5º Domingo Tiempo ordinario Ciclo C (Id=128)
Aquí estoy, Señor, envíame
Lectura del libro del profeta Isaías 6, 1-2a. 3-8
El año de la muerte del rey Ozías, vi al Señor sentado sobre un trono alto y excelso: la orla de su manto llenaba el templo. Y vi serafines en pie junto a él. Y se gritaban uno a otro diciendo: «¡Santo, santo, santo, el Señor de los Ejércitos, la tierra está llena de su gloria!» Y temblaban las jambas de las puertas al clamor de su voz, y el templo estaba lleno de humo. Yo dije: «¡Ay de mí, estoy perdido! Yo, hombre de labios impuros, que habito en medio de un pueblo de labios impuros, he visto con mis ojos al Rey y Señor de los Ejércitos». Y voló hacia mí uno de los serafines, con un ascua en la mano, que había cogido del altar con unas tenazas; la aplicó a mi boca y me dijo: «Mira: esto ha tocado tus labios, ha desaparecido tu culpa, está perdonado tu pecado». Entonces escuché la voz del Señor, que decía: «¿A quién mandaré? ¿Quién irá por mí?» Contesté: «Aquí estoy, mándame».
Palabra de Dios.
Te alabamos, Señor.
Sal 137, 1-2a.2bc-3.4-5.7c-8
Delante de los ángeles tañeré para ti, Señor.
In conspéctu angelórum psallam tibi, Dómine.
Te doy gracias, Señor, de todo corazón, te cantaré en presencia de dioses extranjeros, postrado hacia tu santo templo.
Delante de los ángeles tañeré para ti, Señor.
In conspéctu angelórum psallam tibi, Dómine.
Doy gracias a tu nombre por tu amor y fidelidad. Cuando te invoqué, me escuchaste y fortaleciste mi ánimo.
Delante de los ángeles tañeré para ti, Señor.
In conspéctu angelórum psallam tibi, Dómine.
Que te den gracias, Señor, todos los reyes de la tierra al oír las palabras de tu boca; que proclamen las hazañas del Señor, porque la gloria del Señor es grande.
Delante de los ángeles tañeré para ti, Señor.
In conspéctu angelórum psallam tibi, Dómine.
Me pones a salvo con fuerza protectora. El Señor completará lo que hace por mí. Señor, tu amor es eterno, no abandones la obra de tus manos.
Delante de los ángeles tañeré para ti, Señor.
In conspéctu angelórum psallam tibi, Dómine.
Segunda Lectura
Lectura de la primera carta del apóstol san Pablo a los Corintios 15, 1-11
Hermanos: Os recuerdo el Evangelio que os proclamé y que vosotros aceptasteis, y en el que estáis fundados, y que os está salvando, si es que conserváis el Evangelio que os proclamé; de lo contrario, se ha malogrado nuestra adhesión a la fe. Porque lo primero que yo os transmití, tal como lo había recibido, fue esto: que Cristo murió por nuestros pecados, según las Escrituras; que fue sepultado y que resucitó al tercer día, según las Escrituras; que se le apareció a Cefas y más tarde a los Doce; después se apareció a más de quinientos hermanos juntos, la mayoría de los cuales viven todavía, otros han muerto; después se le apareció a Santiago, después a todos los Apóstoles; por último, como a un aborto, se me apareció también a mí. Porque yo soy el menor de los Apóstoles, y no soy digno de llamarme apóstol, porque he perseguido a la Iglesia de Dios. Pero por la gracia de Dios soy lo que soy y su gracia no se ha frustrado en mí. Antes bien, he trabajado más que todos ellos. Aunque no he sido yo, sino la gracia de Dios conmigo. Pues bien; tanto ellos como yo esto es lo que predicamos; esto es lo que habéis creído.
Palabra de Dios.
Te alabamos, Señor.
Aclamación antes del Evangelio
Aleluya, aleluya.
Venid en pos de Mí, dice el Señor, y haré que vosotros seáis pescadores de hombres.
Veníte post me, dicit Dóminus, et fáciam vos fieri piscatóres hóminum.
Aleluya.
Dejándolo todo, lo siguieron
† Lectura del santo Evangelio según san Lucas 5, 1-11
Gloria a ti, Señor.
En aquel tiempo, la gente se agolpaba alrededor de Jesús para oír la Palabra de Dios, estando él a orillas del lago de Genesaret; y vio dos barcas que estaban junto a la orilla: los pescadores habían desembarcado y estaban lavando las redes. Subió a una de las barcas, la de Simón, y le pidió que la apartara un poco de tierra. Desde la barca, sentado, enseñaba a la gente. Cuando acabó de hablar, dijo a Simón:
–Rema mar adentro y echad las redes para pescar.
Simón contestó:
–Maestro, nos hemos pasado la noche bregando y no hemos cogido nada; pero, por tu palabra, echaré las redes.
Y, puestos a la obra, hicieron una redada de peces tan grande, que reventaba la red. Hicieron señas a los socios de la otra barca, para que vinieran a echarles una mano. Se acercaron ellos y llenaron las dos barcas, que casi se hundían. Al ver esto, Simón Pedro se arrojó a los pies de Jesús, diciendo:
–Apártate de mí, Señor, que soy un pecador.
Y es que el asombro se había apoderado de él y de los que estaban con él, al ver la redada de peces que habían cogido; y lo mismo les pasaba a Santiago y Juan, hijos de Zebedeo, que eran compañeros de Simón. Jesús dijo a Simón:
–No temas: desde ahora, serás pescador de hombres.
Ellos sacaron las barcas a tierra y, dejándolo todo, lo siguieron
Palabra del Señor.
Gloria a ti, Señor Jesús.