Libro - El Escapulario de la Virgen del Carmen

ÍNDICE
- Introducción: Un doble fin - La cuestión histórica - El contenido teológico - Fecundidad espiritual - Dos escollos.
- CAPÍTULO I. El origen histórico: S. Simón Stock - La visión - Una confirmación - El ambiente histórico - Aceptación unánime - Algunos detalles.
- CAPÍTULO II. La gran promesa: La preservación del infierno - Los privilegiados - La extensión a los de fuera de la Orden - Las condiciones requeridas - La colaboración humana - Una dificultad - Vasto campo de acción - Un gran privilegio.
- CAPÍTULO III. El privilegio sabatino: Origen del privilegio - Aprobaciones de la Iglesia - Bases sólidas - Significado y extensión - Justificación teológica - Las condiciones - Dos aspectos de una única realidad.
- CAPÍTULO IV. El escapulario y la maternidad espiritual de María: Doble función - La Maternidad espiritual - Los hijos adoptivos - La mediadora - Pacto de alianza - El hábito de María.
- CAPÍTULO V. La consagración a la Virgen: Doctrina tradicional - El significado de la consagración - La imitación de María - Milicia mariana - El reino de María.
- CAPÍTULO VI. La devoción del escapulario: Nociones generales - La devoción a la Virgen - La devoción del escapulario - Varios grados - La difusión en el mundo - La enseñanza y el ejemplo de los Papas - Actualidad constante.
- CAPÍTULO VII. La fiesta de la Virgen del Carmen: La conmemoración solemne - La fiesta del escapulario - La fiesta fuera de la Orden - En la Iglesia universal.
- CAPÍTULO VIII. La cofradía del Carmen: Las primeras cofradías del escapulario - Espiritualidad de la cofradía - Erección de la cofradía - Los miembros de la cofradía - El escapulario - La medalla - Obligaciones de los cofrades - Privilegios e indulgencias - Una familia.
- Conclusión: Armonía perfecta - La práctica - Una declaración importante.
INTRODUCCIÓN
El S. Padre Pío XII, en un precioso autógrafo del once de febrero de 1950, enviado a los Superiores Generales de la Orden Carmelitana con ocasión del VII centenario del escapulario, afirma que la devoción a la Virgen del Carmen "está largamente difundida entre los fieles, con copiosos frutos espirituales" (1). En efecto, esta devoción, conocida y en uso entre los fieles desde el siglo XIV, se extendió de modo singular en los siglos XVI y XVII, y es todavía, junto con el S. Rosario, una de las más difundidas en la Iglesia. Millones de corazones, esparcidos por todo el mundo, atestiguan por medio del escapulario su gratitud y su amor a la Reina del cielo, anticipando las notas del himno triunfal que, después de las luchas y las pruebas de la vida superadas con su ayuda materna, le cantarán eternamente en el paraíso.
Las excepcionales garantías de protección y de salvación por parte de la Virgen, el uso universal de la Iglesia y la suave experiencia de tantas almas confieren a esta devoción, tan querida por los cristianos de todo tiempo, un prestigio y una autoridad indiscutible. Sin embargo, se encuentran a veces personas, incluso piadosas y cultas, que plantean dudas e incertidumbres sobre su utilidad. La desconfianza asume formas y gradaciones múltiples. Desde las almas temerosas que no visten el escapulario por miedo a que el uso de un objeto material sea obstáculo para la interioridad de su fe, se llega al desprecio de quien niega al sagrado hábito todo fundamento histórico o ve en su culto una especie de fanatismo religioso. Estas dudas e incertidumbres no pueden provenir sino de una absoluta incomprensión de los valores espirituales encerrados en esta devoción, y de la ignorancia de los estudios más recientes sobre su origen y sobre su difusión.
Lamentablemente, en Italia faltan libros que hablen del Escapulario de modo orgánico y completo. En 1950 comenzó la publicación de una Bibliotheca Sacri Scapularis de la cual han salido hasta ahora tres volúmenes (2). La colección es de grandísimo valor histórico y documental, pero por su método rigurosamente científico, por el uso de la lengua latina, y también porque, al estar terminada, comprenderá muchos tomos, no puede tener una gran difusión. Por otra parte, muchos libritos sobre los privilegios y las indulgencias del escapulario que se distribuyen a los fieles que se inscriben en la cofradía, por su planteamiento y finalidad, son incompletos y a veces ingenuos. Lo mismo debe decirse de muchas revistas populares que hablan del escapulario y narran las gracias a él atribuidas. Consideramos por ello cosa útil proponer de modo accesible a todos, pero en base a documentos seguros, la doctrina del escapulario, su historia, sus privilegios, sus exigencias de carácter moral y espiritual. La renovación y la fecundidad de esta devoción no pueden venir sino de una revalorización de la doctrina tradicional transmitida socialmente por la Orden Carmelitana.
Un doble fin
Con este estudio nos proponemos un doble fin, ilustrativo y defensivo. En primer lugar, pondremos en evidencia la fundamentación histórica y teológica de la devoción al escapulario, su vitalidad y la eficacia santificante, sus reflejos morales y su perfecta armonía no solo con los principios de la Fe sino también con las exigencias religiosas de nuestro tiempo. Esta indagación nos ayudará a descubrir muchas verdades y muchos detalles que escapan a los observadores apresurados y superficiales, que demasiado a menudo ponen en duda, o desprecian aquello que no han logrado penetrar, o encuentran en contraste con sus ideas personales.
La exposición llana y serena de la historia y de los elementos constitutivos de la devoción al escapulario aclarará muchos puntos oscuros y disolverá de la manera más convincente las objeciones que ella ha encontrado en su camino a través de los siglos, y que todavía son repetidas por quienes no la conocen a fondo. De este modo, sin alargarnos en polémicas verbales, acerbas y habitualmente inútiles, presentaremos la defensa más segura del escapulario, mostrando la validez de sus principios. Nuestra exposición está ordenada de modo que disuelva las acusaciones de los malévolos, disipe las incertidumbres de los tímidos, justifique la conducta de cuantos han depositado en el escapulario su consuelo y su esperanza, y anime a todos los fieles a usar este medio para atestiguar su devoción a la Reina del cielo y asegurarse su protección materna en vida y en muerte. Nuestro propósito es esencialmente pastoral: queremos ayudar a las almas a sacar el máximo fruto de esta devoción secular.
"Entre los católicos, se ha observado, no digo todos, pero la mayor parte, (al menos en ciertas regiones), pertenecen a la compañía del escapulario, es decir millones y millones. Pero ¿cuántos son los que lo llevan con las debidas disposiciones? ¿Cuántos los que corresponden al pensamiento y al amor de la buena Madre, que viven, aman, piensan, juzgan como conviene a hijos de María? Es necesario confesarlo, en obsequio a la verdad, aunque sea para vergüenza nuestra: son pocos, poquísimos. La mayoría lleva el hábito, se dicen devotos de la Reina del Carmelo; pero su devoción se reduce a la sola formalidad de vestir el hábito, y luego a alguna visita a la iglesia de la Orden, a alguna abstinencia, a cuatro Ave Marías, y basta... Es, pues, de suprema importancia conocer mejor cuál es el espíritu de esta devoción que debe inflamar nuestra vida, para hacernos dignos hijos de María y merecedores de sus ternuras y de su protección" (3).
La cuestión histórica
Para profundizar el conocimiento del escapulario y para tener una visión general de los problemas que le atañen es necesario considerarlo bajo el triple aspecto: histórico, teológico, espiritual. El valor de un rito y de una práctica devocional depende en primer lugar de la aprobación de la Iglesia y de su conformidad con las verdades reveladas. Sin embargo, el estudio de los orígenes y de su desarrollo histórico ayuda a comprender su significado primitivo y a coordinar los diversos elementos que forman parte del mismo. Por ello nosotros trataremos en primer lugar de la visión de S. Simón Stock, que está en la base de la devoción al escapulario y de sus privilegios.
En los últimos tiempos, con la afirmación de la crítica histórica, han surgido dudas sobre la autenticidad de esta visión, dudas que han causado un cierto enfriamiento por parte de algunos sectores de la opinión pública, especialmente de la más cualificada, en relación al hábito del Carmen. Las investigaciones más recientes han aportado una contribución notabilísima a la historia del escapulario, disipando sombras y llenando muchas lagunas. El trabajo de investigación y de evaluación de los documentos no ha concluido aún, pero el descubrimiento de fuentes de información antiquísimas y hasta ahora desconocidas, ha dado a los orígenes del escapulario una base segura y es una garantía de nuevas y cada vez más válidas afirmaciones. No pretendemos presentar aquí un estudio crítico de las fuentes, porque ha sido realizado con rara competencia por el R. P. B. Xiberta (4). En el marco de la practicidad que nos hemos impuesto, intentaremos sintetizar y poner en conocimiento de los lectores lo mejor que nos ofrece la literatura del escapulario. Acudimos a documentos y estudios ya publicados y presentamos las conclusiones más seguras y positivas.
El contenido teológico
La cuestión histórica no es la principal en el estudio de una devoción; el problema central es el de su valor intrínseco. Cuando la Iglesia aprueba una nueva forma de culto o de devoción, se fija menos en su origen histórico que en su ortodoxia, es decir en la conformidad con los principios de la Fe y de la moral católica, y en su eficacia en la santificación de las almas. Cuando luego una devoción ha sido juzgada útil, y por tanto aprobada por la Iglesia, nadie tiene derecho a combatirla, no obstante las eventuales dificultades históricas que pueden surgir. Se puede todavía, por ejemplo, investigar sobre los orígenes del S. Rosario y sobre la contribución de S. Domingo a su divulgación, pero no es lícito disentir ni discutir sobre su bondad objetiva y sobre la utilidad práctica de esta forma de oración que los Sumos Pontífices han aprobado y recomendado repetidamente a los fieles.
La Iglesia no ignora las dificultades y las objeciones opuestas al escapulario en el plano histórico, dificultades ahora en gran parte resueltas. A pesar de ello, lo ha aprobado repetidamente con documentos públicos y oficiales, porque lo ha encontrado plenamente conforme a la doctrina católica y útil para su afirmación. Por esto también nosotros haremos seguir a la exposición histórica algunas observaciones de carácter teológico, para poner de relieve las verdades dogmáticas sobre las cuales está fundada la devoción del escapulario y que la justifican ampliamente. "Todos saben, escribía el difunto P. Gabriel de S. María Magdalena, que la precisión y la solidez de una doctrina espiritual, dependen de su explicación y de su motivación teológica, y es un rasgo de la espiritualidad moderna, un rasgo suyísimo y laudabilísimo, la necesidad de ver fundamentada en los principios de la doctrina sagrada, la práctica de la vida interior" (5).
Veremos en particular cómo los privilegios del escapulario están fundados en la maternidad espiritual y en la mediación universal de la Virgen. Estos maravillosos atributos de la Virgen Santa encuentran en el hábito del Carmen, una confirmación y una nueva actualización que nos llena de consuelo y de esperanza. La vinculación con el dogma pone de relieve el valor universal del escapulario y confiere a esta forma de devoción un carácter doctrinal que la preserva del formalismo y de la penosa ilusión de que todo se reduzca a llevar materialmente el hábito, sin penetrar su significado profundo y sin responder a sus exigencias espirituales. La armonización con la fe explica también cómo la devoción del escapulario ha podido durar tantos siglos, en las situaciones más diversas y hostiles, y cómo se adapta a toda condición de personas, a los simples y a los doctos, a los jóvenes y a los ancianos.
Fecundidad espiritual
El escapulario tiene también unas exigencias ascéticas que merecen ser puestas de relieve. Algunos escritores y predicadores se preocupan solo de hacer resaltar los privilegios, ciertamente maravillosos, de los que el escapulario está enriquecido y descuidan su contenido espiritual y sus postulados en el plano de la vida vivida. Este modo de actuar causa incomprensiones y equívocos. Muchos ven en la devoción del Carmen una práctica puramente externa, superficial. Este empobrecimiento hace perder al escapulario gran parte de su prestigio y de sus atractivos. La causa por la cual la mentalidad de muchos cristianos ha cambiado con respecto al escapulario, y ha disminuido la estima por él, es la falta de penetración de los valores íntimos y de la eficacia santificante que lo distinguen.
El S. Rosario revela en seguida su belleza tanto por las oraciones que lo componen como por la meditación de los misterios de la vida de Jesús y de la Virgen; la piadosa práctica de los primeros viernes del mes aparece útil porque incluye el uso de los SS. Sacramentos; el escapulario, si se considera solo en su materialidad, no demuestra ninguna influencia en la vida y en el mejoramiento espiritual de quien lo viste. Es necesario, por tanto, profundizar su significado y poner en evidencia su dinamismo interior.
La tradición ha considerado siempre el escapulario como un símbolo de consagración a María, una profesión pública de dependencia y de amor hacia la Reina del cielo. Esta dedicación, cuando es sincera y total, se traduce en un esfuerzo de buena voluntad, en una actitud de confianza y de esperanza conservada incluso en las horas de mayor incertidumbre y trabajo, en una fiel y constante imitación de las virtudes de la Madre de Dios, de las cuales el hábito es un continuo recuerdo, un memorial extremadamente expresivo. El escapulario significa y realiza las más estrechas relaciones entre los fieles y la Virgen, relaciones de hijos y de madre, y por ello mismo implica un programa de vida profundamente cristiana, una continua ansia de perfección, un trabajo constante de purificación que nos haga dignos de las predilecciones y de la protección de la Reina de los Ángeles.
También los privilegios ligados al Escapulario, la preservación del infierno y la liberación del purgatorio, suponen una correspondencia voluntariosa a la benevolencia de María. Estos privilegios no deben, por tanto, absorber toda la atención de quien se reviste del Escapulario; debe darse una gran importancia a la fidelidad que ellos exigen de nosotros. María no habría hecho promesas tan muníficas si estas no aprovecharan a la gloria de Dios y a nuestra santificación personal. Pío XII ha recordado muy oportunamente que "por estar revestidos del escapulario no se debe creer poder conseguir la salvación eterna, abandonándose a la pereza y a la inactividad espiritual" (6).
Dos escollos
Para responder a estas exigencias y a la espera de los fieles, intentaremos evitar dos tendencias extremas que podrían influir de modo dañino en el estudio del escapulario:
- El criticismo que no tiene en cuenta más que el documento histórico, descuidando la aprobación de la Iglesia y el sentido de los fieles.
- La presunción de salvarse con el uso material del escapulario, sin las disposiciones internas equivalentes y las buenas obras.
El valor del escapulario está ante todo en la voluntad de consagrarse al culto de María, de ponerse enteramente a sus dependencias como hijos y siervos, conservando en el corazón la certeza de que ella vigilará sobre nosotros como madre tiernísima, será generosa con sus gracias como reina munificentísima. A esta suavísima Madre y Reina encomendamos nuestro trabajo, y le rogamos que tome bajo su protección a todos los que lo leerán, ayudándoles en las pruebas de la vida, confortándoles en la hora de la muerte, llevándolos a todos al cielo, a la gloria de Dios.
CAPÍTULO I - El origen histórico
El escapulario es una parte del hábito monástico, y desde la antigüedad fue usado por los religiosos de muchas órdenes. La Regla de S. Benito hablaba ya de un escapulario vestido durante el trabajo, tal vez para conservar las vestiduras ordinarias: scapulare propter opera (1).
El escapulario usado por los religiosos consiste en el presente en dos largas tiras de tela de un color determinado, vestidas sobre la túnica y colgantes de las escápulas, de las cuales toma el nombre. El que llevan los fieles, como signo de su afiliación a una orden religiosa, tiene dimensiones muy reducidas, está formado por dos rectangulitos de tela unidos por dos cintas, y se lleva colgando del cuello, bajo las vestiduras ordinarias.
En la orden carmelitana el escapulario fue siempre considerado como una parte importante y significativa del hábito religioso. El capítulo general celebrado en Montpellier en 1287, prescribe que la capa blanca esté abierta en el pecho para que el escapulario y el resto del hábito sean visibles (2). Las constituciones de la orden establecen que los religiosos vistan el escapulario incluso de noche y cuando celebran la santa Misa, y determinan penas para quienes se lo quitan por cualquier motivo (3).
La devoción al escapulario de la Virgen del Carmen y su difusión en el mundo están históricamente ligadas a una visión atribuida a S. Simón Stock.
S. Simón Stock
S. Simón nació en Inglaterra, en la segunda mitad del siglo XII. Siendo aún joven se unió a los monjes del monte Carmelo. En 1245, el primer capítulo de la Orden celebrado en occidente, le confió el oficio de Prior General, que él ejerció hasta la muerte, acaecida en Burdeos en 1265. Se le atribuyen muchos milagros obrados en vida y después de la muerte. Encontramos su fiesta en Burdeos en 1435, en Irlanda en 1458, extendida a toda la Orden Carmelitana en 1564 (4).
S. Simón fue un hombre de gran virtud, de intensa laboriosidad, y contribuyó de modo decisivo a la afirmación y a la difusión de la Orden Carmelitana en Europa, en medio de dificultades sin número.
Formada en el monte Carmelo, en Palestina, en el espíritu de Elías y en el culto de la Santísima Virgen, la Orden Carmelitana tenía al inicio del siglo XIII una fisonomía y una estructura contemplativa. Los religiosos vivían en celdas separadas, diseminadas en el yermo, "como abejas del Señor que melifican en la dulzura espiritual", como testimonia el célebre historiador de las cruzadas, Jacobo de Vitry, obispo de Tolemaida, en 1221 (5). Se reunían raramente y solo de modo ocasional se ocupaban del apostolado externo. La Regla escrita por S. Alberto, patriarca de Jerusalén, en torno a 1210, ordenaba a los monjes del Carmelo pasar el día y la noche en oración: "die ac nocte in lege Domini meditantes et in orationibus vigilantes" (6).
Poco antes de 1240, bajo la presión de las cimitarras de los mahometanos, los ermitaños del monte Carmelo fueron obligados a emigrar a Europa, donde encontraron notables obstáculos para conservar el género de vida y la organización que tenían en oriente. S. Simón, apenas elegido general, propuso al capítulo la adaptación de la Regla a las exigencias del nuevo ambiente. Se estableció que los religiosos podían construir sus conventos ya sea en los yermos como en otros lugares donde fuera posible vivir en recogimiento, y se les permitió aplicarse a los estudios y a las obras de apostolado. Obtenida en 1247 la aprobación del Papa Inocencio IV a los cambios introducidos en la Regla, S. Simón se prodigó en la fundación de nuevos conventos en Inglaterra, Alemania, Francia, España, Portugal, Italia.
El florecimiento de la Orden que se estaba desarrollando bajo la dirección del santo general, se detuvo muy pronto, a causa de persecuciones y de incomprensiones. Se decía que la Orden estaba en contraste con el Concilio Lateranense IV que en 1215 había prohibido la fundación de nuevos Institutos religiosos. La acusación era infundada porque los carmelitas, aunque hubiesen venido a occidente hacía pocos años, eran de origen mucho más antiguo, y aún antes del Concilio lateranense habían tenido del mismo Legado pontificio en Palestina, una Regla propia que había sido luego aprobada por Honorio III en 1226. Por algunas partes se intentaba también impedir a los Carmelitas el ejercicio del apostolado, con la excusa de que no era según el espíritu primitivo de su Orden.
En esta atmósfera de tensión y de lucha se inserta la aparición de la Virgen y el don del escapulario.
La visión de S. Simón
Ante las dificultades que se renovaban a cada momento, S. Simón recurrió a la protección de la Virgen, patrona de la Orden, pidiendo un signo de salvación. Y la Virgen respondió con prontitud materna. La narración más antigua de la histórica visión es la siguiente:
"S. Simón de Inglaterra, sexto general de la Orden, rogaba con insistencia a la gloriosísima Madre de Dios, para que dotase de algún privilegio a la Orden de los Carmelitas, que se honra con el título de la misma Virgen, y repetía con gran devoción: Flor del Carmelo, vid floreciente, esplendor del cielo, Virgen y Madre singular; Madre dulce, que no conoció varón, a los carmelitas concede un privilegio, estrella del mar. La Bienaventurada Virgen, con una multitud de ángeles se le apareció teniendo en sus manos benditas el escapulario de la Orden y diciendo: este será para ti y para todos los Carmelitas el gran privilegio, que quienquiera que muera con este (el escapulario que la Virgen mostraba) no padecerá el fuego eterno, sino que se salvará" (7).
Este relato se encuentra en un Santoral carmelitano del siglo XIV, del cual se conservan diversas redacciones. Algunas son más largas y añaden variantes y detalles, como el apellido Stock atribuido a S. Simón, pero todas convergen en la sustancia con la que hemos transcrito, que es la más breve y la más antigua. Más aún, la parte central del relato, es decir, la oración de S. Simón y la visión de la Virgen, son referidas en todas partes casi con las mismas palabras (8). Esta convergencia hace pensar en una fuente única, más antigua, de la cual todos beben.
Digno de relieve es también el estilo simple y natural del relato, contenido en una nota hagiográfica de S. Simón, tomada muy probablemente de algún necrologio oficial u oficioso de la Orden. La ausencia de toda forma de exaltación excluye la intención de lanzar una nueva devoción. El valor de este testimonio depende de la antigüedad de los documentos en los que está contenido. El Santoral que refiere la visión de S. Simón estaba ciertamente muy difundido en la segunda mitad del siglo XIV. De hecho, antes del fin del siglo había tomado diversas formas de las cuales se conocen al menos cuatro. El P. Xiberta hace justamente observar que si desde el siglo XIV llegaron hasta nosotros no menos de cuatro redacciones del Catálogo de los Santos, del todo conformes en la sustancia del relato, el mismo Santoral, y con él la narración de la visión de S. Simón, se debió transcribir muchísimas veces. Es, por lo tanto, lógico suponer que tal relato estuviese difundido en toda la Orden, y tal vez también fuera de ella, en la segunda mitad del siglo XIV (9).
Un examen crítico y objetivo de los documentos hace remontar el relato tradicional de la visión a al menos algunas décadas antes. Es muy probable, en efecto, que una redacción del Santoral deba atribuirse a Juan de Chimineto, el cual en su Speculum, compuesto en 1337, anunciaba la intención de escribir la vida de los Santos Carmelitas (10). Entre el Speculum y el Santoral hay coincidencias verbales y una notable afinidad en el modo de concebir la historia de la Orden. Si se tiene presente que el autor no inventaba la vida de los Santos, sino que bebía de documentos anteriores, como él mismo afirma a menudo, por ejemplo para la vida de S. Alberto, uno se acerca mucho a los orígenes del Escapulario.
De todos modos, el texto primitivo del Santoral, que contiene la redacción más breve por nosotros reportada, es ciertamente anterior a 1350. No se encuentra en él, de hecho, el nombre Stock que desde 1360 todos los catálogos dan a S. Simón. No se citan las bulas de Clemente VI y de Juan XXII insertadas en los textos sucesivos (11), y se dice solo que la Orden Carmelitana llevaba el título de la B. Virgen, mientras que durante todo el siglo XIV la Orden reivindicó, a través de ásperas luchas, el nombre de "hermanos de la B. Virgen". Se remonta, por lo tanto, a los primeros lustros del siglo XIV, o a finales del siglo XIII, cuando estaban aún vivos muchos religiosos que habían conocido al Santo, el cual había recorrido muchas naciones de Europa para visitar sus conventos. Es oportuno notar que no hay ningún documento posterior al Santoral por nosotros referido, que cuente la vida de S. Simón Stock, o de otros Santos Carmelitas, incluso de los más famosos como S. Alberto de Sicilia. El relato de la visión del Escapulario se encuentra, por tanto, en los textos más antiguos de la Orden que se refieren a S. Simón, y se puede considerar seriamente documentado.
La antigüedad de la narración viene confirmada por algunos detalles históricamente indiscutibles. Las redacciones más amplias del Santoral, de composición posterior a la citada pero siempre de la segunda mitad del siglo XIV, afirman que en aquel tiempo en Inglaterra también muchos nobles laicos llevaban el Escapulario en obsequio a las promesas hechas por la Virgen a S. Simón (12). Si se tiene en cuenta que la narración habla de una práctica en uso entre muchas personas, y que la difusión de una devoción nueva ocurre siempre muy lentamente, y encuentra notables dificultades, especialmente cuando está ligada a una visión particular, como en nuestro caso, este hecho hace suponer que el escapulario debiese ser conocido ampliamente desde la primera mitad del siglo XIV. La suposición está confortada también por el reciente descubrimiento de dos manuscritos, hecha pública por el P. B. Xiberta en Analecta O. C. XX (1957) p. 156 sq. Se trata del manuscrito de un Misal Carmelitano del convento de Londres de 1393, y de un códice bambergense del mismo periodo, de los cuales resulta que la oración de S. Simón, el Flos Carmeli, en aquel tiempo había ya entrado en la liturgia carmelitana. Como esta oración por los documentos contemporáneos resulta ligada a la visión del escapulario, se deduce de ello que la misma visión en la segunda mitad del siglo XIV debía ser universalmente conocida y muy apreciada por toda la Orden. De lo contrario, no se explicaría su inserción en los libros litúrgicos. Esta estima y aceptación universal se explican solo admitiendo un origen mucho más antiguo. La historicidad de la visión adquiere mayor seguridad y evidencia si es puesta en relación con la personalidad espiritual del vidente, y con las circunstancias en las que ocurrió.
Una confirmación
Sabemos con certeza que S. Simón era devotísimo de la Virgen. Todos los documentos más antiguos transcriben el Flos Carmeli, la oración que él dirigía a la Virgen Santa a favor de su Orden. Esta invocación, impregnada de suave lirismo y de dulcísimo encanto, revela toda la ternura del Santo por la Madre de Dios (13). Es fácil pensar que, entre las dificultades encontradas en el gobierno y en la difusión de su Orden, S. Simón haya recurrido a la Virgen, a la que había saludado con los nombres más bellos y significativos: "flor del Carmelo, estrella del mar, madre dulce".
La devoción de S. Simón a la Virgen y la costumbre de invocarla en las dificultades para obtener ayuda y consuelo, nos viene documentada con autoridad por el carmelita Guillermo de Sanvico, que probablemente estaba ya en la Orden a la muerte del Santo, porque en 1287 estaba presente en el capítulo general de Montpellier, como definidor de la provincia de Tierra Santa. Después de haber asistido en 1291 a la masacre de los cristianos en la ciudad de S. Juan de Acre, ocupada por los musulmanes, el Sanvico escribió una crónica de los hechos principales relativos a la historia del Carmelo en oriente y en Europa (14). Entre otras cosas, él narra una visión de S. Simón.
"Viendo el diablo que cuanto más él intentaba impedir la difusión de esta religión, tanto más ella se difundía en las diversas partes del mundo, aquel maligno azuzó contra ella más fuertemente a los rectores y curas de las Iglesias parroquiales... Los Frailes recurrieron a los Prelados diocesanos... Viendo sin embargo que sobre estas controversias no podían tener el favor de los Prelados, rogaban humildemente a la Virgen María, su patrona, a fin de que, como ella los había hecho llegar a aquellas regiones, así los librase de aquellas persecuciones diabólicas. Por tanto, la Virgen María reveló a su prior que ellos fuesen sin temor al Sumo Pontífice Inocencio, porque de él obtendrían un saludable remedio contra estas adversidades" (15).
La crónica se refiere a los tiempos en los que era prior general S. Simón, al cual se debe por tanto atribuir la visión de la Virgen. Este documento es del más grande valor en cuanto que viene de un testigo contemporáneo, que probablemente encontró a S. Simón, y ciertamente habló con muchas personas que lo habían conocido de cerca. Él demuestra no solo la devoción del Santo hacia la Virgen, su confianza y su hábito de invocarla en las dificultades personales y de la Orden, sino que nos hace también saber que era favorecido con visiones y gracias particulares por parte de María.
Para S. Simón la aparición de la Virgen y el don del escapulario no eran una "novedad". Algunos autores, como el P. Xiberta, que es una verdadera autoridad en la materia, y los Padres Coan y Gava, son del parecer de que la visión referida por Guillermo de Sanvico sea la misma visión en la cual la Virgen concedió el privilegio del escapulario (16). De hecho, las dos narraciones, aunque del todo independientes en cuanto al texto escrito, presentan muchas circunstancias afines. Es el mismo Santo que recurre a la Virgen para tener protección y defensa para su Orden, y que es prontamente escuchado de modo milagroso.
La diferencia está en la omisión por parte de Sanvico de toda alusión al escapulario que está en el centro de la visión narrada por el Santoral. Conviene sin embargo notar que el Sanvico describe los hechos de modo rápido, como conviene a una crónica, sin ninguna intención apologética. Él no recurre nunca a documentos o testimonios externos, sino que cuenta solo lo que ha visto y recuerda con precisión. Cuando, por poner un ejemplo, habla de localidades de Palestina, donde había vivido mucho tiempo y que le eran bien conocidas, determina siempre su posición geográfica, lo que no ocurrió con las regiones europeas que no conocía personalmente. Este modo de actuar demuestra su seriedad, y explica cómo pudo haber narrado la visión de S. Simón omitiendo hablar del escapulario, porque a él, que había vivido en oriente, este detalle no le era suficientemente conocido. Además, el Sanvico pretende escribir de la multiplicación de los conventos carmelitas en Siria y en Europa, como resulta del título de su libro. Le interesaba por tanto la visión de S. Simón en cuanto que removía los obstáculos interpuestos a la difusión de la Orden, mientras que el privilegio del escapulario, aún no participado a los fieles, concernía exclusivamente a la vida interna de los religiosos, y merecía toda la reserva de las gracias celestiales.
Se explica así también la omisión, por parte del Sanvico, de cualquier referencia al Flos Carmeli, que todos los autores consideran que era la oración usual de S. Simón en sus recursos filiales a la Virgen Santísima. Si se admite la identidad de sus visiones, la narración del Sanvico adquiere un valor inmenso, como prueba contemporánea del don del escapulario. En cualquier caso este precioso documento contiene una confirmación de lo que es referido por el Santoral pocos lustros más tarde.
El ambiente histórico
La visión de S. Simón adquiere mayor fiabilidad si es encuadrada en el ambiente histórico y si se tienen en cuenta las peripecias de la Orden Carmelitana en aquel periodo. Hemos ya aludido a las dificultades encontradas por el Carmelo en Europa. Dificultades internas y de organización, debidas al cambio parcial del género de vida, primero estrictamente contemplativa y luego también apostólica; y dificultades externas creadas por aversión y contrastes de intereses, que culminaron con el intento de hacer suprimir la Orden. Eco de tales dificultades son las intervenciones del Papa Inocencio IV que el 27 de Julio de 1247 escribía a los arzobispos y Obispos que acogieran a los Carmelitas que pidiesen erigir conventos en sus diócesis, y el 4 de octubre del mismo año exhortaba a los fieles de todo el mundo a ayudar a los Carmelitas en sus fundaciones (17).
Era natural para los hijos de Elías dirigirse en semejantes trances a su Madre y Reina, María Santísima. Ellos estaban convencidos de haber sido socorridos prodigiosamente por ella varias veces en otras circunstancias. Cuando en 1225 habían acudido a Honorio III para tener la confirmación de su Regla, habían encontrado una fuerte oposición por parte de algunos Cardenales, que influían negativamente en el ánimo del Pontífice.
"Pero la sacratísima Madre de Dios María... interrumpiendo las tinieblas de la primera noche, mirando al Sumo Pontífice Honorio III con los ojos de su maternidad casi altivos, y temperando con amenazador rigor la dulzura de la clemencia, le amonesta a no diferir el condescender a los deseos de los solicitantes... Dichas estas cosas desapareció la Santísima Virgen, y el Papa, habiéndose repuesto, se pone a rezar, y en seguida espolea a los suyos con todas las fuerzas a favor de la Orden para que no fuese más maltratada a perpetuidad" (18).
Pocos años después, hacia 1230, los ermitaños están indecisos sobre si quedarse en Palestina o emigrar a Europa. Según refiere el Sanvico, es de nuevo la Virgen quien interviene como salvadora. El prior "exhortado por la Beata María durante el sueño, dio el permiso a algunos hermanos de abandonar la Tierra Santa, y de regresar a sus propias regiones a edificar monasterios de la misma religión" (19). El recuerdo de estos hechos estaba vivo entre los carmelitas a mediados del siglo XIII, y contribuía a alimentar su confianza en medio de las dificultades.
En esta atmósfera de ásperas luchas y de confiada espera, la visión de S. Simón encuentra su marco históricamente apropiado. Conscientes de su condición de hijos predilectos y privilegiados, los religiosos recurren a la Virgen, y ella, como tantas otras veces, responde y salva. La intervención de María explica el cambio progresivo de la situación de la Orden en este periodo. Mientras que antes había tenido que sostener persecuciones extenuantes, en los años sucesivos obtiene el reconocimiento del derecho de ciudadanía en la Iglesia, e inicia un maravilloso desarrollo. En el capítulo celebrado en Toulouse en 1265 para dar un sucesesor a S. Simón, entonces difunto, participaron representantes de todas las naciones de Europa. Podemos por tanto concluir que los documentos históricos encuentran una válida confirmación en las circunstancias siguientes: S. Simón era devotísimo de la Virgen y era por ella favorecido con gracias especiales; los Carmelitas habían sido varias veces socorridos por la Virgen de modo prodigioso y depositaban en ella toda su confianza, invocándola en todas las dificultades; la Orden, antes objeto de acusaciones y de persecuciones, comenzó en este tiempo a reflorecer de un modo humanamente no esperable y alcanzó en breve un desarrollo maravilloso que muy difícilmente se puede explicar sin una intervención de origen superior.
Aceptación unánime
La narración de la visión de S. Simón contenida en el Santoral, es aceptada unánimemente y repetida por todos los autores carmelitas del siglo XV, los cuales demuestran, con su modo de actuar, que en la Orden era considerada como fuera de toda duda. La visión es por ellos recordada como algo admitido por todos, y hecha objeto de comentarios y de panegíricos. Los testigos principales de esta gloriosa tradición son P. Juan Grossi, prior general de 1389 a 1430, Tomás Bradley, elegido obispo de Dromore en Irlanda en 1450, Nicolás Calciuri, carmelita de Mesina que escribió en 1461, Balduino Leersio fallecido en 1483, Arnoldo Bostio, del convento de Gante, fallecido en 1499, Juan Paleonidoro, carmelita de Malinas, profeso en 1456 y fallecido en 1507 (20).
La visión de S. Simón entra ya también en la iconografía y se tienen pinturas de la Virgen con el Escapulario en la mano o en acto de liberar a las almas del purgatorio. Se pueden ver los cuadros de la Iglesia del Carmen de Palermo y de Corleone que son de la segunda mitad del siglo XV y son atribuidos a De Vigilia o a un discípulo suyo.
La devoción al Escapulario se difundió enormemente en el siglo XVI, La visión de S. Simón es conocida y admitida por todos, incluso fuera de la Orden y es insertada en las lecciones del Oficio de la Virgen del Carmen aprobadas en 1609. Benedicto XIV en su libro, escrito cuando era Cardenal, Arzobispo de Bolonia, sobre las fiestas del Señor y de la Virgen, afirma; "Se dice que la Bienaventurada Virgen, dando el escapulario al beato Simón, haya dicho: Este será un privilegio para ti y para todos los Carmelitas; quien muera con esto, no padecerá el fuego eterno... Creemos que la visión es verdadera y que como verdadera debe ser considerada por todos" (21).
En 1642 el doctor Launoy, de París, en contraste con la tradición trisecular, sostuvo en un libro suyo, que nadie habla de la visión de S. Simón antes del Paleonidoro que escribió en 1495, y que está demasiado lejano de los hechos narrados para tener alguna autoridad (22). El Launoy era un hombre docto, pero muy discutible, expulsado de la universidad de París por ser amigo de los jansenistas aunque no compartiese su doctrina, violento adversario de la infalibilidad pontificia, de la Inmaculada Concepción y de la Asunción corporal de María. Sin embargo fue seguido por algunos escritores que pusieron en duda la autenticidad de la visión del Escapulario, considerando que no había documentos anteriores al siglo XV (23).
El descubrimiento de manuscritos, que se remontan a la primera mitad del siglo XIV, ha quitado a estas dudas toda consistencia. El P. Bartolomé Xiberta ha podido demostrar que los documentos hasta ahora conocidos nos llevan muy cerca, tal vez al tiempo mismo de S. Simón. Su libro De visione S. Simonis Stock que hemos utilizado y citado varias veces, fruto de una investigación esmerada y paciente, conducido con rígido método científico, demuestra eficazmente la superficialidad del Launoy y de sus repetidores, que son aún bastantes, y recoge una documentación histórica que sitúa la visión de S. Simón entre los hechos más seguros. Él mismo, en un artículo en el cual resume "el estado actual de las investigaciones históricas", observa: "La búsqueda de los documentos para la historia Carmelitana está muy lejos de estar completa; también en nuestro argumento por ello no deben excluirse nuevos documentos. Justamente en estos días, por ejemplo, se me ha comunicado el descubrimiento de una nueva redacción del antiguo Santoral, que se encuentra en Bruselas, en la biblioteca nacional (24). Es una redacción abreviada, independiente de la redacción más concisa que hemos transcrito arriba, y es una de las fuentes del texto impreso en el Speculum Carmelitanum de 1680. En él es reportado todo el sentido de la visión del escapulario y puesta de relieve la noticia del uso de revestirse del escapulario. Sin duda esta es la obra que bajo el título de Legendae abbreviatae es atribuida por la Biblioteca Carmelitana a Juan de Hildesheim, el célebre secretario de S. Pedro Tomás, fallecido en 1375. En efecto viene a continuación de un grupo de obras de dicho autor, y presenta singulares puntos de contacto con la obra suya mejor conocida, el Defensorium Ordinis Carmelitarum. Tendríamos así un nuevo testimonio del siglo XIV. ¿Deberemos por tanto leer todavía en los libros eruditos que el primero en hablar de la visión fue Paleonidoro en 1495 (Launoy) o Juan Grossi en 1430 (Lexicon fur Theologie und Kirche)? " (25).
Algunos detalles
Los documentos más antiguos narran la visión de S. Simón con extrema sobriedad, dejando en la sombra muchos detalles que se pueden determinar solo con aproximación. Acerca del tiempo en el que tuvo lugar la aparición sabemos con certeza que ocurrió durante el generalato de S. Simón, es decir entre 1245 y 1265. Las circunstancias nos hacen suponer que haya ocurrido en los primeros años, cuando la Orden tuvo que atravesar situaciones muy críticas, mientras que después tuvo un periodo de tranquilidad durante el cual se pudo difundir por toda Europa. La visión referida por Guillermo de Sanvico debe de haber sido un poco anterior a 1252, en el cual año se tuvo la prometida intervención del Papa a favor de la Orden (26). Si la visión del Escapulario es la misma, o al menos ocurrió en el mismo tiempo, como todo deja suponer, estaría fundada la opinión común que la fija en el año 1251. Considerando que esta fecha sea la más probable, la Orden Carmelitana celebró en 1951 el VII centenario del Escapulario, al cual aportó una contribución de prestigio y una garantía moral el precioso autógrafo de Pío XII, que tuvimos ocasión de citar varias veces (27).
El día y el mes en el que ocurrió la aparición es todavía más incierto. La fiesta de la Virgen del Carmen, que se remonta a la segunda mitad del siglo XIV, se celebraba en Inglaterra el 17 de Julio, y en las otras naciones el 16; pero no sabemos si los Carmelitas, eligiendo este mes y día para agradecer a la Virgen todos los beneficios recibidos, estuviesen guiados por una tradición relativa a la visión del Escapulario, o por otros criterios. No conocemos ni siquiera el lugar donde la visión ocurrió. El P. Xiberta considera probable que haya tenido lugar en Aylesford, porque S. Simón habría vivido mucho tiempo en este convento por él fundado y del cual habría sido superior antes de llegar a ser general, pero ningún documento histórico confirma esta hipótesis. En el VII centenario del escapulario una reliquia insigne del Santo fue tomada de Burdeos, donde se veneran desde hace siglos sus restos, y transportada a la iglesia del convento de Aylesford, hace poco restaurado por la Orden.
Estas lagunas históricas desagradan a nuestra curiosidad de estudiosos, y más aún a nuestro corazón de hijos deseosos de conocer cuanto se refiere de algún modo a nuestra Madre celestial, pero no nos asombran, ni inciden en nuestra devoción. No conocemos con certeza ni siquiera ciertos detalles relativos al nacimiento y a la infancia de Jesús y de María. La ausencia de lo accesorio debe centrar toda nuestra devota atención en la grandeza del don materno.
CAPÍTULO II - La gran promesa
Los documentos más antiguos son unánimes al afirmar que la Virgen se apareció a S. Simón teniendo entre las manos el escapulario de la Orden, pero no dicen que se lo haya entregado. La noticia de la entrega del escapulario, la encontramos en algunas redacciones posteriores, y parece un añadido. La iconografía ha explotado excesivamente este detalle. El don de María no consiste en el escapulario en sí mismo, que era ya conocido y usado con anterioridad por los Carmelitas y por otros religiosos, sino en la prometida preservación del infierno. También en la aparición a S. Catalina Labouré, la Virgen no entregó ninguna medalla, sino que mostró la forma que debía tener la medalla milagrosa y las imágenes a imprimir en ella. La importancia y la dignidad del escapulario del Carmen están ligadas a los maravillosos privilegios con los que la Virgen lo quiso graciosamente enriquecer, haciendo de él un símbolo de su materna predilección.
El privilegio principal del escapulario, concedido directamente a S. Simón, es la preservación del infierno; posteriormente se añadió la liberación anticipada del purgatorio, es decir, el privilegio sabatino.
La preservación del infierno
La primera y más grande promesa de María es la de preservar del infierno a quienes mueren revestidos de su escapulario. A S. Simón que pedía un signo de protección y de salvación para su Orden, la Virgen dijo: "Este será para ti y para todos los Carmelitas el privilegio (solicitado): cualquiera que muera con este (el escapulario que ella mostraba), no padecerá el fuego eterno". En todas las relaciones del siglo XIV y del siglo XV la promesa de María es referida con una de estas fórmulas: "in hoc moriens salvabitur, quien muere con él será salvo", o bien, "in hoc moriens aeternum non patietur incendium, quien muere con él no padecerá fuego eterno". Las dos expresiones son del todo equivalentes en cuanto a la sustancia y en algunos códices se usan ambas como mutua explicación. En las redacciones posteriores se atribuyen a la Virgen, además de las referidas, también otras palabras que son como una introducción o un comentario a la gran promesa repetida siempre en los mismos términos (1).
María prometió a S. Simón preservar del fuego eterno y llevar al paraíso a los Carmelitas que murieran con el escapulario. Es superfluo subrayar la grandeza de este privilegio. La salvación eterna es el único problema esencial del hombre, el objetivo de toda su vida y actividad. Todo lo que aclara y concurre a resolver este problema se reviste de una importancia decisiva. "No se trata de cosa de poca monta, observa Pío XII, sino de la adquisición de la vida eterna, en virtud de la tradicional promesa de la Beatísima Virgen: se trata de hecho de la empresa más importante y del modo seguro de realizarla" (2). Es por tanto de sumo interés determinar ahora a quién se concede este privilegio, y bajo qué condiciones.
Los Privilegiados
Las palabras de María no dejan ninguna duda sobre la determinación de las personas favorecidas: "Este será el privilegio para ti y para todos los Carmelitas, hoc erit tibi et cunctis Carmelitis privilegium". La promesa de la Virgen de librar del infierno a quien muere con el escapulario está hecha a los religiosos carmelitas que siempre han considerado a la Madre de Dios como su madre y reina. S. Simón, el vidente, era el superior general de la Orden y para ella había pedido un signo de protección: "Carmelitis da privilegium". La gran promesa es la respuesta de María a la oración confiada de todo el Carmelo, oración que había encontrado su más alta expresión en las invocaciones ardientes de S. Simón. El gesto materno de María manifiesta su predilección por una categoría determinada de personas.
Las circunstancias encuadran perfectamente las palabras de María y nos ayudan a descubrir el sentido por ella pretendido. A causa de dificultades internas y externas, a las cuales hemos aludido arriba, la Orden estaba atribulada por dudas e incertidumbres. El desánimo serpenteaba por todas partes. Algunos religiosos pensaban en la posibilidad de abandonar su Instituto para encontrar en otro lugar una vida más tranquila. Las discusiones sobre la legitimidad de la Orden amargaban y alejaban las vocaciones. Acogiendo la oración de sus hijos, María promete la vida eterna a quien entra a formar parte de su Orden y persevera en ella hasta la muerte. "Morir con el escapulario" significa precisamente llevar el escapulario de la Orden hasta la muerte. Con esta gran promesa María alejaba del Carmelo todo temor, favorecía de modo maravilloso su difusión, consolidaba a sus religiosos en sus santos propósitos. Podemos por lo tanto concluir con seguridad que "la promesa de la vida eterna fue concedida a favor de aquellos que llevan el hábito de la Orden, esto es de los frailes que perseveran en la Orden hasta la muerte" (3). El Bostio se ha preocupado de notar que no solo los Carmelitas que vivían en tiempo de S. Simón, sino también sus sucesores habrían usufructuado este privilegio (4). Los favorecidos por la Virgen son los Carmelitas; la Virgen ha ligado sus promesas al escapulario en cuanto es el hábito de la Orden e importa la fidelidad a un determinado género de vida.
La extensión a los laicos
Sabemos sin embargo con certeza que menos de un siglo después de la muerte de S. Simón muchos nobles ingleses vestían el escapulario de la Virgen para gozar del privilegio de la preservación del infierno: ratione huius magni privilegii. Nos lo refieren algunas redacciones del Santoral varias veces citado, que se remontan a la segunda mitad del siglo XIV (5).
¿Cómo ha ocurrido y cómo se explica la participación de los laicos en esta promesa hecha por la Virgen a una familia religiosa bien determinada? Para comprenderlo es necesario recordar brevemente una página de la historia religiosa. Entre las Órdenes antiguas estaba muy difundida la costumbre de la afiliación espiritual. Personas piadosas, obligadas a vivir en el mundo, se asociaban a una Orden religiosa, compartían de ella los ideales de santidad y en parte también los métodos de perfección. La Orden los consideraba como sus miembros, aunque de categoría diversa a los profesos, y extendía a ellos sus privilegios y su asistencia espiritual. Los Benedictinos tuvieron desde los orígenes unos colaboradores que se llamaban oblatos. Los religiosos mendicantes dieron un gran impulso a la afiliación con su vida apostólica. Agustinos, Dominicos, Franciscanos, tenían muchos gregarios que vivían en el mundo, aun participando del espíritu de la Orden y llevando como distintivo alguna parte de su hábito. También el Carmelo tuvo sus afiliados, los cuales llevaban el escapulario.
El escapulario, como hemos visto arriba, es una parte importante del hábito carmelitano, símbolo y distintivo de los hijos de Elías. Cuantos lo visten son agregados a la Orden y hechos partícipes de sus privilegios espirituales y de sus deberes morales. Los primeros escapularios llevados por los laicos reproducían en pequeño el de los religiosos, precisamente para significar su afinidad. Aunque el escapulario vestido ahora por los fieles sea muy reducido, según el uso común, sin embargo este es siempre el hábito del Carmelo y representa la participación en la vida de la Orden. En cuanto miembros de la Orden, los revestidos del escapulario participan, como los religiosos, de la gran promesa de María. También para ellos el S. Hábito es estandarte de esperanza y de salvación (6). "El hábito de la Virgen, escribe el P. Felipe de la Visitación, no solo os hace partícipes de los méritos de millones de cofrades esparcidos por todo el mundo, sino que os agrega a la Orden del Carmelo de modo que gustéis sus mejores frutos, según las palabras de Jeremías, cap. 2: Os he introducido en la tierra del Carmelo, para que comáis de sus frutos" (7).
La comunicación de la gran promesa de María a cuantos visten el escapulario, aunque permanezcan en el mundo, está demostrada y justificada por la creencia universal de los fieles, entre los cuales hubo muchos Santos. S. Teresa del N. J. escribía a la señora Pottier: "¡Soy tan feliz de que os hayáis revestido del escapulario! Es un signo seguro de predestinación; y además ¿no os une él más íntimamente a vuestras hermanitas que viven en el Carmelo?" (8). La Iglesia confirma esta creencia tradicional y en muchos documentos oficiales habla de los privilegios del escapulario como de un patrimonio común a todos los fieles que lo visten. En la bula Ex clementi, escrita por Clemente VII en 1530 se dice que todos los fieles los cuales forman parte de la cofradía del Monte Carmelo, llevan el hábito y observan las reglas de la Orden, gozan del nombre de hermanos y hermanas de la misma Orden y participan de sus privilegios (9). El escapulario es por tanto el vehículo material de las promesas de María; la causa formal es la pertenencia a la Orden carmelitana por él significada. El Bostio podía por ello escribir que la Virgen dio el privilegio del escapulario de modo particular a los Carmelitas, y a los fieles por participación (10).
Las condiciones requeridas
De estas premisas es fácil deducir cuáles son las condiciones requeridas para adquirir el gran privilegio del escapulario. La Madre de Dios hizo su promesa a todos los Carmelitas que perseveran en la Orden hasta la muerte, sin exigir de ellos prácticas particulares. Las únicas condiciones son aquellas que surgen de la naturaleza de las cosas. Se pueden reducir prácticamente a tres.
- Recibir el escapulario de persona autorizada y en el modo prescrito por la Iglesia. Con este rito el fiel es afiliado al Carmelo y adquiere el derecho a la participación de sus privilegios. Esta condición es fundamental e insustituible. La Virgen ha concedido los privilegios del escapulario a los Carmelitas. En base a la legislación eclesiástica se entra a formar parte del Carmelo o con la profesión religiosa, es decir con los votos emitidos en la primera, segunda y tercera Orden, o con la vestición del escapulario hecha en el modo prescrito. Insistimos sobre la necesidad de que la imposición del Escapulario sea hecha del modo debido. Esta de hecho equivale a una inserción en la familia Carmelitana, y solo la Iglesia puede determinar el rito jurídicamente válido para inscribirse en una Orden religiosa. La Iglesia ha aprobado la fórmula de la inscripción y precisado quién puede válidamente imponer el escapulario. Si una de estas normas no es observada, el fiel, aunque lleve piadosamente el escapulario, no forma parte de la familia carmelitana, y no tiene derecho a la gran promesa de María, si bien la Virgen pueda siempre premiar, de modo gracioso, la piedad y la buena fe de sus devotos. La imposición del escapulario, en cuanto contiene la afiliación al Carmelo, es la raíz de toda esperanza de salvación fundada en la promesa de la Virgen. Es por tanto de la máxima importancia asegurarse de que sea hecha de modo válido, es decir por un sacerdote autorizado y con el rito prescrito, como explicaremos más adelante (11).
- Llevar el escapulario hasta la muerte. Esta continuidad en el uso del escapulario representa el propósito de perseverar en la Orden. La Virgen no dijo que preservaría del infierno a quien viste el escapulario en vida, sino a quien muere con él. Es necesario por lo tanto llevarlo continuamente sobre la persona para que en cualquier momento que la muerte nos alcance, podamos presentarnos al juicio de Dios con las insignias de María. El P. Vermeersch comenta: "Ellas (las promesas del escapulario) requieren, por su mismo tenor, que la muerte nos encuentre revestidos de la librea de María... María, por lo tanto, como es evidente, pretende compensar la piadosa confianza que se deposita en su intercesión llevando sus insignias, pero no asegura nada al temerario que se sirve del escapulario como de un talismán, y luego osa pecar sin remordimiento. Cesa de satisfacer a las condiciones requeridas para los privilegios del escapulario quien se abandona a la presunción, como falta a las condiciones prescritas por el Sagrado Corazón quien por una deplorable temeridad, vicia alguna de las nueve Comuniones. Los autores pueden por tanto con razón exigir para el escapulario la ausencia de toda presunción hasta la muerte" (12). Si un fiel después de haber vestido el escapulario lo abandona voluntariamente, por negligencia, o porque positivamente no lo quiere llevar más, pierde sin ninguna duda todo derecho a las promesas de María. Si en cambio ha llevado siempre devotamente el escapulario y al momento de la muerte está privado de él por un imprevisto, porque se estaba bañando o porque durante la enfermedad los enfermeros se lo han quitado de encima sin que él se diera cuenta, considero que no pierde un beneficio tan grande. Sin embargo, como las palabras de María se refieren expresamente a aquellos que mueren con el escapulario, es aconsejable imitar el ejemplo de los Santos que no lo deponían ni siquiera por un momento, y tomaban todas las precauciones para que nadie se lo quitase en las enfermedades o en la muerte. S. Juan Bosco fue también sepultado con el escapulario, que fue encontrado entero a la exhumación de su cadáver.
- Vivir como buenos cristianos, en el espíritu del Carmelo. Esta tercera condición surge de las precedentes y es una consecuencia de la afiliación a la Orden. El escapulario es un hábito religioso y quien lo viste se obliga a vivir religiosamente. No se pide a los laicos observar una Regla como la carmelitana. A ellos se pide la práctica de la ley evangélica, y un amor especialísimo a la Virgen, a la cual deben consagrar su vida, esforzándose por honrarla y por imitarla del modo más perfecto posible. Con el escapulario la Virgen Santa pretendía asociar y conservar en la Orden carmelitana, a ella tan querida, elementos seguros, activos, no personas que aun vistiendo su hábito quieren continuar en una vida descuidada, sin programas y sin ideal. Los cofrades del Carmen participan de los privilegios de la Orden en cuanto viven su espíritu, en la medida consentida por sus condiciones sociales y ambientales. Con esta tercera condición se enlaza el problema de la colaboración humana requerida para gozar de los privilegios del escapulario.
La colaboración humana
Sería evidentemente erróneo pensar que sea suficiente vestir y llevar el escapulario para adquirir el paraíso, fuera de todo esfuerzo personal y de toda preocupación íntima. Una semejante interpretación es absurda, contradice a los principios de la Fe, y se presta a desviaciones penosas. "El sagrado escapulario, como veste mariana, es ciertamente signo y garantía de la protección de la Madre de Dios; pero no piensen, advierte Pío XII, aquellos que lo visten, de poder, en la pereza y en la inactividad espiritual, conseguir la vida eterna, amonestando el Apóstol: con temor y temblor obrad vuestra salvación (Fil. II, 12)" (13).
Para quien no quiere fatigarse es confortante el pensamiento de que el escapulario le garantiza automáticamente la vida eterna, cualquiera que sea su conducta. La Virgen ha prometido y no podrá faltar a su palabra; se puede por lo tanto vivir libremente y con toda comodidad. De este modo, sin embargo, se reduce la religión a algo puramente externo, a una serie de ritos y de oraciones, sin la conciencia de los propios deberes y responsabilidades. Al contrario, las prácticas exteriores tienen un valor solo en cuanto revelan y profundizan los sentimientos internos. Su función es sostener la vida moral, favorecer la unión con Dios. Son por ello inútiles si no están acompañadas por la lealtad de los propósitos y por la voluntad de servir al Señor en humildad y dedicación. Cuando la Virgen pide o sugiere prácticas externas no falta a estos principios fundamentales. Se sobreentiende siempre que estas prácticas salvan y santifican en cuanto elevan el tono de nuestra conducta, es decir ayudan a amar más al Señor y a cumplir en todo su santa voluntad. Es deplorable que a veces se jacten estas prácticas aprobadas por la Virgen, sin hablar de sus exigencias, de modo que se falsean las perspectivas y se genera la persuasión de poderse salvar sin ningún esfuerzo personal. Semejantes aberraciones no disminuyen la utilidad de estas prácticas piadosas, sino que muestran la necesidad de coordinarlas con los principios y las normas fundamentales de la fe y de la moral católica.
La Virgen ligó su gran promesa al escapulario para estimular y ayudar a los voluntariosos, no para salvaguardar a los malos y a los indolentes. Ella se ha comprometido, como madre afectuosa, a asistir a sus hijos en la dura lucha de la vida, en el ejercicio de las virtudes cristianas, y en la adquisición de la perfección, pero espera de ellos la libre decisión, el esfuerzo generoso, la constante voluntad de servir al Señor. El paraíso está prometido en premio a nuestros esfuerzos: reddidit iustis mercedem laborum suorum (14). La Virgen santa nos puede y nos quiere ayudar en la adquisición de la vida eterna, pero no pretende sustituirnos en el trabajo todo personal de nuestra santificación. La colaboración humana es por tanto indispensable para la eficacia del escapulario.
Es evidente por lo demás, que ningún verdadero cristiano al revestirse el escapulario pretende sustraerse a sus responsabilidades morales, esto es, al deber de conducir una vida virtuosa. Los verdaderos devotos de la Virgen toman su divisa sagrada, con la intención de honrarla con su conducta, y para ser ayudados y protegidos en su trabajo. Quien vistiese el escapulario para ser luego libre de abandonarse al vicio, sin temor por la suerte eterna, ofendería a la Virgen santa del modo más doloroso y no podría esperar de ella ninguna ayuda. María SS.ma no promete la salvación a quien deliberadamente quiere permanecer en el pecado, sino que con su intervención ayuda a las almas voluntariosas a vivir en gracia, a arrepentirse si tuvieron la desventura de pecar, a ponerse confiadamente en las manos de Dios en la hora de la muerte. Con el privilegio del escapulario ella no se compromete a una intervención prodigiosa, espectacular, a favor de los delincuentes obstinados, para librarlos del infierno merecido por una vida de pecado, de la cual no se han arrepentido ni siquiera en punto de muerte, sino que promete una asistencia continua, vigilante, amorosa, de modo que nos haga merecer el paraíso.
De cuanto hemos dicho no se debe deducir que los pecadores no pueden vestir el escapulario y que a ellos no les aprovecha la devoción a la Virgen. La S. Virgen es invocada por la Iglesia como Refugio de los pecadores, refugium peccatorum. Todos pueden recurrir a ella, confiar en su intercesión, a condición de que deseen llegar a ser mejores, y busquen en el escapulario, no una excusa para permanecer en el pecado, sino una ayuda para arrepentirse y enmendarse. Aquellos que después de haber vestido el escapulario continúan pecando voluntariamente, no son amigos de María y no deben esperar de ella ninguna ayuda especial. Aquellos, en cambio, que aun siendo pecadores, desean sinceramente enmendarse, y se esfuerzan por vencer las tentaciones, pueden estar ciertos de encontrar en el escapulario una válida ayuda. El relato de muchos pecadores salvados en el último momento, solo porque en sus extravíos habían conservado el uso de alguna práctica en honor de la Virgen, demuestra que la bondad y la comprensión de la Madre de Dios es más grande que nuestra miseria, y que ella dispone de medios siempre eficaces para nuestra salvación. El escapulario, en cuanto exige la colaboración humana, deja al problema de nuestra salvación una parte de su riesgo y de su incertidumbre. Es sin embargo una garantía de éxito para aquellos que lo honran con una vida cristiana, o al menos nutren en el corazón el deseo y el propósito sincero de enmendarse del mal.
Una dificultad
Alguien podría objetar que si el escapulario no da la certeza de ir al paraíso, las palabras de la Virgen a S. Simón pierden una gran parte de su valor y de su eficacia. Para eliminar en seguida todo asombro, recordamos que también Jesús dijo: "Quien come mi carne y bebe mi sangre vivirá eternamente" (15). Y antes de la Ascensión prometió solemnemente: "Quien creyere y fuere bautizado será salvo" (16). Sin embargo nadie piensa que todos aquellos que reciben el Bautismo y la S. Comunión vayan al cielo. No por esto la palabra de Jesús falla. Él afirma que la Fe y el Bautismo abren la vía a la salvación y que la Comunión contiene un principio de inmortalidad, pero supone que los fieles correspondan y utilicen estas ayudas divinas. Muchos comulgan y se condenan, no porque la Eucaristía no los pueda salvar, sino porque ellos no quieren ser salvados. Esto se verifica de modo particular con quien comulga sacrílegamente. Lo mismo se debe decir del escapulario.
Su eficacia tiene una cierta analogía con la de los Sacramentos. El rito sacramental, puesto válidamente, es de por sí causativo de gracia, independientemente de las disposiciones del ministro y del sujeto que lo recibe. Cada sacramento es una fuente de gracia, pero para que su eficacia se actúe en el alma es necesario que esta esté preparada para recibirla, es decir que haya alejado todo obstáculo representado por el apego voluntario al pecado. La capacidad santificante del sacramento deriva de Dios, por los méritos de la Pasión de Cristo, pero exige una coordinación de la acción libre del hombre. En el plano sobrenatural no hay nada de mecánico, sino que todo es lógico y profundamente humano. Dios, aunque sea el soberano absoluto, no fuerza nunca la voluntad creada; ofrece su ayuda y espera nuestra adhesión. Con los mismos criterios debe interpretarse la gran promesa de María. Asegurando la vida eterna a quien lleva el escapulario, la S. Virgen se compromete a hacerles llegar, por medio de esta santa ayuda, en gran copia las gracias y las ayudas necesarias para llegar al puerto de la salvación, el paraíso. Pero ella no pretende violar nuestra libertad, y espera nuestra cooperación para que su intervención, siempre benéfica, dé los frutos esperados. Las gracias de Dios, las ayudas y las promesas de la Virgen, actúan en cuanto encuentran un sujeto preparado, como la semilla vital germina y fructifica solo si es recibida en tierra fértil y oportunamente trabajada.
La necesidad de la colaboración humana no disminuye la eficacia del escapulario, sino que la encuadra en una visión más amplia del problema de la salvación, y la sincroniza con las otras verdades reveladas. La Iglesia enseña que nadie, durante la vida, puede saber con plena certeza, fuera de una intervención particular de Dios, si se salvará. La necesidad de las buenas obras que deben acompañar el uso del escapulario deja al misterio de la vida futura una parte de su incertidumbre. Los teólogos han interpretado siempre de este modo también la gran promesa de Jesús para quien practica los nueve primeros viernes de mes en honor de su Corazón divino, y las palabras de María a los videntes de Fátima relativas a los primeros cinco sábados. Estas prácticas nos aseguran ayudas especiales para vivir bien y salvarnos, pero no dan la certeza absoluta, ni salvan sin nuestra cooperación. Del mismo modo también el privilegio del escapulario se debe entender en armonía con las verdades reveladas y con toda la enseñanza de la Iglesia.
Vasto campo de acción
Incluso con estas necesarias limitaciones, la eficacia del escapulario conserva toda su importancia práctica. El influjo de la Virgen, su campo de acción es siempre vastísimo. La teología enseña que para ir al paraíso es necesario vivir bien y sobre todo morir en estado de gracia. Por otra parte, el hombre, después del pecado original, sin la ayuda de Dios, no puede observar por mucho tiempo todo el complejo de las leyes naturales y positivas, ni superar todas las tentaciones tomadas en su conjunto. La intervención de Dios es necesaria ya sea para alcanzar la fe y la justificación, como para perseverar en ella hasta la muerte, como para cualquier acto sobrenatural, meritorio de la vida eterna. Ahora, nosotros sabemos que Dios distribuye sus gracias por medio de María. Ella ha cooperado con Cristo en merecerlas y ahora en su nombre las distribuye a las almas. La Virgen santa, en cuanto madre universal, no deja faltar a nadie los medios para alcanzar el paraíso, porque su Hijo bendito ha muerto por todos los hombres. Pero en virtud de sus derechos soberanos María puede ciertamente ser generosa de modo particular con sus devotos. El culto y el amor a la Virgen están fundados también en la convicción de que ella usa especiales ternuras con aquellos que la honran y la invocan.
Esta particular benevolencia y generosidad de María encuentra su marco en el Evangelio, Jesús quería bien a todos los apóstoles, a los cuales había llamado libremente a su escuela y a los cuales concedió privilegios y poderes únicos; pero esto no le impidió tener predilecciones y favorecer a algunos más que a otros. Solo a S. Juan concedió posar la cabeza sobre su pecho adorable casi para recoger los latidos de su Corazón; a Pedro, Santiago y Juan les fueron reservados algunos prodigios, como la transfiguración; solo a Pedro concedió el Primado después de haber rezado para que su fe no decayera jamás. Del mismo modo la Virgen del Carmelo ayuda a los revestidos del escapulario con gracias y ayudas que solo su materna bondad puede medir. La promesa de la vida eterna es precisamente un compromiso a usar todas las finezas y los recursos sugeridos por su amor, para que las almas puedan alcanzar el paraíso. Ella nos asegura ayudas especiales, gracias proporcionadas a nuestras exigencias y a las diversas circunstancias de la vida, de manera que el camino espiritual se nos facilite y así cada uno que se empeña en serio esté seguro de alcanzar el paraíso. El escapulario no nos dispensa del deber de trabajar y de luchar contra el mal, sino que nos da la certeza del éxito.
La importancia decisiva de esta ayuda que nos viene del escapulario es puesta de resalto por el B. Claudio de la Colombière, que era un gran devoto de la Virgen del Carmen: "No debéis engañaros; no se pasa de una vida licenciosa y desarreglada a la vida eterna si no es a través de la penitencia; pero la más tierna de las Madres sabrá llevaros a este sentimiento sincero. Cuando menos lo penséis, ella hará resplandecer sobre vuestra alma un rayo de luz sobrenatural, que de repente os desengañará... Si a pesar de todas estas gracias os obstináis en no cambiar de vida, si cerráis los ojos a tanta luz... en una palabra, si queréis morir en el pecado, moriréis... pero no moriréis con el escapulario. Vosotros mismos, sí, vosotros mismos, antes que morir como réprobos con vuestro hábito, os lo quitaréis" (17).
María no promete preservar del infierno a los revestidos del escapulario, ya sea que mueran en gracia ya sea que mueran en pecado, porque esto es imposible, sino que asegura que hará de todo para que ellos no sean sorprendidos por la muerte en estado de pecado, sino que tengan el tiempo de arrepentirse y de salvarse. El prefacio propio de la Misa de la Virgen del Carmen dice que el escapulario asegura el paraíso lo antes posible a quien muere piadosamente - pie morientibus. La palabra piadosamente no fue pronunciada por la Virgen, y no se encuentra en ninguno de los códices antiguos. Pero es evidente que forma parte del pensamiento de la Virgen, y la Iglesia la ha insertado en la liturgia para evitar falsas interpretaciones (18).
Es interesante confrontar el privilegio del escapulario con la promesa hecha por la Virgen en Fátima a favor de aquellos que practican los primeros sábados del mes. "Yo prometo asistir en la hora de la muerte con las gracias necesarias para la salvación eterna, a todos aquellos que en el primer sábado de cinco meses consecutivos se confiesen, comulguen, recen el rosario y me hagan compañía durante un cuarto de hora meditando los misterios del Rosario con la intención de ofrecerme un acto de reparación". También en esta aparición la Virgen promete la vida eterna, y especifica que esto ocurrirá en cuanto que ayudará a sus devotos con gracias especiales para que mueran bien. Del mismo modo se debe entender la promesa del escapulario: este preserva del fuego eterno en cuanto que la Virgen ayudará a quien lo reviste a vivir bien y a morir cristianamente. Sin dar la certeza absoluta, que estaría en contraste con la enseñanza de la Iglesia, y sin dispensarnos del deber de la vigilancia y de la fatiga, el escapulario concurre de modo positivo y eficacísimo a hacernos alcanzar el paraíso, en cuanto nos asegura ayudas y gracias sobreabundantes.
La Orden Carmelitana siempre ha interpretado el privilegio del escapulario como una garantía de éxito para aquellos que se esfuerzan por traducir a la práctica sus propósitos de vida cristiana. A la S. Congregación del S. Oficio que había preguntado "en qué sentido se toman estas palabras: in quo pie moriens aeternum non patietur incendium", el P. Ángel de Cambolas, procurador general de la Orden, respondió en 1688 con esta explicación: "Después de una cuidadosa investigación entre todos los escritores que he podido encontrar, atestiguo que jamás (la dicha frase) fue interpretada en el sentido que ahora le quieren atribuir nuestros adversarios, como si el escapulario fuera un billete infalible de predestinación. Nadie puede de hecho dudar de que quien conduce una vida facinerosa y muere en pecado irá al fuego eterno, aunque esté cubierto por el escapulario. Por este motivo se condenan también muchos de aquellos que fueron bautizados y recibieron la Eucaristía, a pesar de que haya sido dicho: 'quien haya creído y haya sido bautizado será salvo'; y además, 'si alguno comiere de este pan vivirá eternamente'- Son dignas de notar las palabras que S. Anselmo dirige a la Virgen: 'Es imposible que perezca aquel que a ti se ha dirigido y al que tú has mirado'. Innumerables son entre los Padres las afirmaciones del género y la Iglesia las ha aceptado siempre, por estar segura de su recta interpretación. Así nosotros esperamos que V. E. se dignará aceptar esta explicación de las palabras controvertidas in quo pie moriens. Nosotros creemos, es decir, que la B. Virgen, en el último instante de la vida, del cual depende la salud eterna, defenderá con su patrocinio al moribundo que ha llevado su hábito, lo ayudará a superar los asaltos del demonio, le impetrará las gracias más eficaces, de modo que, si no quiere pertinazmente permanecer impenitente, pueda muriendo evitar el fuego eterno" (19).
Un gran privilegio
Algunos teólogos se preguntan si la promesa de María constituye un privilegio, es decir un hecho fuera de la economía ordinaria de la distribución de la gracia, o contiene solo una exhortación a practicar una determinada forma de piedad intrínsecamente buena y capaz de llevar a la salvación eterna. La misma cuestión es agitada acerca de las promesas del S. Corazón a quien practica los primeros viernes de mes. "Algunos teólogos, escribe el P. Lumbreras, consideran que nada promete de especial el S. Corazón, sino que solo indica esta práctica como útil para la salvación; otros opinan que sí promete la salvación, no sin embargo en virtud de la comunión de los primeros viernes, sino como fruto de la comunión frecuente; otros reconocen una promesa especial ligada a aquella práctica determinada" (20).
En relación al escapulario debemos tener presente que S. Simón pedía a la Virgen propiamente un privilegio, no un consejo sobre las prácticas mejores en la vida espiritual: "Carmelitis da privilegium". Y la Virgen respondió textualmente: "este será el privilegio para ti y para todos los Carmelitas". No nos queda, por lo tanto, sino determinar el significado que la palabra privilegio tenía en aquel tiempo en el lenguaje ordinario.
En la Edad Media dominaban dos clases de personas, los eclesiásticos y los caballeros; la gente humilde dependía de una de estas grandes clases y pedía, como compensación a sus servicios, una cierta protección o privilegio. Cuando S. Simón pidió a la Virgen "un privilegio" para su Orden, esperaba de ella un especial patrocinio en cuanto que el Carmelo había estado siempre al servicio de la Reina del cielo, de la cual había tomado también el nombre. La Virgen al conceder el privilegio solicitado confirmaba que la Orden era suya y que como tal la habría tenido bajo su protección. La promesa de preservar del infierno era una prueba del cuidado materno, y del todo particular, que se habría tomado de sus asistidos. El privilegio era a menudo el signo de una predilección especial y de favores que la señora del lugar concedía a algunos de sus dependientes, sin por esto faltar a los deberes que tenía hacia los otros. El escapulario es el documento y la promesa de una particular asistencia por parte de María, Reina del cielo y de la tierra. Continuando ayudando a todos los fieles ella pretende favorecer con ayudas cada vez más eficaces a aquellos que llevan su divisa y se consagran a su servicio. Entendida de este modo, la preservación del infierno prometida a los revestidos del escapulario se inserta en el plan general de la salvación por la mediación de María, y conserva al mismo tiempo su carácter de don gratuito, es decir de privilegio en el sentido actual de la palabra.
Podemos quizás hacer una analogía con las indulgencias. Las indulgencias están anexas a determinadas acciones intrínsecamente buenas y meritorias. La Iglesia añade a estas acciones un premio especial, es decir la aplicación de los méritos de Jesús y María, para estimular a los cristianos a cumplir buenas obras siempre en mayor número. Del mismo modo la Virgen, con el escapulario, pretende proteger la vida religiosa, fomentar una conducta cristianamente perfecta y por lo tanto de por sí capaz de hacernos dignos del cielo. Para estimular nuestra generosidad añade la promesa de una ayuda particular, de la cual nos deriva la fundada seguridad de alcanzar la meta del paraíso. El privilegio del escapulario es por tanto para los fieles un motivo de esperanza, un faro luminoso en la noche de la tentación, cuando urge en el espíritu o en la carne el estímulo del mal.
CAPÍTULO III - El privilegio sabatino
El segundo gran privilegio del escapulario es aquel llamado comúnmente privilegio sabatino: Consiste en la asistencia de la Virgen a las almas que en vida llevaron devotamente el escapulario, para que sean liberadas lo antes posible del purgatorio, especialmente en el primer sábado después de su muerte. El privilegio sabatino confiere al escapulario un prestigio y una importancia del todo particular en cuanto extiende su influjo, no solo a todas las circunstancias de la vida y a la muerte, sino también a la ultratumba. Es la única devoción aprobada por la Iglesia que promete directamente una abreviación de las penas expiatorias del purgatorio. Esta característica es puesta de relieve por la S. Congregación de las indulgencias que el 27 de junio de 1673 aprobó un "Sumario de las indulgencias, favores y gracias concedidos por muchos Sumos Pontífices tanto a los religiosos y cofrades de la Virgen del Carmen, como también a todos los fieles que visiten las iglesias de la misma Orden". Allí de hecho se lee: "Además de las susodichas indulgencias que ganan en esta vida, nuestros religiosos y cofrades del escapulario del Carmen, en la otra gozan también de un particular privilegio y beneficio singular, que vulgarmente se llama privilegio sabatino; porque se cree piadosamente, que la Beatísima y Purísima Virgen María, patrona singular de la Orden, a todos los fieles que llevarán el hábito, o escapulario de la susodicha cofradía, y habrán observado lo que se dirá abajo para conseguir el susodicho privilegio, los ayudará con sus eficacísimas oraciones para salir, y particularmente en el día de sábado, de las acerbísimas penas del purgatorio, e ir a gozar la gloria eterna de la Patria celestial juntamente con Ella" (1).
Origen del privilegio
El privilegio sabatino no fue concedido por la Virgen a S. Simón Stock, sino que tiene un origen posterior que podemos resumir así. Después de la muerte de Clemente V, ocurrida en 1314, los Cardenales encontraron gran dificultad en designar al sucesor. Las intrigas del rey Luis de Baviera complicaron la situación. Un día la Virgen se apareció al Cardenal francés Jaime Duèse, su gran devoto, le anunció que sería elegido Papa, y lo invitó a promulgar un nuevo privilegio que ella concedía a la Orden carmelitana, esto es, la liberación del purgatorio de los religiosos en el primer sábado después de la muerte. El cardenal de setenta y dos años fue elegido Papa en 1316 y gobernó la Iglesia durante dieciocho años, con el nombre de Juan XXII. El 3 de Marzo de 1322, o según otros en 1317, él publicó en Aviñón, donde entonces residía la Curia Papal, la bula Sacratissimo uti culmine que anunciaba a la Iglesia el nuevo don de la Madre de Dios (2). La bula no se encuentra en los registros oficiales de la época, y su estilo parece demasiado diverso del usado habitualmente en los documentos pontificios, por ello surge la duda de que no sea auténtica, al menos en la redacción actual. Alejandro V en la bula Tenore cuiusdam privilegii del 7 de Diciembre de 1409, afirma haber visto la bula sabatina en su texto original, y como garantía de todos la reescribe (3). Pero tampoco este documento del infeliz Papa elegido en Pisa ha llegado a nosotros en el texto original. Se conocen, sin embargo, diversas transcripciones, de las cuales la más antigua parece la de Mallorca del 2 de Enero de 1421, seguida por la de Mesina en 1443. Hacia la mitad del siglo XV la bula sabatina debía estar notablemente difundida, porque en los años siguientes es recordada por muchos autores. Nicolás Calciuri que escribía en 1461, pone en los labios de la Virgen, aparecida en visión a Juan XXII, estas palabras: "Y si alguno por devoción entra en la predicha Orden y santa Religión, llevando el signo del santo hábito, llamándose hermanos y hermanas de mi Orden prenombrada, serán liberados y absueltos de la tercera parte de sus pecados, desde la hora del día en que entran en la dicha Orden... Y el día en que pasarán de esta vida presente al purgatorio, en esta gloria impetrada, yo madre gloriosa descenderé en el sábado después de su muerte; y cuantos de ellos encontraré en el purgatorio, los liberaré y los llevaré al monte de la vida eterna" (4). Pocos años después, Balduino Leersio, del convento de Arras, refiere de este modo la promesa de la Virgen, hecha por medio de la bula sabatina: "...a mi Orden darás este privilegio de mi parte y de mi Hijo: quien entrará en ella y vivirá devotamente, se salvará eternamente y será libre de la pena y de la culpa. Y si después de la muerte serán condenados al purgatorio, yo, Madre de Gracia, inmediatamente después de su deceso descenderé al purgatorio y liberaré a cuantos encontraré, llevándolos al monte santo de la vida eterna" (5). Arnoldo Bostio en 1490 transcribe la narración del Leersio, que es repetida también por todos los autores del siglo XVI (6). Antes del fin del siglo XV el privilegio era uno también para los fieles y formaba parte de la devoción mariana, como dan fe de ello las tres pinturas del De Vigilia, o de su escuela, donde se ven almas del purgatorio liberadas por la Virgen por estar revestidas del escapulario (7). El mismo tema es tratado en un cuadro que se conserva en Catania, pintado por el Pastura en los primeros años del siglo XVI. Podemos concluir que la confianza en la anticipada liberación del purgatorio en virtud del santo escapulario estaba notablemente difundida en la segunda mitad del siglo XV. La distancia de los lugares de los cuales nos vienen los varios documentos, (Mesina, Palermo, Arras, Mallorca), hacen pensar en un origen mucho anterior. Sin embargo la distancia con el Papa Juan XXII sigue siendo muy relevante, por ello el privilegio sabatino no se puede defender de modo seguro si no recurriendo a las aprobaciones de la S. Sede, las cuales vienen a tener en esta materia una importancia decisiva.
Aprobaciones de la Iglesia
Al inicio del siglo XVI la Orden carmelitana consideraba el privilegio sabatino como un tesoro espiritual de gran valor y se preocupó de hacerlo conocer a todos. El capítulo general de 1517 encargó al prior general de pedir una confirmación especial a la S. Sede y lo autorizó a imponer una tasa a los conventos individuales para la expedición de la bula sabatina (8). Tal vez en Roma se conservaba alguna copia de ella. El 6 de Mayo de 1527 la Urbe fue invadida por soldados italianos, españoles y alemanes, guiados por Carlos de Borbón. Durante ocho días fue saqueada bárbaramente, y durante dos meses vejada de todos los modos. Muchos documentos preciosos se perdieron en aquella ocasión, y también en el archivo lateranense, una vez muy completo, no se encuentran más que pocos documentos anteriores a 1527. Sin duda en aquella ocasión fueron destruidos también muchos documentos relativos a la Orden carmelitana y al sagrado escapulario. Tal vez por esto en 1528 el general Nicolás Audet comenzó las gestiones para una nueva confirmación de todos los privilegios de la Orden. El 12 de agosto de 1530 Clemente VII publicó la bula Ex clementi Sedis Apostolicae en la cual resume el privilegio sabatino concedido por Juan XXII y por Alejandro V, lo confirma y lo renueva junto a los demás privilegios concedidos a la Orden por sus predecesores: "Tenore praesentium approbamus, et innovamus, ac perpetuae firmitatis robur obtiuere debere" (9). Esta bula con la cual el Papa respondía de modo afirmativo a la petición de la Orden Carmelitana "de confirmar, y por mayor cautela conceder de nuevo las indulgencias y privilegios de la Orden", constituyó la base de las aprobaciones sucesivas que se repitieron con frecuencia (10). Pablo III un mes después de su elección ordena la transcripción de la bula Ex clementi y le da su aprobación en la Provisionis nostrae del 3 de Noviembre de 1534 (11). Pío IV en la bula Cum a nobis del 30 de mayo de 1561 aprueba para los Carmelitas de Portugal todos los privilegios concedidos por sus predecesores Juan XXII, Alejandro V, Clemente VII, Pablo III, por tanto confirma también el privilegio sabatino expresamente nombrado por aquellos Pontífices (12). S. Pío V confirma el 18 de febrero de 1566, con la bula Superna dispositione, "todos y cada uno de los privilegios e indulgencias y otras gracias también sabatinas" concedidas por los predecesores de cualquier modo (13). La Orden carmelitana con estas autorizadas aprobaciones se sintió tranquila y el capítulo general de 1532 ordenó que todos los Provinciales hiciesen conocer los privilegios del escapulario confirmados y de nuevo concedidos por Clemente VII (14). Alguna incertidumbre sobre estos privilegios volvió a difundirse después de que el Concilio de Trento diera normas asaz rigurosas acerca del uso y la predicación de las indulgencias. Para quitar toda duda el Padre General J. Bautista Rossi recurrió nuevamente al Papa, y Gregorio XIII con la bula Ut laudes aprobó otra vez en 1577 todos los privilegios de la Orden, haciendo mención expresa del privilegio sabatino (15). Finalmente en 1609, bajo el pontificado de Pablo V, después del esmerado examen del santo Cardenal Roberto Belarmino, fueron aprobadas las lecciones del oficio de la Virgen del Carmen. En estas lecciones, nuevamente aprobadas en 1612 y en 1638 se lee: "La Virgen Santísima no solamente quiso distinguir a esta su Orden predilecta de muchas prerrogativas durante esta vida, sino también en la otra, (ya que su potencia y misericordia se hacen valer en todas partes); es decir, es lícito creer que ella irá a consolar, con un afecto plenamente materno, a sus hijos que sufren en el purgatorio, y los conducirá lo antes posible al cielo, siempre que estén inscritos en la cofradía del escapulario, hayan observado una leve abstinencia, recitado las pocas oraciones prescritas para ellos y observado la castidad propia del estado de cada uno" (16). El mismo Pontífice había autorizado el 30 de octubre de 1606, con la carta Cum certas, al general de la Orden a erigir cofradías de la B. V. María del monte Carmelo, en cualquier lugar fuera de Roma, acordando indulgencias y privilegios. A pesar de todos estos documentos que manifestaban claramente el pensamiento de la Iglesia, una fuerte oposición al privilegio sabatino surgió al inicio del siglo XVII en Portugal, donde el Inquisidor general Don Pedro de Castillo había prohibido su predicación. Los Carmelitas recurrieron también esta vez al Sumo Pontífice, que remitió la cuestión a la S. Inquisición. Ésta, después de madura discusión, emanó en 1613 el siguiente decreto: "Se permite a los Padres carmelitas predicar que el pueblo cristiano pueda piadosamente creer cuanto concierne a la ayuda a las almas de los hermanos y de las hermanas del sodalicio de la beatísima Virgen María del monte Carmelo: esto es, que la beatísima Virgen ayudará a las almas de los hermanos y de las hermanas, fallecidos en la caridad, que en vida han llevado su hábito,..., con sus continuas intercesiones, con sus piadosos sufragios y méritos, y con especial protección después de su tránsito, especialmente en el día de sábado, (día que por la Iglesia ha sido dedicado a la misma beatísima Virgen)" (17). Este decreto tuvo grandísima importancia y los Pontífices siguientes renovaron la aprobación del privilegio sabatino en el mismo sentido y casi en los mismos términos usados por la S. Inquisición, sin añadir ninguna variante notable. Por ello no nos alargamos más y nos contentamos con nombrar algunos pontífices y los documentos en los cuales confirmaron este privilegio del escapulario: Clemente X con la bula Commissae nobis de 1673 (18); y más recientemente Pío X en el decreto del S. Oficio, del 16 de Diciembre de 1910; Benedicto XV en la alocución a los alumnos del Pontificio Seminario Romano, y a los Terciarios carmelitas (19); Pío XI en el autógrafo por el centenario del privilegio sabatino, 18 de Marzo de 1922 (20), Pío XII en el autógrafo del once de febrero de 1950, en el VII centenario de la visión de S. Simón Stock (21). Ante esta larga serie de documentos pontificios, indudablemente auténticos, se tuvieron que inclinar también las Universidades, a las cuales se deferían, en un tiempo, similares cuestiones. Al final del siglo XVI la Universidad de Salamanca aprobó las cartas del P. J. B. Rossi, en las cuales se prometía la liberación del purgatorio a los afiliados a la Orden. En sentido favorable al privilegio sabatino se pronunció la Universidad de Bolonia en 1609, y la de París en 1648. Después de esta larga, y un poco monótona, enumeración de documentos, podemos constatar con placer que tal vez ningún privilegio y ninguna devoción, a excepción de la del SS. Rosario, han sido aprobados tantas veces por los Sumos Pontífices, como el privilegio sabatino y la devoción del escapulario del Carmen. Es lícito por tanto concluir que el privilegio sabatino está sólidamente fundado.
Bases sólidas
Para evaluar el grado de certeza que se puede atribuir al privilegio sabatino, no se debe atender solo a su origen, sino también a las repetidas aprobaciones de la Iglesia. La investigación histórica sobre el origen de la bula sabatina, hasta hoy no ha dado resultados seguros. Si no se encontrarán nuevos testimonios permanecerán siempre zonas de sombra. Pero la autoridad de la Iglesia y las intervenciones de los Papas pueden bien tranquilizar a los fieles, y dar una base segura a su esperanza. La confianza en el privilegio sabatino se ha fundado siempre en las múltiples aprobaciones de la Iglesia. Miguel de la Fuente escribía en el lejano 1616: "Estas bulas de los santos Pontífices... son uno de los testimonios principales y más válidos que tiene este privilegio en su defensa y por prueba de la verdad y certeza que tiene para ser creído como cierto y verdadero" (22). El Card. Casimiro Gennari hablando de la "certeza y naturaleza... del privilegio sabatino", observa: "Es pues una piadosa confianza aprobada por la Iglesia. Aun cuando, por ello, no hubiese habido una expresa y cierta revelación de la SS.ma Virgen, como se dice que fue hecha al Pontífice Juan XXII, es no obstante una confianza general y secular por la Iglesia confirmada; y tal confianza genera certeza, no pudiéndose admitir que toda la Iglesia se engañe y se haya engañado siempre en sus esperanzas...". La confianza es que la Virgen ayuda de modo particular a los adscritos a la cofradía del Carmen con sus méritos, con sus oraciones, para que consigan pronto la gloria del cielo. La Iglesia tiene confianza ilimitada en los méritos y en las oraciones de María, los cuales vencen en valor a los de todos los ángeles y de todos los Santos. No puede ser por tanto que todo este tesoro de sufragios no valga para desatar de las ataduras de la pena a los devotos de María. Mucho más luego si se considera que la máxima aplicación de estos sufragios será para realizarse en los días de sábado consagrado a la Virgen" (23). No obstante las dificultades históricas, el privilegio sabatino se debe considerar cierto en cuanto el magisterio de la Iglesia asegura que la Madre celestial intervendrá a favor de sus devotos y los liberará del purgatorio si ellos por medio del escapulario le habrán testimoniado su dedicación y su amor. "Cualquiera que preste atención a la constitución de la Iglesia Católica y atienda a lo que significa la intervención de la autoridad pontificia en la economía de la gracia, sin duda encontrará en esta aceptación pontificia (del privilegio sabatino) un motivo de confianza en la realización de las promesas de María, mucho más fuerte que no en un razonamiento que probase documentalmente la autenticidad de una carta del siglo XIV" (24). No nos queda ahora más que determinar el significado y la extensión del privilegio sabatino en base a los mismos documentos pontificios y a la tradición de la Orden.
Significado y extensión
En la bula de Juan XXII se lee: "Yo, Madre de gracia, descenderé el sábado después de su muerte y liberaré a aquellos que encontraré en el purgatorio, para conducirlos al monte santo de la vida eterna" (25). La promesa de la Virgen contiene dos afirmaciones: 1) Ella misma descenderá al purgatorio a liberar a las almas de los cofrades del Carmen; 2) esto ocurrirá en el primer sábado después de su muerte. La misma narración, con pocas variantes verbales, encontramos en el texto de Calciuri arriba referido, en el cual está reflejada la creencia más difundida durante el siglo XV, en la Orden y fuera de ella. En la bula Ex clementi no se dice ya que la Virgen descenderá al purgatorio, sino que ayudará a las almas purgantes, que en vida llevaron el escapulario, "con sus continuas intercesiones, con sus sufragios, y con una especial protección: ipsa gloriosissima Dei Genitrix Virgo Maria, ipsorum confratrum... animas post eorum transitum suis intercessionibus continuis, piis suffragiis et speciali protectione adiuvabit" (26). Se omite también la alusión a la liberación en día de sábado; se dice solo que la Virgen ayudará a sus cofrades de modo particular, sin precisar el tiempo. La Orden aceptó sin más la interpretación de Clemente VII acerca del modo con el cual la Virgen socorre a las almas purgantes, es decir, con la oración y los sufragios. No fue en cambio abandonada la idea de que la liberación de las llamas expiatorias ocurriese en el día de sábado. El Papa no lo había negado; solo se había abstenido de avalarlo con su autoridad suprema. El Padre J. B. Rossi en las cartas de agregación a la Orden escribía: "De modo particular se os concede gozar y usufructuar de los privilegios que están contenidos en la bula llamada vulgarmente sabatina) esto es, que la Madre de Dios y siempre Virgen María, verdadera madre de piedad y de misericordia, con sus continuas intercesiones y especiales ayudas (según la serie de cartas apostólicas de Juan XXII, Alejandro V, Clemente VIII) en el primer sábado después de vuestra muerte, ayudará a vuestras almas, si se encuentran detenidas en el purgatorio" (27). El Papa Gregorio XIII hace suya esta confianza de la Orden y en la bula Ut laudes de 1577, con la cual aprueba los privilegios concedidos por sus predecesores, habla de la liberación del purgatorio en el primer sábado después de la muerte (28). En el siglo XVII se retorna a la interpretación dada al privilegio sabatino por Clemente VII, teniendo sin embargo en cuenta también la tradición de la Orden. En las lecciones del oficio aprobadas en 1609, se dice simplemente que "es lícito creer que ella (la Virgen) irá a consolar con un afecto plenamente materno, a sus hijos que sufren en el purgatorio, y los conducirá lo antes posible al cielo" (29). El decreto de la S. Inquisición de 1613 resume todos los elementos de la tradición y los armoniza bellamente afirmando que la Virgen ayudará a las almas de los hermanos y de las hermanas después de su tránsito, "con sus intercesiones, con sus piadosos sufragios y méritos, y con especial protección, especialmente en el día de sábado" que está a ella consagrado por el culto de los fieles. Con este decreto la doctrina acerca del privilegio sabatino alcanza su madurez y su formulación más exacta. La Iglesia garantiza con su autoridad que aquellos que llevan el escapulario con las debidas disposiciones pueden esperar en una ayuda especial de la Virgen para salir lo antes posible de las llamas del purgatorio. Entre el decreto de la S. Inquisición y la bula sabatina hay dos diferencias, más aparentes que sustanciales. Juan XXII hablaba de un descenso de María al purgatorio para liberar a las almas de sus devotos, mientras que el decreto de la S. Inquisición no lo menciona, es más, parece negarlo en cuanto dice que la Virgen ayuda con sus oraciones. Sin embargo se puede observar que la bula sabatina no decía que María descendería al purgatorio con su cuerpo glorioso. Sus palabras se podían interpretar más convenientemente en sentido moral, en cuanto que la Virgen habría descendido con su potencia, haciendo llegar a aquellas almas en pena los efectos de su mediación. Desafortunadamente, muchos fieles, no suficientemente instruidos, entendían las palabras de la bula en sentido material. Para evitar todo error de interpretación la S. Inquisición ha suprimido toda alusión al descenso de María al purgatorio, afirmando simplemente que ella se interesará por las almas en espera, y las liberará lo antes posible. Otra variante concierne al tiempo de la liberación del purgatorio. El sábado no es una fecha absoluta, como dejaba entender la bula sabatina, sino solo un punto de referencia, en cuanto que es un día consagrado a María, en el cual ella distribuye con mayor generosidad sus dones. Los documentos de la Iglesia, después de Gregorio XIII, o no hacen mención al tiempo de la liberación, o dicen que ocurrirá lo antes posible. Pío XII en el autógrafo varias veces citado de 1950 dice que la Reina del Carmelo llevará al cielo a sus devotos quam primum, y lo mismo se afirma en el prefacio propio de la Misa del Carmen. El decreto de la S. Inquisición añade que esto ocurrirá preferiblemente de sábado, siendo este un día mariano (30). La liberación del purgatorio debe acordarse con las exigencias de la divina justicia, y por ello varía en el tiempo con el número y la gravedad de las culpas que el alma debe expiar, y en relación a las disposiciones tenidas en vida. No se puede por tanto establecer una fecha fija e igual para todos. Es cierto sin embargo que la Virgen interviene para abreviar las penas del purgatorio, y esto es suficiente para hacer querido y precioso el escapulario; en cuanto al tiempo y modo debemos remitirnos a los designios de Dios y a su infinita misericordia.
Justificación teológica
El privilegio sabatino, como es propuesto por la Iglesia, encuadra perfectamente en el dogma católico. Es cierto que la Madre de Dios, en cuanto nuestra Mediadora y Reina, ejerce su influjo también en el purgatorio. Sus funciones a nuestro respecto no terminan con la muerte; su corazón materno no se da paz hasta que no nos ve junto a ella, en la gloria del Padre. Su dominio sobre las almas del purgatorio está fuera de discusión; por tanto también su intervención a su favor. Los devotos de María han cultivado siempre la esperanza de ser ayudados por ella en el purgatorio. En un Laudario de los Disciplinantes (Battuti) de Módena del año 1377 se lee: "Roguemos todos a la madre nuestra de vida eterna Virgen santa María a cuyo honor y reverencia y bajo cuyo manto y protección nosotros estamos todos congregados. Y si le rogaremos todos devota y humildemente y con puro corazón que ella por su piedad y por su misericordia ella esté también a ruego delante de su hijo dulcísimo y rogarle dulcemente a su hijo preciosísimo que si hay alguna persona ni hombre ni mujer de esta nuestra compañía... [que] ya aquí ha pasado de esta vida presente, en la otra estuvieran en alguna pena del purgatorio, que él por su piedad y por su misericordia se digne ya también socorrer de aquellas penas y sacarlos fuera de aquí de estos martirios y conducirlos a todos a su bendita gloria. Y a fin de que él escuche más de buena gana nuestro ruego nosotros diremos la oración del padrenuestro con la salutación de nuestra señora" (31). La Iglesia manifiesta su fe en la eficaz intervención de María a favor de las almas del purgatorio, en la oración litúrgica Deus veniae largitor, con la cual invoca la misericordia de Dios por la intercesión de María, "sobre los parientes y benefactores difuntos" (32). Si todas las almas pueden confiar en tener en María consuelo y ayuda durante la penosa detención en el purgatorio, aquellos que han llevado devotamente el escapulario tienen un motivo particular de confianza, en cuanto saben que son por ella predilectos. "La Virgen de hecho, ama a los que la aman, observa Pío XII hablando del privilegio sabatino, y ninguno puede esperar tenerla como auxiliadora en la muerte, si en vida no se habrá merecido esta gracia, ya sea manteniéndose lejos de la culpa, ya sea practicando aquello que redunda en su honor" (33). El uso del escapulario es una protesta de amor y un acto de consagración a María; todos los cofrades del Carmen consideran a María como Madre y Reina, y viven en su culto y en su servicio. Ella no los puede olvidar ni descuidar cuando la divina justicia los encierra en el purgatorio. El privilegio sabatino está fundado en la certeza teológica de que María puede y quiere ayudar incluso después de la muerte a las almas que la han honrado y amado en vida, y en la convicción de que el escapulario sea uno de los medios más expresivos y eficaces para manifestar nuestra devoción y sumisión a la Madre de Dios. En este sentido el privilegio ha sido aprobado por tantos Papas y no puede ser puesto en duda. Los fieles tienen por tanto un motivo suficiente para creer que la Virgen, en virtud del escapulario, abreviará el tiempo del purgatorio y apresurará su ascenso al cielo, ya sea que esto ocurra en el primer sábado después de la muerte, como quiere una tradición antiquísima, ya sea que ocurra en otro día, según los designios siempre misericordiosos del Señor. Algunos autores consideran el privilegio sabatino como una indulgencia plenaria. Si bien esta expresión se encuentra también en algún documento antiguo, se debe notar que la indulgencia es concedida por la Iglesia, en vista de los méritos infinitos de Jesucristo, de la Virgen y de los Santos, mientras que el privilegio sabatino es solo reconocido por la Iglesia como fruto de la devoción de María. "Aunque la gracia concedida con la bula sabatina se llame promiscuamente indulgencia sabatina o privilegio sabatino, con todo si se quieren usar términos precisos, no se debe llamar indulgencia sino privilegio sabatino, porque consiste en la intercesión de Nuestra Señora... Otra diferencia entre las indulgencias concedidas por el Papa y la sabatina es esta: la indulgencia concedida por el Papa concierne a las buenas obras que el Papa manda, como visitar la iglesia del Carmen, para las cuales el Papa dispensa del tesoro de la Iglesia lo que se pretende ganar; el privilegio sabatino no concierne directamente a las obras de los cofrades, como la abstinencia de las carnes el miércoles, sino que es fruto de la intercesión y patrocinio de la Virgen, por el cual Cristo lo concede, teniendo en cuenta solo indirectamente las obras del cofrade" (34).
Las condiciones requeridas
Ya sea en la bula sabatina como en los documentos posteriores, la liberación del purgatorio está siempre ligada al cumplimiento de algunas condiciones determinadas. La bula sabatina dice que además de la observancia de la castidad los cofrades y las hermanas están obligados a recitar las Horas canónicas según la Regla de S. Alberto; aquellos que no pueden decir el oficio porque no saben leer, deben ayunar en los días establecidos por la Iglesia, y abstenerse de las carnes el miércoles y el sábado. Nicolás Calciuri requiere las mismas condiciones. El Padre J. B. Rossi en una carta de afiliación requiere solamente la práctica de la castidad según el propio estado y la abstinencia de las carnes el miércoles y el sábado, excepto el día de Navidad, a menos que enfermedad, debilidad o necesidad lo impidan (35). Pero en otra carta del mismo Padre Rossi se requieren también oraciones vocales; "Te exhortamos a no comer carne el miércoles, si no es el día de Navidad de N. S.; recitarás cada día los Padre nuestros y Ave Marías señalados con la corona. Y debajo de (las vestiduras) llevarás el escapulario" (36). De los varios documentos, se deduce que para adquirir el privilegio sabatino se requieren las siguientes condiciones:
- Inscripción en la cofradía del Carmen con la imposición del hábito por parte de un sacerdote autorizado, y el uso continuo del escapulario hasta la muerte.
- Práctica de la castidad según el propio estado.
- Recitación del oficio de la Virgen. Quien no sabe leer el oficio observará los ayunos y abstinencias de la Iglesia y además se abstendrá de carne el miércoles y sábado de cada semana.
Esta obligación puede ser conmutada por el sacerdote que tiene la facultad, por alguna otra obra piadosa, más fácil de cumplirse. Estas condiciones fueron codificadas oficialmente en el decreto de la S. Inquisición en 1613. La Orden aceptó esta formulación como definitiva y la insertó en las constituciones como ley general y vinculante (37). El P. Pedro Tomás Saraceni escribía en 1627: "Publicados los bienes espirituales, el p. diputado inmediatamente publicará las obligaciones, las cuales están en estos tiempos tan determinadas, que no hay más que dudar. La autoridad apostólica ha ilustrado toda cosa. Para gozar pues el privilegio de la B. V. están obligados nuestros cofrades a observar solo tres cosas. Primera, recibido el hábito bendito, llevarlo como vestidura donada por la Madre de Dios, como divisa de la Princesa del paraíso, como manto dispensado desde el trono real de su clemencia, y como incitación de devoción. Segunda, conservar con todas las fuerzas posibles la pureza del propio estado, por reverencia a la pureza virginal de María... Tercera, recitar cada día el oficio de la B. Virgen, y no otra cosa; esto basta. Quien no sabe leer, observe los ayunos mandados por la S. Iglesia, y guárdese el Miércoles y el Sábado de comer carne, exceptuado el día de Navidad de Jesucristo. Estas son las obligaciones, que se han de observar para gozar el privilegio de la B. Virgen" (38).
La motivación de estas condiciones es fácil. La vestición y el uso del escapulario son requeridos para que el fiel sea insertado en la Orden y participe de sus privilegios. La castidad es la virtud que refulge y place mayormente a la Virgen y que ella desea ver en sus hijos predilectos. Demasiados hombres encuentran en la impureza la ruina del alma. La práctica de esta virtud es una garantía contra el pecado, y un medio eficaz de elevación. A causa del pecado original, y por el ambiente moral en el que se desarrolla habitualmente la vida de los fieles, la pureza es una conquista asaz difícil. Pero la Virgen asiste a sus devotos voluntariosos, y el escapulario es una válida defensa contra el asalto del demonio y contra el embate de las tentaciones. La recitación del oficio y la abstinencia de carnes trazan a los cofrades del Carmen los lineamientos fundamentales de su espiritualidad característica: oración y penitencia. Son estos los dos pilares de la vida carmelitana. La Regla prescribe a los religiosos vigilar de día y de noche en la oración, ayunar desde el 14 de Septiembre a Pascua y abstenerse de las carnes todo el año. Los miembros de la cofradía pertenecen por afiliación a la familia carmelitana, participan de sus privilegios y comparten sus obligaciones, en cuanto es posible a quien vive en el mundo. "Si el escapulario, observa el R. P. Melchor de S. María, como hábito religioso es la expresión de la vida carmelitana e incorpora a quien lo recibe, mediante la vestición, a la Orden carmelitana, esto importa la participación en todos los bienes espirituales de la Orden y el deber de vivir, en cierto modo, su vida. El Carmelo es una Orden exquisitamente contemplativa, que quiere conducir a sus miembros a una íntima unión con Dios, mediante la plena conformidad de la voluntad a la del Padre celestial. Es pero también una Orden de mortificación y de penitencia, sin la cual ninguna vida de oración es posible: para llegar a la unión con Dios es necesario desapegarse de todo lo que no es Dios, y no amar nada fuera de Dios, si no es por Dios mismo...". Los cofrades deben participar de estos ideales y comprometerse "a una vida cristiana perfecta, sirviéndose a tal fin de los medios que les ofrece el Carmelo, y confiándose ante todo al cuidado y a la solicitud materna de María" (39).
El P. Crasset, jesuita, hace observar que las condiciones requeridas para el privilegio sabatino son en sí mismas medios eficaces para expiar la pena debida a los pecados, y por tanto óptimas disposiciones para apresurar la liberación del purgatorio. "No creo que haya fundamento para creer que esto (el privilegio sabatino) sea falso y para gritar contra esta indulgencia puesto que las condiciones que son necesarias para ganarla ocupan el lugar de una satisfacción rigurosísima, y quitan a los impíos la esperanza de gozar de esta gracia, porque, además de tener que llevar este hábito hasta la muerte (lo que muchos no hacen) y el recitar cada día el oficio pequeño de la Virgen, o el abstenerse de comer carne el miércoles y el sábado, excepto la S. Navidad, y observar exactamente todos los ayunos de la Iglesia, además digo, de estas condiciones, que son muy duras, ¿es acaso poco observar inviolablemente hasta la muerte la continencia del propio estado, o de virginidad, o de matrimonio, o de viudez?. ¿Cuántos cristianos encontraréis vosotros que mueran sin mancha y no tengan que reprocharse cosa alguna sobre este punto?. Por mí no tengo dificultad en creer que la Virgen está para obtener la liberación de un alma, que habrá observado por toda la vida estos ayunos y estas abstinencias, y no habrá jamás manchado la pureza, de su cuerpo con ningún deleite pecaminoso. Por otra parte no se puede sin esto, o al menos sin un legítimo arrepentimiento y enmienda, asegurarse de ganar esta indulgencia. En verdad hay mucha pasión e injusticia en declamar como se hace, y en una manera tan escandalosa, contra una devoción que es aprobada por tantos Papas, practicada por tantos siglos, alabada por tantos Santos, atestiguada por Dios con tantos milagros, recibida y consagrada por el consenso de todas las naciones; devoción que aleja del vicio, inspira la virtud mortifica la carne, pone en uso la oración y santifica a todos los cristianos con una pureza de cuerpo y de alma, exenta de toda corrupción" (40).
Si estas condiciones tienen tanta importancia para la adquisición del privilegio sabatino, ¿qué decir de aquellos que no logran observarlas integralmente? ¿Pierden ellos toda esperanza en la ayuda de María? Probablemente se puede repetir cuanto hemos dicho relativamente al privilegio de la preservación del infierno, haciendo una distinción entre las faltas debidas a la debilidad natural, y aquellas causadas por mala voluntad. Si un cofrade depone el escapulario o descuida deliberadamente todas las obligaciones asumidas, renuncia también a las promesas de la Virgen. Pero si cae no obstante la sinceridad de los propósitos y luego en seguida se arrepiente, sin duda la Virgen usará con él misericordia. Lo acogerá incluso si volverá a ella después de un periodo de deserción y de pecado, siempre que esté sinceramente decidido a retomar sus deberes de cristiano y de cofrade del escapulario. Al joven que le preguntaba qué debía hacer para salvarse Jesús dijo: "Observa los mandamientos" (41). Ahora bien, es cierto que uno se puede salvar incluso si ha transgredido varias veces los divinos preceptos, siempre que deteste su culpa. Del mismo modo consideramos que María socorrerá en el purgatorio también a quien ha faltado a las exigencias del escapulario, si luego se ha arrepentido sinceramente y ha intentado reparar viviendo cristianamente. La protección de María no es negada a los débiles, sino a los presuntuosos que abusan del escapulario para hacer el mal, y a los pertinaces que no quieren convertirse no obstante los continuos y suaves llamamientos de la Madre celestial.
Dos aspectos de una realidad
Los dos grandes privilegios del escapulario, la preservación del infierno y la liberación anticipada del purgatorio, son dos aspectos o dos momentos de la protección de María sobre los hijos del Carmelo. El privilegio sabatino es un desarrollo, un complemento de la prometida liberación del fuego eterno. La Virgen por medio de S. Simón, y por medio de los Sumos Pontífices, ha hecho notar que protegerá de modo del todo singular a aquellos que visten el S. hábito con el propósito de consagrarse a su culto y a su amor. Su protección, o privilegio, se ejerce ya sea durante la vida como en la muerte y también después de la muerte. Por este motivo algunos autores consideran que las condiciones requeridas para el privilegio sabatino sean necesarias también para obtener la liberación del fuego eterno, en cuanto no son otra cosa que una manifestación de la devoción a la Virgen, y un medio para participar de algún modo en la espiritualidad de la Orden. Pedro Lucio escribía en este sentido ya desde 1594: "Y deseando los cofrades, hermanas y beatas, de esta santa religión ser partícipes de tales bienes, dones y tesoros espirituales, es menester que se ejerciten continuamente en las obras piadosas: no solamente como cristianos, viviendo cada uno rectamente según su grado y estado de tal modo que quien se encuentra en el estado virginal observe virginidad mientras en él se encuentra, quien en el matrimonio fidelidad, y quien en el viudal pudicia; sino también como devotos de María y agregados a su s. religión traspasar un poco la señal: la cual entonces traspasarán, cuando con toda la posible diligencia se esforzarán, además de esto, por observar también los estatutos de la Orden... en las oraciones, en los ayunos, y en las otras obras religiosas, y aunque no obligue a pecado alguno el no llevarlo a efecto, con todo sin embargo no se gana dejando de hacer estas obras piadosas". Las obras que enumera luego son la abstinencia de las carnes, la recitación del oficio, los ayunos de la Iglesia (42), Histórica y jurídicamente, estas condiciones, consideradas en su formulación precisa, son requeridas solo para el privilegio sabatino, como resulta de todos los documentos oficiales de la S. Sede. Sin embargo es claro que todo verdadero devoto de María debe cultivar la castidad, la oración, la mortificación. Solo de este modo, y con estos medios, aunque practicados en medida diversa, nos hacemos dignos y nos aseguramos la protección de María. Estas condiciones, en cuanto a lo que tienen de más vital, son necesarias porque forman parte de aquella libre cooperación que es indispensable para la plena actuación de las promesas ligadas al escapulario. La librea de la Reina del cielo empeña por sí misma, independientemente de toda petición explícita, a practicar la virtud. No es la materialidad del escapulario la que salva de la muerte eterna a un pecador impenitente, o que merece la liberación del purgatorio, sino que son la fidelidad y el amor a la Virgen los que nos aseguran su intervención liberadora. El escapulario debe llevar en los fieles al menos algún reflejo de la bondad, de la pureza, de la caridad sobrenatural de la Virgen santa. Solo de este modo puede asegurarnos en vida y en muerte aquella protección de la cual es el signo sensible. Hoy los privilegios del escapulario son considerados como alguna cosa de absoluto, independiente; en la tradición más antigua son considerados, en cambio, como fruto y corona de una vida mariana muy intensa, como premio de la Virgen a las almas que la honran y se consagran a ella por medio del hábito. Y es bajo este aspecto que los valores y las prerrogativas del escapulario se pueden considerar fundados, y son aprobados por la Iglesia, independientemente de la visión de S. Simón y de la Bula sabatina.
CAPÍTULO IV - El escapulario y la maternidad espiritual de María
La cuestión histórica del origen de una devoción es distinta de la cuestión doctrinal de su contenido espiritual y de su bondad intrínseca. Para la Iglesia, solamente los hechos contenidos en la Revelación pública, y referidos por la S. Escritura o por la Tradición, tienen un valor absoluto. Las revelaciones privadas, concedidas a los Santos o a otras personas eminentes, son aceptadas solo en cuanto son conformes a la enseñanza católica, y concurren a poner de relieve una verdad de fe, o proponen un modo concreto para aumentar la piedad de los fieles. La justificación de una determinada devoción o práctica religiosa, más que por su historia, se deduce de su valor sustancial, del aporte que aporta al desarrollo de la vida interior. La incertidumbre de los orígenes no incide sobre la validez de una devoción fundada en el dogma, aprobada por la Iglesia, y experimentada útilmente por las almas. Eventuales hechos sobrenaturales, como visiones y revelaciones privadas, atraen la atención sobre una forma concreta de culto, buena en sí misma, estimulan su difusión, pero no constituyen su base. Tenemos un ejemplo en la fiesta del Corpus Domini y del S. Corazón de Jesús, que fueron ocasionadas por revelaciones privadas, pero hunden sus raíces en el dogma católico. Si también las revelaciones respectivas, en un cierto momento perdiesen toda consistencia histórica, la Iglesia no suprimiría estas fiestas instituidas para recordar y honrar las manifestaciones más grandiosas del amor de Dios por los hombres. La misma cosa se puede decir de la fiesta del Corazón Inmaculado de María, fundada en la santidad y dignidad de la Virgen. Las apariciones de Fátima no hicieron más que llamar la atención sobre una verdad contenida en la doctrina de la Iglesia, y poner en evidencia la utilidad de hacerla objeto de un culto especial, por sus reflejos en la vida espiritual de los fieles.
En los capítulos precedentes hemos expuesto, de modo objetivo, y en base a los documentos de los cuales disponemos, el origen de la devoción al escapulario y de los privilegios que a él se reconectan. Nos queda ahora aclarar y profundizar el contenido doctrinal de esta devoción, es decir las bases teológicas sobre las cuales se funda y su eficacia benéfica sobre las almas. Nos preguntamos, es decir, qué motivos han inducido a la autoridad eclesiástica a aprobar repetidamente y a recomendar el uso del escapulario del Carmen. El sensus fidelium, es decir la difusión del escapulario, aceptado en todas partes con entusiasmo, la fama de los milagros realizados por su medio, el uso que hicieron de él muchos santos y hombres ilustres, ejercieron ciertamente un influjo sobre la Iglesia, empujándola a manifestar su juicio autorizado sobre la cuestión. La Iglesia docente, sin embargo, no se deja guiar por la piedad del pueblo, ni por hechos contingentes, sino que actúa en base a las verdades reveladas, de las cuales es depositaria e intérprete, e inspira, estimula y aprueba las devociones de los fieles en cuanto son útiles y conformes a la enseñanza divina. Debemos por tanto determinar cuáles son las verdades dogmáticas sobre las cuales se funda la devoción del escapulario y cuáles los frutos que ella porta en las almas. El problema era propuesto en el siglo pasado por N. S. Bergier con estas palabras: "La cuestión por tanto se reduce a esto: si la devoción de llevar el escapulario sea buena o mala, piadosa o supersticiosa. Nosotros afirmamos que es una práctica útil y saludable, porque induce a los fieles a honrar a la Madre de Dios, a imitar sus virtudes, a recitar oraciones, frecuentar sacramentos, a unirse fraternalmente a fin de obrar el bien. Los Pontífices por tanto con razón la aprobaron, especialmente en un tiempo en que era necesario prevenir a los fieles contra los clamores de los herejes y consolidarlos en la piedad" (1).
Doble función
El culto cristiano a la Virgen está fundado en la grandeza y bondad de la Madre de Dios. La honramos porque es la más grande de las criaturas, el espejo de toda virtud, la fuente de toda gracia; la invocamos con confianza porque sabemos que es tan buena y que quiere sinceramente ayudarnos. La devoción del escapulario se puede considerar como una expresión típica y concreta del culto católico a la Virgen en cuanto se funda en sus atributos y privilegios más queridos, la maternidad espiritual y la mediación de gracia. El escapulario, de hecho, revela la materna bondad de María y su potencia en ayudarnos en todas las contingencias de la vida y en asegurarnos la salvación eterna. El escapulario tiene dos funciones o aspectos que se completan recíprocamente.
- Es la síntesis de los oficios que María cumple a nuestro respecto, es decir el amor y la protección. El amor es la consecuencia de su maternidad espiritual; la protección es fruto de su autoridad de mediadora.
- Es el símbolo de nuestros deberes hacia la Virgen, que son aquellos de honrarla y de ponernos a su servicio, reconociendo su autoridad sobre todos los redimidos.
Entre estos dos aspectos del escapulario hay una interdependencia muy evidente. Cuanto más nos hacemos conscientes del amor de María y de los infinitos cuidados que ejerce a nuestro respecto, y más vivo sentimos el deseo de corresponder consagrando a ella toda nuestra vida. Por otra parte, más perfecta es nuestra dedicación y más copiosas se derraman sobre nosotros sus gracias. La consagración a María es una consecuencia lógica de la filiación espiritual de la cual el escapulario es el símbolo y el instrumento. Pío XII ha puesto en evidencia esta doble función del escapulario, - la manifestación concreta del amor de la Virgen y de nuestra fidelidad de hijos -, en el precioso autógrafo de 1950: "El sagrado escapulario, como veste mariana, es ciertamente signo y garantía de la protección de la Madre de Dios... Por tanto todos los Carmelitas... tengan en la veste que día y noche llevan, en elocuente expresión simbólica, la oración con la cual invocan la ayuda divina; tengan finalmente en él aquella consagración al Sacratísimo Corazón de la Virgen Inmaculada que recientemente y vivamente hemos recomendado" (2). Vemos en este capítulo las relaciones que corren entre el escapulario, la maternidad espiritual y la mediación de María, en el siguiente trataremos del segundo aspecto de esta devoción, es decir la consagración a la Virgen.
La maternidad espiritual
En el plano psicológico los grandes privilegios del escapulario tienen su explicación en el amor materno de María. Una madre busca el bien supremo del hijo y no lo olvida nunca. La Virgen, como madre espiritual, nos ofrece el escapulario como medio para alcanzar nuestro último fin, la vida eterna, y promete no olvidarnos nunca, ni siquiera si iremos al purgatorio. En el plano teológico las promesas de María están justificadas por su oficio y por su poder de Mediadora. El privilegio de la preservación del infierno implica una asistencia continua y un cúmulo de gracias particulares para perseverar en el bien, y morir en la gracia. Todo este cúmulo de ayudas la Virgen nos los puede asegurar en cuanto dispone de los tesoros de la Divina Misericordia.
El escapulario constituye, ante todo, una manifestación convincente del amor de María por los hombres, una prueba concreta de su maternidad espiritual y de su interés por cuanto concierne a nuestra vida terrena y la suerte eterna. Nosotros vestimos el escapulario para asegurarnos la protección de la Virgen. Esta confianza importa el reconocimiento de la potencia y bondad de María. Los peregrinos se dirigen a Lourdes, porque están convencidos de que la Virgen los puede y los quiere curar, o al menos ayudar a soportar sus sufrimientos. Los fieles llevan el escapulario porque están seguros de que la Virgen, como buena madre, los ayudará a resolver los problemas fundamentales de su vida, de modo particular el problema de la salvación eterna, como ella misma ha prometido a S. Simón. El escapulario es un don. Un don es siempre un fruto de amor. El primer favor que se hace a una persona es el de amarla; el amor inclina luego a ayudar y favorecer. Con el don del escapulario la Virgen ha mostrado que nos quiere bien; los privilegios a él anexos son la demostración de su amor por nosotros, y de su voluntad de ayudarnos en toda circunstancia. "En el escapulario la maternidad espiritual de la Virgen se revela en la luz más suave de la ternura y de la preocupación por el bien de los hijos. De este principio brota su fecundidad en el plano de la santificación personal". Es de tener por cierto que la eficacia del escapulario en promover el bien espiritual proviene de ser la tarjeta y la prenda del amor de María hacia aquellos que lo llevan (3).
El amor de la Virgen resalta más si se tiene en cuenta la desproporción entre los bienes espirituales que ella ha unido al escapulario, con munificencia real, y lo que pide a sus devotos. Solo un corazón materno, infinitamente generoso, podía comprometerse a una asistencia continua en vida y después de la muerte, en compensación de un pequeño servicio como es el de llevar el santo escapulario. Por esto la tradición más antigua del Carmelo ha siempre visto en el escapulario una afirmación de la maternidad de María. "La S. Virgen, escribía el P. Gregorio Nacianceno de S. Basilio en 1641, se muestra madre de aquellos a los cuales dona su vestidura" (4). Y el P. León de S. Juan en 1625 decía "que la augustísima Virgen por medio del escapulario, renovó la antigua alianza con los Carmelitas, y munió con un sello eterno el vínculo de su filiación, de su maternidad y de la mutua fraternidad" (5).
La maternidad de María es confirmada por la naturaleza del don del escapulario y por las circunstancias en las cuales fue hecho. El escapulario es una vestidura; la vestidura propia de los Carmelitas. Es oficio de la Madre vestir a los hijos. Cuando una casa es alegrada por la sonrisa de un niño, parientes y amigos hacen augurios y regalos. La vestidura - una vestidura suave, preparada con ansia y ternura en las horas álgidas de la espera - es siempre el primer don de la mamá a su criatura. También cuando los hijos crecen, la mamá continúa teniendo cuidado de las vestiduras de los hijos, mientras ellos no se hacen independientes. La Virgen habría podido demostrar de mil modos, todos nobles y eficaces, su intención de satisfacer las súplicas de S. Simón y de toda la Orden carmelitana. Entre tantos medios a su disposición escogió el escapulario por el simbolismo que encierra. Cualquier otro don habría creado entre nosotros y María relaciones de beneficiados y benefactora; el sagrado hábito pone en evidencia que María es nuestra madre y nosotros somos sus hijos. La Virgen santa no habría podido demostrarnos de un modo más vivo su amor y su cuidado afectuoso por cuanto se refiere a nuestros intereses espirituales y temporales. "Escritores sagrados y profanos nos refieren que es oficio de las madres vestir a los hijos, dice el Lezana. La Virgen Santísima, Augustísima Reina de los cielos, quiso cumplir este oficio materno hacia los Carmelitas dándoles una vestidura" (6). El Evangelio nos narra que María en Belén, en la noche santa, envolvió al Santo Niño en pobres paños, que ciertamente ella misma había preparado, "pannis eum involvit" (7). Del mismo modo ella ha preparado una vestidura para sus hijos adoptivos, no tejándola con sus manos, sino escogiéndola entre las vestiduras en uso y adornándola de privilegios, para que fuese la expresión viva de su amor materno.
Las circunstancias de la visión de S. Simón confirman el valor del escapulario como prueba de la maternidad de María. La Orden carmelitana atravesaba horas de lucha y de amargura, y se había dirigido a la Virgen para tener luz y socorro. La Virgen interviene con prontitud y magnanimidad. No lo libera solo de las dificultades del momento; deja un recuerdo de su benevolencia que lo defenderá de los peligros también en los siglos sucesivos. Es propio de una mamá amorosa interesarse de las necesidades presentes y futuras de los propios hijos, prestarles toda asistencia también más allá de los límites de la necesidad inmediata. La promesa de María de proteger en vida y en muerte a aquellos que visten su vestidura, es una prueba de la generosidad de su corazón, y de la grandeza de su amor. Ella se ha comportado con los Carmelitas, y con cuantos visten el escapulario, como una tiernísima madre: los ha revestido, se ha comprometido a asistirlos en cada momento para salvaguardar la santidad de su alma, y no se ha detenido ni siquiera en los umbrales de la eternidad, prometiendo intervenir también en el purgatorio. En el escapulario la maternidad de María revela sus dimensiones grandiosas y su importancia decisiva en el problema de nuestra vida sobrenatural.
Los hijos adoptivos
Revestir el escapulario significa, por tanto, reconocer a la Virgen como Madre, y proclamarse abiertamente sus hijos. La primera prerrogativa del escapulario, escribía el Raynaud en 1654, es aquella de inscribir entre los hijos predilectos de María (8). Esta convicción es común a todos los autores del siglo XVII que hablan del escapulario. "El escapulario de la Virgen, dice el P. Matías de S. Juan, es para quien lo lleva un signo de que ella lo ha adoptado por hijo. Esta librea nos ata y nos pone a servicio de la Madre de Dios, de tal modo que ella no nos considera más siervos y domésticos, sino como hermanos e hijos adoptivos" (9). La liturgia acepta y confirma esta interpretación del significado espiritual del escapulario. En el prefacio propio de la Misa del Carmen, aprobado en 1919, se dice expresamente que con el hábito la Virgen nos ha hecho sus hijos, "quos autem beata Virgo per sacrum scapulare in filios dilectionis assumpsit" (10).
Dios adopta a los hombres como sus hijos por medio del Bautismo, que es un signo externo, sensible, de cuanto obra en la profundidad de nuestra alma. También la Virgen quiere significar externamente su adopción y por esto nos cubre con su vestidura. María es madre de todos los cristianos, y a todos ama de modo eficaz. Como ninguna brizna de hierba se colorea sin la luz del sol, así ninguna alma se salva, y mucho menos puede llegar a la perfección, sin el concurso materno de María. Pero la universalidad de su amor no le impide tener predilecciones. Ella ama sinceramente cada alma cristiana, a todas extiende su socorro, y al mismo tiempo muestra a algunas una ternura y una benevolencia particular. El escapulario es precisamente el signo de una maternidad toda especial, de una gran predilección por parte de María, y por tanto quien lo lleva debe sentirse lleno de exultación y reputarse el más honrado entre los hombres. "El escapulario no es un signo inútil, amonestaba Bossuet, vosotros lo lleváis como una prueba sensible de que os reconocéis hijos de María" (11). Y el P. Cipriano de S. María comenta: "Por este sagrado hábito, los cofrades se convierten de modo todo particular en hijos de la Virgen. ¡Qué prestigio! No se convierten en Grandes de España, sino en hijos de la Virgen María. ¿Qué puede haber más sublime y más deseable?" (12).
La ceremonia de la vestición del escapulario es el signo externo de una realidad íntima, que se realiza en el alma, la adopción como hijo de María. Como a los pies de la cruz, por la palabra de Jesús, se crearon vínculos de filiación y de maternidad entre Juan y María, así la vestición del hábito origina nuevas relaciones entre los fieles y la Virgen; relaciones de hijos y de madre. En vista de la adopción que viene místicamente significada por el escapulario es aconsejable que los fieles se preparen a la vestición con la oración y posiblemente reciban la confesión y la comunión. Sería un contrasentido, una grave falta de sensibilidad, presentarse a la Virgen con el pecado en el corazón y con la mente llena de mundanidad, y requerirle ser adoptados como hijos, mientras se encuentran en similares condiciones espirituales. La admisión entre los hijos de María es un acto importantísimo y merece ser preparado con toda diligencia. El escapulario, en cuanto signo de adopción en María, impone también obligaciones. La primera es la de ser conscientes y de recordar siempre la propia condición, y vivir en conformidad con ella. Nuestra conducta externa y nuestros sentimientos interiores deben ser dignos de un hijo de María. A los hebreos que se jactaban de tener a Abraham por Padre Jesús dijo: "Si sois hijos de Abraham, haced las obras de Abraham" (13). Del mismo modo los hijos de María deben hacer las obras de María, es decir imitarla y honrarla. Cada hijo debe a su madre amor y gratitud. Quien más que los otros ha sido ayudado, debe corresponder con mayor ímpetu y generosidad. Los cofrades del Carmen encuentran en el escapulario el signo de una predilección particular, por tanto deben consagrarse a ella con entusiasmo. "Qué felices, exclama Arnoldo Bostio, aquellos que acogen con suavidad los dones de María, en los brazos de una dilección recíproca. Sabiéndose provistos por ella de una tan grande heredad, viendo este hábito, recordarán con alegría el amor de predilección con el cual los rodea la amadísima Donadora" (14).
El escapulario es por tanto una afirmación característica de la maternidad espiritual de María y un modo eficaz para recordar y hacer vivir en los fieles el amor y la sumisión debidos a la Madre de Dios. Su uso redunda en honor de la Virgen santa y desarrolla en nosotros la verdadera devoción. "Como los hombres se tienen por honrados de tener algunos que llevan sus libreas, así María agradece que sus devotos lleven su escapulario en signo de ser dedicados a su servicio, y ser del número de la familia de la Madre de Dios" (15).
La mediadora
La maternidad no es solo un hecho fisiológico, sino que importa consecuencias de orden afectivo y práctico. La madre ama al hijo de su seno, por tanto lo sigue, lo asiste, lo nutre, lo educa, y mientras depende de ella, no le deja faltar nada de cuanto lo puede hacer feliz. La Virgen, adoptándonos como hijos por medio del escapulario, no pretende conferirnos únicamente un título halagador, que podría favorecer nuestra vanidad, sino que quiere asegurarnos que será nuestra madre en el sentido más pleno, y ejercerá hacia nosotros todas las funciones maternas. La adopción es un acto de amor, y el amor, cuando es sincero, no permanece nunca inoperoso. Proclamándose nuestra madre María se empeña en amarnos y asistirnos, como cada buena mamá hace con sus criaturas. El don del escapulario contiene por tanto una promesa, una garantía de protección continua y eficaz por parte de la Madre celestial. Los dos grandes privilegios, la preservación del infierno y la liberación anticipada del purgatorio, son una prueba concreta de la voluntad de María de asistir a sus hijos en vida y después de la muerte, es decir en todas las circunstancias en las cuales vendrán a encontrarse. La preocupación principal de la Virgen es, sin duda, la de defendernos de los males espirituales, de la tentación y del pecado. Pero en su bondad materna ella no se desinteresa ni siquiera de nuestros cuerpos, y de los asuntos temporales, a veces tan íntimamente ligados con aquellos del espíritu. Por esto nos ha dado el escapulario como salvación en todos los peligros, salus in periculis, y los fieles confían a ella todas sus preocupaciones, sacando siempre ayuda y consuelo. Pío XII ha puesto en evidencia, con su oratoria llena de calor y de experiencia, la eficacia del escapulario en todas las necesidades de orden espiritual y material. "Cuántas almas han debido, también en circunstancias humanamente desesperadas, su suprema conversión y la salvación eterna al escapulario que llevaban. ¡Cuántos, además, en los peligros del cuerpo y del alma, han sentido, gracias a él, la protección materna de María! La devoción al escapulario ha hecho derramarse sobre todo el mundo un río de gracias espirituales y temporales" (16).
La Virgen puede desarrollar este amplio programa de asistencia, a favor de los revestidos del escapulario, en virtud del puesto que ocupa en el plan de la Redención, y por los poderes especiales que le han sido conferidos por Jesús. De este modo el hábito no es solo una revelación y una confirmación de la maternidad espiritual de María, sino que pone de relieve también el oficio misericordioso de mediadora que Dios le ha confiado. Ella nos socorre de tantos modos, y en todas las dificultades, porque es la depositaria y la dispensadora de todas las gracias merecidas por Jesús con su Pasión. Profundicemos un poco el concepto de la mediación de María, para entender mejor el valor y el dinamismo del escapulario. Es oficio propio de Jesús amaestrar y santificar a los hombres, guiarlos en la vida espiritual, y un día, juzgarlos y determinar su suerte eterna. A él le ha sido conferida la potestad legislativa, judicial y ejecutiva. A María nadie atribuye similares poderes, si bien la Iglesia la salude con el título de Reina. Su influjo sobre los fieles es de carácter impetratorio, y consiste en la oración y en el prestigio que ejerce sobre el Corazón de su Hijo. Jesús ama tanto, inmensamente a María, su madre y su colaboradora en la obra de la Redención; por tanto desea complacerla. También cuando ejerce sus poderes regios sobre los hombres, él tiene siempre presentes los deseos de su Madre. Si María toma un alma bajo su protección, Jesús tendrá en cuenta este hecho y no defraudará nunca las esperanzas depositadas en su Madre. Podemos decir, con palabra muy humana e imprecisa, que el gobierno de Jesús sobre las almas, está bajo el poder y el influjo moral de María. Se dice a menudo que María concurre a la salvación de las almas con su oración. Se trata de una oración del todo particular, no hecha de palabras o de gestos, sino de sentimientos íntimos. Jesús conoce todos los deseos y las preocupaciones de su Madre, y la complace siempre. La oración de María no es más que su ansia materna de socorrer a los hijos, su amor por los hombres, por los cuales ha sufrido tanto junto con su Unigénito.
Para comprender mejor la naturaleza del poder de María, debemos tener presente que en el orden sobrenatural todo es don gratuito de la divina misericordia. En el plano humano, la autoridad, aun cuando sea aquella suprema de un rey o de un juez, no obstante cualquier influjo de oración o de amenaza, no puede nunca ir más allá de las normas de la justicia conmutativa y distributiva. En el orden de la gracia todo depende de la bondad de Dios, hacia el cual el hombre no puede reivindicar ningún derecho estricto. El Señor puede, por tanto, actuar en plena libertad, y tener en cuenta, o dejarse amablemente guiar en todo por el amor que porta a su madre. El influjo o intervención de María no constituye para Dios un imprevisto, o de cualquier modo una limitación de su libertad soberana. Es él mismo quien ha escogido a María, y haciéndola su madre se ha obligado a amarla, a escucharla, y a ponerse de algún modo bajo el imperio de su bondad. La realeza de María es una realeza de amor, fundada sobre la maternidad divina, que es un favor y un privilegio concedido libremente por Dios. Se explica de este modo la doctrina conocida desde el siglo XI, que los devotos de María no van al infierno. Lo afirmó, entre los primeros, S. Pedro Damián, en un texto tan significativo: "No podrá perecer ante el juez eterno aquel que se ha asegurado la protección de la madre de Dios... Aunque este hombre fuese vuestro (de los demonios) y viviese carnalmente, sin embargo el piísimo y clementísimo hijo mío y Señor, no permitirá que venga sometido a vuestra crueldad, viendo que él fue siervo mío y murió bajo mi protección" (17).
La devoción del escapulario, considerada bajo el aspecto teológico, es una aplicación concreta de la doctrina de la Iglesia sobre la mediación universal de la Virgen. Revestir el hábito nosotros nos ponemos bajo su protección porque estamos ciertos de que ella con sus oraciones puede ayudarnos en los peligros y dificultades de la vida, y puede ayudarnos con su prestigio e intervención también en la hora del juicio divino que decidirá nuestro destino eterno. El Silvestrani, en 1587, ilustraba las relaciones existentes entre el escapulario y la mediación universal de María, por medio de una comparación, quizás un poco audaz, entre las vestiduras de Jesús, que curaban al solo contacto, y el hábito de la Virgen, por medio del cual vienen a nosotros tantos favores. "No creáis que por este hábito de María, recibido por nosotros en virtud de María, seremos favorecidos con gracias grandísimas y dones singularísimos?,.. Ni se podrá fácilmente creer que el hábito de María tenga tanta fuerza, si no se piensa en el mucho mérito de María. Pero sabiendo que María es Esposa del Padre, tabernáculo del Espíritu Santo, Madre del Hijo. santa en la gracia, Reina del cielo y beata en Dios... es cosa justa creer que si tantas gracias concede cada día a los devotos sin este hábito, que tanto mayormente concederá a los más devotos que llevan este hábito" (18).
El escapulario concurre de modo particular a acrecentar en nosotros la virtud de la esperanza. La esperanza teologal tiene como objeto la vida eterna y los medios para conseguirla. La certeza de la ayuda de María, asegurada por el hábito, hace más válida nuestra espera, más generoso nuestro esfuerzo en el ejercicio de las virtudes. Donde no podemos llegar solos, con nuestras fuerzas humanas, podemos llegar, sin demasiada dificultad, con la asistencia de María, que tiene a su disposición todas las gracias de las cuales podemos necesitar. El deseo de la beatitud eterna aumenta con la confianza de poderla conseguir por la mediación de la Virgen. Esta confianza es alimentada en nosotros por el escapulario. El cofrade del Carmen, escribe el B. Claudio de la Colombière, tiene de frente a María, una posición de privilegio. De hecho, explica, todos los sentimientos de amor y de respeto a la Virgen que conservamos en el corazón, le dan placer. Pero cuando estos sentimientos son manifestados externamente, aumentan su gloria, y ya que ella es tan agradecida, multiplica en proporción sus ternuras y liberalidades. Ahora, tomando el escapulario, nosotros nos declaramos públicamente de María, y proclamamos su soberanía, su bondad, su gloria. Por tanto ella se siente mayormente obligada a asistirnos y a demostrar que es verdaderamente madre y reina, como nosotros la reconocemos (19).
Con el escapulario la Virgen inaugura una nueva economía de gracia y de misericordia. Por su intervención la vía de la salvación, siempre fatigosa, se hace menos angosta. Desaparece en gran parte el riesgo de la lucha, la incertidumbre del futuro. La protección de María, su amor y su potencia revelados por el escapulario, son para las almas un inmenso consuelo. Haciendo una vestidura para los progenitores, Dios cubrió su desnudez y al mismo tiempo defendió sus cuerpos de las inclemencias. La santa Virgen, con el santo escapulario, cubre nuestra miseria moral y nos defiende de todos los peligros morales y materiales que insidian nuestro camino hacia la eternidad. Ciertamente no podía manifestar de un modo más eficaz su bondad de Madre, su potencia y su oficio de Mediadora.
Pacto de alianza
El concepto de maternidad espiritual y de mediación, insertos en el escapulario portan a la idea de un pacto de alianza, entre María y sus devotos. "Los reyes y los príncipes, escribe todavía el Bostio, suelen conceder a los amigos más queridos, las insignias de su linaje, como prueba y sello de una alianza perpetua. Así María, dignísima Reina de los cielos, concedió a sus dilectos hermanos e hijos del Carmelo, una vestidura de nobleza, que cubriendo sus hombros, los amoneste del deber de llevar el yugo de Jesucristo, y recuerde el pacto de amistad contraído con ella" (20). Esta idea se afirma asaz pronto y llega a ser común en la doctrina carmelitana sobre el escapulario. El padre León de S. Juan escribe: "En consecuencia de esta alianza espiritual, de la cual el escapulario es el signo externo, como la circuncisión era llamada alianza porque era su símbolo exterior, la Virgen benditísima toma bajo su protección especial a la Orden carmelitana y a todos los cofrades que forman parte de ella. Y recíprocamente todos los cofrades que militan bajo el escapulario, profesan y protestan públicamente un homenaje especial a la Virgen incomparable, a la cual el mismo Hijo de Dios Encarnado se ha sometido" (21).
La alianza entre María y los cofrades del Carmen es un empeño recíproco de asistencia y de amor. Vistiendo el escapulario los fieles se obligan oficialmente, y por un motivo nuevo, a honrar y servir a la Virgen. La Virgen, por su parte, los reconoce como hijos, promete su asistencia, y se empeña en no olvidarlos en su misión de madre y de mediadora de las gracias. La alianza no es más que una floración, una aplicación práctica, de las relaciones de madre e hijos que existen entre la Virgen y los revestidos del escapulario. La madre resta unida a los hijos por vínculos múltiples, íntimos e indisolubles; el hijo no puede olvidar a la madre sin renegar de las voces y de las exigencias de la naturaleza. La alianza entre madre e hijos no es alguna cosa artificial y libre, sino una exigencia de la carne y de la sangre, una necesidad irreprimible ligada a la comunión de las relaciones y de los sentimientos inferiores. Así la alianza entre la Virgen y los revestidos del escapulario es una consecuencia necesaria de la adopción espiritual, por la cual María se empeña en amarnos de madre y nosotros nos obligamos a honrarla y servirla de hijos. Es en virtud de este pacto eterno que la Virgen no abandona a sus hijos ni siquiera después de la muerte, y corre a liberarlos del purgatorio. En algunas narraciones posteriores de la visión de S. Simón, como en la del Paleonidoro, se ponen en labios de la Virgen estas palabras: "He aquí un signo de amistad sempiterna" (22). Muy probablemente estas palabras no fueron pronunciadas por la B. Virgen, pero expresan ciertamente su pensamiento. Ella de hecho adoptando, por medio del escapulario, a los Carmelitas, contraía con ellos la obligación de protegerlos y de asistirlos. Un pacto no se disuelve si una de las partes no falta a las cláusulas o se retira libremente. María no falta nunca a su palabra, ni nos abandonará, si seremos fieles a su amor y a aquella santidad de vida que el escapulario requiere de nosotros. La perpetuidad de la alianza depende precisamente de nuestra fidelidad. Si nosotros faltamos a nuestros deberes de hijos, si nuestra vida no está en armonía con nuestra condición, el pacto de amor se disuelve, y la Madre celestial no tiene ya ninguna obligación hacia nosotros. La eficacia y el valor del escapulario está ligado a la reciprocidad del afecto y al cumplimiento de los empeños asumidos a respecto de la Virgen.
El hábito de María
El P. Juan Bautista Rossi en una carta del ocho de octubre de 1571 a Alejandro Lofredo, llama al escapulario "hábito de la Virgen del Carmen, habitum Genitricis Virginis Mariae de monte Carmelo" (23). Este título llegó a ser común y se le encuentra en muchos autores. Recordemos a santa Teresa de Ávila, la gran reformadora del Carmelo, que comienza el libro de las Fundaciones "en nombre del Señor, con la ayuda de su gloriosa Madre, de la cual, aunque indigna, llevo el hábito" (24). Y en la Autobiografía confiesa; "Yo me sentía muy feliz de haber instituido una obra que sabía que era de gloria al Señor y de honor al hábito de su Santísima Madre" (25). Pío XII ha dado un valor oficial a este título diciendo que el escapulario es "el hábito de la Virgen, veluti habitus marianus" (26). Varias consideraciones justifican este título, y determinan su significado. Ante todo el escapulario se puede llamar hábito de María en cuanto que la Virgen lo ha escogido como vehículo de sus grandes promesas y como símbolo de su amor y del cuidado materno que pretende tener por sus devotos. Ella ha conferido al escapulario una eficacia sobrenatural en orden a nuestra salvación eterna y ha hecho de él el estandarte de sus hijos predilectos. En segundo lugar el escapulario se puede llamar hábito de María, en cuanto forma parte del hábito propio de la Orden carmelitana, el cual se consagró, desde el inicio, al culto de la Virgen, y ha ligado a ella su vida y su actividad. "El carácter de veste de María está asegurado al hábito del Carmen por la historia. Como el significado de las palabras no se improvisa arbitrariamente, así no se improvisa la fuerza expresiva de los símbolos. Ahora, el hábito del Carmen, que es el hábito mismo de la Orden carmelitana, reducido a una forma más cómoda para el uso de los fieles, cuenta siglos de vida carmelitana, es decir de intensa vida mariana; y esta vida, como ha hecho llegar a ser al Carmelo la Orden de María, así ha convertido el hábito del Carmelo en veste de María. Quien viste el hábito del Carmen se asocia a los innumerables religiosos y cofrades que desde hace siglos han profesado la más tierna devoción a María, asumiendo esta devoción como característica propia" (27). El escapulario, escribe el Perardi, "es una especie de divisa. En nuestros días las divisas han asumido una gran importancia. Cada asociación tiene su divisa; una divisa especial tienen los empleados estatales. El valor de la divisa está precisamente en indicar el cuerpo al cual se pertenece. El hábito es la divisa de los Carmelitas; es signo de pertenecer a una asociación querida por la Virgen María y a ella vinculada" (28).
Con el andar del tiempo el escapulario ha asumido también otro significado. Ha llegado a ser el distintivo y el vínculo de amor que une a todos los devotos de María. S. Agustín dice que en cada religión, sea verdadera que falsa, los miembros no se pueden reunir, si no hay signos sensibles que los distingan (29). En la religión católica los fieles se conocen y se distinguen por la participación en los Sacramentos instituidos por Jesucristo. También los devotos de María tienen necesidad de un signo sensible para reconocerse entre ellos y distinguirse de los otros. Y la Virgen ha dado a ellos, como divisa y bandera, el santo escapulario. La devoción a la Virgen consiste esencialmente en la veneración y en el amor; pero estos sentimientos interiores escapan, por su naturaleza, a todo control. El escapulario expresa de modo sensible, público, nuestras disposiciones interiores, nuestro afecto y nuestra estima hacia la Virgen, y por ello sirve de tarjeta de reconocimiento y de vínculo de unión entre los hijos de la misma madre celestial. El escapulario es un recuerdo y un distintivo. Como recuerdo llama a nuestra mente la bondad de la Virgen, y nuestra condición de hijos predilectos. Como distintivo nos hace reconocer a todos por lo que somos, nos une espiritualmente a cuantos reconocen y honran en María a su madre, y constituye un título de honor y un motivo de consuelo.
CAPÍTULO V - La consagración a la Virgen
El escapulario es en primer lugar una afirmación de la maternidad espiritual de la Virgen Santa, a la cual los fieles se confían con amor y confianza de hijos. Este, sin embargo, tiene también una segunda función, que es la de ponernos enteramente al servicio de la Virgen, simbolizando nuestra consagración al culto y al afecto de la Madre de Dios. En cuanto nos hace hijos de María el hábito nos impone también obligaciones precisas. Quien lo viste debe amar, honrar, servir a la Virgen, como todo hijo devoto ama, honra y obedece a su madre. Para gozar de los privilegios del escapulario no basta llevarlo materialmente sobre la persona y gloriarse del nombre de hijos de María; es necesario también penetrar su significado y aceptar sus consecuencias. Su uso implica una donación o consagración total de nosotros mismos a la Virgen, un esfuerzo consciente y diuturno para imitar sus virtudes, para honrarla y hacerla honrar.
El vínculo entre los dos aspectos del escapulario, la adopción espiritual por parte de María y nuestra consagración a su servicio, es evidente. Con el escapulario la Virgen nos asegura su protección eficaz y perenne y nos demuestra del modo más concreto su predilección; consagrándonos a ella nosotros mostramos apreciar y aceptar su asistencia, y querer corresponder a sus atenciones poniéndola en el centro de nuestra vida y de nuestros afectos. De este modo el escapulario se convierte en un compromiso de amor libremente asumido, un maravilloso programa de vida y de santidad.
Doctrina tradicional
Los autores que han profundizado con mayor sensibilidad el contenido espiritual del hábito, han insistido siempre y puesto en evidencia su significado de consagración. Arnoldo Bostio escribe, con la convicción que le es habitual, que la Virgen "concedió a sus hermanos e hijos dilectísimos del Carmelo, una vestidura nobilísima que cubriendo sus hombros recuerda el deber de llevar el yugo de Jesús, recuerda el pacto de alianza contraído con ella, y los amonesta a imitar sus virtudes" (1).
Hacia finales del siglo XVI y principios del XVII se encuentran en España cofradías del escapulario con el nombre de esclavitud de nuestra Señora del Carmen. En los estatutos de la cofradía de Madrid, de 1600, se lee: "En primer lugar se establece y se ordena, que los agregados se llamen esclavos de Nuestra Señora del Carmen" (2). La palabra esclavo suena duramente a nuestros oídos, pero responde bien a las costumbres de la época, y expresa de modo concreto la dedicación total a la Virgen.
El P. León de S. Juan escribía en 1625 que la Beatísima Virgen "no solo como madre común de todos los cristianos, sino como hermana afectuosísima, intercederá de modo especial sus privilegios a aquellos que en vida se consagraron de modo especialísimo a su culto; el documento o tarjeta de este especial culto y servicio es el escapulario que ellos han llevado esforzándose por ejercitarse en sus virtudes" (3). Pocos años después, en 1656, el P. Matías de S. Juan repetía el mismo pensamiento diciendo que "el escapulario ata suavemente, pero fuertemente al servicio de María a la persona que lo lleva. Este es un signo de servidumbre particular hacia la SS.ma Virgen". Y concluye: "El escapulario - es la librea real con la cual la SS. Virgen honra a sus predilectos" (4).
El jesuita Juan Crasset hace referencia a la costumbre de los nobles de aquel tiempo, de imponer su librea a cuantos formaban parte de su servicio. "Si los hombres se consideran honrados de tener a muchas personas que visten los colores de su linaje, en cuanto manifiestan de este modo su autoridad y su prestigio, no podemos dudar de que la Virgen se considere particularmente honrada por aquellos que llevan su escapulario; este es un signo de que nosotros le pertenecemos, de que nos hemos consagrado a su servicio" (5). El mismo pensamiento es retomado por S. Alfonso M. de Ligorio: "Conforme los hombres se tienen por honrados de tener a algunos que llevan sus libreas, así María Santísima agradece que sus devotos lleven su escapulario en signo de estar dedicados a su servidumbre y ser del número de la familia de la Madre de Dios" (6).
El S. Padre Pío XII resumía una larga tradición doctrinal cuando bajo las arcadas imponentes de la basílica de S. Pedro, ante las miles de personas que se habían reunido en congreso para celebrar el VII centenario del escapulario decía que quien lleva el hábito "hace profesión de pertenecer a Nuestra Señora, como los caballeros del siglo XIII, al cual se remonta el origen del escapulario, los cuales bajo la mirada de su Señora, se sentían valerosos y seguros, y llevando sus colores, habrían preferido mil veces morir, antes que dejarlos humillar" (7).
En los torneos medievales los caballeros descendían al campo a dar prueba de su valor vistiendo los colores de la Dama del corazón. En el enfurecimiento de la lucha, entre el relampaguear de las espadas y de las lanzas, el pensamiento corría a la Señora por la cual se batían, y en su mirada si estaba presente, o en su recuerdo evocado continuamente por el blasón vestido, encontraban el vigor y el coraje para vencer o para morir como héroes. La caballería medieval, con sus ideales de fuerza, gracia y de belleza, ha declinado para siempre. La historia ya no ejerce un gran influjo sobre la mentalidad moderna, no suscita ninguna emoción o entusiasmo. En su lugar ha surgido una caballería más sagrada y más pura, consagrada a una Señora cuya belleza no se desvanece jamás, cuya potencia no conoce límites de tiempo y de espacio: la milicia sagrada a la Reina del Carmelo. Sus escuadrones, numerosos como la arena del mar, han recibido de ella el estandarte de todas las victorias, el escapulario, y bajo esta bandera se comprometen a servirla con amor y dedicación absoluta, para la vida y para la muerte.
Difundido en los tiempos caballerescos del medioevo, el escapulario recuerda sus fastos y conserva su simbolismo. Quien lo reviste pretende asumir la librea de María, y se compromete a luchar y a vencer en su honor la dura batalla de la verdad y de la virtud. Cuando la tentación enfurece, o lo asalta el cansancio y la monotonía de la vida, él encuentra en la vestidura de María un llamado y una incitación a perseverar, con la certeza de la protección celestial y de la victoria final. Cualquiera que viste el escapulario se convierte en un caballero de la más noble Señora y un humilde servidor de la Reina del cielo. Su vida ya no es suya; la ha consagrado a la Virgen y debe emplearla en su honor. El escapulario, según la tradición carmelitana, autorizadamente confirmada por el S. Padre, representa una línea de fidelidad constante, una consagración integral a la Virgen.
I. Giordani expresa de modo poético y vibrante la felicidad y la alegría que derivan de este vínculo que nos liga espiritualmente a la Madre de Dios. "El ánimo de los creyentes da, con él (el escapulario) expresión concreta a su amor a la Virgen. Quien lleva puesto el escapulario afirma pertenecer a María. Puede ser un mendigo, un pastor ignorado por el fisco, un ermitaño olvidado por el registro civil; pero por aquella insignia él se considera un caballero de la más noble Dama, reviviendo un poco en sí mismo de aquel orgullo ennoblecedor con el que se estremecía Íñigo de Loyola en la vigilia de armas de Montserrat. Siente un poco de la conmoción con que S. L. Grignion de Montfort se acercaba a su Reina. Siente algo de los transportes líricos de S. Bernardo, el citaredo de la Virgen; y sueña, tal vez, en su fantasía, bóvedas estrelladas de catedrales, como los arquitectos de las basílicas góticas, puestas, entre las casas de los hombres, para fijar en líneas y curvas, la trémula gratitud por aquella Señora" (8).
El significado de la consagración
La consagración equivale a una donación total y perenne de nosotros mismos a la Virgen. Es por lo tanto el obsequio más significativo y más grato que podemos ofrecer a la Virgen, y constituye el vértice de la devoción mariana. Ofrecer la propia persona, la propia vida, la propia actividad a la Virgen; comprometerse a servirla en toda cosa, comportándose siempre de manera grata a ella, vale incomparablemente más que un acto o que una serie de actos saludables, aunque sean excelentísimos, cumplidos en su honor. La consagración, tomada en su significado más amplio y profundo, no se agota en la observancia de algunas prácticas piadosas, ritos y oraciones, ni en particulares homenajes a ofrecer en circunstancias determinadas, durante el mes de Mayo o en la celebración de una fiesta litúrgica, sino que abarca toda la vida, y constituye una orientación permanente de los sentimientos íntimos y de las iniciativas exteriores.
La consagración, escribe el P. B. Xiberta, es "una donación total y exclusiva, por la cual la persona o cosa consagrada permanece toda de aquel al cual se consagra, no por determinados momentos, sino permanentemente. La consagración primeramente se hace solamente a Dios porque la donación total y exclusiva pertenece al culto de adoración; pero subordinadamente se hace también a María, en cuanto ella es Madre de Dios, Corredentora del género humano, Mediadora de todas las gracias, en una palabra porque María ejerce una función universal en la economía de la gracia. Así la consagración entra también en el culto debido a María, que llamamos de hiperdulía. Ahora bien, dado que en la vida espiritual interesa grandemente tener unas formas sensibles de culto que interpreten y regulen adecuadamente sus diversas funciones, así ocurre que entre las prácticas inspiradas en la devoción a María haya una que encarne el carácter de consagración. A este fin responde el hábito del Carmen... Estos símbolos sensibles de la consagración deben ser para el devoto de María un memorial que renueve a menudo el pensamiento de la Madre y lo mueva a diversos actos de homenaje hacia ella; un distintivo personal con el cual pueda ser conocido como consagrado a María en cada momento de la vida y sobre todo en la hora de la muerte; un signo de su donación a María y al mismo tiempo del amor y de la protección de ella;... un vínculo de unión con María incluso cuando no se es capaz de pensar en ello actualmente. Ahora bien, entre los múltiples objetos que la piedad cristiana ha asociado al culto de María, ninguno cumple todas estas funciones juntas, al menos ninguno tan adecuadamente, como el hábito del Carmen. Memoriales para renovar a menudo el pensamiento de María son la corona, las imágenes, las medallas de la SS. Virgen, guardadas siempre cerca de nosotros; pero un memorial más eficaz es el hábito, hecho a propósito para ser vestido permanentemente; este está a cada momento con nosotros para amonestarnos que pertenecemos a María" (9).
No hay, en el uso cristiano, un vínculo que nos ligue a María más íntimamente que el escapulario. Este nos hace hijos de María y por ello nos pone a sus dependencias, como todo hijo depende de la madre. Los Carmelitas y las Carmelitas concretizan su dependencia y su consagración a la Virgen ofreciendo a ella los votos religiosos. La fórmula de profesión en uso en el Carmelo desde el siglo XIII es la siguiente: "Yo N.N. hago mi profesión y prometo obediencia a Dios y a la Bienaventurada Virgen María del monte Carmelo, y al prior general de los frailes de la Orden de la Madre de Dios, María Santísima...". La profesión equivalía para los hijos de Elías a un sacrificio total de sí mismos a Dios y a la Virgen, con la obligación consiguiente de vivir la vida mariana según las tradiciones de la Orden. Los revestidos del escapulario que continúan viviendo en la familia no están obligados a los votos religiosos, ni a la observancia de la regla carmelitana, pero vistiendo oficialmente el hábito de la Orden, manifiestan el propósito de participar en su espiritualidad, orientándose constantemente hacia la Santa Virgen. El hábito que visten reclama a cada momento su condición de hijos predilectos de la Virgen; y los estimula a la fidelidad hacia la Madre celestial a la cual se han consagrado.
La consagración representada por el uso del escapulario es esencialmente un compromiso de llevar una vida mariana. No es un rito mágico que produce lo que significa y que confiere un valor mariano a una vida mediocre, sino un propósito, un esfuerzo continuo por vivir con plenitud la vida cristiana, de manera que haga honor y agrado a la Reina del cielo. Por esto no basta eliminar algún defecto, adquirir esta o aquella virtud, cumplir alguna práctica piadosa o alguna obra caritativa. Es necesario que toda la vida y toda la actividad estén bajo el influjo de María, se conformen a sus deseos, reflejen sus ejemplos. Quien se consagra al servicio de una persona o de un ideal, no puede disponer de su vida; sus gustos, sus deseos, sus intereses deben armonizarse con el fin que se ha propuesto. La consagración a María no implica particulares prácticas de devoción, sino que se concretiza en la vida de cada día plasmada sobre los ejemplos de la Madre de Dios. El escapulario, como símbolo de consagración, inserta su influjo en el conjunto de nuestra vida cristiana, conduce a una mayor fidelidad en el cumplimiento de nuestros deberes, nos espolea a uniformarnos en todo a la Voluntad de Dios, porque estas son las cosas que mayormente desea de nosotros la Virgen. Por otra parte, la vida cristiana vivida bajo la mirada materna de María adquiere una dulzura y una suavidad característica, que nacen espontáneamente de la conciencia de la presencia y del amor de una Madre tan tierna y poderosa.
La imitación de María
S. Pablo escribiendo a los Gálatas dice que los bautizados están todos revestidos de Cristo, esto es de su gracia y de sus virtudes: "Quicumque enim in Christo baptizati estis, Christum induistis" (10). Revestidos de Cristo, configurados a él, los fieles deben imitar sus ejemplos, hacer propios sus sentimientos: "Hoc enim sentite in vobis quod et in Christo Jesu" (11). Por analogía se puede decir lo mismo de los cofrades del Carmen. Vistiendo el escapulario ellos se han convertido en hijos de María, sus predilectos, por ello deben copiar sus rasgos morales, revivir sus ideales de pureza y de caridad. La imitación es un deber que brota lógicamente de la situación y de las nuevas relaciones en las que nos pone el escapulario en relación a la Virgen. El hábito nos constituye hijos de María y revela externamente esta nuestra condición; las virtudes interiores reproducen en nuestra alma su rostro materno y por ello nos hacen dignos de su amor particular.
El P. Esteban de S. Francisco Javier pone de relieve el deber y a la vez también el modo de imitar a María. "El título honorífico que nosotros tenemos de hijos de María, nos da prestigio ante los fieles, nos distingue de las otras Órdenes y cofradías, y constituye nuestra gloria principal. Pero nosotros seríamos muy infelices, si este nos diese solo estima ante los hombres... Este nos debe inspirar pensamientos nobles y elevados, designios generosos, afectos espirituales que respondan a lo que este significa. Debemos deducir sobre todo cuatro consecuencias para el mejoramiento de nuestra conducta, Ya que somos los hijos de la SS. Virgen: 1) nosotros debemos honrarla y servirla con celo ardentísimo; 2) invocarla con gran confianza; 3) nuestra vida debe ser muy santa; 4) debemos imitar a esta Madre divina con singular fidelidad en todas las virtudes por ella practicadas" (12).
Idéntica en los elementos esenciales es la doctrina de Bostio. El escapulario recuerda a los hijos del Carmelo "que deben considerar continuamente la santa vida de María como su modelo, grabar sobre el escudo de su Fe su imagen añadida a la de su Hijo, poner toda su confianza en la protección omnipotente de esta sublime Soberana, siempre dispuesta a socorrernos" (13).
Dos siglos más tarde el P. Miguel de S. Agustín presenta el vértice de la consagración a la Virgen en una vida de plena conformidad y unión con la vida de María. "Como debemos vivir de modo deiforme, es decir conforme al beneplácito divino, así es útil vivir de modo marie-forme, es decir conforme al querer de la Madre de Dios, María. Por ello aquellos que hacen profesión de ser sus hijos queridísimos, tienen la misma preocupación de agradar a Dios y a María, en todo lo que hacen u omiten, de modo que cumplan con prontitud y alegría cuanto es de su agrado; y de evitar con solicitud cuanto a ellos desagrada". Durante toda la jornada el pensamiento de María debe estar presente en la mente de todo revestido del escapulario: "El recuerdo afectuoso te acompañe de día y de noche, durante tus prácticas, tus trabajos, tus conversaciones; en medio de tus alegrías, en tus tristezas, en tu descanso. Ella ocupe el primer puesto en tu memoria". Según el piadoso autor la verdadera imitación de María no se restringe a algún momento o episodio, sino que abraza toda su vida, su actitud interior, sus disposiciones de ánimo. Importa por lo tanto una orientación nueva, general de toda nuestra actividad psicológica y exterior. Precisamente por esta su extensión lleva en el alma los frutos más suaves y jubilosos: "Cada día tú llegarás a ser más grande, más fuerte, más interior, más iluminado, más puro; en una palabra llegarás a ser mejor, porque ella enseña las vías de Dios" (14).
Pío XII confirma y a la vez determina las dimensiones de la imitación de María en cuanto requerida por el escapulario: "Por tanto los Carmelitas todos que, ya sea en los claustros de la primera y segunda Orden, ya sea en la tercera Orden regular y secular, ya sea en las cofradías, pertenecen por un particular vínculo de amor a la misma familia de la beatísima Madre, tengan en el memorial de la Virgen el espejo de la humildad y de la castidad; tengan en la ingenua estructura de la veste un breviario de modestia y de simplicidad; tengan sobre todo en aquella veste que día y noche visten, en elocuente expresión simbólica, la oración con la cual invocan la ayuda divina" (15). Cuantos visten el santo hábito deben imitar la bondad, la caridad, la gentileza, que refulgen en la Reina del cielo. De este modo la devoción al escapulario renueva toda nuestra vida, modelándola sobre la de María, e indirectamente difunde su influjo también sobre la sociedad, elevando las costumbres, dulcificando las relaciones y los vínculos que nos ligan al prójimo. Este es su aspecto más vital y fecundo.
Milicia Mariana
La tradición carmelitana introduce en la devoción del escapulario otro elemento, es decir el concepto de milicia mariana. El Padre J. B. Rossi en la carta de hermandad enviada a Alejandro de Lopedo el ocho de octubre de 1571 escribía: "Ya que tú, querido hijo nuestro, aspiras a llevar el hábito de la Virgen María del Carmelo, en honor de la cual nosotros Carmelitas militamos, cui ex animo nos Carmelitae in dies militare satagimus" (16). La idea es antigua del P. Rossi, y se reconecta a la concepción medieval que comparaba el escapulario con una insignia militar o caballeresca. El Bostio, después de haber recordado que reyes y príncipes de la tierra, suelen conceder a las personas más queridas el uso de sus armas, en signo de perpetua alianza, y que igualmente ha hecho con nosotros la Virgen santa, por medio del escapulario, añade: "Yo y todos los pobres semejantes míos, que debemos combatir contra la carne y la sangre, y contra los demonios, llevaremos con gozo el escapulario de la Virgen, dulcísima prenda de predilección, y confiando grandemente en la potentísima protectora nuestra, militamos seguros bajo su escudo" (17). En este texto es propuesto el primer propósito de la milicia mariana, que es el de combatir el mal.
No se puede vivir santamente, como requiere la condición de hijos de María, sin una dura, cotidiana lucha contra las tentaciones. La concupiscencia que agita una naturaleza debilitada por el pecado, las insidias del demonio que multiplica sus ataques con desconcertante astucia, el ambiente mismo en que se desarrolla nuestra vida, son otros tantos enemigos de nuestro bienestar y a menudo se coaligan para impedir todo progreso en la virtud. Es necesario combatir, vencer, para no ser sumergidos. El escapulario como arma de combate y escudo de salvación, nos anima a afrontar la batalla con firmeza y con confianza, en cuanto nos asegura la ayuda y la defensa de la Reina del cielo. Todo cristiano es un soldado, y cuando llega a los umbrales de la adolescencia la Iglesia lo revigoriza y lo prepara para la lucha de la vida con el sacramento de la Confirmación. El escapulario reúne a todos aquellos que combaten en el nombre de Cristo bajo las insignias y la protección siempre victoriosa de María. "El pequeño escapulario que se distribuye a los fieles es como un escudo y una insignia de la milicia espiritual que se combate a las órdenes de María" (18).
Los soldados del escapulario combaten también en otro campo, por un ideal específico: la afirmación y la defensa de María y de sus privilegios. El Carmelo se ha distinguido siempre en la difusión del culto y del amor a la Virgen. Un autor del siglo XIV, Juan de Vinita, escribe que Dios esparció a los Carmelitas por el mundo "a fin de que por su ministerio el pueblo fuese fervientemente invitado a glorificar su nombre y el de la gloriosa María, su Madre" (19). Este documento, venerando por su antigüedad, demuestra que la Orden tuvo conciencia de esta su misión mariana desde los primeros tiempos, y la cumplió siempre con dedicación y con entusiasmo. La historia confirma que los Carmelitas fueron en toda época los glorificadores de la Virgen, siempre prontos a exaltar sus virtudes, a defender sus títulos más bellos. Los capítulos generales de 1575 y de 1595 ordenaron que los predicadores de la Orden tuvieran cada sábado un discurso sobre la Virgen. La disposición fue repetida en los capítulos siguientes (20).
También hoy, dondequiera que se abre un Carmelo, en seguida se crea un centro de irradiación mariana. Cuantos visten el escapulario deben participar en estos ideales, cooperar con el Carmelo a la exaltación de la Virgen. Un hijo amoroso no se desinteresa jamás de cuanto se refiere a su Madre; es más, habla de ella, siempre con alabanza, exalta sus virtudes, la bondad, la ternura; está contento de saberla estimada y honrada. Los cofrades del Carmen son hijos predilectos de la Virgen y por tanto más que cualquier otro están empeñados en hacerla conocer y amar. Recibiendo el escapulario nosotros consagramos a María nuestra vida, nuestras fuerzas, nuestra actividad. El modo mejor para mostrar a María la sinceridad de nuestros sentimientos y propósitos es el de emplear nuestros recursos e iniciativas en su honor y cooperar válidamente para difundir su devoción.
A los revestidos del escapulario se pueden repetir las palabras que Pío XII dijo a todos los miembros de las congregaciones marianas. "La devoción mariana de un congregante de la SS. Virgen, no puede ser pues una piedad mezquinamente interesada, la cual no ve en la potentísima Madre de Dios más que a la distribuidora de beneficios, sobre todo de orden temporal; ni una devoción de seguro reposo, que no piensa sino en remover de su vida la santa cruz de los afanes, de las luchas, de los sufrimientos; ni una devoción sensible de dulces consolaciones y de manifestaciones entusiastas; y tampoco, - por muy santa que pueda parecer - una devoción exclusivamente demasiado solícita de las propias ventajas espirituales. Un congregante, verdaderamente hijo de María, caballero de la Virgen, no puede contentarse con un simple servicio de honor; él debe estar a las órdenes de ella en todo; debe hacerse el custodio, el defensor de su nombre, de sus excelsas prerrogativas, de su causa; llevar a sus hermanos las gracias y los celestiales favores de su Madre común, combatir sin tregua al mando de aquella que 'cunctas haereses sola interemit in universo mundo' (21). La defensa del honor de María, la exaltación de sus glorias, forma parte de la vida de consagración, y entra por tanto en los programas de todo revestido del escapulario que sea consciente de su condición y de su responsabilidad.
El Reino de María
El escapulario, en cuanto encierra la consagración, la imitación y la alabanza, actúa en nosotros el pleno desarrollo del reino de María. Cuando un alma se dona enteramente a la santa Virgen, la Madre de Dios ejerce sobre ella su dominio de amor y de gracia. Con su intervención desarrolla la caridad y todas las virtudes sobrenaturales, la utiliza al servicio de la Iglesia, la lleva a fastigios de santidad, hasta hacerle gustar las más puras delicias del Carmelo. El problema fundamental para los revestidos del escapulario es el de la fidelidad. Si ellos aceptan las consecuencias de su consagración, reconociendo en María a la Madre y a la Soberana, y le permiten actuar y disponer libremente de su vida y de su persona, la Virgen cumple en ellos sus designios de misericordia, y se sirve de ellos como de instrumentos para hacer llegar su voz y sus maternos llamamientos a tantos hijos pródigos que aún no la conocen o que la han olvidado.
Podemos concluir que el escapulario es:
- la librea de María, o sea el signo externo de nuestra consagración interior, de nuestra donación y del propósito de emplear nuestra vida en su servicio;
- el símbolo de las virtudes de las cuales queremos revestirnos, imitando a la Virgen santa, nuestra Madre y Reina;
- un compromiso libremente asumido de trabajar y de combatir con atrevimiento, para la gloria y el triunfo de nuestra Reina. Combate interior contra las insidias del mal, para que María pueda reinar en nuestro corazón, combate exterior para que María sea conocida y respetada por todo hombre;
- un signo cierto, una prenda segura de la protección de María, una válida ayuda en el camino de la santidad.
El escapulario cuenta una larga historia de amor y de predilección, de belleza y de encanto sobrenatural. Llevándolo sobre nuestro cuerpo nos sentimos tranquilos y confiados como niños rozados por la caricia de la mamá.
A continuación, te presento la traducción literal y fiel del Capítulo VI del documento proporcionado:
CAPÍTULO VI - La devoción del escapulario
La devoción a la Virgen del Carmen como hemos visto tiene su origen en la visión de S. Simón, y se basa en los privilegios y en el simbolismo espiritual del Escapulario. Ahora pasamos a estudiar los elementos constitutivos y característicos de esta devoción, y sus diferenciaciones. Para ambientarnos comenzaremos con algunas nociones sobre la devoción en general, sobre sus exteriorizaciones y sobre sus funciones en el plano de la vida espiritual.
Nociones generales
La devoción - del verbo latino devoveo que significa consagrar, ofrecer en sacrificio - consiste esencialmente en la prontitud para hacer todo aquello que es de servicio de Dios y concurre a su gloria. Es, propiamente, una disposición de la voluntad, pero envuelve toda la vida y la actividad del hombre (1). La devoción auténtica, precisamente por ser una disposición de la voluntad, es siempre interior; florece de la fe en la trascendencia y en los derechos de Dios creador, es alimentada por la esperanza del premio eterno y de la ayuda continua de la gracia, y se resuelve en una manifestación de amor en cuanto se propone corresponder a la bondad de Dios con el obsequio y la dedicación personal. Cuanto mayormente están enraizadas y exuberantes en el alma las virtudes teologales, fe, esperanza, caridad, tanto más pronta y generosa es la sumisión a Dios, y más perfecta la devoción.
Estas disposiciones interiores de sumisión y de prontitud en el servicio de Dios, a causa de la estructura psicológica del hombre, tienden a manifestarse externamente con actos y prácticas que se llaman ejercicios de devoción, o simplemente devociones. Las prácticas de devoción pueden ser esenciales o personales. Se llaman esenciales aquellas que pertenecen a la naturaleza o sustancia de la verdadera devoción, como la adoración, la acción de gracias, la invocación; se llaman personales o especiales aquellas elegidas libremente por los fieles individuales, con la aprobación explícita o en conformidad con las directivas generales de la Iglesia.
Las devociones indican un sentimiento especial de veneración y de confianza hacia un misterio de la fe, o hacia una criatura, ángeles o santos, en la cual refulge mayormente la obra de Dios. Todas las devociones tienen como fin último la gloria del Señor, pero pueden tener por objeto inmediato un episodio de la vida de Jesús, un privilegio de la Virgen, una verdad dogmática, o bien una determinada forma de oración, como el Rosario, el Vía Crucis, la comunión en los primeros viernes o en los primeros sábados del mes.
Las devociones pueden multiplicarse según las inclinaciones personales, según una especial moción de Dios, en conformidad a nuestra vocación específica y al puesto que ocupamos en el Cuerpo Místico de Cristo, que es la Iglesia. Las devociones personales son medios para alcanzar la devoción esencial, y la santidad de la vida. Por ello, objetivamente, son más útiles y mejores aquellos ejercicios de piedad que influyen más eficazmente en el aumento de la caridad y en la pronta adhesión a la voluntad de Dios. Sin embargo, a sujetos diversos por mentalidad y formación, se adaptan devociones diversas, con mayor fruto espiritual. En cualquier caso, una devoción privada puede ser admitida solo si tiene estos tres requisitos:
- Plena conformidad con las verdades de fe y con los principios morales. Todo aquello que es contrario, o no se armoniza plenamente con la enseñanza de la Iglesia, es sospechoso y dañino.
- Tenga como fin el servicio cada vez más perfecto del Señor. Toda devoción que desvía nuestra atención de Dios, o prescinde de los deberes fundamentales que tenemos hacia Él, es abusiva y reprobable. Todo aquello que no aumenta la caridad en el plano sobrenatural es inútil.
- Lleve a un mejoramiento efectivo en la conducta del individuo. Este es el fin práctico e inmediato y a la vez la prueba de la seriedad de una devoción. Una devoción no acompañada del ejercicio de las virtudes sobrenaturales, carece de vitalidad como un árbol sin fruto, estéril, bueno solo para el fuego.
La devoción a la Virgen
Entre las muchas devociones la más difundida en la Iglesia católica, la más eficaz y conforme al dogma, después de aquellas que se refieren a Jesucristo, es sin duda la devoción de la Madre de Dios, María santísima. La devoción a la Virgen consiste en la voluntad de agradar a la Madre de Dios, de hacer lo que juzgamos de su agrado y de concurrir a su gloria con todos los medios a nuestra disposición. Este propósito supone y es una consecuencia del amor y de la veneración que debemos nutrir en el corazón por la Madre celestial. Podemos por tanto distinguir en la devoción a la Virgen tres elementos que se compenetran y se completan recíprocamente.
En la base está el reconocimiento del puesto especial que María ocupa en la economía de la Encarnación y de la Redención, la fe en sus privilegios, en su santidad y en su potencia. "La devoción a la Virgen, enseña el Santo Padre Pío XII, debe ser fruto de una convicción profunda en la potentísima intercesión de María, en la resolución de imitar, en cuanto es posible, la virtud de la Virgen de las vírgenes" (2).
Del conocimiento de la excelencia y grandeza de María, somos llevados naturalmente a la estima y al amor. Una persona, o una cosa, se aman en cuanto se conocen y aprecian de ellas las cualidades eminentes. Cuanto más uno se acerca a María más su encanto, puro y todo espiritual, actúa en las profundidades del alma, con fuerza suave e irresistible. El amor a María se convierte entonces en una exigencia irreprimible, y a la vez un motivo de alegría y de inmensa paz.
El amor, por su misma fuerza intrínseca, inclina a hacer todo lo que resulta grato a la persona amada. Quien ama sinceramente a la Virgen se esfuerza por honrarla, por satisfacer sus deseos, por cumplir su voluntad. Por esto la devoción a la Virgen contribuye notablemente a nuestra santificación. Quien ama a la Virgen y desea asegurarse su protección actúa y se comporta en cada momento con la mayor corrección y perfección, porque la Toda Pura no podría agradar el homenaje, ni asistir de modo particular, a quien, aun proclamándose su devoto, realiza acciones pecaminosas, holgazanea en una conducta mala o incluso solo mundana.
María ama inmensamente a Jesús, su Unigénito, y desea con todo el corazón que Él sea conocido, amado y obedecido por todos. Quien quiere bien a la Virgen y se pone bajo su protección, debe satisfacer este legítimo y santísimo deseo materno suyo. Por esto la devoción mariana conduce siempre a una más consciente y profunda inserción en Jesús, a una participación más abundante en la vida de la gracia y de la santidad que brota del Corazón del Divino Redentor. "La devoción a María, enseña además Pío XII, la verdadera devoción, aquella de la tradición, aquella, diríamos nosotros, del buen sentido cristiano, tiende esencialmente a la unión con Jesús, bajo la guía de María. Las formas y las prácticas de esta devoción pueden variar según el tiempo, los lugares, las inclinaciones personales. Dentro de los límites de la doctrina sana y segura, de la ortodoxia y de la dignidad del culto, la Iglesia deja a sus hijos un justo margen de libertad" (3).
La devoción a la Virgen, como toda otra verdadera devoción, es esencialmente interior e implica un propósito y un esfuerzo firme y amoroso de honrarla y de hacerla contenta. Sin embargo se manifiesta también con actos y prácticas externas de culto, que profundizan e intensifican las disposiciones internas. Las oraciones, las imágenes sagradas, las peregrinaciones, las solemnes ceremonias en honor de la Madre de Dios, son todas manifestaciones de piedad mariana. Cada uno vive su amor y su confianza en la Virgen, en los modos que considera más expresivos. Los signos externos son un reflejo de la propia interioridad, como los ritos litúrgicos son reflejos y símbolos sensibles de las verdades dogmáticas. Un corazón rebosante de amor y de veneración por la Virgen, siente la necesidad de manifestar también exteriormente, por medio de algún signo convencional, el fuego que interiormente lo calienta y las convicciones que lo alimentan.
Por esto las devociones a la Virgen, bajo cualquier forma se presenten, pueden ser útiles, siempre que estén acompañadas de sentimientos interiores. Lo que vale es sobre todo la actitud del espíritu, la rectitud e intención de la voluntad, la pureza del corazón. Sin estos elementos internos, las prácticas externas están privadas de valor y de significado y degeneran fácilmente en supersticiones dañinas. Toda verdadera devoción a la Virgen contiene un fermento de renovación, un principio de ascenso: "Cuando María ha echado raíces en un alma, produce en ella maravillas de gracia, cuales solo ella puede producir" (4).
La devoción del escapulario
La devoción del escapulario actúa el concepto de la devoción en general y de la devoción mariana en particular. Es, por tanto, un medio para aumentar la vida interior de fe y de amor, y para llegar a Jesús por la mediación de María. Queremos ahora determinar el elemento específico que la caracteriza y la distingue de las otras devociones.
En toda devoción se pueden distinguir un elemento externo, material, y las finalidades íntimas. En la devoción a la Virgen del Carmen el elemento sensible consiste en recibir de modo válido y en llevar continuamente sobre la persona, de día y de noche, el santo escapulario. Por esto se dice promiscuamente devoción a la Virgen del Carmen y devoción del escapulario. Sin embargo el uso material del escapulario no tiene un valor determinante en sí mismo. Se puede llevar un escapulario también por broma, o por moda. El escapulario concurre a nuestra santificación en cuanto se viste en honor de la Virgen y para asegurarnos su protección en vida y en muerte.
El elemento formal en la devoción del Carmen es el reconocimiento de la maternidad espiritual de María, la confiada seguridad en su mediación de gracia, la libre y voluntaria consagración a su culto y a su servicio. El escapulario es el signo externo de una alianza eterna por la cual María nos une a sí como hijos y hermanos, comprometiéndose a asistirnos eficazmente en todas las dificultades, mientras nosotros nos obligamos a servirla y honrarla con ternura y fidelidad de hijos. Mirando más allá del símbolo externo, nosotros vemos en el hábito toda la bondad y generosidad de la Virgen, perennemente inclinada sobre la humanidad sufriente, para aliviar sus penas, medicar sus heridas. Vistiéndolo pretendemos protestar nuestra gratitud y nuestro devoto apego, asegurarle la fidelidad y la continuidad de nuestro servicio y de nuestro culto. Podemos por tanto decir que el elemento intrínseco de esta devoción es el amor. El amor de María por nosotros y el amor nuestro por la Madre de Dios.
El fin que con esta devoción los fieles se proponen conseguir es la protección prometida por la Virgen a quien lleva el escapulario y de modo particular la preservación del infierno y la pronta liberación del purgatorio. El Padre Pedro Lucio escribía en 1595 que la devoción del Carmen consiste en llevar siempre el escapulario "a honor de la madre de Dios, estando seguro de que estará de continuo bajo la especial tutela y patrocinio de ella, en vida y en muerte" (5).
El fin último de toda devoción, como hemos dicho arriba, es la gloria de Dios y el bien de las almas. La gloria mayor que podemos dar a Dios y el bien mayor para un alma consiste en la visión beatífica. La devoción del escapulario, asegurándonos la vida eterna, nos conduce a la plenitud y a la consumación de la vida cristiana, en la posesión de Dios. De este modo el escapulario nos lleva directamente a la sustancia del cristianismo, que consiste en la vida de la gracia, destinada a florecer en la gloria eterna. Un axioma conocido por los fieles dice que María es la vía más segura para ir a Jesús: Ad Iesum per Mariam. Por medio del escapulario María nos colma de la gracia de Jesús y nos prepara al encuentro eterno con el Padre que está en los cielos.
Aunque simple en sus elementos, la devoción al escapulario encierra una riqueza interior que puede ser evaluada objetivamente solo por medio de un estudio muy atento y de una reflexión amorosa. Podemos por tanto concluir que la devoción a la Virgen del Carmen se distingue de las otras devociones marianas por el elemento externo, que no es una oración, ni una mortificación, sino que consiste en el uso del escapulario; por el elemento interno que es el reconocimiento de la bondad misericordiosa de la Virgen, y nuestra consagración a su culto y a su amor; por la finalidad propia que no es la consecución de una gracia o de una virtud en particular, sino la salvación eterna del alma y su inmediata unión con Dios después de la muerte.
La devoción del escapulario pone el acento en la confianza y la consagración a la Virgen. Nosotros honramos y llevamos el hábito porque en él se ha recogido, por voluntad de María, su omnipotente intercesión; es la oración de la Iglesia que bendice y consagra esta forma de la devoción mariana; es la oración de todo el Carmelo que, por santos lazos invisibles, envuelve y protege a cada uno que es agregado a la piadosa cofradía" (6). El reconocimiento de la maternidad espiritual de María, encerrado en el simbolismo del escapulario, suscita en nosotros una gran confianza y al mismo tiempo nos solicita a la correspondencia y a la fidelidad. La devoción al escapulario viene así a asumir un aspecto positivo y dinámico en cuanto comporta el propósito de agradar a la Virgen viviendo en su imitación. En relación con este dinamismo espiritual se pueden distinguir tres grados en la devoción al escapulario.
Varios grados
Está ante todo la devoción puramente externa de aquellos que se contentan con llevar materialmente el escapulario, atribuyendo al mismo un valor mágico, independiente de todo sentimiento interno de confianza y de amorosa dedicación. Esta devoción es falsa y supersticiosa y confina con la presunción de salvarse sin las buenas obras. No se pueden gozar los favores de la Virgen profanando su vestidura con una conducta deplorable. La Virgen no puede no rechazar el homenaje egoísta de aquellos que visten su divisa y luego se abandonan a propósito al pecado, convencidos de tener la garantía de la inmunidad de todo castigo. Quien actúa de este modo abusa de las gracias de Dios, en nombre de una piedad falsa. Los pecadores pueden vestir útilmente el escapulario y ponerse bajo la protección de la Virgen solo a condición de que tengan el deseo sincero de enmendarse y busquen en el hábito la fuerza para remontar la cuesta del mal. Benedicto XIV añade que la devoción a la Virgen puede aprovechar incluso si no hay un propósito expreso de enmienda, con tal que no haya obstinación en el mal, y se persevere en la oración para obtener de Dios la vida eterna. La Virgen misma interviene en estos casos excitando al arrepentimiento y a la confesión sacramental (7).
Viene en segundo lugar la devoción imperfecta de aquellos que visten el escapulario por amor a María, hacen alguna cosa, al menos ocasionalmente, para merecer su ayuda; y procuran no disgustarla con el pecado mortal. Todo esto es loable y meritorio. Ciertamente la Virgen, como buena mamá, acoge estos humildes dones, aunque carezcan de aquel perfume de generosidad que podría legítimamente esperar de sus hijos predilectos. Se trata de una devoción intrínsecamente buena, efectivamente útil para las almas, pero que no alcanza su plenitud y aquel grado de fecundidad interior del cual es capaz.
La devoción a la Virgen del Carmen es perfecta en aquellos que llevan el escapulario como insignia de su Madre celestial, se abandonan confiados en sus brazos, la recuerdan y la invocan cada día con ternura filial, y para ser dignos de su benevolencia se esfuerzan por imitarla en todo, haciéndose cada vez más virtuosos, más perfectos. En ellos la consagración a la Virgen se convierte en ansia amorosa, preocupación constante de honrarla y de difundir su culto. Considerada en su estructura interior y en sus perspectivas sobrenaturales, y vivida con plenitud la devoción del escapulario resulta capaz de coordinar toda nuestra vida, poniéndola al servicio de Dios y de María, dándole un carácter de totalidad, que es el más consonante con el espíritu del Evangelio. Por esto el B. Claudio de la Colombière podía decir que "de todas las prácticas de piedad que fueron inspiradas a los fieles para honrar a la Madre de Dios, ninguna es tan segura como la del escapulario" (8). Ella de hecho alimenta en nosotros la fe teológica en los valores eternos y la esperanza de conseguirlos mediante la ayuda de Dios dispensada a nosotros por María, mediadora de toda gracia. Al mismo tiempo promueve eficazmente la vida interior y la búsqueda de la perfección. Los privilegios excepcionales del escapulario no se agotan en sí mismos, sino que tienen el fin de aumentar nuestra devoción a la Virgen y de hacernos llegar por su medio a una comunión cada vez más íntima con Dios. Y este es el vértice de la devoción y de la vida cristiana.
La difusión en el mundo
La validez de una devoción deriva en primer lugar de sus elementos interiores y de las finalidades en las cuales se inspira. Puede encontrar, además, una confirmación segura, en su difusión, bajo la mirada vigilante de la Iglesia, y en la resistencia al desgaste del tiempo y de las contradicciones. Solo lo que es vital, de hecho, permanece y se afirma. Después de tantos siglos la devoción al Escapulario es todavía una de las más difundidas, porque los fieles encuentran en ella un medio para asegurarse la protección celestial, el símbolo de la milicia cristiana, un signo sensible de su consagración y de su pertenencia a la Reina del cielo. Por esto ha resistido al desgaste del tiempo, a las críticas de los malévolos, a la incomprensión de los superficiales, sin perder nada de su eficacia, es más, adquiriendo siempre mayor prestigio y fuerza interior.
La difusión de esta devoción ha sido lenta pero constante. En los primeros tiempos el escapulario era considerado un privilegio especial concedido por la Virgen a la Orden carmelitana, y se le honraba junto a los otros privilegios e intervenciones prodigiosas de la Virgen a favor de sus hijos predilectos. En la segunda mitad del siglo XIV la devoción al escapulario ha franqueado ya los umbrales del Carmelo, y se ha extendido a los laicos. "A causa de este gran privilegio (la preservación del infierno), muchos nobles del Reino de Inglaterra, como el beato Eduardo rey de Inglaterra,... el señor Enrique duque de Lancaster, que se dice fuese famoso por muchos milagros, y también muchos otros nobles de aquel reino, durante la vida llevaron privadamente el escapulario de la Orden, con el cual luego murieron" (9).
La difusión fue ensanchándose en el siglo siguiente. "Al inicio del siglo XV, escribe Mateo Orsini, la Europa católica estaba arrodillada delante de María... Los príncipes alemanes se adornaban de su escapulario" (10). El P. Egidio Fabri, muerto en 1506, escribe que "en el reino de Francia, en las fiestas de la Virgen, los nobles, vestidos de blanco, llevan al cuello el escapulario, como cofrades de la Orden" (11).
Después de la aprobación oficial del privilegio sabatino, concedida en 1530 por Clemente VII, la difusión del escapulario se vuelve rapidísima. El P. Rossi, general de la Orden que se dirigió a España en 1566 para la visita canónica, en poco más de un año, según su afirmación, firmó en la península ibérica más de doscientas mil cartas de inscripción a la cofradía del Carmen, con la obligación de llevar el escapulario pequeño de la Virgen. A fines del mismo siglo, en 1595, Pedro Lucio asegura que "antiguamente muchos fieles procuraban ser de esta cofradía... Y casi en los tiempos modernos, cuando el reverendísimo general Juan Bautista Rossi, de feliz memoria, visitó España, encontró que el rey de Portugal, por particular devoción, llevaba el hábito carmelitano, junto con infinitos personajes de aquellos reinos. ¿Qué más? Hemos incluso visto a un Nicolás Sfondrati, llamado luego Gregorio XIII, Sumo Pontífice, f. m., muchos cardenales, obispos, y otros personajes de la Iglesia de Dios estar adornados, y de continuo adornarse de un signo tan noble, y saludable, a reverencia y honor de la gloriosísima patrona nuestra" (12).
El placentino Pedro Falcone, en su obra La crónica carmelitana, escribe en el mismo periodo de tiempo, que en España "no hay casa donde no lleven el hábito del Carmelo, para usufructuar de las infinitas indulgencias carmelitanas. Ambas hijas del Rey Felipe de España, con sus doncellas, visten el hábito o paciencia de la B. V. del monte Carmelo, y más aún ancho y largo como los frailes de la misma Orden... ¿No parece acaso España, con la Lusitania, un gran convento de Carmelitas? Todos con estas armas quieren estar cubiertos, como defensa contra las enfermedades corporales y espirituales... En Italia se cuentan infinitos cofrades de máxima devoción y concurso, especialmente en Sicilia, en el reino de Nápoles y en Lombardía. En Piacenza, en el catálogo de los cofrades, los adscritos son más de diez mil: hombres, mujeres, seculares, y religiosos de otras Órdenes, sacerdotes seculares y monjas de diversas Órdenes. La Alemania alta y baja tuvo un número grandísimo de cofrades, pero muchos han faltado a causa de los herejes. Francia ha sido superior a toda la religión..." (13).
En el opúsculo "María Carmelitana" publicado en Colonia en 1643 se lee: "En Colonia, en poco tiempo, se han inscrito (a la cofradía del Carmen) 2500; por lo cual el miércoles ha sido instituido un mercado de pescado para aquellos que quieren observar la abstinencia" (14).
En 1604 Clemente VIII organizó la cofradía de modo jurídico, prescribiendo la forma a observar en todo el mundo para su erección. Entonces un nuevo celo se desarrolló por doquier para la difusión del escapulario que ya no fue considerado más como prerrogativa o patrimonio de una Orden religiosa, sino como perteneciente al dominio de la Iglesia. Personas de toda categoría social y envergadura intelectual pidieron y obtuvieron militar bajo las insignias de la Virgen del Carmelo. "El escapulario fue llevado también por la flor y nata de reyes; y no se dice que hoy no lo lleven también severísimos profesores universitarios; que acercándose a la Toda-pura, dispuesta a donar gracias a la humanidad desgraciada, la arrogancia se desinfla" (15).
En las crónicas de la cofradía se lee, de hecho, que se adornaron del escapulario los reyes de España Felipe II, III y IV; los emperadores de Austria Fernando II y III, y Leopoldo I, con las consortes; Luis XIV y XV de Francia; Eduardo II y III de Inglaterra; Segismundo de Polonia; Sebastián de Portugal; Carlos I y II de Mantua; muchos príncipes y princesas de la Casa de Saboya, entre ellos Juana Bautista de Nemours, esposa del duque Manuel, la cual quiso ser sepultada con el escapulario sobre las vestiduras. Particulares honores tributaron a la Virgen del Carmen las naciones de lengua española. La Virgen del escapulario es patrona de la marina de guerra española, general del ejército de Argentina, patrona universal de la nación chilena y general de las fuerzas armadas de la misma república. Maximiliano duque de Baviera y generalísimo del emperador Fernando, antes de iniciar la célebre batalla de Praga, en 1620, en la cual los católicos reportaron una completa victoria sobre los herejes, recibió el escapulario de las manos del Ven. P. Domingo de Jesús y María, junto a todos sus oficiales y soldados. El famoso general San Martín había puesto sobre su bastón de mando una artística estatuilla de la Virgen del Carmen. El siervo de Dios, general De Sonis, valeroso combatiente, pluridecorado, dejó escrito: "Yo tengo la fortuna de pertenecer a la tercera orden carmelitana".
Un prestigio del todo particular le viene al escapulario del uso que hicieron de él los Santos. En la escuadra de los héroes de la virtud, reconocidos oficialmente por la Iglesia, los devotos del escapulario son muchísimos. Nombramos solo algunos, como nos vienen a la memoria. S. Alfonso María de Ligorio habla de él con elogio en su libro Las glorias de María y dice que esta devoción le ha sido querida desde la juventud, S. Pompilio Pirotti era "más allá de todo decir devoto de María SS. ma del Carmelo; hablaba a menudo y con entusiasmo" (16). S. Antonio M. Claret fue un gran apóstol del escapulario y en las constituciones de su congregación de los Hijos del Corazón Inmaculado de María hizo obligatorio a los misioneros difundir esta devoción (17). Llevaron el escapulario S. Carlos Borromeo, primer cardenal protector de la Orden Carmelitana, S. Francisco de Sales, el B. Claudio de la Colombière que escribió de él un panegírico eficacísimo, S. Juan Bosco, el S. Cura de Ars, S. Bernardita, la vidente de Lourdes, S. Gabriel de la Dolorosa, S. Benito José Cottolengo, S. Gerardo Mayela, el Cafasso, S. Pío X, S. Domingo Savio.
La duración plurisecular de una devoción y su siempre mayor difusión entre cada categoría de personas, son una prueba decisiva de su bondad intrínseca y de su validez constante.
La enseñanza y el ejemplo de los Papas
Un puesto especial en la difusión de la devoción del escapulario lo ocupan los Papas con su ejemplo y aliento. En el capítulo que trata del privilegio sabatino hemos encontrado ya a muchos Sumos Pontífices que aprobaron oficialmente el santo escapulario y las promesas de la Virgen a quien lo lleva. Ahora referimos algunos hechos que muestran la gran devoción y estima que muchos Papas tuvieron por la Virgen del Carmen.
Recordamos en primer lugar al Santo Padre Pío XII, felizmente reinante. En la audiencia concedida al general de la Antigua Observancia, y al general de los Carmelitas Descalzos con ocasión del VII centenario del escapulario dijo entre otras cosas: "Sí, padres, celebren con toda solemnidad este acontecimiento, y digan también que el Papa es devotísimo del escapulario. Desde mi tierna infancia, en la cual fui inscrito en la cofradía del Carmen, lo llevo siempre sobre mí, y no recuerdo haber estado sin esta librea mariana ni siquiera un cuarto de minuto, porque procuro tener siempre alguno, y cuando debo cambiármelo, me pongo el nuevo antes de quitarme el usado". Y repitió veces: "¡prediquen el escapulario, Padres! ¡El escapulario!". Él mismo hizo un magnífico elogio del escapulario en el autógrafo del 11 de Febrero de 1950. En el radiomensaje del 19 de Julio de 1946 a Colombia había dicho: "Desde este nuestro puesto de timonel de la barca de Pedro, cuando sentimos el rugido de la procela y vemos delante de nuestros ojos hincharse de rabia el mar, que querría engullir nuestro barco, elevamos la mirada, tranquilos y confiados, a la Virgen del Carmelo - respice stellam, voca Mariam - y pedimos que no nos abandone. Y aunque el infierno no cese sus asaltos, y la violencia, la audacia y el furor de las fuerzas del mal aumenten siempre, mientras contamos con su potente patrocinio, jamás dudaremos de la victoria" (18).
Pío XI era también devoto de la Virgen del Carmen y con ocasión del VI centenario del privilegio sabatino escribió: "Nos pides, en la recurrencia del VI siglo desde cuando Se comenzó a divulgar en la Iglesia el privilegio sabatino, recomendar a todos y cuantos católicos están por el mundo la devoción a la Virgen María del monte Carmelo, y los sodalicios de laicos, que tienen nombre por la misma Virgen. Lo hacemos muy de buen grado con esta carta. Nos alegramos de poder rendir este testimonio de piedad a la Alma Madre de Dios, que con todo el corazón amamos desde la infancia, y de poner bajo su patrocinio los inicios de nuestro pontificado. No es necesario alargarnos en recomendar estos sodalicios, que la Virgen misma recomienda con su liberalidad, que nuestros predecesores han enriquecido de numerosas gracias, y que la solícita caridad de los religiosos carmelitas ha propagado tan ampliamente y con tanto fruto en el mundo. Nos parece suficiente exhortar a aquellos que han dado su nombre a tales sodalicios, para que con continua atención procuren practicar todo cuanto está prescrito para lucrar las indulgencias concedidas, de modo especial aquella extraordinaria, llamada sabatina" (19).
De Benedicto XV tenemos dos hermosísimas exhortaciones a llevar el escapulario. El 18 de julio de 1917 decía a los alumnos del Seminario Romano: "Queremos dejar a todos una palabra, un arma común: la palabra del Señor en el Evangelio que os hemos ahora dado, y el arma del escapulario de la Virgen del Carmen, que todos vestís, por el cual la protección de la Virgen os es continuada también después de la muerte" (20). El 28 de Julio del mismo año, en una alocución a los Terciarios Carmelitas, "tomando como punto de partida las palabras del profeta Isaías induit me vestimentis salutis, se ha entretenido asaz largamente a hablar de la eficacia del sagrado hábito del Carmen, sí en el orden físico como moral, recordando sobre todo la potente ayuda que la Virgen otorga más allá de la tumba, en la cárcel del purgatorio, a todos aquellos que en vida, revestidos de su celeste librea, lo llevaron, con las debidas disposiciones-. Por último, después de haber exhortado con cálidas palabras especialmente a las madres cristianas a enamorarse del sagrado hábito, y a infundir su amor también en el corazón de sus hijitos, Su Santidad ha bendecido a todos los presentes" (21).
Pío X fue un gran devoto del escapulario. Como párroco de Salzano era director de la cofradía del Carmen allí erigida ya desde 1578. Varias veces tuvo a cargo el panegírico del escapulario en la Iglesia de los Carmelitas Descalzos en Venecia y en Treviso. Con el decreto del 16 de Diciembre de 1910 permitió sustituir el escapulario con la medalla, para facilitar la difusión de esta devoción, pero él continuó llevando el escapulario. A un religioso que le preguntaba si era lo mismo llevar la medalla o el escapulario respondió: "Hijito, haga como yo que llevo no la medalla sino el escapulario". En 1913 aprobó la Misa propia para la vigilia y para la fiesta de la Virgen del Carmen.
León XIII ordenó que el escapulario del Carmen, por su importancia y nobleza, no se impusiera junto a los otros escapularios, sino con un rito especial. "De hecho el escapulario carmelitano, que la misma nobleza del origen, su larguísima propagación desde hace muchos siglos en el pueblo cristiano, los saludables efectos de piedad derivados por su medio y los insignes milagros que se afirma que han ocurrido, recomiendan de modo especial, parece necesariamente requerir una distinción de honor en el rito mismo de la recepción, de modo que no se imponga unido con los otros, ni se confunda con los otros escapularios, como uno cualquiera de ellos, sino que se imponga a los fieles distintamente, como se dice que en su primitiva institución la Beatísima Virgen lo haya dado al B. Simón Stock, como distintivo propio de su Orden. De este modo ocurrirá sin duda que será conservada intacta aquella del todo singular, universal y constante devoción de todo el orbe católico hacia este sagrado escapulario mariano, que casi por antonomasia se llama escapulario, originada legítimamente del hecho de que, como se dice, la piadosísima Virgen ha asegurado conferir especiales favores, gracias y privilegios a aquellos que devotamente llevarán este signo suyo de predilección" (22). El mismo Pontífice concedió la indulgencia toties quoties a cuantos visitan las iglesias carmelitanas en la fiesta de la Virgen del Carmen, el 16 de Julio (23).
Pío IX en un Breve del 23 de octubre de 1869, manifestó su admiración por S. Simón Stock "por los estupendos testimonios a él dados por la Madre de Dios, y especialmente por el eximio beneficio del santo escapulario, a él concedido para la utilidad no solo de la familia carmelitana, sino también de aquellos otros fieles que quisiesen honrarla de peculiar veneración con aquella Orden religiosa (24). Él también llevaba el escapulario y regaló a los Carmelitas de S. María en Traspontina, en Roma, un cáliz con la inscripción: "Pío IX cofrade del Carmen".
Pío VI afirmó públicamente: "Nosotros hemos sido distinguidos con el honor del Sumo Pontificado en un miércoles del pasado mes de febrero, día que está dedicado con culto especial a la sacratísima Virgen del Carmelo, de modo que atribuimos a su patrocinio la suprema autoridad que llevamos" (25). Hemos referido ya el testimonio de Benedicto XIV en su libro sobre las fiestas del Señor y de la Virgen.
Un contemporáneo habla del modo más elogioso de la devoción de Clemente XI hacia la Virgen del Carmen. "Pero mucho más se hace conocer tanta devoción en el reinante pontífice Clemente XI, que Dios conserve por larga serie de años en beneficio de su Iglesia, mientras que con tan heroica virtud, y singular admiración vistió de él el santo hábito de la Virgen a una propia sobrina, pero reflexionándose que ésta es innata en la casa Albani, gloriándose todos de ser hijos de María del Carmen al llevar el sagrado escapulario, bien debía, con uniformidad de voluntades, todas en Dios recogidas, hacerse tal sacrificio. Por tanto es que la Virgen, por acto tan heroico, no cesa de prestar a su Santidad toda singularísima asistencia, ante su divinísimo Hijo, y en particular en tiempos tan menesterosos, por encontrarse el mundo todo revuelto y así sacudida la navecilla de la Iglesia..." (26).
Alejandro VII en el día mismo en que debía entrar en el cónclave se dirigió a la Iglesia Carmelitana de S. María en Traspontina y se inscribió en la cofradía recibiendo el escapulario de manos del general de la Orden, P. Mario Venturino. Elegido Papa continuó absteniéndose de las carnes el miércoles, como hacen los demás cofrades.
La devoción de León XI por la Virgen del Carmen está atestiguada por este episodio. "De León, undécimo Romano Pontífice de este nombre, un cierto maestro de sagrada teología, ahora condecorado de la ínfula episcopal, nos dejó escrito las siguientes cosas tenidas de testigos oculares: Cuando León XI ya creado Pontífice, era despojado de la vestidura cardenalicia, para ser vestido de la papal, el prelado que lo vestía quiso, junto a las otras vestiduras, quitarle del cuello el escapulario carmelitano, del cual el mismo León estaba vestido desde la infancia, diciendo que la vestidura papal era superior a cualquier otro hábito. El Pontífice lo impidió con estas palabras: "¡Déjame a María, porque no me deja María!". Como decir: "Deja de quitarme a María, para que María no deje de protegerme" (27).
En los documentos pontificios que hemos citado son puestos en evidencia todos los aspectos de la devoción al escapulario, sus ventajas, su fecundidad espiritual. El ejemplo y el testimonio de tantos Papas y de tantos Santos, unidos al culto de los fieles, difundido desde hace siete siglos en toda la Iglesia, confieren a la devoción del escapulario una seguridad y un prestigio único.
Aparte la cuestión histórica y documentaria acerca del origen del escapulario y del privilegio sabatino - cuestión que ha tenido en estas últimas décadas un desarrollo positivo, pero que no está aún cerrada, - la devoción al escapulario es una realidad, un hecho que todos pueden constatar, y que ha llevado y continúa llevando frutos de gran piedad y de santidad que en los documentos históricos, por sí mismos respetables, esta devoción encuentra su fuerza en la aprobación de la Iglesia, en el consenso universal de los fieles, y también en los milagros de orden espiritual y material obrados a menudo por la Virgen por medio del escapulario.
El B. Claudio de la Colombière dice a este propósito: "No hay devoción tan confirmada con milagros y prodigios como la devoción del escapulario del Carmen. Yo sé que por grandes y auténticos que sean estos milagros, ellos no obligan a prestar a la revelación de S. Simón Stock la misma fe debida a las Revelaciones hechas por Dios a la Iglesia; sé que se podría decir que estos milagros han sido obrados para acreditar la piedad de los fieles antes que confirmar aquella famosa revelación. Sin embargo me atrevo a afirmar que ellos ponen el hecho de la aparición de la SS. Virgen a S. Simón en un grado de certeza que se acerca mucho a la certeza de la fe, de manera que no se podría poner en duda, sin caer en una especie de temeridad, de la cual deben guardarse bien las personas prudentes y piadosas. Puesto que no parece que Dios, tan sabio como poderoso, habría permitido que se fundase sobre la fábula una devoción que le era tan grata, como se ve cada día; una devoción que quería hacer célebre con un número tan grande de milagros" (28).
Actualidad constante
La aprobación unánime de todos los últimos Pontífices, de Pío IX a Pío XII, demuestra que la devoción del Carmen, después de siete siglos, conserva toda su fecundidad y su utilidad. Ella de hecho, si es comprendida y vivida en el sentido querido por la Iglesia, concurre eficazmente a la práctica generosa del S. Evangelio, a la observancia de los deberes derivados del S. Bautismo y a la consecución de la felicidad eterna. La dinámica de la vida sobrenatural está fundada en la esperanza del paraíso, y en la confianza en una asistencia continua por parte de Dios. El escapulario, en virtud de las promesas de María, alimenta en nosotros la esperanza teologal, y orienta decisivamente nuestra actividad hacia el Cielo. La Virgen nos lo ha dado precisamente para asegurarnos el paraíso, y quien lo reviste se propone llegar a esta meta de felicidad.
Por otra parte la intervención graciosa de María confirma la gratuidad de la vida sobrenatural. Sin la ayuda de Dios no podemos insertarnos en el orden de la gracia, ni perseverar en él. El escapulario nos es dado precisamente como garantía de una asistencia continua y eficaz por parte de María. Surge así en el alma, junto a la confianza, también el sentido de la propia limitación e insuficiencia, la conciencia de la propia dependencia, por tanto la verdadera humildad, que tiene tanta parte en el camino de la perfección.
La devoción del escapulario es por tanto de las más adecuadas para favorecer en todo tiempo el desarrollo del espíritu y de la práctica cristiana. Y en este periodo de materialismo histórico y dialéctico, mientras la mayoría de los hombres vive inmersa en los negocios, preocupada solo del presente, el escapulario es una afirmación de los valores supremos del espíritu, y de las esperanzas eternas. A los hombres, tan pequeños y tan audaces, que se ilusionan con bastarse a sí mismos, con construir la felicidad con sus manos, el escapulario recuerda la necesidad de una ayuda superior, sin la cual nuestros problemas fundamentales no pueden tener una solución definitiva.
El esplendor del cristianismo en la historia ha estado siempre en proporción a la mayor o menor devoción a la Virgen. El escapulario es el símbolo y el instrumento de nuestro culto y de nuestro amor a la Virgen, y concurre del modo más eficaz a afirmar el cristianismo en el corazón de los creyentes y a hacerlo resplandecer de la luz más pura, frente a todo el mundo. Por esto la devoción a la Virgen del Carmen es siempre actual.
CAPÍTULO VII - La fiesta de la Virgen del Carmen
La fiesta de la Virgen del Carmen tiene su origen en la devoción y en el amor que la Orden Carmelitana nutrió siempre por la Reina del cielo. Uno de los más antiguos documentos de la Orden nos presenta a los ermitaños del monte Carmelo del siglo XII reunidos en torno a una iglesia dedicada a la Virgen. "Allí los predichos frailes, encomendándose a la Virgen, se reunían cada día para las horas canónicas, y derramaban delante de María y de su Hijo continuas oraciones, invocaciones y alabanzas. Allí se entretenían en humildes coloquios en torno a la palabra de Dios, a la huida del pecado y a la salvación de las almas. Por esto fueron llamados también por los extraños hermanos de la Bienaventurada Virgen María del monte Carmelo" (1).
El amor a la Virgen se arraigó cada vez más en la mente y en el corazón de aquellos religiosos y se convirtió en la sustancia de su espiritualidad. Viviendo sus jornadas en torno al altar de la Virgen, se sintieron llenos de admiración por ella y se habituaron a concebir su vida en función de un particular culto a la Madre de Dios. Llevados por su entusiasmo, hecho de confianza y de afecto, atribuyeron a la Virgen el origen de su Orden, la inspiración de la Regla y la aprobación obtenida del Papa, la liberación de los peligros y de las persecuciones que atribularon periódicamente a su instituto.
Cuando los monjes del monte Carmelo se trasladaron a Europa, poco antes de 1240, llevaron consigo, como precioso patrimonio, una devoción tiernísima a la Virgen Santa. Cada convento carmelitano se distinguió desde el inicio por la devoción a la Virgen. El prior general P. Bernardo Olerio, en una relación enviada al Papa en 1376, escribía que hasta aquel tiempo "dondequiera y siempre, todas las iglesias de nuestros religiosos, están edificadas en honor de la B. V. Madre de Dios". La devoción tradicional del Carmelo a la Virgen encontró su expresión más adecuada en una fiesta litúrgica (2).
La conmemoración solemne
En un primer momento, la Orden no tenía una fiesta propia en honor de la Virgen, sino que celebraba con solemnidad las fiestas comunes a toda la Iglesia o de alguna iglesia particular. En el libro "De los ordenamientos de la compañía de S. María del Carmen" de Florencia, escritos en los años 1280-1298, se lee: "En 1291 fue ordenado por los capitanes y por su consejo y por otros hombres buenos de la compañía por gran cantidad... que en las vigilias y en las festividades de Sta María... se deban poner en los candeleros y las velas nuevas al hierro y el mantel" (3). En 1290 Nicolás IV concede indulgencias especiales a quien visita las Iglesias "de la Orden de la B. María del Monte Carmelo" de los conventos de Burdeos, Siena, Florencia, Bolonia "en cada una de las fiestas de la Bienaventurada Virgen María" (4). Esta concesión deja entrever el deseo de dar a las celebraciones marianas del Carmelo la mayor solemnidad.
El capítulo general de 1312 aprueba el nuevo Ordinal del padre Siberto de Beka, carmelita de Colonia, en el cual se establece que cada día se haga "memoria de la Bienaventurada Virgen", en el oficio tanto diurno como nocturno; se cante solemnemente la Salve Regina después de Completas, y la S. Misa de la Virgen casi cada día y con particular solemnidad el sábado (5).
Ya desde 1306, y tal vez antes, se celebraba en todos los conventos carmelitas la fiesta de la Inmaculada, que luego asumió el papel de fiesta principal de la Orden. En esta circunstancia, tanto en Roma como en Aviñón, la Curia Pontificia intervenía en la Iglesia de los Carmelitas a las ceremonias que se realizaban en honor de la Virgen, como intervenía en la iglesia de las otras Órdenes religiosas en el día en que festejaban a su fundador, reconociendo así implícitamente, que la Virgen es la Patrona del Carmelo. En el concilio de Basilea, para probar la fe universal de la Iglesia en el dogma de la Inmaculada, algunos teólogos recordaron la fiesta que cada año se celebraba en los Carmelitas con la participación de la corte papal. Durante casi todo el siglo XIV la fiesta de la Inmaculada fue la fiesta principal de la Orden y el capítulo general de Fráncfort en 1393 dispuso que cada convento contribuyese a los gastos necesarios a una celebración solemne delante de la Corte Papal.
En la segunda mitad del siglo XIV aparece por primera vez en Inglaterra una fiesta propia de la Orden carmelitana en honor de la Virgen. La encontramos recordada en el Calendario Astronómico del P. Nicolás de Lynn (6), compuesto en 1386, como se lee en un códice del British Museum. No era aún una fiesta mayor de la Orden, sino una conmemoración anual, más solemne que aquella semanal o sabatina (7). Esta conmemoración solemne fue instituida para agradecer a la Virgen todos los privilegios y gracias concedidos a la Orden, especialmente por haberla honrado con su nombre y su patronato. Lo dice claramente la Oración de la Misa : "Oh Dios que has decorado con el título de la excelentísima Virgen y Madre tuya María la humilde Orden a ti consagrada, y para su defensa has obrado milagros, concede propicio que en el presente podamos experimentar la ayuda y más adelante participar de los gozos eternos de aquella de la cual devotamente veneramos la memoria" (8). Era por tanto un testimonio de gratitud y de fidelidad por parte de la Orden, expresada con la liturgia, que es la forma más adecuada para nuestras relaciones oficiales con Dios y con la Virgen.
José Pomari, carmelita milanés, en su libro Año memorable de los Carmelitas, habla de la celebración de esta fiesta y de sus finalidades. "Antiquísima es la fiesta que se celebra cada año en la Orden carmelitana el 16 de julio, o en el domingo inmediatamente siguiente, titulada La Conmemoración solemne de la Beatísima Virgen del monte Carmelo, vulgarmente llamada La fiesta pontifical de la Virgen del Carmen. Su nombre propio de conmemoración solemne demuestra que esta festividad es una memoria solemne, festiva y grande, que hacen los religiosos carmelitas de los beneficios y gracias singulares, que desde el principio les ha hecho y les va participando cada día la misma Virgen Santísima, casi su amantísima Madre y su graciosa protectora y especial patrona de esta su sacratísima Orden... por tanto por signo de debida gratitud, por título de acción de gracias y por memoria perenne de sus señalados favores a nosotros compartidos, (que fueron... regalarnos y darnos privilegios santos, con la prenda de su materno afecto, digo el sagrado escapulario, y luego empeñarnos de Cristo, su Hijo, y de los Sumos Pontífices, sus Vicarios, muchas gracias, favores, honores e indulgencias...) por memoria, digo, perpetua y para agradecerle continuamente estos y otros cotidianos favores suyos, esta su Orden ha santamente instituido la fiesta de hoy" (9).
En Inglaterra esta conmemoración se hacía el 17 de Julio. En el continente en aquel día se honraba con una cierta solemnidad a S. Alejo, por ello la fiesta de la Virgen, después de alguna incertidumbre, fue fijada en todas partes el 16 del mismo mes. En el siglo XV la fiesta se extendió a todos los conventos de la Orden y adquirió mayor importancia y solemnidad, como resulta de los libros litúrgicos de la época.
La fiesta del escapulario
En el siglo XVI dos hechos nuevos se insertan en la celebración tradicional y le confieren una fisonomía específica. La fiesta de la Virgen del Carmen se convierte en la principal de la Orden y se caracteriza como fiesta del escapulario. La congregación definitorial de la provincia carmelitana de Andalucía ordena en 1580 que la fiesta del Carmen sea celebrada con el máximo esplendor y solemnidad posible. El capítulo general de 1609 sanciona una costumbre ya difundida en toda la Orden decretando por unanimidad que la fiesta de la Virgen del Carmen sea considerada principal y más solemne (10).
Al mismo tiempo la fiesta sufre una cualificación interna. La devoción al escapulario se había ya difundido por todas partes; en virtud de múltiples intervenciones de la S. Sede también el privilegio sabatino era aceptado por todos. Muchísimos fieles, de todas las condiciones sociales, vestían el hábito, y las cofradías del Carmen se multiplican. El Carmelo se daba cuenta de que el escapulario era el don principal recibido de María, la manifestación más significativa de su predilección materna por la Orden. Por ello la conmemoración del 16 de julio, instituida para agradecer a la Virgen todos los privilegios y gracias concedidos a la Orden, se polariza en torno al don del escapulario y se convierte sobre todo en la fiesta del hábito.
Daniel de la Virgen María escribe a este propósito: "La fiesta de la solemne conmemoración de la Virgen María se celebra desde tiempo inmemorial en gratitud por los beneficios concedidos a la Orden Carmelitana por la Madre de Dios, y especialmente en memoria del don del S. escapulario, como privilegio singular concedido a la misma Orden" (11). Y Juan Sylveira dice: "Aunque desde los tiempos del Papa Honorio se celebrase la fiesta, sin embargo después de haber recibido el S. escapulario, la fiesta ha revestido mucha mayor solemnidad, en acción de gracias de tanto beneficio" (12).
A finales del siglo XVI la fiesta de la Virgen del Carmen era celebrada en toda la Orden como Fiesta mayor o Patronal, y tenía el contenido de hoy. Para los Carmelitas era un deber recordar todos los beneficios de la Virgen, especialmente las prodigiosas intervenciones para salvar la Orden en coyunturas adversas; para los fieles el interés mayor era el de agradecer a la Virgen el don del escapulario al cual había ligado los dos grandes privilegios, la salvación eterna y la abreviación del purgatorio. Por ello esta fiesta fue llamada también día o fiesta del hábito. En 1609 fueron concedidas a los Carmelitas Descalzos las lecciones propias para el oficio de la Virgen del Carmen, revisadas y aprobadas por el santo Cardenal Belarmino, en las cuales se exalta el patronato de María sobre la Orden y el don del escapulario.
La fiesta fuera de la Orden
Alcanzado su pleno desarrollo y su caracterización en la Orden, la fiesta del escapulario comenzó a extenderse, con gozoso ímpetu, también entre los seculares y los religiosos de otros Institutos. En 1595 la Sagrada Congregación de Ritos, fundada solo siete años antes, concedió a las monjas de Donna Regina de Nápoles, la facultad por ellas solicitada, "de celebrar la fiesta y recitar el oficio con rito doble de la conmemoración de S. María del Carmen" (13). La fiesta se difundió muy rápidamente después del decreto del S. Oficio de 1613 que permitía la predicación del privilegio sabatino. En 1624 el carmelita Tussanus Foucher escribía que "esta fiesta es de tan gran veneración en la Iglesia, que en algún reino es solemnizada también por los seculares, como en el reino de Nápoles, de Sicilia, de España" (14).
El amor a la Virgen hizo olvidar a muchos los decretos del Concilio Tridentino y las bulas pontificias que reservaban a la Sede Apostólica la introducción de nuevas fiestas y toda la legislación litúrgica. Por ello la S. Congregación de Ritos el 8 de abril de 1628 llamó la atención de los fieles sobre la necesidad de solicitar la debida autorización para celebrar la fiesta del escapulario fuera de las Iglesias de la Orden (15) Los devotos de la Virgen del Carmen se adaptaron con facilidad al decreto de la Congregación y pidieron oficialmente la institución de la fiesta, que fue concedida sucesivamente a varias iglesias y naciones. Se obtuvieron así dos ventajas: la celebración se volvió jurídica y se extendió a todos los fieles. La fiesta fue concedida en 1674 a España y a todas "las iglesias de las provincias de los dominios sujetos a Su Majestad Católica". El año siguiente, tras la súplica de Leopoldo I, la fiesta fue extendida a todo el imperio austriaco : "los Reinos de Hungría, Bohemia, Dalmacia, Croacia, Carintia, Carniola, el Marquesado de Moravia, el Condado del Tirol, y todas las provincias sujetas al augustísimo emperador". En 1679 la fiesta del escapulario es concedida a Portugal y sus dominios; en 1682 a Toscana y a Génova; en 1683 a Parma, Piacenza, Borgo S. Donnino; en 1684 a Saboya y a la República de Lucca; en 1704 a Polonia; en 1725 a los Estados Pontificios. Fue también introducida en el rito Mozárabe, en el rito Caldeo donde toma el nombre de "fiesta del hábito de la Virgen María del Monte Carmelo", y entre los Maronitas que la consideran fiesta de precepto y recitan un oficio propio verdaderamente bello y expresivo.
La fiesta se celebraba en todas partes con gran solemnidad. El P. A. Spinelli, jesuita, en 1613 escribía en Nápoles: "Célebre solemnidad de la B. Virgen del Carmelo, que se celebra con gran piedad de los fieles el 16 de julio, en honor de la cual muchos honran el miércoles a ella consagrado, y en ese día se abstienen de carnes" (16). Una relación enviada a la Curia Generalicia de los Carmelitas en 1636 describe con vivos colores la fiesta del Carmen que se celebraba en la isla de Mallorca. "La devoción al escapulario está tan difundida que apenas se encuentra quien no la practique; y con el consenso de toda la isla, (por los milagros que cada día son obrados por nuestro santo hábito), la fiesta de la Conmemoración de la Virgen del Carmen, el 16 de julio, es considerada fiesta de precepto y en ese día, no solo de la ciudad, sino de todos los lugares, también del campo, vienen tan numerosos, que impresiona; y es una de las fiestas más solemnes que se celebran en toda la isla" (17).
En 1656 el provincial de Turena, P. Matías de S. Juan, describe con énfasis las solemnidades que se celebraban con ocasión de la fiesta del escapulario en Roma, como en otras localidades de Italia, de España, de Francia y de Portugal (18). En 1679 el carmelita belga, P. Alejandro de S. Teresa, recuerda que algunos se escandalizaban porque las iglesias estaban más adornadas el día de la Virgen del Carmen que en Pascua (19).
En la Iglesia universal
El Papa Benedicto XIII, que había introducido la fiesta del Carmen en los Estados Pontificios, con bula del 24 de septiembre de 1726 la extendió a toda la cristiandad, con el oficio y la misa aprobados para los Carmelitas Descalzos en 1609 (20). Con este decreto la fiesta de la Virgen del Carmen entra definitivamente en la liturgia de la Iglesia Universal.
Benedicto XIV después de haber justificado el culto del escapulario con la autoridad de los Sumos Pontífices, con la fe universal de la Iglesia y con la voz de los milagros concluye que "cada uno debe reconocer que la fiesta de la Bienaventurada María del monte Carmelo no ha sido instituida sin graves motivos, y por esto extendida a toda la Iglesia con Oficio y Misa propia" (21).
Esta fiesta que se celebra ya desde hace seis siglos con creciente solemnidad y con una cada vez más amplia participación de los fieles, tiene el propósito de agradecer a la Virgen por los privilegios concedidos a quien lleva el escapulario, e invocar su ayuda para todos sus hijos de adopción. Con su institución la Iglesia pretende poner en evidencia la bondad de María, su potencia, el cuidado amoroso que toma de nosotros y de nuestra salvación eterna. El mejor modo de celebrar esta solemnidad y de recoger sus frutos espirituales consiste en renovar, en esta feliz circunstancia anual, nuestra consagración a la Virgen, comprometiéndonos a amarla de hijos, a honrarla de caballeros, a difundir su devoción de apóstoles.
CAPÍTULO VIII - La cofradía del Carmen
Como en la vida civil así también en la Iglesia católica hay asociaciones de hombres que se proponen alcanzar un fin determinado, usando unos mismos medios. Estas asociaciones católicas se llaman pías uniones, cofradías, terceras órdenes. Las terceras órdenes son exigentes en cuanto imponen vivir según una regla precisa y bajo la dirección de una Orden religiosa. La cofradía exige menos compromisos exteriores, aun requiriendo una espiritualidad profunda y una cierta identidad de fines. La cofradía del Carmen es una asociación de fieles que se confían a la protección de la Virgen del Carmelo y se proponen honrarla y propagar su culto, especialmente por medio del escapulario. Los cofrades pretenden vivir en el espíritu del Carmelo que reconoció siempre en la Virgen a su Madre y a su Reina, y consideró el escapulario como su divisa de honor.
Las primeras cofradías del escapulario
La historia de las cofradías en el medioevo es muy complicada, en cuanto surgían como fenómeno particular junto a algunas iglesias o conventos, y aun teniendo en común el mismo ideal de perfección evangélica, se daban estatutos diversos y casi siempre se conservaban autónomas. Entre el siglo XIII y el siglo XVI surgieron en Europa, y especialmente en Italia, innumerables cofradías que inspirándose en las enseñanzas del Divino Maestro, enriquecieron la Iglesia de fervor religioso y de actividades caritativas, hospitalarias, artísticas, sociales. Su fin común era el mejoramiento y el progreso espiritual de los miembros, por medio de una plena adhesión a los principios religiosos, pero no tenían todas la misma fisonomía. Algunas daban mayor importancia a la oración pública y se llamaban compañías de los Laudesi; sus miembros se reunían al atardecer, o en los días festivos, en la iglesia o en los propios oratorios para cantar laudes sagradas y enfervorizarse en el servicio de Dios. Las cofradías de los Flagelantes, Disciplinantes, Batidos, se distinguían, en cambio, por la práctica de la penitencia en común, especialmente de la flagelación que se daban en los días determinados. Estas cofradías, por lo general, tomaban el nombre de la iglesia junto a la cual tenían la sede, o del santo al cual se habían consagrado. Aquellas que crecieron junto a las iglesias o los conventos carmelitas tomaron el nombre de cofradías del Carmen. La cercanía de los Carmelitas llevaba a una comunión de vida y de ideales, a una acentuación de la devoción a la Virgen, considerada siempre por el Carmelo como Patrona especial; se llegaba así, gradualmente, a la agregación oficial de la cofradía a la Orden, con la adopción del escapulario como insignia y programa de vida, y como signo de distinción de las otras asociaciones.
En el siglo XIII había ya almas devotas que aun permaneciendo en la familia deseaban vivir en el espíritu del Carmelo y participar de sus ventajas espirituales. En el capítulo general celebrado en Londres en 1281 se trató de los enfermos que pedían ser afiliados a la Orden y se decidió aceptar solo a aquellos que daban garantía de perseverar (1). De hecho, en la segunda mitad del siglo XIII encontramos en algunos lugares asociaciones que viven a la sombra del Carmelo y toman el nombre de compañías, escuelas, disciplinas del Carmen. Se conservan aún los estatutos escritos en 1280 para la Compañía de S. María del Carmen, en Florencia, la cual se ejercitaba en obras pías, y tenía por capellán a un padre carmelita. En un documento de 1298 se habla de una "cofradía de la Bienaventurada Virgen María del monte Carmelo, erigida en la iglesia de S. Nicolás en Siena". Siempre a finales del siglo XIII surge en Venecia la escuela o congregación de S. María del monte Carmelo; el padre general Gerardo de Bolonia, dirigiéndose a Venecia en 1300 la declaró "partícipe de cuantas obras buenas frecuentan los religiosos". Vienen luego las congregaciones de Módena, Bolonia, Brescia, Padua (2).
Para manifestar su completa y perenne adhesión al Carmelo y su confianza ilimitada en la Virgen, muchos cofrades querían vestir el escapulario también después de muertos, y dejaban por testamento ser sepultados con el sagrado hábito. Un cierto Guillermo Guairici en 1339 insertaba en su testamento este detalle: "Elijo por mi sepultura la iglesia de los Carmelitas... y quiero ser sepultado con el hábito de los religiosos de la bienaventurada Virgen del monte Carmelo" (3). La misma disposición encontramos en el testamento de Martino de Capellis, de 1354, que se conserva en el museo cívico de Milán, y en el de la viuda Bengi Malabisca de 1371, como se ve en el archivo cívico de Florencia. La misma costumbre estaba difundida en España (4).
En el siglo XIV las cofradías del Carmen surgen aún por iniciativa privada de algunas iglesias o conventos de la Orden, con estatutos, fiestas y privilegios propios. Con el sucederse de los años se calificaron, por la participación en la vida del Carmelo y en los privilegios a él concedidos por la Virgen por medio del escapulario. Alcanzaron así una cierta unidad de dirección espiritual, de organización interna, y se convirtieron en un instrumento válido de devoción mariana y de piedad cristiana. En los siglos XV y XVI la cofradía del Carmen, que tenía ya una fisonomía suya característica, se difundió rápidamente en todos los países católicos. Un ejemplo típico del favor que encontraba nos viene de la Escuela Grande de la Virgen del Carmen de Venecia que en 1626 reunía bajo la insignia del escapulario a setenta mil inscritos. Además de ser una fragua alacre de vida cristiana, esta cofradía construyó junto a la iglesia del Carmen una sede suntuosa, sobre diseño de Baldassare Longhena, embellecida por las pinturas del Tiepolo, todavía admiradísimas, que constituyen uno de los homenajes más significativos del arte a la Reina del Carmelo. Actualmente las cofradías del Carmen son numerosas en todo el mundo católico, de modo especial en Italia, España, Portugal, México, y en todas las naciones de lengua española.
Espiritualidad de la cofradía
La espiritualidad de la cofradía está determinada por las exigencias del escapulario y por la afiliación a la Orden carmelitana. La cofradía del Carmen es esencialmente mariana, y se propone desarrollar en sus miembros el amor y la imitación de la Virgen Santísima. En segundo lugar la cofradía del Carmen es un retoño crecido en el vetusto árbol del Carmelo. "El escapulario, observa Pío XII, es esencialmente un hábito religioso, y quien lo viste viene por ello asociado, de un modo más o menos íntimo, a la Orden Carmelitana" (5). Revestir el hábito de una Orden religiosa significa participar de su espiritualidad, de sus programas de vida interior. Quien se inserta en la gran familia carmelitana, que se ha distinguido siempre por su espíritu contemplativo y mariano, contrae la obligación moral de tender a la perfección cristiana en la oración y en el culto a la Virgen. Oración y devoción a la Virgen van siempre juntas, porque quien ama a la Virgen siente la necesidad de encontrarse con ella en la oración, para repetirle su afecto y pedir su materna asistencia. El alma de la cofradía del Carmen es la vida interior, el espíritu de oración y de mortificación, en la imitación de la Virgen.
Hemos dicho ya arriba que estas disposiciones son requeridas también para la adquisición del privilegio sabatino, por tanto indispensables e inseparables del uso del escapulario. Por esto el S. Padre Pío XII el 6 de agosto de 1950 dijo a los congresistas reunidos en Roma para el VII centenario del escapulario: "Así, queridos hijos y queridas hijas, os exhortamos a caminar de modo digno de vuestra vocación, siguiendo las huellas de los grandes Santos que el Carmelo ha dado a la Iglesia. Cultivad la vida interior y practicad según el espíritu de vuestra Regla las obras de mortificación, y de penitencia: orad por la propagación de la fe, por el progreso de la Iglesia, por los gobernantes, por los prisioneros, por los difuntos, por la conversión de los pecadores, por la paz del mundo. Sed para todos los fieles un ejemplo y un estímulo" 6).
Para que la cofradía conserve su vitalidad interior, y no se agote en alguna ceremonia de carácter folclórico, el director, en cuanto le sea posible, debe procurar:
- Reunir a los inscritos una vez al mes para una función en honor de la Virgen, y aprovechar la circunstancia para ilustrar el significado del escapulario, sus exigencias espirituales, la necesidad de una vida que sea digna de un hijo predilecto de María.
- Exhortar a todos los cofrades a hacer la confesión y la comunión al menos una vez al mes. La vida sacramental es un coeficiente muy eficaz para la elevación de la conducta y la perseverancia en los buenos propósitos. Para no multiplicar las obligaciones, se podría aprovechar los primeros sábados de mes, donde esta práctica está difundida, para reunir en torno al altar de la Virgen a los miembros de la cofradía, exhortarlos a recibir los santos Sacramentos, y a aumentar su amor y la sumisión hacia la Reina del cielo, de modo que se aseguren las grandes promesas ligadas al escapulario. En algún lugar la reunión con Misa y comunión de los adscritos, se celebra el día 16 de cada mes para recordar la fiesta del Carmen que recurre el 16 de julio.
- Celebrar la fiesta del Carmen, no solo con ceremonias externas, músicas y luminarias, sino con sentimientos interiores, aprovechando la feliz ocasión para un encuentro más afectuoso con la Virgen, y para la renovación consciente de los propósitos de santidad.
Erección de la cofradía
La erección de la cofradía puede ser hecha solamente por el general de los Carmelitas Descalzos y de los Carmelitas de la Antigua Observancia, los cuales han tenido la facultad exclusiva por el Papa Clemente X en 1673 (7). Para la erección de cofradías fuera de las iglesias carmelitanas, se requiere también la licencia del Ordinario del lugar, es decir del Obispo que en esto no puede ser sustituido por el Vicario general, sin un especial mandato (8). Las cofradías se pueden erigir en las iglesias y oratorios públicos y semipúblicos, pero no en las capillas de las religiosas (9). La erección debe ser hecha con un decreto formal (10). Quien desea erigir una cofradía del Carmen, escribe la solicitud, dirigida a uno de los generales del Carmelo, especificando el titular de la Iglesia o altar donde la quiere erigir; presenta la solicitud al Obispo para su aprobación; luego la envía a Roma. El superior general responde enviando el decreto de erección. Para las cofradías a erigirse en las Iglesias de la Orden, se escribe directamente al superior general, sin recurrir al ordinario (11). La erección de la cofradía supone por parte de aquellos que hacen la solicitud, la voluntad de incrementar la devoción a la Virgen, por tanto exige que haya un director que asuma la responsabilidad de favorecer y de desarrollar entre los adscritos la afirmación de los valores y del contenido espiritual del escapulario, haciendo de él un instrumento válido de renovación moral.
Los miembros de la cofradía
A la cofradía del Carmen pueden inscribirse personas de toda condición: sacerdotes, religiosos, laicos, célibes y casados, jóvenes y ancianos, con tal que amen mucho a la Virgen y pretendan sinceramente honrarla con su vida cristiana. El ingreso en la cofradía ocurre por medio de la imposición del escapulario. Todo revestido del escapulario es por tanto un cofrade del Carmen. Si en la localidad en la cual él se encuentra está la cofradía, entra a formar parte de ella y debe participar, en los límites de sus posibilidades, en las manifestaciones y en la vida de la misma. Si no hay una cofradía cercana, es suficiente que el cofrade cumpla las obligaciones individuales impuestas por el escapulario esforzándose en vivir como buen cristiano, y renovando sus propósitos cuando recibe los santos sacramentos.
Para que la imposición del escapulario sea válida debe ser hecha por un sacerdote autorizado. El padre general de los Carmelitas puede imponer el escapulario en cualquier lugar, y puede delegar esta facultad a cualquier sacerdote secular o regular que haga solicitud de ello. Los provinciales y los superiores religiosos de las casas carmelitanas individuales pueden imponer el escapulario en los límites de su territorio, y dentro de los mismos límites delegar a otros sacerdotes de la orden, pero solo ad actum. Los directores de las cofradías individuales, durante munere, pueden también imponer válidamente el escapulario, y delegar ad actum. Los demás sacerdotes deben obtener la facultad o de la S. Penitenciaría o de los superiores de la Orden Carmelitana. La imposición del escapulario debe ser hecha según el rito que se encuentra en el título IX del Ritual Romano. De las dos fórmulas presentadas se puede elegir la que se prefiere. La fórmula más larga es aconsejable al menos cuando se visten muchas personas con ceremonia pública. El sacerdote que no emplea la fórmula propia de la Orden Carmelitana, inscribe igualmente en la cofradía, siempre que tenga la facultad y no omita las cosas esenciales, es decir la bendición e imposición del escapulario y la recepción en la cofradía (12).
La fórmula puede ser recitada en plural, cuando hay varias personas para vestir, pero el escapulario debe ser puesto al cuello, o sobre el hombro de cada uno, porque equivale a una consagración personal. El escapulario del Carmen se debe siempre imponer aparte, no con el mismo rito o ceremonia con la que se imponen los otros escapularios, a menos que no se tenga una facultad especial (13). El canon 684, párrafo 2 establece: "A fin de que conste de la recepción acaecida, se debe de todos modos hacer la inscripción en el registro de la cofradía; es más, tal inscripción, si la asociación es erigida en persona moral, es necesaria para la validez". Es aconsejable, por ello, que cuantos tienen la facultad de bendecir e imponer el escapulario usen un registro privado para anotar allí los nombres de cuantos revisten, de modo que puedan luego transmitirlos con toda exactitud a la cofradía más cercana.
Los sacerdotes carmelitas, ya sea en las propias iglesias o fuera de ellas, en los días de gran concurrencia, como durante las misiones o peregrinaciones, pueden omitir la recogida de los nombres, y distribuir los escapularios con antelación, de modo que cada uno se lo imponga con sus propias manos en el momento en el cual el sacerdote recita la fórmula (14). La inscripción de los nombres puede ser omitida por todos los sacerdotes cuando haya un verdadero inconveniente (15). Los soldados que no tienen la posibilidad de acercarse a un sacerdote, están autorizados a vestirse por sí mismos, recitando alguna oración a la Virgen, el escapulario bendecido con anterioridad por un sacerdote autorizado (16). Quien, después de la inscripción a la cofradía, extravía o depone el escapulario incluso por largo tiempo, no debe repetir la ceremonia de la vestición, sino que basta que vuelva a vestir el escapulario, con la intención de renovar delante de la Virgen santísima su consagración y el propósito de servirla con fidelidad.
El escapulario
La insignia de la cofradía y el distintivo de los inscritos individuales es el escapulario. El uso del escapulario es esencial para la cofradía. Los fieles no se pueden inscribir en la cofradía si no es vistiendo el escapulario; y todos aquellos que reciben válidamente el escapulario se convierten en miembros de la cofradía del Carmen. El escapulario usado por los fieles es el mismo de la Orden carmelitana, aunque reducido a dimensiones más pequeñas, para mayor comodidad. Este está compuesto de dos pequeños pedazos de tela, unidos entre sí por dos cintas, y llevado al cuello de modo que una parte caiga sobre el pecho, la otra sobre la espalda. La tela del escapulario debe ser de lana, y se requiere, que sea tejida, no hecha de punto o bordada. Para la adquisición de las indulgencias es necesario que sea de color marrón o similar, es decir oscuro, y que el paño sea visible, no por tanto cubierto totalmente por un forro de otra materia. Si sobre el escapulario se aplica la imagen de la Virgen o el escudo de la Orden, hágase de modo que por una parte, o al menos en los márgenes, se vea la tela de lana. El escapulario puede ser protegido del sudor con una funda de materia transparente, u otra materia decente, pero de modo que no esté cosida con el mismo escapulario, sino suelta, y las dos cintas unan directamente los dos pedazos de tela, y no estén atados solo a la funda (17). Cuando el escapulario se estropea, puede ser sustituido por la persona misma que lo lleva. El primer escapulario es bendecido en el momento de la vestición; para los escapularios que se usan a continuación no es requerida ninguna bendición. La inscripción en la cofradía se hace siempre y solo con la imposición del escapulario, sin embargo un solo escapulario puede servir para muchos, si es puesto sucesivamente sobre el hombro de cada uno. El escapulario debe ser llevado al cuello, en contacto con el cuerpo o sobre las vestiduras, pero siempre de modo que una parte descienda sobre el pecho la otra sobre la espalda.
La medalla
Hecha válidamente la imposición del escapulario, los fieles pueden sustituirlo con una medalla que tenga de un lado la imagen de la Virgen y del otro aquella del S. Corazón de Jesús. Con el uso de la medalla se pueden adquirir todos los privilegios, incluido el sabatino, y todas las indulgencias del escapulario (18). S. Pío X hizo esta concesión para favorecer la difusión del escapulario entre todas las categorías de personas, las cuales pueden encontrarse en las circunstancias más diversas, pero expresó abiertamente su deseo vivísimo, vehementer exoptat, de que los fieles, cuando tengan la posibilidad, continúen llevando el escapulario de paño, en cuanto es expresivo, y solo en caso de necesidad y de conveniencia, usen la medalla. Él mismo continuó llevando el escapulario toda la vida. Su sucesor, Benedicto XV, en una audiencia concedida al superior general de los Carmelitas Descalzos en 1916 dijo: "Para hacer ver que es mi deseo que se continúe llevando el escapulario concedo a este una gracia que no tendrá la medalla"; y dio quinientos días de indulgencia a cada cofrade que besa el propio escapulario (19). Para conciliar las exigencias de la vida con la devoción a la Virgen se podría llevar la medalla de día, si es requerido por el trabajo o por la vida de sociedad, y vestir el escapulario de noche, durante el descanso. Reencontrar cada noche el escapulario al lado de la cama, y cumplir el gesto tan simple de vestirlo, llamaría a nuestra mente cada día nuestra condición de hijos de María, y reavivaría la confianza en su protección (20). Por el mismo motivo es aconsejable tener sobre la persona el escapulario en las enfermedades, y especialmente en la muerte. Loable la costumbre de algunas cofradías que ponen también sobre el ataúd de los asociados, un gran escapulario, decorosamente adornado, como insignia de la condición del difunto. Cada medalla, para sustituir válidamente al escapulario debe ser bendecida por un sacerdote que tiene la facultad de imponer el hábito.
Obligaciones de los cofrades
Las obligaciones principales de los adscritos a la cofradía del Carmen son aquellas que hemos ya enumerado como condición para la adquisición de los privilegios del escapulario. Las resumimos.
- Recibir el escapulario de sacerdote autorizado y a ser posible inscribir el propio nombre en el registro de la cofradía.
- Llevar día y noche el escapulario o la medalla bendecida.
- Observar la castidad según el propio estado.
- Recitar el oficio de la Virgen, o bien, para quien no sabe leer, abstenerse de carnes el miércoles, viernes y sábado. Esta obligación es habitualmente conmutada, en el acto de la vestición del escapulario, con el rezo de algunas oraciones vocales, como siete Padre nuestros y Ave Marías, u otras prácticas a juicio del sacerdote, y teniendo en cuenta las condiciones del nuevo cofrade. Si la conmutación no ha sido hecha en el momento de la vestición, puede ser requerida también después a un sacerdote que tenga la facultad. Nos permitimos sin embargo insistir para que los inscritos, cuando lo pueden hacer sin ser de gravamen para la familia, observen la abstinencia en el miércoles y en el sábado, o al menos hagan en estos días alguna obra buena, para honrar a la Virgen.
Además de estas prácticas requeridas para la adquisición de los privilegios del escapulario, se recomienda a todos los cofrades, que, por su condición de hijos predilectos de la Virgen:
- Se distingan por integridad y honestidad de costumbres, dando a todos el ejemplo de una vida cristiana perfecta.
- Reciban a menudo los Sacramentos, especialmente en las fiestas marianas.
- Frecuenten la iglesia de la cofradía y participen en las funciones mensuales y anuales que allí se desarrollan en honor de la Reina del Carmelo.
Las obligaciones asumidas con la inscripción en la cofradía no vinculan bajo pena de pecado, ni siquiera venial, sino que comprometen nuestra fidelidad, nuestra generosidad, hacia la Madre celestial. El cumplimiento de estos deberes se hace dulce cuando es iluminado por el amor. Y es esta la obligación fundamental del revestido del hábito. Predilecto por la Virgen y favorecido de tantos privilegios, él debe sentir viva y ardiente la necesidad de la correspondencia, el deseo de hacer conocer a la Madre del cielo su afecto, su ternura filial.
Privilegios e indulgencias
El honor y el privilegio principal de los cofrades del Carmen es el de ser hijos de María. Este título les garantiza una asistencia continua en vida y en muerte, asistencia que encuentra su expresión más significativa en el privilegio de la preservación del infierno, y en la pronta liberación del purgatorio. La protección continua de la Virgen en todos los peligros del alma y del cuerpo, y especialmente en la hora decisiva de la muerte, es para todos los cofrades del Carmen un motivo de esperanza y de alegría profunda. Además, ellos participan en todo el bien espiritual que se cumple en la Orden carmelitana, a la cual forman parte. Si se piensa en los cuatro mil religiosos, y en las catorce mil monjas de clausura que esparcidos por el mundo, perfuman la Iglesia con sus virtudes, este beneficio se revela como un inmenso tesoro del cual podemos extraer en vida y en purgatorio. A estos privilegios la Iglesia, con materna largueza, ha querido añadir muchas indulgencias. Recordamos las principales.
Indulgencias plenarias
- En el día en el cual son adscritos a la cofradía y reciben el santo escapulario.
- En la solemnidad de la Virgen del Carmen, el 16 de Julio, o en el domingo siguiente, o en otra fecha en la cual se celebra la fiesta anual de la Virgen del Carmen.
- En el mismo día de la fiesta se adquiere la indulgencia toties quoties, es decir cada vez que se visita una iglesia en la cual esté erigida la cofradía del Carmen, o bien la iglesia parroquial si no hay una iglesia carmelitana.
- En un domingo de cada mes interviniendo en la procesión de la cofradía.
- En el día de Pentecostés.
- En el día de la conmemoración de los difuntos de la Orden carmelitana, el 15 de noviembre, y si este día fuese domingo el 16.
- In articulo mortis si con el corazón contrito invocarán al menos el nombre de Jesús. Las condiciones para que los adscritos adquieran estas indulgencias son la confesión, la comunión, y la oración por el Papa.
Indulgencias parciales
- Cinco años y cinco cuarentenas: a) una vez al mes, en día a elección, si confesados y comulgados oran por el Sumo Pontífice; b) si habrán acompañado el SS.mo Sacramento con la vela encendida, mientras es llevado a los enfermos y orando por ellos.
- Tres años y tres cuarentenas en cualquier fiesta de la Virgen que se celebra en toda la Iglesia, si, confesados, habrán comulgado en la iglesia de la cofradía y habrán orado según la intención del Sumo Pontífice.
- Trescientos días por la abstinencia del miércoles y sábado.
- Cien días por cada obra de piedad o caridad cumplida con ánimo contrito.
- Para quien visita la iglesia o capilla de la cofradía con ánimo arrepentido: a) siete años y siete cuarentenas en cada miércoles y sábado; b) trescientos días en cada otro día;
- Trescientos días por el rezo del Flos Carmeli.
- Trescientos días por las jaculatorias: Regina decor Carmeli, ora pro nobis, y Mater et decor Carmeli, ora pro nobis.
- Quinientos días cada vez que se besa devotamente el propio escapulario.
Otros privilegios son los siguientes:
- Todas las Misas celebradas por los cofrades difuntos gozan de los privilegios de aquellas celebradas en un altar privilegiado.
- In articulo mortis los cofrades pueden recibir la Bendición apostólica con indulgencia plenaria.
- Los cofrades que habitan en una localidad donde no existe una iglesia carmelitana, pueden adquirir todas las indulgencias concedidas por la S. Sede, visitando la iglesia de la cofradía, y si esta dista más de una milla, visitando la iglesia parroquial.
Una familia
La cofradía forma, junto a la Orden carmelitana y a la tercera orden la familia de la Virgen. Todos los adscritos deben considerarse unidos a la Virgen y entre ellos con el vínculo de un amor profundo y todo espiritual. El respeto y la ayuda prestados a los cofrades y a las hermanas es un servicio rendido a la Madre común, y un medio para asegurarnos su protección.
CONCLUSIÓN
La Virgen apareciendo en Lourdes en 1858 invitó repetidas veces a Bernardita y al pueblo a rezar el santo Rosario, y cerró la serie de las visiones el 16 de Julio, fiesta del Carmen. La afortunada vidente notó la coincidencia de la última aparición con la fiesta del Carmen, vistió por toda la vida el escapulario, y si hubiese tenido la salud suficiente para la vida de clausura, se habría hecho carmelita descalza, como era su vivísimo deseo.
En Fátima la exaltación del escapulario en armonía con el Rosario es aún más evidente. En la última aparición del 13 de octubre de 1917, la Virgen, entre los resplandores del sol, se presentó sucesivamente bajo tres aspectos diversos: con la Sagrada Familia, como Dolorosa y como Virgen del Carmen. La aparición había preanunciado que en el último mes vendría Nuestra Señora de los Dolores y del Carmen", por ello fue fácil para Lucía reconocerla (1). Como en Lourdes también en Fátima, las apariciones, acompañadas, y como marcadas por el rezo del Rosario, se cierran en la luz del escapulario. Lucía, como Bernardita, buscó el Carmelo, y más afortunada que aquella, pudo entrar en él el 25 de Marzo de 1948, por directa intervención de Pío XII, y allí se encuentra todavía con el nombre religioso de Sor María del Corazón Inmaculado.
Consideramos por tanto poder concluir que la Virgen con estas dos apariciones, que están entre los hechos más salientes de la historia de este último siglo, haya querido manifestar su agrado por las dos devociones más difundidas en la Iglesia en su honor, el Rosario y el escapulario, y concurrir a su afirmación, mostrando cómo estas se acuerdan y se completan mutuamente.
Armonía perfecta
Hay personas piadosas, sinceramente apegadas a la Virgen, las cuales consideran que las dos devociones del escapulario y del Rosario, se excluyen, o al menos que la una hace a la otra inútil o pleonástica. Por el mismo motivo algunos celosos sacerdotes ponen dificultad en erigir la cofradía del Carmen donde existe la del Rosario, y viceversa. El R. P. Teófano de S. Teresa del N. J., O. C. D. ha publicado recientemente un opúsculo para demostrar que las dos devociones no solo se acuerdan, sino que se postulan mutuamente, y por ello deben crecer juntas en el corazón de los amantes de María (2). Después de haber recordado las visiones de Lourdes y de Fátima el autor concluye; "Desde el momento en que María SS. ha unido para siempre tan íntima y luminosamente el Rosario y el escapulario del Carmen, es un deber la amonestación: Lo que María ha unido nadie jamás debe distraídamente, o peor, perezosamente, separar. María quiere de nosotros practicadas la devoción del Rosario y la devoción del escapulario del Carmen, y las quiere íntimamente unidas; practiquémoslas en todas partes, estas dos grandes devociones, y practiquémoslas unidas" (3).
Las relaciones entre estas dos devociones son múltiples y profundas, y se pueden poner fácilmente de relieve. El escapulario es una prenda de la protección de María, el cáliz de sus promesas y de sus gracias, el memorial de su bondad materna. Tanta generosidad pide una correspondencia pronta y afectuosa; el rezo del Rosario es el homenaje de gratitud que los fieles ofrecen a la Reina del cielo, la guirnalda de rosas con la cual se esfuerzan por manifestar su gratitud, y hacerse dignos, de mayor protección. El escapulario nos manifiesta al mundo como hijos adoptivos y predilectos de María. Por motivo de coherencia debemos amar a la Virgen más que los otros, distinguirnos por formas particulares de culto. El Rosario, con la meditación de los misterios, nos ofrece la ocasión propicia para entretenernos cada día y largamente, con la Madre celestial, y para repetirle, con el rezo continuado del Ave María, todo el afecto de nuestro corazón. Quien ama sincera e intensamente a una persona no se cansa nunca de asegurarle que la quiere. Cada cofrade del Carmen debe ser un enamorado de María, por ello encuentra gozoso repetirle las palabras de veneración que le fueron dirigidas por el ángel Gabriel, por Isabel y por la fe de la Iglesia. Finalmente recordemos que el escapulario encierra una consagración al Corazón Inmaculado de María. Esta consagración implica una vida vivida en honor y en comunión espiritual con la Santa Virgen, un continuo corazón a corazón con la Reina del cielo. El Rosario concurre a la realización de esta vida mariana en cuanto evoca todo lo que la Virgen ha hecho y sufrido por nosotros durante su vida terrena, y la función de mediadora que ejerce por nosotros en el cielo, y de este modo orienta hacia ella nuestros pensamientos, y suscita en nosotros sentimientos de reconocimiento y de afecto.
Podemos por lo tanto concluir que el escapulario requiere a los revestidos el rezo del S. Rosario. Por su parte la devoción del Rosario lleva suavemente al escapulario. De hecho, el rezo cotidiano de la corona, hecho con atención, aumenta en los fieles el amor a la Virgen, y por tanto el deseo de pertenecerle completamente y de vivir en su intimidad. Ahora bien; la Virgen ha manifestado abiertamente sus preferencias por el escapulario, enriqueciéndolo de maravillosos privilegios, y tanto la Iglesia como la piedad de los fieles han hecho de él el medio y el distintivo de una total dedicación a la Virgen, y de una noble milicia decidida a combatir y a morir en su honor. Por ello "el inolvidable profesor Moscati era del parecer que no era posible decir con verdadera devoción las últimas palabras del Ave María, - ahora y en la hora de nuestra muerte - y no desear y amar el escapulario del Carmen, el escapulario de María, con el cual precisamente ella nos asegura materna protección y prodigiosa asistencia en vida, en muerte y después de la muerte" (4).
La convergencia de estas dos devociones se puede actuar fácilmente, con un poco de buena voluntad. La adquisición del privilegio sabatino por parte de los revestidos del escapulario requiere el rezo del Pequeño Oficio de la Virgen, o la abstinencia el miércoles y el sábado. Estas obligaciones en muchas circunstancias resultan onerosas, por lo cual vienen conmutadas, de ordinario, en alguna piadosa práctica, o en un pequeño número de oraciones vocales. La conmutación sería más equitativa y conveniente si viniese impuesto el rezo del Rosario. De este modo se tendría una cierta proporción entre las obligaciones originales, que son de notable importancia, con las nuevas, y se haría una cosa ciertamente grata a la Virgen que tantas veces y de tantos modos ha recomendado el rezo de la Corona. El rezo cotidiano del Rosario puede parecer fatigoso especialmente para aquellos que tienen poca vida interior, pero aparte la consideración de que debería ser una alegría para todos el encuentro con la Madre celestial, se debe tener presente que los privilegios del escapulario son simplemente excepcionales, y por tanto nada es demasiado grande para conseguirlos. Aquellos que, por cualquier razón, no pueden rezar cada día todo el Rosario, podrían rezar al menos una decena, uniéndole la meditación de uno de los misterios. La conmutación se podría hacer en el rezo cotidiano "de una tercera parte de la Corona, o de una decena de la misma", de modo que cada uno satisfaga a su obligación con el mínimo esfuerzo, y al mismo tiempo se sienta incitado, al menos cuando el tiempo y el fervor del espíritu lo conceden, a dar por entero a la Virgen el homenaje más bello.
Una declaración importante
Como conclusión de todo nuestro trabajo reportamos un testimonio de Lucía, la vidente de Fátima, depositaria de los secretos de María. En un coloquio tenido con el P. H. E. Rafferty ella declaró; "Nuestra Señora quiere que todos llevemos el escapulario... ahora el S. Padre lo ha manifestado al mundo, y esto es, el escapulario es el signo de consagración al Corazón Inmaculado de María. Nadie puede contradecirlo". A la pregunta "si el escapulario es tan importante como el rezo del santo Rosario", ella respondió: "¡Sí! el Rosario y el santo escapulario son inseparables" (5).
El S. Padre Pío XII, en la carta del 3 de abril de 1957 al R. P. Linch, prior general O. C., exhorta nuevamente a los fieles a la devoción del escapulario, resumiendo sus deberes y las ventajas con inigualable claridad y precisión. "Conságrense, de modo particular, a la Bienaventurada Virgen del Carmelo, como hijos; y confíense enteramente a su potentísimo patrocinio. De este modo ellos tendrán en esta vida terrena, atormentada por innumerables peligros y tormentas, y en la hora suprema de la muerte una vigilante consoladora y una amorosísima auxiliadora; en el fuego del purgatorio luego, si deberán cumplir allí expiación, una conciliadora de la divina gracia y de la ayuda divina" (6).
NOTAS
INTRODUCCIÓN
(1) Acta Apost. Sedis. XLII (1950) 390. (2) Los tres volúmenes impresos hasta hoy son:
- BARTHOLOMEUS F. M. XIBERTA, O. C., De visione S. Simonis Stock, Roma, 1950.
- AUGUSTINUS M. FORCADELL, O. C., Commemoratio solemnis B. M. Virginis de Monte Carmelo, Roma, 1951.
- HENRICUS M. ESTEVE, O. C., De valore spirituali devotionis S. Scapularis, Roma, 1953. Con ocasión del VII centenario del escapulario, 1251-1951, fue publicada en Italia también una revista largamente ilustrada y documentada: Lo Scapolare, Roma, 1950-1951, que ha llegado solo al V fascículo. En nuestro trabajo utilizamos el material de estas dos publicaciones, adaptándolo a nuestro propósito divulgativo y pastoral. (3) La Vergine del Carmelo e il S. Abitino, en Il Monte Carmelo, 4 (1918), pp. 145, 147. (4) Cfr. nota 2. (5) Vita e dottrina di S. Teresa del B. G., Florencia, 1949. (6) Acta Apost. Sedis, XLII (1950), 390.
CAPÍTULO I - El origen histórico
(1) Algunos estudiosos consideran que el escapulario derive de la antigua cogulla, que era una capucha muy amplia, usada para defender la cabeza y los hombros de las inclemencias, y que posteriormente se alargó hasta cubrir toda la persona. Sin embargo, según S. Benito, la cogulla y el escapulario son distintos. Cfr. Regula, c. 55. (2) "...cum vestis superior, qui mantellus communiter dicitur, non sit de substantia ordinis... Erunt siquidem (cappae albae) cum caputio et a coniunctione caputii clausae desuper circa pectus et ab illa parte in longitudine usque in infimum erunt apertae, ut per eam partem scapulare quod est interius et habitus dilucide discernantur". (Acta Capitulorum Generalium Ord. B. M. V. de monte Carmelo, ed. Wessels, Roma, 1912, pág. 10, 11). (3) Las Constituciones de 1281 dicen: Rubr. 22, De vestimento fratrum. "Statuimus, ut fratres celebrantes vel celebrantibus ministrantes in Missa conventuali scapularibus utantur subtilibus de panno griseo et honesto... Fratres etiam in tunica et scapolari griseo dormiant supracincti". - Anal. O. C. 15 (1950) 224: Rubr. 13. De modo dormiendi. "Fratres tunica et scapulari supracincti dormiant, sub pena gravis culpae". Ivi, p. 218. La prescripción de dormir con el escapulario se encuentra en las Constituciones de 1294 y de 1324 con las mismas palabras. Las Constituciones de 1357 disponen: Rubr. 3, De divino officio. "Item districte prohibemus ne frater audeat sine scapulari... divina celebrare. Quod si quis sine habitu praedicto celebraverit, volumus, ipsum tamquam excommunicatum ab omnibus evitari, cum nullus religiosus habitum suum debeat temere dimittere neque possit". Y luego añaden que también los postulantes, antes incluso de vestir el hábito religioso, duerman con el escapulario: Rubr. XII, De receptione novitiorum. "Habeant etiam cum rauba sua antequam induantur, parvum scapulare cum tunica ad iacendum". Las Constituciones de 1324 fueron publicadas por el P. Zimmerman, O. C. D., en Monumenta historica Carmelitana, Lirinae, 1907, pp. 20-114. Aquellas del año 1357 fueron publicadas por el P. Antoine de la Presentation O. C. D. Marche, 1915. (4) Cf. BARTH. M. XIBERTA, Ensayo critico sobre la vida y culto de San Simón Stock, en El Escapulario del Carmen 1 (1950) 19-35. La tradición según la cual S. Simón habría vivido largamente en el tronco de un árbol, del cual le habría derivado el nombre de Stock, es de origen posterior, y parece no fundada. (5) GIACOMO DI VITRY, Historia orientalis, c. 52, en Monumenta historica Carm., (Lirinae, 1907), p. 28. (6) Regula Ordinis B. Mariae V. de Monte Carmelo, cap. De communi refectione. (7) "Nonus fuit sanctus Simeon de Anglia, generalis ordinis sestus. Qui Dei gloriosissimam Genitricem iugiter deprecabatur, ut Carmelitarum ordinem, qui speciali gaudet ipsius Virginis titulo, aliquo communiret privilegio, dicens voce devotissima: Flos Carmeli, vitis florigera, splendor caeli, Virgo puerpera singularis, Mater mitis sed viri nescia, Carmelitis da privilegia, stella maris. Cui beata Virgo cum multitudine angelorum apparuit, scapulare ordinis in benedictis manibus suis tenens et dicens: hoc erit tibi et cunctis Carmelitis privilegium, quod in hoc moriens aeternum non patietur incendium, id est, in hoc moriens salvabitur". Speculum ordinis fratrum Carmelitarum noviter impressum, Venecia. 1507, fol. 102-103. (8) Una recensión más extensa, que se conserva en diversos códices (Bambergense, ms. theol. 218, Oxoniense, ms. Laudiano misc. 722, de la universidad de Padua 1622 etc.) cuenta que S. Simón vivió en un tronco de árbol, fue elegido prodigiosamente prior general de la Orden, obró muchos prodigios. Luego narra la visión con las siguientes palabras: "Saepius vero Virginem gloriosam Dei Genitricem, patronam ordinis deprecabatur ut suo titulo insignitos communiret privilegio dicens cotidie voce devotissima in suis orationibus: Flos Carmeli, vitis florigera, splendor caeli, Virgo puerpera singularis, Mater mitis sed viri nescia, Carmelitis da privilegia, stella maris. Beata Virgo cum multitudine angelorum beato viro apparuit, scapulare ordinis in manibus suis tenens et dicens: Hoc erit tibi et cunctis Carmelitis privilegium: In hoc moriens salvabitur". Como se constata fácilmente, las diferencias con la recensión más breve son puramente verbales. (9) De visione.... pág. 210. (10) "Vitam autem ipsorum et aliorum sanctorum, tam veteris quam novae legis, qui hanc religionem professi sunt, ne nimia prolissitate legentibus fastidium generetur, ad praesens omitto", (Speculum de origine ordinis, c. I, en Speculum ordinis, Venecia, 1507, ff. 49, 51). (11) Son las bulas de Juan XXII del 13 de marzo de 1317 y de Clemente VI del 19 de julio de 1347. (12) "Ratione vero huius magni privilegii diversi proceres regni Angliae, utpote beatus Eduardus rex Angliae secundus post conquestum, qui fratres praedictos fundavit Oxoniis, dans ipsis proprium palatium pro conventu, dominus Henricus primus dux Lancastriae, qui miraculis multis dicitur claruisse, et etiam multi alii nobiles illius regni praedicti, scapulare ordinis in vita clandestine portaverunt in quo postea obierunt". Santoral del Códice de Bamberg (sec. XV) en XIBERTA, De visione..., p. 291. (13) Cfr. notas 7 y 8. (14) GULIELMUS DE SANVICU, Chronica de multiplicatione religionis carmelitarum provinciae Syriae et Europae, et de perditione monasteriorum Terrae Sanctae. El opúsculo se conserva en muchos códices y fue varias veces publicado. Se puede leer la transcripción del P. Wessels en Analecta Ord. Carm., III, (1914-16), p. 313 y ss. (15) "Videns itaque diabolus quod quanto plus multiplicationem huius religionis impedire conabatur tanto magis ipsa in diversis mundi regionibus multiplicabatur, saeviens ille acrius adversus eam concitavit; fortius rectores et curatos parochialium ecclesiarum contra ipsam... Cum fratres ad dominos dioecesanos recurrerent ut a praedictis gravaminibus curatos compescerent, e contra plures diocesani partem rectorum foventes, quasdam sophisticas rationes allegabant, quibus curatos ducere causam iuxtam adversus fratres asserebant. Videntes ergo fratres quod super praemissis non poterant cum praelatis favorem invenire, Virginem Mariam eorum Patronam humiliter deprecabantur, ut quae ipsos ad regiones illas pervenire fecerat, a praemissis diabolicis tentationibus eos eriperet. Virgo itaque Maria, priori eorum revelavit, ut ad summum pontificem Innocentium intrepide accederent, quia ab eo salutare remedium contra premissa gravamina reportarent". (ivi). (16) P. XIBERTA, De visione, p. 212. - G. GAVA-A. COAN, Carmelo, Roma, 1951, p. 67. (17) Bull. Carm., I, pp. 8, 522. (18) Antiguas lecciones usadas para la fiesta de la Virgen del Carmen, como se leen en el manuscrito Addit. 12195, f. 50, del Museo Británico, Londres. Cfr. A. M. FORCADELL, Commemoratio solemnis B. Mariae V. de Monte Carmelo, Romae, 1951, p. 120-121. (19) "Prior itaque monasterii montis Carmeli, attentis rationibus istis, et considerata persecutione quam in Terra Sancta pagani inferebant huic religioni assidue, admonitus a Beata Maria in somnis, licentiam aliquibus fratribus concessit Terram Sanctam deserendi, et ad proprias regiones redeundi illicque monasteria huius religionis aedificandi". G. SANVICUS, Chronica, c. III. (20) Transcribimos la relación del Calciuri para mostrar cómo después de más de un siglo el relato ha permanecido idéntico en la sustancia y en la forma. Solo al final se añaden detalles que no crean ninguna dificultad. "El santísimo fraile Simón general, de la provincia de Anglia, cada día devotamente rogaba a la Virgen María, que a la Orden Carmelita, de su especial título distinguida, le concediera y notara con algún singular privilegio, diciendo cada día dulcemente con su voz, y decía esta santa oración: Flor carmelita y vida florida, esplendor del cielo, y virgen que pariste, singular. Madre piadosa, hombre no conociste, a tus carmelitas algún privilegio estrella del mar. Y la gloriosísima Virgen María, con una gran multitud de ángeles, se le apareció al beato Simón, y el escapulario de la orden tenía en sus manos, y dijo estas palabras: 'Este será para ti y para todos los carmelitas privilegio. Y con este escapulario muriendo in eternum no sentirá pena de fuego; y con este muriendo será salvo.' El beato Simón con gran reverencia tomó el escapulario de las manos de la gloriosa Virgen María, y en esto desapareció". Vita fratrum del Sancto Monte Carmelo en Ephemerides Carmeliticae, a. VI (1955), pág. 404. (21) De festis D. N. Jesu C. et b. V. Mariae. Bolonia, 1740, l. II, c. VI. (22) JOANNES LAUNOY, Dissertatio duplex una de origine et confirmatione privilegii scapularis Carmelitarum, altera de visione Simonis Stokii (!) prioris et magistri generalis carmelitarum. Remis-Durocortorum, 1642, p. 51. (23) El Launoy nació en 1603, fue ordenado sacerdote en 1636, y murió el 10 de marzo de 1678. Por la vehemencia con la cual atacó las piadosas tradiciones fue llamado "dénicheur de saints et destructeur des privilèges monastiques". (24) ms. 2223, ff. 146r-148v. (25) XIBERTA, Dopo settecento anni, en Lo Scapolare, a. I, pág. 11. (26) Bula Ex parte del 13 de enero de 1252, en Analecta Ord. Carm., 2 (1911), p. 128. (27) Acta Apost. Sedis, XLII, (1950), 390.
CAPÍTULO II - La gran promesa
(1) Transcribimos del P. Xiberta las palabras con las cuales los documentos del siglo XIV y XV nos refieren el gran privilegio. (2) La redacción más breve del Santoral: "In hoc moriens aeternum non patietur incendium, id est in hoc moriens salvabitur". La redacción más extensa del mismo Santoral: "In hoc moriens salvabitur". El Santoral como se lee en un códice de Bruselas: "In hoc moriens salvabitur". El Santoral como se lee en un códice de la Vaticana: "In hoc moriens in aeternum non patietur incendium, id est in hoc moriens salvabitur". N. Calciuri: "Y con este escapulario muriendo in aeternum no sentirá pena de fuego, y con este muriendo será salvo". B. Leersio: "In hoc habitu moriens salvabitur". A. Bostio: "In hoc moriens aeternum non patietur incendium". J. Paleonidoro: "In quo moriens aeternum non patietur incendium. Ecce signum salutis, salus in periculis, foedus pacis et pacti sempiterni". Egidio Fabri: "In hoc moriens salvabitur". Cfr. B. XIBERTA, De visione, p. 273. (2) Carta Neminem profecto del 11 febbr. 1950. A.A.S., XLII, (1950), 390. (3) B. ZIMMERMAN, Monumenta historica carmelitana Lirinae 1907, p. 343. (4) "Hoc erit tibi et omnibus fratribus carmelitis qui nunc supersunt vel futuro tempore in orbe erunt, singulare privilegium". Speculum historiale. l. VII. (5) Cfr. c. I, nota 12. (6) Algunos autores, como el Papenbroeck, consideraron que la promesa de María estuviera ligada no al escapulario, sino a la capa a rayas blancas y negras, que los Carmelitas llevaban en tiempo de S. Simón. Ellos se fundaron en algunos documentos en los cuales en lugar de escapulario se lee la palabra hábito, que debería ser tomada por su parte más característica, que era entonces el manto bicolor. Sin embargo esta sentencia es del todo infundada, en cuanto los documentos antiguos hablan expresamente del escapulario. La palabra hábito la encontramos la primera vez en Balduino Leersio, muerto en 1483, cuando el escapulario era considerado por todos como sinónimo de hábito carmelitano, y por tanto los dos términos se usaban promiscuamente. También hoy se habla indistintamente de escapulario y de hábito del Carmen. (7) PHILIPPE DE LA VISITATION, O. C., Bréviaire des confrères et consoeurs du Scapulaire de N. D. du Mont Carmel, ed. 3, (Namur, 1681), p. 57. (8) Lettere di S. Teresa del B. G., Lett. 146, Milán, Ancora, 1936, p. 239. (9) Bull. Carm., II, p. 47. (10) "Qualiter superpiissima V. Maria fervido suo zelatori b. Simoni Stock, carmelitani coetus priori generali, pro se cunctisque suis fratribus peculiariter, atque etiam partecipative cunctis christifidelibus, Scapulare Ordinis immenso favore detulerit, stupendo quoque dignitatis privilegio idipsum decoraverit". A. BOSTIUS, De patronatu B. M. V., c. 10, en DANIEL A VIRGINE Speculum Carm., I, p. 413. (11) Cfr. c. VII. (12) La grande promesse du Sacre-Coeur, en Etudes, 95 (1903, II), p. 598-599. (13) Cfr. nota 2. (14) Sab., X, 17. (15) Juan, VI, 59. (16) Marcos, XVI, 16. (17) Sermon pour la fête du scapulaire de la sainte Vierge, Oeuvres completes. t. 2, vol. 2, Grenoble, 1901 Cfr. Analecta O. Carm., 15, (1951), p. 87-88. (18) El origen de este inciso se remonta al siglo XVII. En 1635 la visión de S. Simón fue sometida al juicio del Supremo Tribunal de la Sagrada Inquisición de Roma. Después de haber consultado los archivos, y escuchadas las partes, en una solemne sesión éste declaró que en esta historia no había nada que reprobar, "definitum fuit nihil censura dignum in illa historia contineri". Sin embargo desde diversas partes se continuaron presentando objeciones contra la promesa de María de preservar del infierno a los revestidos del escapulario. Para resolver toda incertidumbre y evitar abusos locales fue insertada en la liturgia, tanto en el Misal como en el Breviario, la partícula pie que hace explícita una condición requerida por la sustancia de las cosas. La inserción ocurrió la primera vez en 1672, bajo Clemente X, por obra del Card. Bona. De hecho aquel año fue publicado un "Supplementum Breviarii Ordinis FF. Beatae Mariae de M. C. a R.mo P. Matheo Orlando Priore Gen.li directum, et ex commissione SS. D. N. Clementis Papae X revisum et correctum ab Emin. D. Card. Bona", en el cual se ponen en los labios de la Virgen estas palabras: "Hoc erit signum tibi, et cunctis carmelitis privilegium, quod in hoc pie moriens, aeternum non patietur incendium". Cfr. ESTEVE, De valore spirituali, p. 72 ss. (19) ivi, 79-80. (20) LUMBRERAS PETR., De gratia. Roma, 1946, p. 182.
CAPÍTULO III - El privilegio sabatino
(1) Bull. Carm., II, p. 601. (2) La bula, después de una introducción solemne, narra la visión de Juan XXII: "La Virgen del Carmelo, un día mientras yo genuflexo la suplicaba, se me apareció toda resplandeciente y me dijo estas palabras: '¡Oh Juan! ¡Oh Juan, Vicario de mi dilecto Hijo, yo te libraré de tu enemigo por medio de mis oraciones, escuchadas por mi dulcísimo Hijo, así tú por agradecimiento a mis beneficios concede a mi santa y devota Orden del Carmelo, comenzada por Elías y Eliseo sobre aquel monte, una amplia y generosa confirmación... con la cual aprobación, como verdadero Vicario de mi Hijo, tú sancionarás en la tierra lo que fue decretado en el cielo, que es decir que cualquiera que perseverará en los votos de obediencia, castidad, pobreza, o habrá entrado en la Orden, se salvará. Y si otros por devoción entrarán en aquella santa religión, llevando el signo del hábito santo, con nombre de cofrades y hermanas de la predicha Orden, serán libres y absueltos de una tercera parte de sus pecados... y si en el día en el cual ellos morirán serán confinados en el purgatorio, yo Madre de gracia descenderé en el sábado después de su muerte y a aquellos que encontraré en el purgatorio los liberaré, para conducirlos al monte santo de la vida eterna. Deben pero los cofrades y las hermanas recitar las horas canónicas como será necesario según la Regla dada por Alberto; aquellos que no saben recitarlas deberán observar los ayunos en los días prescritos por la Iglesia, y si no estarán dispensados por algún justo impedimento, abstenerse de las carnes el miércoles y el sábado, excepto el día de la Natividad de mi Hijo'. Y dicho esto se desvaneció la visión. Yo por lo tanto acepto, apruebo y confirmo en la tierra esta santa indulgencia, como por los méritos de la Virgen Madre, graciosamente concedió Jesucristo en el cielo". Traducción literal de la copia que se conserva en la Biblioteca Vaticana. (Diversa Cameralia S. Pii V, 1568-1571: armario 29, tomo 238, fol. 16-19). (3) Bull. Carm., I, p. 166. (4) NICOLÁS CALCIURI, O. CARM., Vita fratrum del sancto Monte Carmelo, en Ephemerides Carmeliticae, VI, (1955), p. 406. (5) Collectaneum, c. 6; cfr. Spec. Carm., I, p. 368. (6) Speculum historiale, l. VII, c. 36. (7) Cfr. Lo Scapolare, p. 18 ss. (8) "Item commiserunt R.mo Patri Generali, quod taxet Religionem pro expedienda bulla pro die Sabati...", Acta Cap. Gener., ed. Wessels, I, p. 358. (9) Bull. Carm., II, p. 48. (10) ivi. (11) ivi, p. 68. (12) ivi, p. 707. (13) ivi, p. 141. (14) Acta Cap. Gen., I, p. 396. (15) Bull. Carm., II, p. 194. (16) DANIEL A V. M., Speculum Carm., I, p. 533. (17) Bull. Carm., I, p. 62. (18) Bull. Carm., II, p. 597. (19) cf. L'Osservatore Romano, 18 de Julio de 1917 y 28 de Julio de 1917. (20) A.A.S. XIV (1922), 274. (21) ivi, XLII (1950), 390. (22) MIGUEL DE LA FUENTE, O. C., Compendio historial de Nuestra Señora del Carmen, Toledo, 1619, p. 176. (23) C. GENNARI, Questioni teologico-morali, 2ª ed., Roma 1907, p. 520. (24) Lo scapolare, II (1951), p. 49. (25) cfr. not. 1. (26) Bull. Carm., II, p. 48. (27) MIGUEL DE LA FUENTE, l. c. p. 185. (28) Bull. Carm., II, p. 196. (29) cf. not. 16. (30) Algunos autores entre los más antiguos, Leersio, Bostio, Bale, en lugar de la palabra sábado escriben de súbito (inmediatamente) y esta sería según el Zimmerman la forma original de la bula sabatina: "En cuanto a la promesa sabatina, nosotros ya expresamos nuestra opinión de que las palabras de la Virgen fueron realmente 'yo descenderé al purgatorio de súbito (no el sábado) después de la muerte'. No hay la misma medida del tiempo en el otro mundo que en el nuestro, y si también fuese igual, nosotros sabemos que un alma la cual tiene una larga cuenta que ajustar, puede suplir a la brevedad del tiempo con la intensidad del sufrimiento, como fue espléndidamente demostrado por el Cardenal Newman en su Sueño de Geroncio". L'origine dello scapolare en Il Carmelo, 5 (1906), p. 19. Pedro Lucio escribía ya en 1595; "Hay algunos que piensan que en vez de 'sábado' debe decirse 'súbito', es decir súbitamente, alegando no estar la B. Virgen obligada a un día más que a otro. No obstante, aunque sea verdad que en todo día ayuda y puede ayudar a sus devotos, quiso reservarse particularmente el sábado, por ser día dedicado a su servicio, honor y devoción (como hoy en la Iglesia se acostumbra)". Compendio historico carmelitano con l'indulgenze e privilegi dell'Ordine (vers. ital.), Florencia, 1595, p. 120. (31) BERTONI G., Il laudario dei Battuti di Modena, Halle, 1909, p. 11. (32) Misal Romano: Orationes diversae pro defunctis: 14 pro defunctis fratribus, propinquis, et benefactoribus. (33) A.A.S., XLII (1950), p. 390. (34) FACI R. A., Carmelo esmaltado, Zaragoza, 1742, p. 236. (35) "Oportet vos, status vestri honestatem servando, a carnibus abstinere, die Mercurii et Sabati, nisi iis diebus festum Nativitatis I. C. advenerit, aut infirmitas vel debilitas vel necessitas aliqua vos adegerit et impulerit". De las Cartas de fraternidad concedidas en 1567 reportadas por Miguel de la Fuente. Cfr. nota 22. (36) "Te hortantes ut non comedas carnes in die Mercurii, nisi tales fuerit festum nativitatis D. N. I. C. Recites quotidie Pater noster et Ave Maria, ut signatur numeratis obiculis quae vulgo corona dicitur. Et subtus deferas habitum parvum coloris nigri in memoriam et honorem S.mae Matris". Benedictus a Cruce. Regesta Johannis Baptistae Rubei, Roma, 1936, p. 113. (37) En las constituciones de 1626 se lee: "Omnes vero qui voluerint privilegio bullae, quae vulgo nuncupatur sabatina, gaudere, ab omni libidinis labe se debent pro ratione sui status immunes custodire, servando virgines virginitatem, viduae continentiam, coniugatae iura matrimonii, et insuper litteras habentes officium saltem parvum beatae Virginis quotidie recitare, nescientes autem, diebus ab Ecclesia praeceptis ieiunare, et feria IV et sabato toto tempore vitae suae, nisi in aliquo ex his diebus nativitas D. N. occurrerit, a carnibus abstinere". Constituciones publicadas por el P. Canali en 1626, p. IV, c. 28, p. 174. (38) SARACENI P. T., Informazioni spirituali per i devoti della SS. Vergine del Carmine. 2ª Ed., Bolonia, 1639, p. 366. (39) Lo scapolare carmelitano en Rivista di Vita Spirituale, 5 (1951), p. 90. (40) CRASSET JOH., La véritable dévotion envers la S. Vierge établie et défendue, París, 1679, II, trat. 6. (41) MARCOS, X, 19. (42) Compendio historico carmelitano, Vers.it., Florencia, 1595, p. 168-171.
CAPÍTULO IV - El escapulario y la maternidad espiritual de María
(1) Scapolare, en Dizionario di teologia, (vers. it.), ed. 1857. t. 3, p. 718. (2) A.A.S., XLII (1950), 390. (3) TEOFILO RAYNAUD, Scapulare partheno-carmeliticum, illustratum et defensum, Roma, 1730, p. 87. (4) L'adoption des enfants de la Vierge dans l'Ordre et la confrairie de Notre Dame du Mont Carmel, París, 1641, p. 718. (5) Typus seu pictura vestis religiosae, París, 1625, p. 82. (6) Maria patrona seu De singulari sanctissimae Dei Genitricis et virginis Mariae patronatu et patrocinio in sibi devotos. Roma, 1648, p. 62-63. (7) Lucas, II, 7. (8) Op. cit., p. 17. (9) La véritable dévotion du sacré scapulaire de Notre-Dame du Mont Carmel. París, 1656, pp. 266, 423. (10) Missale Romanum... ad usum Fratrum Discalceatorum Ordinis B. V. M. de Monte Carmelo. (11) Esquisse pour l'association du scapulaire, en Oeuvres oratoires. Lebarq, t. I, p. 379. (12) Thesaurus Carmelitarum sive confraternitatis S. Scapularis excellentia. Colonia, 1627, p. 102. (13) Juan 8, 39. (14) De patronatu B. M. V. c. X, § 3, en Spec. Carm., I, p. 415. (15) S. ALFONSO M. DE LIGORIO, Las Glorias de María, P. II, Obsequios, VI; en Opere ascetiche, t. 7, Roma, 1937, p. 342. (16) Discurso del 6 de agosto de 1950, en L'Osservatore Romano, 13, X, 1950. (17) De bono suffragiorum, 2, P. L. 145, 563. (18) en E. M. ESTEVE., De valore spirituali devotionis S. Scapularis p. 197. (19) Premier sermon pour la fête du scapulaire, en Oeuvres completes, t. 2, p. 398. (20) De Patronatu B.V.M., c. 10, § 2, en Spec. carm., I, n. 1643. p. 414. (21) L'alliance de la Vierge, ed. cit., p. 68-69. (22) Fasciculus tripartitus historiarum, II, c. 7, en Spec. Carm., I, n. 1060 p. 258. (23) BENEDICTUS A CRUCE (ZIMMERMAN), Regesta Joannis Baptistae Rubei (Rossi) Ravennatis. Roma, 1936, p. 120. (24) Prólogo, 5. (25) c. 36, 6. (26) A.A.S., XLII (1950), 390. (27) P. XIBERTA, L'abitino del Carmine simbolo e mezzo della consacrazione a Maria, en Il Monte Carmelo. 25 (1939), p. 228-229. (28) La dottrina cattolica, P. II, t. 2, Turín, 1939, p. 213. (29) Contra Faustum, M.L. 42, 355.
CAPÍTULO V - La consagración a la Virgen
(1) De patronatu B.V.M., c. 10, en Spec. carm., I, p. 414. (2) en ESTEVE, De valore spirituali devotionis S. Scap., p. 92. (3) Typus seu pictura vestis religiosae. París, 1625, p. 89. (4) La véritable dévotion du Sacré Scapulaire. París, 1656, p. 170, 182, 194. (5) La véritable dévotion envers la Sainte Vierge. París, 1679, p. 314. (6) Las glorias de María, part. 2, Obsequios, 6. (7) L'Osservatore Romano, 13, X, 1950. (8) La Livrea di Nostra Donna, en Il Monte Carmelo, 20 (1940), p. 174. (9) L'abitino del Carmine, simbolo e mezzo della consacrazione a Maria, en Il Monte Carmelo, 25 (1939), p. 225-226. El docto autor, a este propósito, hace justamente observar, en otro artículo de la misma revista, que aunque Pío X haya concedido cambiar el uso del escapulario con aquel de la medalla, sin embargo esta sustitución se debe hacer solo en caso de particular dificultad, porque la medalla no puede renovar el simbolismo, y por tanto la eficacia, del escapulario. "Admitido que llevando la medalla se obtengan todas las gracias anexas al escapulario, es cosa cierta sin embargo que solamente el escapulario encarna perfectamente el espíritu de la devoción y que por lo tanto él solo produce en el alma los frutos de elevación espiritual que derivan intrínsecamente de la devoción y son independientes de una concepción exterior... La devoción tradicional del escapulario del Carmen tiene el carácter de una consagración a María, y mientras inspira en nosotros la más íntima confianza de hijos amantes de la divina Madre, nos da al mismo tiempo la seguridad de su amor de predilección. Todo esto produce admirablemente el escapulario por su carácter de veste mariana, ni transferirse, si no es imperfectamente, a la medalla, la cual puede tener el carácter de distintivo y de memorial y será apta a hacer profesión externa de los sentidos íntimos, más que fomentar estos sentidos a la vista de Dios. Estos frutos la medalla-escapulario no los produce si no es en la medida en que, por su bendición y destinación nos recuerda el escapulario-veste de María". Scapolare e medaglia, ivi, 29 (1943), p. 19. (10) Gál 3, 27. (11) Fil. 2, 4. (12) Exhortations monastiques. Rennes, 1687, p. 26. (13) De patronatu B.V.M., c. 10, en Spec. carm., I, p. 379. (14) De vita mariae-formi et mariana en Maria propter Mariam, en apéndice a la Introductio ad vitam internam. Ed. Wessels, 1926, p. 363 ss. (15) A.A.S., XLII (1950), p. 390. (16) en ESTEVE, De valore spirituali devotionis S. Scap., p. 196. (17) De Patronatu B.M.V., c. 10, § 2, en Spec. Carm., I, n. 1643, p. 414. (18) MATHIEU DE ST. JEAN, La véritable dévotion. París, 1656, p. 194. (19) Chronicon ordinis beatae Mariae de monte Carmelo, en Spec. ordinis, ff. 57-59. (20) Acta Capitulorum Generalium, ed. Wessels, Roma, 1912, I, p. 518 ss. (21) Atti e discorsi di Pio XII. t. VII, Roma, 1945, p. 25.
CAPÍTULO VI - La devoción del escapulario
(1) Cfr. S. TOMÁS, Suma II/II, 82, 1: "Respondeo dicendum quod devotio dicitur a devovendo, unde devoti dicuntur qui seipsos quodammodo Deo devovent, ut ei se totaliter subdant... Unde devotio nihil aliud esse videtur quam voluntas quaedam prompte tradendi se ad ea quae pertinent ad Dei famulatum". (2) A.A.S., XXXIX (1947), 413. Discurso por la canonización de Luis María Grignion de Montfort. (3) Ivi. (4) GRIGNION DE MONTFORT. Tratado de la verdadera devoción a la Santísima Virgen, n. 35. Vers. ital., Roma, 1936, p. 22. (5) Compendio historico carmelitano. Vers. ital., Florencia, 1595, p.168. (6) P. ALBERTO GRAMMATICO, La Vergine del Carmelo. Roma, 1949, p. 95. (7) "Fieri enim potest, ut infinita Dei misericordia peccatoris oratio exaudiatur etiam sine proposito emendandae vitae, dummodo non tam obstinato sit animo, ut omne paenitentiae consilium perpetuo abiecerit, piaque devotione et firma fide in oratione perseveret, a Deo petens auxilia quae sibi opus sunt ad aeternam salutem consequendam". De festis, l. II, c. 6, n. 7: Ed. Prato, 1843, p. 269. (8) Premier sermon pour la fête du Scapulaire. Oeuvres, t. 2, vol. 2, Grenoble, 1901, p. 389. (9) Catálogo de los Santos Carmelitas, Ms., 5615 de la Bibl. Nac. de París, (s. XIV) en XIBERTA, De visione, p. 302. (10) La Vierge, Histoire de la Mère de Dieu... París, 1837, vol. II, pág. 219. (11) XIBERTA, De visione, p. 117. (12) Compendio historico carmelitano. Vers. ital., Florencia, 1595, p.167. (13) FALCONE GIUSEPPE O. C., La cronica carmelitana. Piacenza, 1595, p. 507. (14) Maria Carmelitana. Colonia, 1643, p. 198. (15) GIORDANI IGINO, La livrea di Nostra Donna, en Il Monte Carmelo, 26 (1940), p. 173 ss. (16) MONTI MICHELANGELO, Vita del B. P. Pompilio M. Pirotti, Roma, 1890, p. 147-148. (17) AGUILAR M., Vida del Excmo. e Il.mo. Sr. D. Antonio Maria Claret, Madrid, 1871, p. 84. (18) A.A.S., XXXVIII (1946), p. 34. (19) Ivi, XIV (1922), 274. (20) cfr. Lo Scapolare, n. 2 (1950), p. 67-68. (21) ivi, p. 68. (22) S. Congr. de Indulgencias. Decretum de Scapulari B.M.V. de Monte Carmelo a simultanea plurium scapularium traditione excipiendo, 27 abr. 1887, Acta S. Sedis. XIX (1887). 554. (23) Acta Leonis XIII, vol. XII, p. 128. (24) Breve del 23 de Octubre de 1869 para la vida de S. Simón Stock de Alfredo Mombrun, Burdeos, 1870. (25) Alocución del 3 de Junio de 1775 a los miembros del Capítulo General. Acta cap. gen. O. C., vol. II, Roma 1934, p. 434 ss. (26) ARSENIO DI S. ANTONIO O. C. D., Impulsi di pietà. Roma, 1704, p. 98. (27) SEGERUS PAULUS, Vita Simonis Angli, en Spec. Carm., II, n. 1523. (28) Sermon pour la fête du Scapulaire (1674), en Analecta O. Carm., 16 (1951), p. 83.
CAPÍTULO VII - La fiesta de la Virgen del Carmen
(1) De institutione primorum monachorum in lege veteri exhortoum et in nova perseverantium, ad Caprasium monachum in Carmelo. Este libro fue publicado por primera vez por el Ribot en 1370, e impreso en el Speculum Ordinis (Venecia, 1507, f. 24r), pero según una opinión que creemos fundada es anterior a 1250. (2) Toda la historia de la fiesta de la Virgen del Carmen es tratada con competencia y amplia documentación por A. FORCADELL O. Carm., en su estudio Commemoratio solemnis B. M. Virginis de monte Carmelo, en Bibliotheca Sacri Scapularis, Roma, 1951. (3) Editados por A. SCHIAFFINI, Testi fiorentini, Florencia, 1926, p. 55-72. (4) Bull. Carm., I, pp. 525, 42, 43, 44. (5) Ordinale fratrum Ordinis beatae Mariae de monte Carmeli extractum et excerptum de approbato uso Dominici Sepulcri Jerosolimitanae Ecclesiae in cujus finibus dictorum fratrum religio sumpsit exordium. Ed. por P. ZIMMERMAN O. C. D., en la Bibliotheque liturgique, t. XIII. París 1910, con el título Ordinaire de l'Ordre de Notre-Dame du mont Carmel. Cfr. ivi, pp. 29, 6, 10, 146; 64. (6) Fray Nicolás de Lynn, carmelita inglés, cosmógrafo y astrónomo conocido en su tiempo, escribió varias obras, entre las cuales tuvo particular éxito el Calendario, reproducido en muchos códices. La inserción de la fiesta de la Virgen en un Calendario astronómico, es decir no litúrgico, deja suponer que estuviese ya algo difundida, y por lo tanto de origen anterior. (7) La fiesta era anunciada en los libros litúrgicos con estas palabras: Commemoratio solemnis beatae Mariae: totum duplex. Oratio: Deus qui excellentissimae. Caetera sicut in commemoratione communi. (8) "Deus qui excellentissimae Virginis et Matris tuae Mariae titulo humilem Ordinem tibi electum singulariter decorasti, et pro defensione eiusdem miracula suscitasti: concede propitius, ut cuius commemorationem devote veneramur, eius in praesenti auxilium muniri, et in futuro gaudiis sempiternis perfrui mereamur. Per Domin.". (9) FORNARI GIUSEPPE, O. Carm. Anno memorabile de' carmelitani, Milán, 1688, II, p. 40. (10) Acta Cap. Gen., II, 20. (11) Speculum carm., I, n. 2099. (12) Commentaria in acta apostolorum, Lyon, 1687, p. 480. (13) Analecta juris pontificii, 1863, col. 5, n. 17. (14) La fontaine d'Hélie, París, 1624, p. 200-201. (15) Decreta authentica, I, p. 117. (16) Maria Deipara, Nápoles, 1613, p. 684. (17) Archivium Gen. O. C., Provincia Cathalauniae, cod. 287. (18) La véritable dévotion du Sacré Scapulaire de Notre-Dame du Mont Carmel, París, 1656, p. 58-59. (19) Clypeus religionis, Colonia, 1679, p. 560-561. (20) "Ad fovendum, immo etiam ad semper augendum cultum beatissimae Virginis Mariae, SS.mus Dominus noster Benedictus Papa XIII noviter impressum officium pro solemnitate B. M. de monte Carmelo adprobavit atque ab omnibus christifidelibus utriusque sexus, qui ad horas canonicas teneantur, in posterum sub ritu duplici maiori pro die 16 julii quotannis recitari mandavit die 24 septembris 1726". Bull. Carm., t. IV, p. 138. (21) De festis D. N. Iesu C. et B. Mariae Virg., t. II, c. VI, n. 10.
CAPÍTULO VIII - La Cofradía del Carmen
(1) "Nullus infirmus secularis recipiatur in ordine, nisi perseverandi firmam habuerit voluntatem, nisi sit inevitabilis casus, vel persona cuius admissio non poterit sine magno damno vel scandalo denegari". Analecta O. Carm., XV, (1950), p. 227. (2) Lo Scapolare, n. 5, (1951), pp. 203 ss. (3) XIBERTA, De visione, p. 153. (4) ivi. (5) Discurso del 6 de Agosto de 1950, en L'Osservatore Romano, 13-X-1950. (6) ivi. (7) La dirección del Padre General de los Carmelitas Descalzos es en Corso d'Italia 38, Roma. Para el P. General de la Antigua Observancia escribir en Via Sforza Pallavicini 10, Roma. (8) Canon 686. (9) Canon 712. (10) Canon 708. (11) No existe una fórmula oficial para la solicitud de erección de la Cofradía. Para facilitar a los sacerdotes reproducimos un formulario para la solicitud al General de la Orden, y una para la petición del consentimiento episcopal.
Reverendissime Pater, Infrascriptus Parochus (Rector) ecclesiae. (Título) in oppido... civitatis...dioecesis... paternitatem tuam humiliter rogat ut confraternitatem scapularis B. V. M. de monte Carmelo erigere velis in ecclesia de qua supra, ac parochum (rectorem,) pro tempore, eius directorem nominare, praehabito Rev.mi Ordinarii consensu, quem scripto datum ac his litteris adiunctum, Paternitati tuae mitto. Pro gratia. (Lugar, día, año, mes) Nomen.
Excellentissime Domine, Infrascriptus Parochus (Rector)... Ecclesiae... loci... Excellentissimum Dominum Episcopum rogat, ut velit canonicum consensum praebere pro erectione confraternitatis Scapularis B. V. M. de monte Carmelo in ecclesia... cuius est parochus (rector). Pro gratia... (12) S. Congregación de Indulgencias 21 de agosto de 1844; Decreta Authentica, 329. (13) Acta S. Sedis, XIX, 554. (14) S. Congreg. Indulg. 24-1-1906. (15) BENEDICTO XV, 11 de enero de 1917. (16) S. Pío X, 4 de enero de 1908. (17) S. Congreg. de Ritos 5, VI, 1925. (18) Decreto del S. Oficio 16 de diciembre de 1910. (19) Indulgencia concedida oralmente, 8 de julio de 1916. (20) Cfr. cap. V, nota 9.
CONCLUSIÓN
(1) De la carta de Lucía al P. Luis G. de Oliveira O. C., en Lo scapolare, p. 216-217. (2) Rosario e scapolare. La Madonna li vuole uniti. Roma, 1955. (3) ivi, p. 10. (4) ivi, p. 23. (5) ivi, p. 24. (6) L'Osservatore Romano, 15 de Mayo, 1957.