Tanto amó Dios al mundo, que entregó a su Hijo único, para que no perezca ninguno de los que creen en él, sino que tengan vida eterna.
Dios todopoderoso y eterno, vida de los mortales y gozo de los elegidos; te pedimos por nuestras hermanas difuntas, N., para que libres de los lazos de la muerte, las admitas en el Reino eterno de tu gloria.
Andemos en una vida nueva
Lectura de la carta del apóstol San Pablo a los Romanos 6, 3-9
Hermanos: Los que por el bautismo nos incorporamos a Cristo, fuimos incorporados a su muerte. Por el bautismo fuimos sepultados con él en la muerte, para que, así como Cristo fue despertado de entre los muertos por la gloria del Padre, así también nosotros andemos en una vida nueva. Porque, si nuestra existencia está unida a él en una muerte como la suya, lo estará también en una resurrección como la suya.
Comprendamos que nuestra vieja condición ha sido crucificada con Cristo, quedando destruida nuestra personalidad de pecadores, y nosotros libres de la esclavitud al pecado; porque el que muere ha quedado absuelto del pecado.
Por tanto, si hemos muerto con Cristo, creemos que también viviremos con él, pues sabemos que Cristo, una vez resucitado de entre los muertos, ya no muere más; la muerte ya no tiene dominio sobre él.
De los salmos 41 y 42
Estoy sediento del Dios que da la vida.
Como el venado busca el agua de los ríos, así, cansada, mi alma, te busca a ti, Dios mío.
Estoy sediento del Dios que da la vida.
Del Dios que da la vida está mi ser sediento. ¿Cuándo será posible ver de nuevo tu templo?
Estoy sediento del Dios que da la vida.
Yo recuerdo, ¡y mi alma cómo lo echa de menos, cuando iba hasta tu casa, mi Dios, hasta tu templo entre vivas y cantos y el júbilo del pueblo.
Estoy sediento del Dios que da la vida.
Envíame tu luz y tu verdad; que ellas me guíen y hasta tu monte santo me conduzcan, ahí donde tú vives.
Estoy sediento del Dios que da la vida.
Me acercaré al altar de Dios, al Dios que es mi alegría, y a mi Dios, el Señor, le daré gracias al compás de la cítara.
Estoy sediento del Dios que da la vida.
¿Por qué te acongojas, alma mía? ¿Por qué tu turbación? Espera en Dios, que aún alabarás, a tu Dios Salvador.
Estoy sediento del Dios que da la vida.
Donde abundó el pecado, sobreabundó la gracia
Lectura de la carta del apóstol san Pablo a los Romanos 5, 17-21
Hermanos: Si por el pecado de un solo hombre estableció la muerte su reinado, con mucho mayor razón reinarán en la vida por un solo hombre, Jesucristo, aquellos que reciben la gracia sobreabundante que los hace justos.
En resumen, así como por el pecado de un solo hombre, Adán, vino la condenación para todos, así por la justicia de un solo hombre, Jesucristo, ha venido para todos la justificación que da la vida. Y así como por la desobediencia de uno, todos fueron hechos pecadores, así por la obediencia de uno solo, todos serán hechos justos.
En cuanto a la ley, su llegada sirvió para hacer que el pecado creciera. Pero, donde abundó el pecado, sobreabundó la gracia, para que así como el pecado tuvo poder para causar la muerte, así también la gracia de Dios, al justificarnos, tenga poder para conducirnos a la vida eterna por medio de Jesús, nuestro Señor.
Aleluya. Si morimos con Cristo, viviremos con él; si nos mantenemos firmes, reinaremos con él. Aleluya.
Padre, en tus manos encomiendo mi espíritu
† Lectura del santo Evangelio según san Lucas 23, 44-46. 50. 52-53; 24, 1-6
Era casi el mediodía, cuando las tinieblas invadieron toda la región y se oscureció el sol hasta las tres de la tarde. El velo del templo se rasgó a la mitad. Jesús, clamando con voz potente, dijo: —¡Padre, en tus manos encomiendo mi espíritu!
Y dicho esto, expiró.
Un hombre llamado José, consejero del sanedrín, hombre bueno y justo, se presentó ante Pilato para pedirle el cuerpo de Jesús. Lo bajó de la cruz, lo envolvió en una sábana y lo colocó en un sepulcro excavado en la roca, donde no habían puesto a nadie todavía.
El primer día después del sábado, muy de mañana, llegaron las mujeres al sepulcro, llevando los perfumes que habían preparado. Encontraron que la piedra ya había sido retirada del sepulcro y entraron, pero no hallaron el cuerpo del Señor Jesús.
Estando ellas todas desconcertadas por esto, se les presentaron dos varones con vestidos resplandecientes. Como ellas se llenaron de miedo e inclinaron el rostro a tierra, los varones les dijeron: —«¿Por qué buscan entre los muertos al que está vivo? No está aquí; ha resucitado».
Recibe, Señor, con bondad, las ofrendas que te presentamos por nuestras hermanas, N., y por todos los demás que han muerto en Cristo, para que por este sacrificio se vean libres de la muerte y alcancen la vida eterna.
Esperamos como salvador a nuestro Señor Jesucristo, el cual transformará nuestro cuerpo frágil en cuerpo glorioso como el suyo.
Te pedimos, Dios todopoderoso, que la celebración de esta Eucaristía, nos ayude a nosotros a salvarnos y a nuestras hermanas difuntas, N., para los que imploramos tu clemencia, los purifique de todas sus culpas.