Jueves Santo (Id=250)
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Según una antiquísima tradición de la Iglesia, en este día están prohibidas todas las misas sin pueblo.
Al atardecer, en la hora más oportuna, se celebra la misa de la Cena del Señor, en la que participa plenamente toda la comunidad local y todos los sacerdotes y clérigos que ejercen su ministerio.
Los sacerdotes que han participado en la misa crismal o ya han celebrado para bien de los fieles, pueden concelebrar de nuevo la misa vespertina.
Donde lo exija el bien pastoral, el Ordinario del lugar puede permitir la celebración de otra misa, por la tarde, en los templos u oratorios públicos o semipúblicos, y en caso de verdadera necesidad, incluso por la mañana, pero solamente para los fieles que de ningún modo puedan participar en la misa vespertina.
Cuídese que estas misas no se celebren solamente para bien de unos pocos y no perjudiquen en nada a la misa vespertina, que es la principal.
La sagrada comunión solamente se puede distribuir a los fieles dentro de la misa; a los enfermos se la pueden llevar a cualquier hora del día.
El sagrario debe estar completamente vacío. Conságrense en esta misa suficientes hostias, de modo que alcancen para la comunión del clero y del pueblo hoy y mañana
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Antífona de Entrada

Nosotros hemos de gloriarnos en la cruz de nuestro Señor Jesucristo: en Él está nuestra salvación, vida y resurrección, Él nos ha salvado y libertado.
Nos autem gloriári opórtet in cruce Dómini nostri Iesu Christi, in quo est salus, vita resurréctio nostra, per quem salváti et liberáti sumus.

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Se dice "Gloria".

Oración Colecta

Oremos:
Dios nuestro, nos has reunido hoy para celebrar aquella misma memorable Cena en que tu Hijo, antes de entregarse a la muerte, confió a la Iglesia el sacrificio nuevo y eterno, sacramento de su amor; concédenos alcanzar, por la participación en este sacramento, la plenitud del amor y de la vida. Por nuestro Señor Jesucristo...
Amén.

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Primera Lectura

Prescripciones sobre la cena pascual

Lectura del libro del Exodo
12, 1-8.11-14

En aquellos días, dijo el Señor a Moisés y a Aarón en tierra de Egipto:

–«Este mes será para vosotros el principal de los meses; será para vosotros el primer mes del año. Decid a toda la asamblea de Israel: "El diez de este mes cada uno procurará un animal para su familia, uno por casa. Si la familia es demasiado pequeña para comérselo, que se junte con el vecino de casa, hasta completar el número de personas; y cada uno comerá su parte hasta terminarlo.

Será un animal sin defecto, macho, de un año, cordero o cabrito.

Lo guardaréis hasta el día catorce del mes, y toda la asamblea de Israel lo matará al atardecer. Tomaréis la sangre y rociaréis las dos jambas y el dintel de la casa donde lo hayáis comido.

Esa noche comeréis la carne, asada a fuego, comeréis panes sin fermentar y verduras amargas.

Y lo comeréis así: la cintura ceñida, las sandalias en los pies, un bastón en la mano; y os lo comeréis a toda prisa, porque es la Pascua, el paso del Señor.

Esta noche pasaré por todo el país de Egipto, dando muerte a todos sus primogénitos, de hombres y de animales; y haré justicia de todos los dioses de Egipto. Yo soy el Señor.

La sangre será vuestra señal en las casas donde estéis; cuando vea la sangre, pasaré de largo; no os tocará la plaga exterminadora, cuando yo pase hiriendo a Egipto.

Este día será para vosotros memorable, en él celebraréis la fiesta del Señor, ley perpetua para todas las generaciones."»

Palabra de Dios
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Te alabamos, Señor.

Salmo Responsorial

Sal 115, 12-13.15-16bc.17-18

El cáliz de la bendición es comunión con la sangre de Cristo.
Calix benedictiónis communicátio Sánguinis Christi est.

¿Cómo pagaré al Señor todo el bien que me ha hecho? Levantaré el cáliz de la salvación, invocando su nombre.
El cáliz de la bendición es comunión con la sangre de Cristo.
Calix benedictiónis communicátio Sánguinis Christi est.

El Señor siente profundamente la muerte de sus fieles. Señor, yo soy tu siervo, hijo de tu esclava; rompiste mis ataduras.
El cáliz de la bendición es comunión con la sangre de Cristo.
Calix benedictiónis communicátio Sánguinis Christi est.

Te ofreceré un sacrificio de acción de gracias invocando tu nombre; cumpliré mis promesas al Señor en presencia de todo el pueblo.
El cáliz de la bendición es comunión con la sangre de Cristo.
Calix benedictiónis communicátio Sánguinis Christi est.

Segunda Lectura

Lectura de la primera carta del apóstol san Pablo a los Corintios
11, 23-26

Hermanos:

Yo he recibido una tradición, que procede del Señor y que a mi vez os he transmitido:

Que el Señor Jesús, en la noche en que iban a entregarlo, tomó pan y, pronunciando la acción de gracias, lo partió y dijo:

–«Esto es mi cuerpo, que se entrega por vosotros. Haced esto en memoria mía.»

Lo mismo hizo con el cáliz, después de cenar, diciendo:

–«Este cáliz es la nueva alianza sellada con mi sangre; haced esto cada vez que lo bebáis, en memoria mía.»

Por eso, cada vez que coméis de este pan y bebéis del cáliz, proclamáis la muerte del Señor, hasta que vuelva.

Palabra de Dios.
Te alabamos, Señor.

Aclamación antes del Evangelio


Os doy un mandamiento nuevo –dice el Señor–: que os améis unos a otros, como yo os he amado.
Mandátum novum do vobis dicit Dóminus, ut diligátis ínvicem, sicut diléxi vos.

Evangelio

Los amó hasta el extremo

† Lectura del santo Evangelio según san Juan
13, 1-15

Gloria a ti, Señor.

Antes de la fiesta de la Pascua, sabiendo Jesús que había llegado la hora de pasar de este mundo al Padre, habiendo amado a los suyos que estaban en el mundo, los amó hasta el extremo.

Estaban cenando, ya el diablo le había metido en la cabeza a Judas Iscariote, el de Simón, que lo entregara, y Jesús, sabiendo que el Padre había puesto todo en sus manos, que venía de Dios y a Dios volvía, se levanta de la cena, se quita el manto y, tomando una toalla, se la ciñe; luego echa agua en la jofaina y se pone a lavarles los pies a los discípulos, secándoselos con la toalla que se había ceñido.

Llegó a Simón Pedro, y éste le dijo:

–«Señor, ¿lavarme los pies tú a mí?»

Jesús le replicó:

–«Lo que yo hago tú no lo entiendes ahora, pero lo comprenderás más tarde.»

Pedro le dijo:

–«No me lavarás los pies jamás.»

Jesús le contestó:

–«Si no te lavo, no tienes nada que ver conmigo.»

Simón Pedro le dijo:

«Señor, no sólo los pies, sino también las manos y la cabeza.»

Jesús le dijo:

–«Uno que se ha bañado no necesita lavarse más que los pies, porque todo él está limpio. También vosotros estáis limpios, aunque no todos. »

Porque sabía quién lo iba a entregar, por eso dijo: «No todos estáis limpios.»

Cuando acabó de lavarles los pies, tomó el manto, se lo puso otra vez y les dijo:

–«¿Comprendéis lo que he hecho con vosotros? Vosotros me llamáis "el Maestro" y "el Señor", y decís bien, porque lo soy. Pues si yo, el Maestro y el Señor, os he lavado los pies, también vosotros debéis lavaros los pies unos a otros; os he dado ejemplo para que lo que yo he hecho con vosotros, vosotros también lo hagáis.»

Palabra del Señor.
Gloria a ti, Señor Jesús.

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No se dice "Credo".

Lavatorio de los pies

Los ministros invitan a las personas designadas a que ocupen los asientos que se han preparado en un lugar apto, donde fácilmente el rito sea visible a los fieles. Entonces el celebrante, quitándose si es necesario la casulla y ayudándole los ministros, se acerca a cada uno, echa agua sobre sus pies y se los seca.
Mientras tanto se cantan las siguientes antífonas u otros cantos apropiados:

Antífona Primera

El Señor se levantó de la mesa, echó agua en un recipiente y se puso a lavar los pies de sus discípulos para darles ejemplo.
Señor, ¿cómo me vas a lavar los pies tú a mí?

Antífona Segunda

"Señor, ¿pretendes tú lavarme los pies?"
Jesús le respondió:
"Si no te lavo los pies, no tendrás nada que ver conmigo".
Señor, ¿cómo me vas a lavar los pies tú a mí?

Antífona Tercera

Fue Jesús hacia Simón Pedro y éste le dijo:
"Señor, ¿pretendes tú lavarme los pies?"
Jesús le dijo:
"Lo que yo estoy haciendo, tú no lo entiendes ahora; lo entenderás más tarde".
Señor, ¿cómo me vas a lavar los pies tú a mí?

Antífona Cuarta

"Si yo, que soy el Maestro y el Señor, les he lavado los pies,
cuánto más vosotros debéis
lavarse los pies unos a otros.
Señor, ¿cómo me vas a lavar
los pies tú a mí?

Antífona Quinta

"En esto reconocerán todos que son mis discípulos: en que se aman unos a otros".
Señor, ¿cómo me vas a lavar los pies tú a mí?

Antífona Sexta

Les doy un mandamiento nuevo: que se amen unos a otros como yo los he amado, dice el Señor.
Señor, ¿cómo me vas a lavar los pies tú a mí?

Antífona Séptima

"Que permanezca en vosotros la fe, la esperanza y el amor; pero la mayor de estas tres virtudes es el amor. Ahora tenemos la fe, la esperanza y el amor; pero la mayor de estas tres virtudes es el amor".
Señor, ¿cómo me vas a lavar los pies tú a mí?

Oración de los Fieles

Celebrante:
Supliquemos, hermanos y hermanas, a Cristo, el ungido de Dios, en cuyas manos el Padre ha puesto todas las cosas, y pidámosle que escuche nuestras oraciones:
(Respondemos a cada petición: Te lo pedimos, Señor).

Para que todos los cristianos sepan seguir el ejemplo de humildad del Señor, que lavó los pies de sus discípulos, e imiten la bondad de aquél que aceptó las lágrimas de Pedro, que lo había negado, roguemos al Señor.
Te lo pedimos Señor.

Para que nuestros obispos y sus presbíteros, que en estos días han recordado el inicio de su ministerio y han renovado sus promesas, vivan plenamente conformes a Jesús y sean siempre fieles a lo que en su ordenación prometieron, roguemos al Señor.
Te lo pedimos Señor.

Para que el Señor, que se entregó a la muerte para reunir a los hijos de Dios que estaban dispersos, inspire sentimientos de conversión a los que por el pecado o por la indiferencia se han alejado de la Iglesia, roguemos al Señor
Te lo pedimos Señor.

Para que los enfermos, al ser ungidos con el óleo de la salvación, experimenten la protección del Señor y sientan mejora en su enfermedad y alivio en sus dolores, roguemos al Señor.
Te lo pedimos Señor.

Para que el Señor, que con su humillación nos exalta, con su entrega nos merece el perdón, con su sangre nos purifica y con su carne nos alimenta, ilumine también nuestra mentes para que comprendamos y amemos los misterios que hoy conmemoramos, roguemos al Señor.
Te lo pedimos Señor.

Celebrante:
Señor Jesucristo, ya que, mientras vivimos aún en este mundo, nos invitas a participar en la mesa que es imagen del banquete eterno, escucha nuestra oración y haz que los que ahora nos reunimos para celebrar el sacramento de tu triunfo, podamos ser también tus comensales en el banquete de la Pascua eterna. Tú, que vives y reinas por los siglos de los siglos.
Amén.

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Oración sobre las Ofrendas

Concédenos, Señor, participar dignamente en esta Eucaristía, porque cada vez que celebramos el memorial de la muerte de tu Hijo, se realiza la obra de nuestra redención.
Por Jesucristo, nuestro Señor.
Amén.

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Dominus vobiscum.
Et cum spiritu tuo.

Sursum corda.
Habemus ad Dominum.

Gratias agamus Domino Deo nostro.
Dignum et iustum est.


El Señor esté con vosotros.

Y con tu espíritu.


Levantemos el corazón.

Lo tenemos levantado hacia el Señor.


Demos gracias al Señor, nuestro Dios.

Es justo y necesario.



Prefacio

El sacrificio y el sacramento de Cristo

En verdad es justo y necesario, es nuestro deber y salvación, darte gracias siempre y en todo lugar, Señor, Padre santo, Dios todopoderoso y eterno, por Cristo, Señor nuestro, verdadero y único sacerdote.
El cual, al instituir el sacrifico de la eterna alianza, se ofreció a sí mismo como víctima de salvación, y nos mandó perpetuar esta ofrenda en conmemoración suya. Su carne, inmolada por nosotros, es alimento que nos fortalece; su sangre, derramada por nosotros, es bebida que nos purifica.
Por eso,
con los ángeles y los arcángeles y con todos los coros celestiales, cantamos sin cesar el himno de tu gloria:
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Antífona de la Comunión

Esto es mi Cuerpo, que se da por vosotros. Este cáliz es la nueva alianza establecida por mi Sangre; cuantas veces lo bebáis, hacedlo en memoria mía, dice el Señor.
Hoc Corpus, quod pro vobis tradétur; hic calix novi testaménti est in meo Sánguine, dicit Dóminus; hoc fácite, quotiescúmque súmitis, in meam commemoratiónem.

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Oración después de la Comunión

Oremos:
Señor, tú que nos permites disfrutar en esta vida de la Cena instituida por tu Hijo, concédenos participar también del banquete celestial de tu Reino.
Por Jesucristo, nuestro Señor.
Amén.

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Traslado del Santísimo Sacramento

Dicha la oración después de la comunión, el celebrante, de pie ante el altar, pone incienso en el incensario y, arrodillado, inciensa tres veces al Santísimo Sacramento. Poniéndose el paño de hombros, toma en sus manos el copón y lo cubre con las extremidades del paño.
Se forma entonces la procesión para llevar el Santísimo Sacramento a través del templo hasta el sitio de la reserva. Durante la procesión se canta algún canto eucarístico.
Al llegar la procesión al lugar de la reserva, el celebrante deposita el copón y, poniendo incienso, lo inciensa arrodillado. Después se cierra el tabernáculo o la urna del depósito.
Después de unos momentos de adoración en silencio, el celebrante y los ministros hacen genuflexión y vuelven a la sacristía.
Seguidamente se desnuda el altar, y si es posible, se quitan del templo las cruces. Si algunas no se pueden quitar, es conveniente que queden cubiertas con un velo.
Exhórtese a los fieles, según las circunstancias y costumbres del lugar, a dedicar alguna parte de su tiempo, en la noche, a la adoración delante del Santísimo Sacramento. Esta adoración, después de la medianoche, hágase sin solemnidad.



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