3er. Domingo de Pascua Ciclo C (Id=276)
Nosotros somos testigos de todo esto y también lo es el Espíritu Santo
Lectura del libro de los Hechos de los Apóstoles
5, 27-32.40-41
En aquellos días, el sumo sacerdote interrogó a los Apóstoles y les dijo:
–¿No os habíamos prohibido formalmente enseñar en nombre de ése? En cambio, habéis llenado Jerusalén con vuestra enseñanza y queréis hacernos responsables de la sangre de ese hombre.
Pedro y los Apóstoles replicaron:
–Hay que obedecer a Dios antes que a los hombres. «El Dios de nuestros padres resucitó a Jesús a quien vosotros matasteis colgándolo de un madero.» «La diestra de Dios lo exaltó haciéndolo jefe y salvador, para otorgarle a Israel la conversión con el perdón de los pecados.» Testigo de esto somos nosotros y el Espíritu Santo, que Dios da a los que le obedecen.
Azotaron a los Apóstoles, les prohibieron hablar en nombre de Jesús y los soltaron. Los Apóstoles salieron del Consejo, contentos de haber merecido aquel ultraje por el nombre de Jesús.
Palabra de Dios.
Te alabamos, Señor.
Salmo Responsorial
Te ensalzaré, Señor, porque me has librado.
Exaltábo te, Dómine, quóniam extraxísti me.
Te alabaré, Señor, pues no dejaste que se rieran mis enemigos. Tú, Señor, me salvaste de la muerte y a punto de morir, me reviviste.
Te ensalzaré, Señor, porque me has librado.
Exaltábo te, Dómine, quóniam extraxísti me.
Alaben al Señor quienes lo aman, den gracias a su nombre, porque su ira dura un solo instante y su bondad, toda la vida. El llanto nos visita por la tarde; por la mañana, el júbilo.
Te ensalzaré, Señor, porque me has librado.
Exaltábo te, Dómine, quóniam extraxísti me.
Escúchame, Señor, y compadécete, Señor, ven a mi ayuda. Convertiste mi duelo en alegría, te alabaré por eso eternamente.
Te ensalzaré, Señor, porque me has librado.
Exaltábo te, Dómine, quóniam extraxísti me.
Segunda Lectura
Digno es el Cordero que fue inmolado de recibir el poder y la riqueza
Lectura del libro del Apocalipsis del apóstol san Juan
5, 11-14
Yo, Juan, miré y escuché la voz de muchos ángeles:
eran millares y millones
alrededor del trono y de los vivientes y de los ancianos,
y decían con voz potente:
«Digno es el Cordero degollado
de recibir el poder, la riqueza,
la sabiduría, la fuerza,
el honor, la gloria y la alabanza.»
Y oí a todas las creaturas que hay en el cielo,
en la tierra, bajo la tierra, en el mar,
–todo lo que hay en ellos– que decían:
«Al que se sienta en el trono y al Cordero
la alabanza, el honor,
la gloria y el poder
por los siglos de los siglos.»
Y los cuatro vivientes respondían: Amén.
Y los ancianos cayeron rostro en tierra,
y se postraron ante el que vive por los siglos de los siglos.
Palabra de Dios.
Te alabamos, Señor.
Aclamación antes del Evangelio
Aleluya, aleluya.
Ha resucitado Cristo, que creó todas las cosas y se compadeció del género humano.
Surréxit Christus, qui creávit ómnia et misértus est humáno géneri.
Aleluya.
Evangelio
Jesús tomó el pan y el pescado y se los dio a los discípulos
Lectura del santo Evangelio según san Juan
21, 1-19
Gloria a ti, Señor.
En aquel tiempo, Jesús se apareció otra vez a los discípulos junto al lago de Tiberíades. Y se apareció de esta manera:
Estaban juntos Simón Pedro, Tomás apodado el Mellizo, Natanael el de Caná de Galilea, los Zebedeos y otros dos discípulos suyos.
Simón Pedro les dice:
–Me voy a pescar.
Ellos contestaban:
–Vamos también nosotros contigo.
Salieron y se embarcaron; y aquella noche no cogieron nada. Estaba ya amaneciendo, cuando Jesús se presentó en la orilla; pero los discípulos no sabían que era Jesús.
Jesús les dice:
–Muchachos, ¿tenéis pescado?
Ellos contestaron:
–No.
El les dice:
–Echad la red a la derecha de la barca y encontraréis.
La echaron, y no tenían fuerzas para sacarla, por la multitud de peces. Y aquel discípulo que Jesús tanto quería le dice a Pedro:
–Es el Señor.
Al oír que era el Señor, Simón Pedro, que estaba desnudo, se ató la túnica y se echó al agua. Los demás discípulos se acercaron en la barca, porque no distaban de tierra más que unos cien metros, remolcando la red con los peces.
Al saltar a tierra, ven unas brasas con un pescado puesto encima y pan. Jesús les dice:
–Traed de los peces que acabáis de coger.
Simón Pedro subió a la barca y arrastró hasta la orilla la red repleta de peces grandes: ciento cincuenta y tres. Y aunque eran tantos, no se rompió la red.
Jesús les dice:
–Vamos, almorzad.
Ninguno de los discípulos se atrevía a preguntarle quién era, porque sabían bien que era el Señor.
Jesús se acerca, toma el pan y se lo da; y lo mismo el pescado. Esta fue la tercera vez que Jesús se apareció a los discípulos, después de resucitar de entre los muertos.
Después de comer dice Jesús a Simón Pedro:
–Simón, hijo de Juan, ¿me amas más que éstos?
El le contestó:
–Sí, Señor, tú sabes que te quiero.
Jesús le dice:
–Apacienta mis corderos.
Por segunda vez le pregunta:
–Simón, hijo de Juan, ¿me amas?
El le contesta:
–Sí, Señor, tú sabes que te quiero.
El le dice:
–Pastorea mis ovejas.
Por tercera vez le pregunta:
–Simón, hijo de Juan, ¿me quieres?
Se entristeció Pedro de que le preguntara por tercera vez si lo quería y le contestó:
–Señor, tú conoces todo, tú sabes que te quiero.
Jesús le dice:
–Apacienta mis ovejas.
Te lo aseguro: cuando eras joven, tú mismo te ceñías e ibas adonde querías; pero cuando seas viejo, extenderás las manos, otro te ceñirá y te llevará adonde no quieras.
Esto dijo aludiendo a la muerte con que iba a dar gloria a Dios.
Dicho esto, añadió:
–Sígueme.
Palabra del Señor.
Gloria a ti, Señor Jesús.