mie 8a. de Pascua (Id=260)
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Venid, benditos de mi Padre; tomad posesión del Reino preparado para vosotros desde la creación del mundo. Aleluya.
Veníte, benedícti Patris mei, percípite regnum, quod vobis parátum est ab orígine mundi, allelúia.
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Oremos:
Dios nuestro, que nos concedes cada año la alegría de revivir la resurrección del Señor, haz que el júbilo de estos días alcance su plenitud en la Pascua del cielo.
Por nuestro Señor Jesucristo...
Amén.
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Te voy a dar lo que tengo: En el nombre de Jesús, camina
Lectura del libro de los Hechos de los apóstoles
3, 1-10
En aquellos días, subían al templo Pedro y Juan, a la oración de media tarde, cuando vieron traer a cuestas a un lisiado de nacimiento. Solían colocarlo todos los días en la puerta del templo llamada «Hermosa», para que pidiera limosna a los que entraban. Al ver entrar en el templo a Pedro y a Juan, les pidió limosna. Pedro, con Juan a su lado, se le quedó mirando y le dijo:
– «Míranos.»
Clavó los ojos en ellos, esperando que le darían algo. Pedro le dijo:
– «No tengo plata ni oro, te doy lo que tengo: en nombre de Jesucristo Nazareno, echa a andar.»
Agarrándolo de la mano derecha lo incorporó. Al instante se le fortalecieron los pies y los tobillos, se puso en pie de un salto, echó a andar y entró con ellos en el templo por su pie, dando brincos y alabando a Dios. La gente lo vio andar alabando a Dios; al caer en la cuenta de que era el mismo que pedía limosna sentado en la puerta Hermosa, quedaron estupefactos ante lo sucedido.
Palabra de Dios.
Te alabamos, Señor.
Sal 104, 1-2.3-4.6-7.8-9
Que se alegren los que buscan al Señor.
Laetétur cor quaeréntium Dóminum.
Dad gracias al Señor, invocad su nombre, publicad entre los pueblos sus proezas, cantadle, tocad en su honor, proclamad sus maravillas.
Que se alegren los que buscan al Señor.
Laetétur cor quaeréntium Dóminum.
Gloriaros de su nombre santo, que se alegren los que buscan al Señor. Recurrid al Señor y a su poder, buscad su rostro sin descanso.
Que se alegren los que buscan al Señor.
Laetétur cor quaeréntium Dóminum.
Descendencia de Abrahán, su siervo, hijos de Jacob, su elegido: el Señor es nuestro Dios, en toda la tierra están en vigor sus decretos.
Que se alegren los que buscan al Señor.
Laetétur cor quaeréntium Dóminum.
El se acuerda de su alianza eternamente, de la palabra que ha dado por mil generaciones; del pacto concluido con Abrahán, y del juramento que hizo a Isaac.
Que se alegren los que buscan al Señor.
Laetétur cor quaeréntium Dóminum.
Aleluya, aleluya.
Éste es el día en que actuó el Señor, sea nuestra alegría y nuestro gozo.
Haec dies quam fecit Dóminus; exsultémus et laetémur in ea.
Aleluya.
Lo reconocieron al partir el pan
† Lectura del santo Evangelio según san Lucas
24, 13-35
Gloria a ti, Señor.
Dos discípulos de Jesús iban andando aquel mismo día, el primero de la semana, a una aldea llamada Emaús, distante unas dos leguas de Jerusalén; iban comentando todo lo que había sucedido. Mientras conversaban y discutían, Jesús en persona se acercó y se puso a caminar con ellos, pero sus ojos no eran capaces de reconocerlo.
Él les dijo:
–«¿Qué conversación es esa que traéis mientras vais de camino?»
Ellos se detuvieron preocupados. Y uno de ellos, que se llamaba Cleofás, le replicó:
–«¿Eres tú el único forastero de Jerusalén, que no sabes lo que ha pasado allí estos días?»
Él les preguntó:
–«¿Qué?
Ellos le contestaron:
–«Lo de Jesús de Nazaret, que fue un profeta poderoso en obras y palabras, ante Dios y ante todo el pueblo; como lo entregaron los sumos sacerdotes y nuestros jefes para que lo condenaran a muerte, y lo crucificaron. Nosotros esperábamos que él fuera el futuro liberador de Israel. Y ya ves: hace ya dos días que sucedió esto. Es verdad que algunas mujeres de nuestro grupo nos han sobresaltado: pues fueron muy de mañana al sepulcro, no encontraron su cuerpo, e incluso vinieron diciendo que habían visto una aparición de ángeles, que les habían dicho que estaba vivo. Algunos de los nuestros fueron también al sepulcro y lo encontraron como habían dicho las mujeres; pero a él no lo vieron.»
Entonces Jesús les dijo:
– «¡Qué necios y torpes sois para creer lo que anunciaron los profetas! ¿No era necesario que el Mesías padeciera esto para entrar en su gloria?»
Y, comenzando por Moisés y siguiendo por los profetas, les explicó lo que se refería a él en toda la Escritura.
Ya cerca de la aldea donde iban, el hizo ademán de seguir adelante; pero ellos le apremiaron, diciendo:
«Quédate con nosotros, porque atardece y el día va de caída.»
Y entró para quedarse con ellos. Sentado a la mesa con ellos, tomó el pan, pronunció la bendición, lo partió y se lo dio. A ellos se les abrieron los ojos y lo reconocieron. Pero él desapareció.
Ellos comentaron:
– «¿No ardía nuestro corazón mientras nos hablaba por el camino y nos explicaba las Escrituras?»
Y, levantándose al momento, se volvieron a Jerusalén, donde encontraron reunidos a los Once con sus compañeros, que estaban diciendo:
– «Era verdad, ha resucitado el Señor y se ha aparecido a Simón.»
Y ellos contaron lo que les había pasado por el camino y cómo lo habían reconocido al partir el pan.
Palabra del Señor.
Gloria a ti, Señor Jesús.
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Acepta, Señor, este sacrificio, con el que has redimido a todos los seres humanos, y concédenos la salvación del cuerpo y del espíritu.
Por Jesucristo, nuestro Señor.
Amén.
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El misterio Pascual
En verdad es justo y necesario, es nuestro deber y salvación glorificarte siempre, Señor; pero más que nunca en este día en que Cristo, nuestra Pascua, ha sido inmolado.
Porque él es el verdadero Cordero que quitó el pecado del mundo; muriendo destruyó nuestra muerte, y resucitando restauró la vida.
Por eso,
con esta efusión de gozo pascual, el mundo entero se desborda de alegría, y también los coros
celestiales, los ángeles y los arcángeles, cantan sin cesar el himno de tu gloria:
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Los discípulos reconocieron al Señor Jesús al partir el pan. Aleluya.
Cognovérunt discípuli Dóminum Iesum in fractióne panis, allelúia.
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Oremos:
Te rogamos, Señor, que purificados ya de nuestras pasadas culpas, la participación en este sacramento de tu Hijo nos transforme en seres humanos nuevos.
Por Jesucristo, nuestro Señor.
Amén
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