Dales, Señor, el descanso eterno, y hazlos partícipes de tu gloria.
Señor, tú que quisiste que tu Hijo venciera la muerte y así entrara victorioso en el cielo, concede a nuestros hermanos difuntos, N., que, vencida también la muerte, puedan contemplarte eternamente, a ti que eres su creador y su redentor.
Aguardando la redención de nuestro cuerpo
Lectura de la carta del apóstol San Pablo a los Romanos 8,14-23
Hermanos: Los que se dejan llevar por el Espíritu de Dios, ésos son hijos de Dios. Han recibido, no un espíritu de esclavitud, para recaer en el temor, sino un espíritu de hijos adoptivos, que nos hace gritar: ¡Aiba! (Padre). Ese Espíritu y nuestro espíritu dan un testimonio concorde: que somos hijos de Dios; y si somos hijos, también herederos; herederos de Dios y coherederos con Cristo.
Considero que los trabajos de ahora no pesan lo que la gloria que un día se nos descubrirá. Porque la creación, expectante, está aguardando la plena manifestación de los hijos de Dios; ella fue sometida a la frustración no por su voluntad, sino por uno que la sometió; pero fue con la esperanza de que la creación misma se vería liberada de la esclavitud de la corrupción, para entrar en la libertad gloriosa de los hijos de Dios. Porque sabemos que hasta hoy la creación entera está gimiendo toda ella con dolores de parto. Y no sólo eso; también nosotros, que poseemos las primicias del Espíritu, gemimos en nuestro interior, aguardando la hora de ser hijos de Dios, la redención de nuestro cuerpo.
Del Salmo 24
A ti, Señor, levanto mi alma.
Acuérdate, Señor, que son eternos tu amor y tu ternura. Señor, acuérdate de mí con ese mismo amor y esa ternura.
A ti, Señor, levanto mi alma.
Alivia mi angustiado corazón y haz que lleguen mis penas a su fin. Contempla mi miseria y mis trabajos y perdóname todas mis ofensas.
A ti, Señor, levanto mi alma.
Protégeme, Señor, mi vida salva, que jamás quede yo decepcionado de haberte entregado mi confianza; la rectitud e inocencia me defiendan, pues en ti tengo puesta mi esperanza.
A ti, Señor, levanto mi alma.
En Cristo, todos volverán a la vida
Lectura de la primera carta del apóstol san Pablo a los Corintios 15, 20-24. 25-28
Hermanos: Cristo resucitó, y resucitó como la primicia de todos los muertos. Porque si por un hombre vino la muerte, también por un hombre vendrá la resurrección de los muertos.
En efecto, así como en Adán todos mueren, así en Cristo todos volverán a la vida; pero cada uno en su orden: primero Cristo, como primicia; después, a la hora de su advenimiento, los que son de Cristo.
Enseguida será la consumación, cuando Cristo entregue el Reino a su Padre. Porque él tiene que reinar hasta que el Padre ponga bajo sus pies a todos sus enemigos. El último de los enemigos en ser aniquilado, será la muerte. Es claro que cuando la Escritura dice: Todo lo sometió el Padre a los pies de Cristo, no incluye a Dios, que es quien le sometió a Cristo todas las cosas.
Al final, cuando todo se le haya sometido, Cristo mismo se someterá al Padre, y así Dios será todo en todas las cosas.
Aleluya. Yo soy la resurrección y la vida, dice el Señor; el que cree en mí, no morirá para siempre. Aleluya.
El que cree en el Hijo tiene vida eterna y yo lo resucitaré en el último día
† Lectura del santo Evangelio según san Juan 6, 37-40
En aquel tiempo, Jesús dijo a la multitud: —«Todo aquel que me da el Padre viene hacia mí; y al que viene a mí yo no lo echaré fuera, porque he bajado del cielo, no para hacer mi voluntad, sino la voluntad del que me envió.
Y la voluntad del que me envió es que yo no pierda nada de lo que él me ha dado, sino que lo resucite en el último día. La voluntad de mi Padre consiste en que todo el que vea al Hijo y crea en él, tenga vida eterna y yo lo resucite en el último día».
Mira, Señor, con bondad los dones que te presentamos por tus fieles difuntos, N., y concédeles la eterna recompensa prometida a quienes creyeron y esperaron en tu Hijo, que vive y reina por los siglos de los siglos.
Amén.
Dios envió al mundo a su Hijo único, para que tengamos vida por medio de él.
Por este sacrificio que acabamos de ofrecerte multiplica, Señor, tu misericordia en favor de nuestros hermanos difuntos, N., y así como les diste la gracia del bautismo, concédeles ahora la plenitud del gozo eterno.