Segunda lectura del Oficio de lectura del beato Álvaro del Portillo
De las Homilías del Beato Álvaro del Portillo Diez de Sollano, obispo (Extracto de la homilía pronunciada el 7 de septiembre de 1991)
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Para que Cristo reine
Regnare Christum volumus! Para esto, hemos de procurar que Cristo reine, en primer término, en nuestras almas: en el alma de cada uno. Por este camino discurre la santidad a la que se nos ha llamado desde antes de la creación, como hemos escuchado en la segunda lectura de la Misa: elegit nos in ipso ante mundi constitutionem, ut essemus sancti (Ephes l, 4). Una santidad -una búsqueda de la santidad- que no nos aleja del mundo, precisamente porque ahí, insisto, en el trabajo y en el descanso, en la vida en familia y en la amistad y en las relaciones sociales, descubrimos el medio y la ocasión de ese encuentro íntimo con el Señor, de esa identificación con El, que nos va transformando a cada uno en «otro Cristo, ipse Christus, el mismo Cristo» (Amigos de Dios, n. 6).
No debemos olvidar que, con la ayuda de la gracia divina -que se nos da especialmente en la oración y en los sacramentos de la Eucaristía y de la Penitencia-, esas mismas circunstancias de la vida ordinaria son también medio y ocasión para contribuir a la santificación de los demás y a la cristianización de la sociedad humana. Deseamos que la sociedad reconozca, ame y alabe a Cristo, para que sea, en rigor, digna del hombre, creado a imagen de Dios y redimido con la Sangre del Verbo Encarnado: una sociedad que esté radicalmente estructurada por la ley de Cristo, que es ley perfecta de libertad (Iac l, 25), porque es ley no sólo de justicia, sino de caridad, de amor (Cfr. loan XIII, 34). Únicamente esa civilización del amor, a la que se han referido repetidamente los Romanos Pontífices, es digna de la criatura.
Para que la justicia y el amor de Jesucristo informen, cada vez con mayor extensión e intensidad, todas las actividades terrenas, es imprescindible que la fe ilumine las inteligencias; que la luz de la verdad desvanezca las tinieblas, en que tantas veces los hombres se debaten; que el vigor de la ley eterna aguijonee las conciencias e inspire las conductas; que el bálsamo de la caridad llene de comprensión y respeto mutuo la convivencia. ¿Cómo no pensar que ningún hijo de Dios puede desentenderse de tan responsable tarea cotidiana?
Muy grande es la misión y muy alta la meta a las que el Señor nos llama: identificarnos con Cristo y hacer que El reine en el mundo, para el bien y la felicidad de nuestros hermanos, los hombres y las mujeres de este tiempo y del futuro. Si contásemos sólo con nuestras pobres fuerzas, motivo tendríamos para pensar en este ideal como en una utopía irrealizable: no somos superhombres, ni estamos por encima de las limitaciones humanas. Pero -si queremos-, la fortaleza de Dios actúa a través de nuestra debilidad. Ejercitemos nuestra libertad correspondiendo a esa gracia que el Señor nos ofrece constante y superabundantemente. Para esto -lo tenemos bien experimentado-, se requiere el esfuerzo por comenzar y recomenzar cada día las luchas de la vida espiritual y del apostolado cristiano, que constituyen esa bellísima batalla de amor -como la definía nuestro Padre-, en la que la victoria de Cristo es el auténtico triunfo de la criatura humana de todas las épocas.