Dales, Señor, el descanso eterno y brille para ellos la luz perpetua.
Dios nuestro, pastor inmortal de los hombres, mira con bondad al pueblo que te implora y concede a tu hijo, el Papa N., que gobernó con amor a tu Iglesia, compartir con el rebaño que le fue confiado, la recompensa prometida al servidor bueno y fiel.
Justificados ahora por su sangre, seremos por él salvos de la cólera
Lectura de la carta del apóstol san Pablo a los Romanos 5, 5-11
Hermanos: La esperanza no defrauda, porque el amor de Dios ha sido derramado en nuestros corazones con el Espíritu Santo que nos ha dado, En efecto cuando estábamos todavía sin fuerza, en el tiempo señalado, Cristo murió por los impíos; en verdad, apenas habrá quién muera por un justo; por un hombre de bien tal vez se atrevería uno a morir; mas la prueba de que Dios nos ama es que Cristo, siendo nosotros todavía pecadores, murió por nosotros. ¡Con cuánta más razón, pues, justificados ahora por su sangre, seremos por él salvos de la cólera!
Si cuando éramos enemigos fuimos reconciliados con Dios por la muerte de su Hijo, ¡con cuánta más razón, estando ya reconciliados, seremos salvos por su vida! Y no sólo eso, sino que también nos gloriamos en Dios, por nuestro Señor Jesucristo, por quien hemos obtenido ahora la reconciliación.
Del Salmo 129
Desde el abismo clamo a ti, Señor.
Desde el abismo clamo a ti, Señor: Señor, oye mi voz; préstale oído atento ami clamor.
Desde el abismo clamo a ti, Señor.
Si guardas el recuerdo de las culpas, ¿quién se podrá salvar? Pero de ti, Señor, viene el perdón que nos infunde un gran temor filial.
Desde el abismo clamo a ti, Señor.
Confío en el Señor, espero en su palabra que perdona. Mi alma suspira ya por el Señor más que los centinelas por la aurora.
Desde el abismo clamo a ti, Señor.
Que suspire Israel por el Señor más que los centinelas por la aurora, pues del Señor viene el perdón, la redención copiosa.
Desde el abismo clamo a ti, Señor.
Y al pueblo de Israel redimirá de su maldad y de sus malas obras.
Desde el abismo clamo a ti, Señor.
Anhelamos la redención de nuestro cuerpo
Lectura de la carta del apóstol san Pablo a los Romanos 8, 14-23
Hermanos: Los que se dejan guiar por el Espíritu de Dios, ésos son hijos de Dios. No habéis recibido vosotros un espíritu de esclavos, que os haga temer de nuevo, sino un espíritu de hijos, en virtud del cual podemos llamar Padre a Dios.
El mismo Espíritu Santo, a una con nuestro propio espíritu, da testimonio de que somos hijos de Dios. Y si somos hijos, somos también herederos de Dios y coherederos con Cristo, puesto que sufrimos con él para ser glorificados junto con él.
Considero que los sufrimientos de esta vida no se pueden comparar con la gloria que un día se manifestará en nosotros; porque toda la creación espera, con seguridad e impaciencia, la revelación de esa gloria de los hijos de Dios.
La creación está ahora sometida al desorden, no por su querer, sino por voluntad de aquel que la sometió, pero dándole al mismo tiempo esta esperanza: que también ella misma va ser liberada de la esclavitud de la corrupción, para compartir la gloriosa libertad de los hijos de Dios.
Sabemos, en efecto, que la creación entera gime hasta el presente y sufre dolores de parto; y no sólo ella, sino también nosotros, los que poseemos las primicias del Espíritu, gemimos interiormente, anhelando que se realice plenamente nuestra condición de hijos de Dios, la redención de nuestro cuerpo.
Aleluya. Venid, benditos de mi Padre, dice el Señor; tomad posesión del Reino preparado para vosotros desde la creación del mundo. Aleluya.
† Lectura del santo Evangelio según san Lucas 12, 35-40
En aquel tiempo, Jesús dijo a sus discípulos: —«Estad listos, con la túnica puesta y las lámparas encendidas. Sed semejantes a los criados que están esperando a que su señor regrese de la boda, para abrirle en cuanto llegue y toque. Dichosos aquellos a quienes su Señor, al llegar, encuentre en vela. Yo os aseguro que se recogerá la túnica, los hará sentar a la mesa y él mismo les servirá. Y si llega a medianoche o a la madrugada y los encuentra en vela, dichosos ellos.
Fíjense en esto: Si un padre de familia supiera a qué hora va a venir el ladrón, estaría vigilando y no dejaría que se le metiera por un boquete en su casa. Pues también vosotros estad preparados, porque a la hora en que menos penséis vendrá el Hijo del hombre».
Acepta, Señor, la ofrenda del pueblo cristiano que encomienda a tu misericordia al Papa N.; y tú, que hiciste de él un instrumento de unidad y de paz entre los hombres, concédele el gozo eterno en compañía de todos los santos.
Dales, Señor, el descanso eterno, brille para ellos la luz perpetua y vivan siempre en compañía de tus santos, ya que eres misericordioso.
Después de participar en el banquete celestial, te pedimos, Señor, que tengas misericordia de tu siervo, el Papa N., para que entre a disfrutar con tus santos de la plena posesión de la verdad en la cual confirmó con solicitud a tu pueblo.