Que el Señor le abra las puertas del paraíso, para que llegue a la patria donde ya no hay muerte, ni luto, ni llanto, sino paz y alegría sin fin.
Dios todopoderoso, que por el bautismo nos has hecho partícipes de la muerte y resurrección de tu Hijo, concede a nuestra hermana N., que, libre ya de la muerte, pueda gozar de la compañía de tus elegidos.
Por Cristo, todos volverán a la vida
Lectura de la primera carta del apóstol San Pablo a los Corintios 15, 20-24a.25-28
Hermanos: Cristo ha resucitado, primicia de todos los que han muerto. Si por un hombre vino la muerte, por un hombre ha venido la resurrección. Si por Adán murieron todos, por Cristo todos volverán a la vida. Pero cada uno en su puesto: primero Cristo como primicia; después, cuando él vuelva, todos los cristianos, después los últimos, cuando Cristo devuelva a Dios Padre su reino.
Cristo tiene que reinar hasta que Dios «haga de sus enemigos estrado de sus pies».
El último enemigo aniquilado será la muerte. Porque dice la Escritura: —«Dios ha sometido todo bajo sus pies», y al decir que lo ha sometido todo, es evidente que excluye al que lo ha sometido todo. Al final, cuando todo esté sometido, entonces también el Hijo se someterá a Dios, al que se lo había sometido todo. Y así Dios lo será todo para todos.
Del Salmo 22
El Señor es mi pastor, nada me faltará.
El Señor es mi pastor, nada me falta; en verdes praderas me hace reposar y hacia fuentes tranquilas me conduce para reparar mis fuerzas. Por ser un Dios fiel a sus promesas, me guía por el sendero recto.
El Señor es mi pastor, nada me faltará.
Así, aunque camine por cañadas oscuras, nada temo, porque tú estás conmigo. Tu vara y tu cayado me dan seguridad.
El Señor es mi pastor, nada me faltará.
Tú mismo me preparas la mesa, a despecho de mis adversarios; me unges la cabeza con perfume y llenas mi copa hasta los bordes.
El Señor es mi pastor, nada me faltará.
Tu bondad y tu misericordia me acompañarán todos los días de mi vida; y viviré en la casa del Señor por años sin término.
El Señor es mi pastor, nada me faltará.
¿Qué cosa podrá apartarnos del amor con que nos ama Cristo?
Lectura de la carta del apóstol san Pablo a los Romanos 8, 31-35. 37-39
Hermanos: Si Dios está a nuestro favor, ¿quién estará en contra nuestra? El que no nos escatimó a su propio Hijo, sino que lo entregó por todos nosotros, ¿cómo no va a estar dispuesto a dárnoslo todo, junto con su Hijo? ¿Quién acusará a los elegidos de Dios? Si Dios mismo es quien los perdona, ¿quién será el que los condene? ¿Acaso Jesucristo, que murió, resucitó y está a la derecha de Dios para interceder por nosotros?
¿Qué cosa podrá apartarnos del amor con que nos ama Cristo? ¿Las tribulaciones? ¿Las angustias? ¿La persecución? ¿El hambre? ¿La desnudez? ¿El peligro? ¿La espada?
Ciertamente de todo esto salimos más que victoriosos, gracias a aquel que nos ha amado; pues estoy convencido de que ni la muerte ni la vida, ni los ángeles ni los demonios, ni el presente ni el futuro, ni los poderes de este mundo, ni lo alto ni lo bajo, ni criatura alguna podrá apartarnos del amor que nos ha manifestado Dios en Cristo Jesús.
Aleluya. La voluntad del que me envió, dice el Señor, es que yo no pierda a ninguno de los que él me ha dado, sino que lo resucite en el último día. Aleluya.
Mi carne es verdadera comida y mi sangre es verdadera bebida
† Lectura del santo Evangelio según san Juan 6, 51-58
En aquel tiempo, Jesús dijo a los judíos: —«Yo soy el pan vivo que ha bajado del cielo; el que coma de este pan vivirá para siempre. Y el pan que yo les voy a dar es mi carne para que el mundo tenga vida».
Entonces los judíos se pusieron a discutir entre sí: —«¿Cómo puede éste darnos a comer su carne?»
Jesús les dijo: –«Yo os aseguro: Si no coméis la carne del Hijo del hombre y no bebéis su sangre, no podrá haber vida en vosotros. El que come mi carne y bebe mi sangre, tiene vida eterna y yo lo resucitaré el último día.
Mi carne es verdadera comida y mi sangre es verdadera bebida. El que come mi carne y bebe mi sangre, permanece en mí y yo en él. Como el Padre, que me ha enviado, posee la vida y yo vivo por él, así también el que me come vivirá por mí.
Este es el pan que ha bajado del cielo; no es como el maná que comieron vuestros padres, pues murieron. El que come de este pan vivirá para siempre».
Ten misericordia, Señor, de nuestra hermana N., por quien te ofrecemos este sacrificio de alabanza y de reconciliación, a fin de que resucite para la vida eterna.
Todos aquellos que el Padre me ha dado, vendrán a mí; y a los que vengan a mí, yo no los rechazaré.
Por este sacramento de vida que hemos recibido y del que hiciste participar también a nuestro hermana N., te rogamos, Señor, que le concedas vivir eternamente con Cristo.