Bautismo del Señor (C) (Id=66)
Lectura del libro del Profeta Isaías 40, 1-5. 9-11
Consolad, consolad a mi pueblo –dice vuestro Dios–. Hablad al corazón de Jerusalén y decidle bien alto que ya ha cumplido su milicia, ya ha satisfecho por su culpa, pues ha recibido de mano de Yahveh castigo doble por todos sus pecados. Una voz clama: “En el desierto abrid camino a Yahveh, trazad en la estepa una calzada recta a nuestro Dios. Que todo valle sea elevado, y todo monte y cerro rebajado; vuélvase lo escabroso llano, y las breñas planicie. Se revelará la gloria de Yahveh, y toda criatura a una la verá. Pues la boca de Yahveh ha hablado”. Súbete a un alto monte, alegre mensajero para Sión; clama con voz poderosa, alegre mensajero para Jerusalén, clama sin miedo. Di a las ciudades de Judá: “Ahí está vuestro Dios”. Ahí viene el Señor Yahveh con poder, y su brazo lo sojuzga todo. Ved que su salario le acompaña, y su paga le precede. Como pastor pastorea su rebaño: recoge en brazos los corderitos, en el seno los lleva, y trata con cuidado a las paridas.
Palabra de Dios
Te alabamos, Señor
Salmo Responsorial Ps 103, 1bc-2. 3-4. 24-25. 27-28. 29-30
Bénedic, ánima mea, Dómino; magnificátus est veheménter.
Bendice alma mía al Señor; Dios mío qué grande eres
Bendice a Yahveh! ¡Yahveh, Dios mío, qué grande eres! Vestido de esplendor y majestad, arropado de luz como de un manto, tú despliegas los cielos lo mismo que una tienda.
Bénedic, ánima mea, Dómino; magnificátus est veheménter.
Bendice alma mía al Señor; Dios mío qué grande eres
Levantas sobre las aguas tus altas moradas; haciendo de las nubes carro tuyo, sobre las alas del viento te deslizas; tomas por mensajeros a los vientos, a las llamas del fuego por ministros
Bénedic, ánima mea, Dómino; magnificátus est veheménter.
Bendice alma mía al Señor; Dios mío qué grande eres
¡Cuán numerosas tus obras, Yahveh! Todas las has hecho con sabiduría, de tus criaturas está llena la tierra. Ahí está el mar, grande y de amplios brazos, y en él el hervidero innumerable de animales, grandes y pequeños;
Bénedic, ánima mea, Dómino; magnificátus est veheménter.
Bendice alma mía al Señor; Dios mío qué grande eres
Todos ellos de ti están esperando que les des a su tiempo su alimento; tú se lo das y ellos lo toman, abres tu mano y se sacian de bienes.
Bénedic, ánima mea, Dómino; magnificátus est veheménter.
Bendice alma mía al Señor; Dios mío qué grande eres
Escondes tu rostro y se anonadan, les retiras su soplo, y expiran y a su polvo retornan. Envías tu soplo y son creados, y renuevas la faz de la tierra.
Bénedic, ánima mea, Dómino; magnificátus est veheménter.
Bendice alma mía al Señor; Dios mío qué grande eres
Segunda Lectura
Lectura del Apóstol San Pablo a Tito 2, 11-14; 3, 4-7
Hermanos: Pues se ha manifestado la gracia de Dios, portadora de salvación para todos los hombres, educándonos para que renunciemos a la impiedad y a las concupiscencias mundanas, y vivamos con prudencia, justicia y piedad en este mundo, aguardando la esperanza bienaventurada y la manifestación de la gloria del gran Dios y Salvador nuestro, Jesucristo, que se entregó a sí mismo por nosotros para redimirnos de toda iniquidad, y para purificar para sí un pueblo escogido, celoso por hacer el bien. Pero cuando se manifestó la bondad de Dios, nuestro Salvador, y su amor a los hombres, nos salvó, no por las obras justas que hubiéramos hecho nosotros, sino por su misericordia, mediante el baño de la regeneración y de la renovación en el Espíritu Santo, que derramó copiosamente sobre nosotros por medio de Jesucristo nuestro Salvador, para que, justificados por su gracia, fuéramos herederos de la vida eterna que esperamos.
Palabra de Dios
Te alabamos, Señor
Aclamación antes del Evangelio
Allelúia.
Viene el que es más poderoso que yo: él os bautizará en el Espíritu Santo y en fuego.
Venit fórtior me, dixit Ioánnes; ipse vos baptizábit in Spíritu Sancto et igni.
Allelúia.
Evangelio
† Lectura del santo Evangelio según san Lucas 3, 15-16.21-22
Gloria a ti, Señor
En aquel tiempo, el pueblo estaba en expectación y todos se preguntaban si no sería Juan el Mesías; él tomó la palabra y dijo a todos:
–Yo os bautizo con agua; pero viene el que puede más que yo, y no merezco desatarle la correa de sus sandalias. El os bautizará con Espíritu Santo y fuego.
En un bautismo general, Jesús también se bautizó. Y, mientras oraba, se abrió el cielo, bajó el Espíritu Santo sobre él en forma de paloma, y vino una voz del cielo: “Tú eres mi Hijo, el amado, el predilecto”.