no se puede expresar; se gusta, se siente, se experimenta, se palpa, se posee, y no hay palabras para expresar lo que esto es. En fin, no pongamos nuestros ojos en los goces, que traen consigo el no querer nada sino a Dios. Para gozar, una eternidad nos está ya preparada; para padecer por Él, no tenemos más que la vida presente: pues aprovechémonos de ella y padezcamos por Cristo Jesús, nuestro Divino Redentor, cuanto podamos.
¡Oh cuánto tuvo que padecer y qué caro le costó el amarnos por sólo hacernos dichosos para toda una eternidad! Pues, cueste lo que costare a nuestra naturaleza, a santificar nuestra alma y a dar gusto a Dios en todo. Así sea.