Señor, no me abandones, no te me alejes, Dios mío. Ven de prisa a socorrerme, Señor, mi salvador.
Ne derelínquas me, Dómine Deus meus, ne discédas a me, inténde in adiutórium meum, Dómine, virtus salútis meae.
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Oremos:
Conserva, Señor, a tu pueblo en el camino del bien que tú le has señalado, y ayúdalo en sus necesidades temporales para que, sin angustias, pueda buscar los bienes eternos.
Por nuestro Señor Jesucristo...
Amén.
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Vengan, ataquemos al justo
Lectura del libro del profeta Jeremías
18, 18-20
– «Venid, maquinemos contra Jeremías,
porque no falta la ley del sacerdote,
ni el consejo del sabio, ni el oráculo del profeta;
venid, lo heriremos con su propia lengua
y no haremos caso de sus oráculos.»
Señor, hazme caso, oye cómo me acusan.
¿Es que se paga el bien con mal,
que han cavado una fosa para mí?
Acuérdate de cómo estuve en tu presencia,
intercediendo en su favor, para apartar de ellos tu enojo.
Palabra de Dios.
Te alabamos, Señor.
Del salmo 30
Sálvame, Señor, por tu misericordia.
Salvum me fac, Dómine, in misericórdia tua.
Sácame, Señor, de la trampa que me han puesto, porque tú eres mi amparo. En tus manos encomiendo mi espíritu y tú, mi Dios leal, me librarás.
Sálvame, Señor, por tu misericordia.
Salvum me fac, Dómine, in misericórdia tua.
Oigo las burlas de la gente y todo me da miedo; se conjuran contra mí y tratan de quitarme la vida.
Sálvame, Señor, por tu misericordia.
Salvum me fac, Dómine, in misericórdia tua.
Pero yo, Señor, en ti confío. Tú eres mi Dios y en tus manos está mi destino. Líbrame de los enemigos que me persiguen.
Sálvame, Señor, por tu misericordia.
Salvum me fac, Dómine, in misericórdia tua.
Yo soy la luz del mundo –dice el Señor–; el que me sigue tendrá la luz de la vida.
Ego sum lux mundi, dicit Dóminus; qui séquitur me, habébit lumen vitae.
† Lectura del santo Evangelio según san Mateo
20, 17-28
Gloria a ti, Señor.
En aquel tiempo, mientras iba subiendo Jesús a Jerusalén, tomando aparte a los Doce, les dijo:
– «Mirad, estamos subiendo a Jerusalén, y el Hijo del hombre va a ser entregado a los sumos sacerdotes y a los escribas, y lo condenarán a muerte y lo entregarán a los gentiles, para que se burlen de él, lo azoten y lo crucifiquen; y al tercer día resucitará.»
Entonces se le acercó la madre de los Zebedeos con sus hijos y se postró para hacerle una petición. Él le preguntó:
– «¿Qué deseas?»
Ella contestó:
– «Ordena que estos dos hijos míos se sienten en tu reino, uno a tu derecha y el otro a tu izquierda.»
Pero Jesús replicó:
– «No sabéis lo que pedís. ¿Sois capaces de beber el cáliz que yo he de beber?»
Contestaron:
– «Lo somos.»
Él les dijo:
– «Mi cáliz lo beberéis; pero el puesto a mi derecha o a mi izquierda no me toca a mí concederlo, es para aquellos para quienes lo tiene reservado mi Padre.»
Los otros diez, que lo habían oído, se indignaron contra los dos hermanos. Pero Jesús, reuniéndolos, les dijo:
– «Sabéis que los jefes de los pueblos los tiranizan y que, los grandes los oprimen. No será así entre vosotros: el que quiera ser grande entre vosotros, que sea vuestro servidor, y el que quiera ser primero entre vosotros, que sea vuestro esclavo.
Igual que el Hijo del hombre no ha venido para que le sirvan, sino para servir y dar su vida en rescate por muchos.»
Palabra del Señor.
Gloria a ti, Señor Jesús.
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Mira, Señor, con bondad las ofrendas que te presentamos y por este santo intercambio de dones, líbranos de la esclavitud del pecado.
Por Jesucristo, nuestro Señor.
Amén.
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La penitencia de espíritu
En verdad es justo y necesario, es nuestro deber y salvación, darte gracias siempre y en todo lugar, Señor, Padre santo, Dios todopoderoso y eterno.
Porque misericordiosamente estableciste este tiempo especial de gracia para que tus hijos busquen de nuevo la pureza del corazón; y así, libres de todo afecto desordenado, de tal manera se apliquen a las realidades pasajeras, que más bien pongan su corazón en las que duran para siempre.
Por eso, con los ángeles y los arcángeles y con todos los coros celestiales, cantamos sin cesar el himno de tu gloria.
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El Hijo del hombre no ha venido a ser servido, sino a servir y a dar su vida para redención de todos.
Filius hóminis non venit ministrári sed ministráre, et dare ánimam suam redemptiónem pro multis.
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Oremos:
Que este sacramento que nos has dado, Señor, como prenda de inmortalidad, sea para nosotros una firme ayuda para alcanzar la salvación eterna.
Por Jesucristo, nuestro Señor.
Amén.