La práctica de la humildad - León XIII
Presentación
El mes de febrero de 1878 moría santamente en Roma Pío IX, a la edad de 86 años, después de un fecundo pontificado de treinta y un años, el más largo que registran los anales del Papado. Al décimo día de su muerte el Sacro Colegio Cardenalicio se reunía en Cónclave y en el tercer escrutinio, setenta y dos horas más tarde, elegía al sucesor de Pío IX, el Cardenal Vicente Joaquín Pecci, que tomaría el nombre de León XIII. Con este Papa se abría una nueva etapa en la historia de la Iglesia. Privados los Romanos Pontífices del carácter de príncipes temporales que durante siglos les había acompañado, vivirían desde entonces únicamente por la Iglesia y para la Iglesia como padres espirituales del Pueblo de Dios.
León XIII contaba 68 años de edad al subir al trono pontificio, y Dios le concedería aún 25 más, que el Papa iba a dedicar, sin escatimar esfuerzo y sacrificio, a una intensísima actividad pastoral, apostólica y diplomática, con infatigable amor y espíritu de servicio a la santa Iglesia. En julio de 1903, luego de recibir con gran piedad la Unción de los Enfermos y tras una brevísima agonía, León XIII terminaba serenamente su largo peregrinar en esta tierra a la edad de 93 años. La Iglesia perdía un hombre que, con palabras de uno de sus biógrafos, «había sido para toda la humanidad una gran luz» (Ferdinand Hayward, Biografía de León XIII, Ed. Luis de Geralt, Barcelona 1951, p. 335).
Años atrás, mucho tiempo antes de ser elegido Papa, Gioacchino Pecci había sido nombrado obispo de Perugia y durante treinta y dos años había ocupado la silla episcopal de aquella ciudad. Desde el principio de su gobierno en esa diócesis, el año 1846, Mons. Pecci había impulsado con gran celo una fecunda labor de instrucción científica, moral y religiosa en todas las clases de la sociedad, pero principalmente entre los sacerdotes. Con particular energía y afecto se preocupó de la formación de su clero, concediendo una especial atención al seminario diocesano, mejorando el programa de estudios, creando nuevas cátedras y proveyéndolas con los mejores profesores, como también dirigiendo a los sacerdotes frecuentes exhortaciones pastorales y publicando diversos escritos orientados a su perfeccionamiento moral.
Fue precisamente en aquel período de su vida cuando, por mandato suyo, se realizó la primera edición italiana del escrito que ahora presentamos con el título de “La práctica de la humildad”.
Se ha discutido –y aún hoy no se ha llegado a una conclusión final– si esta obra fue escrita en su totalidad por Gioacchino Pecci, o si más bien se trata de un escrito inédito hasta entonces y de autor anónimo que, por la riqueza espiritual de su contenido, el futuro Papa recopiló y publicó añadiendo tan sólo una “Introducción” de su propia pluma. Sea cual fuere la realidad al respecto, lo que sí resulta patente es el gran valor doctrinal y ascético de los conceptos vertidos en el libro y la importancia primordial que el Obispo daba a la práctica de la humildad como medio indispensable para alcanzar una sólida vida cristiana. Así lo hizo constar en la Introducción citada con estas palabras: «¿Queréis levantar el edificio de las virtudes cristianas?, sabed que es de una altura inmensa: procurad echar los cimientos muy hondos con la humildad».
El libro en realidad no pretende ni constituye un tratado teológico, ni puede considerarse como un estudio erudito y sistemático sobre dicha virtud. Su carácter es distinto. Se trata de un selecto conjunto de consejos prácticos sobre la humildad, aplicables a la vida ordinaria de todo cristiano. Son señalamientos profundos y claros para guiar certeramente la conducta humana hacia los ideales de santidad que Cristo nos propone, a través de las diversísimas situaciones personales en que cada alma puede encontrarse, y en las múltiples y variadas relaciones del ser humano con sus hermanos los hombres.
La naturaleza del libro es ascética. Presenta una amplia gama de advertencias e invitaciones que reflejan el celo ardiente del Pastor, urgido por el deber de conducir a su grey y persuadido íntimamente de que la humildad es imprescindible para lograr el éxito en el negocio más im- portante que cada hombre tiene entre manos: la salvación de su alma.
Sus consejos son exigentes, difíciles de seguir –frecuentemente–, y en algunos casos demandan una virtud heroica, lo cual no debe sorprendernos, pues es bien sabido de todos que la humildad nunca ha sido virtud fácil de vivir: su ejercicio pide un genuino amor por la verdad, que lleve al hombre a la aceptación serena y sincera de su propia insignificancia y al reconocimiento honrado de sus numerosas miserias y errores. Exige, por otra parte, la superación magnánima del afán de dominio y del deseo íntimo de sobresalir y brillar por encima de los demás, para sustituirlos por una actitud de servicio hacia todos los que nos rodean siguiendo el ejemplo de Cristo.
Ser humilde, por todo ello, cuesta mucho, y resulta solución fácil renunciar al intento de andar por ese camino. Sin embargo, quien con apoyo en la gracia divina y ánimo generoso se decide a luchar por recorrer esa senda, no se arrepentirá nunca de haberlo hecho.
Los frutos de la humildad son una recompensa inmensamente grande que lleva a descubrir la infinita bondad y misericordia de Dios, que no rechaza al hombre a pesar de sus ofensas y su pequeñez, abriendo así un cauce amplio para poder convertir la vida entera en oración y alabanza agradecida y gozosa a Él. Asegura, por otra parte, el mérito de las buenas obras al conducirnos a no buscar la propia gloria sino la de Dios. De esta manera el mérito se irá acumulando hasta formar un tesoro incorruptible para la vida eterna, en lugar de quedar reducido a las cenizas de una efímera satisfacción pasajera.
Además conduce gradualmente al hombre al olvido de sí mismo, y lo va capacitando para vivir el verdadero amor al prójimo con aquella caridad que San Pablo describe con fuerza en su primera carta a los Corintios: «La caridad es magnánima, es benigna: no es envidiosa, no es jactanciosa, no se hincha; no es descortés, no busca lo suyo, no se irrita, no piensa mal; no se alegra de la injusticia, se complace en la verdad; todo lo excusa, todo lo cree, todo lo espera, todo lo tolera» (13, 4-7).
Finalmente, la humildad comunica a quien la vive un optimismo irreductible y una permanente audacia apostólica que derivan directamente de haber aprendido a no apoyarse en las propias fuerzas, sino en la ayuda divina; la persona humilde cuenta siempre con Dios y confía en Él, y de esta manera puede repetir con verdad las palabras del Apóstol: «Continuaré gozándome en mis debilidades para que habite en mí la fuerza de Cristo [...], pues cuando parezco débil, entonces es cuando soy fuerte» (2 Cor 2, 9-10).
Terminemos esta breve presentación recordando, como síntesis, aquella invitación del Divino Maestro dirigida a sus discípulos de todos los tiempos: «Aprended de mí que soy manso y humilde de corazón, y encontraréis descanso para vuestras almas» (Mt 11, 29).
Ojalá que cada uno de nosotros sepa escucharlo y poner por obra su consejo.
Ignacio Campero Alatorre, Pbro.
El Libro
Siendo Obispo de Perugia el que luego sería el Papa Pecci (S.S. León XIII), apareció, por mandato suyo, la primera edición italiana de La práctica de la humildad.
Aunque todas las ediciones aparecidas (tanto italianas como españolas) lo hacen bajo su nombre, no está totalmente claro que la obra se deba a su pluma.
Aún cuando fuera cierto, como afirman algunos, que a León XIII únicamente se debe la Introducción, el resto de su contenido debió ser profundamente conocido, meditado y, recopilado por él.
Se trata de 60 puntos que constituyen un guión de cómo se debe vivir para conseguir la virtud de la humildad. “No creas que vas a adquirir la humildad sin las prácticas que le son propias” (punto VII). Este procedimiento directo, al alcance de cualquier mano, tuvo necesariamente que influir en la vida de Joaquín Pecci, hasta el punto de que cabe dudar de si transcribió al libro la experiencia del ejercicio de su propia virtud o si aprendió en el manuscrito anónimo la práctica constante de la humildad.
Introducción
El fundamento de la perfección cristiana, según opinión común de los santos Padres, es la humildad. “Para hacerse grande –dice San Agustín– hay que comenzar por hacerse pequeño.
¿Queréis levantar el edificio de las virtudes cristianas?, sabed que es de una altura inmensa: procurad echar los cimientos muy hondos con la humildad, porque quien quiere construir un edificio excava los cimientos en proporción de su mole y de la altura a que lo quiere levantar.
Este opúsculo que os dedicamos, hijos carísimos, os enseña a practicar la humildad, es decir, os enseña a echar los cimientos de la perfección cristiana. Considerad, pues, la importancia que tiene para vosotros que estáis obligados a ser perfectos como vuestro Padre celestial; por lo cual estamos seguros que nuestro don será muy de vuestro agrado; porque es una nueva prenda del amor que os tenemos, y, sobre todo, un medio eficacísimo para la salvación de vuestra alma, que es el negocio más importante que tenéis entre manos.
Un último motivo nos ha movido al aconsejaros este libro: el fin de la carrera eclesiástica que habéis emprendido. Fin que consiste no sólo en alcanzar vuestra santificación, sino también en promover la de los demás, ampliando el reino de Cristo con los mismos medios que Él empleó durante su vida mortal, y la humildad de corazón fue su enseña principal. Con esto podréis vencer la soberbia del mundo y sembrar en todos los corazones la mortificación y la humildad de la Cruz. Y, ya que Jesucristo antes de enseñar quiso hacer, si vosotros también, a ejemplo suyo, entráis en el ministerio sacerdotal formados ya en la práctica de la humildad, de este manantial inagotable de todas las virtudes brotarán palabras de aliento, de estímulo, de celo, que confirmarán a los justos en la santidad y atraerán a los que caminan por el vicio y por la perdición al camino de las virtudes y de la salud.
Sed, pues, cada uno de vosotros ese discípulo que va recibiendo de esta obra que os dedicamos, como de un Maestro espiritual, las lecciones sobre la práctica de la humildad, y no olvidéis nunca, queridos hijitos, que el mayor consuelo que nos podéis dar es que seáis humildes, mansos y obedientes. Confiando veros siempre así, y deseando que realmente lo seáis, al bendeciros a todos en el Señor os recomendamos, una vez más, con todas nuestras fuerzas, que pongáis todo vuestro empeño en cumplir lo que este libro os aconseja.
GIOACCHINO CARDENAL PECCI,
Obispo de Perugia.
(Y, posteriormente, S.S. León XIII)