¡Dichosos los que mueren en el Señor! Que descansen ya de sus trabajos, pues sus obras los acompañan.
Oremos.
Dios misericordioso, que das el eterno descanso a tus fieles, concede a nuestros hermanos, N., y a todos los que han muerto en Cristo, el perdón de sus pecados, para que, libres de toda culpa, tengan parte en la resurrección de tu Hijo.
Donde reinó el pecado, reinará la gracia
Lectura de la carta del apóstol San Pablo a los Romanos 5,17-21
Hermanos: Por el pecado de un solo hombre comenzó el reinado de la muerte. ¡Cuánto más ahora, por un solo hombre, Jesucristo, vivirán y reinarán todos los que han recibido un derroche de gracia y el don de la salvación! Por tanto, si el pecado de uno trajo la condena a todos, también la justicia de uno traerá la salvación y la vida.
Si, por la desobediencia de uno, todos se convirtieron en pecadores, así, por la obediencia de uno, todos se convertirán en justos. La ley se introdujo para que creciera el pecado; pero si creció el pecado, más desbordante fue la gracia. Y así como reinó el pecado causando la muerte, así también, por Jesucristo nuestro Señor, reinará la gracia causando la salvación y la vida eterna.
Del Salmo 127
Dichosos los que temen al Señor.
Dichosos los que temen al Señor y siguen los caminos de su ley. Comerán del trabajo de sus manos, serán felices y les irá bien.
Dichosos los que temen al Señor.
Será su esposa como vid fecunda en la paz hogareña; serán sus hijos como olivos nuevos en torno de su mesa.
Dichosos los que temen al Señor.
Así bendecirá el Señor al hombre que le teme y lo respeta: Que el Señor te bendiga desde Sión y, de Jerusalén, veas la dicha, todos los días de tu vida.
Dichosos los que temen al Señor.
Fuimos sepultados con él por medio del bautismo para que emprendamos una vida nueva
Lectura de la carta del apóstol san Pablo a los Romanos 6, 3-9
Hermanos: Todos los que hemos sido incorporados a Cristo Jesús por medio del bautismo, hemos sido incorporados a su muerte. En efecto, por el bautismo fuimos sepultados con él en su muerte, para que, así como Cristo resucitó de entre los muertos por la gloria del Padre, así también nosotros llevemos una vida nueva.
Porque, si hemos estado íntimamente unidos a él por una muerte semejante a la suya, también lo estaremos en su resurrección. Sabemos que nuestro viejo yo fue crucificado con Cristo, para que el cuerpo del pecado quedara destruido, a fin de que ya no sirvamos al pecado, pues el que ha muerto queda libre del pecado.
Por lo tanto, si hemos muerto con Cristo, estamos seguros de que también viviremos con él; pues sabemos que Cristo, una vez resucitado de entre los muertos, ya nunca morirá. La muerte ya no tiene dominio sobre él.
Aleluya. Yo soy el pan vivo que ha bajado del cielo, dice el Señor; el que coma de este pan vivirá para siempre. Aleluya.
Lo reconocieron al partir el pan
† Lectura del santo Evangelio según san Lucas 24, 13-35
El mismo día de la resurrección, iban dos de los discípulos hacia un pueblo llamado Emaús, situado a unos once kilómetros de Jerusalén, y comentaban todo lo que había sucedido.
Mientras conversaban y discutían, Jesús se les acercó y comenzó a caminar con ellos; pero los ojos de los dos discípulos estaban velados y no lo reconocieron.
El les preguntó: —¿De qué cosas vienen hablando, tan llenos de tristeza?
Uno de ellos, llamado Cleofás, le respondió: —¿Eres tú el único forastero que no sabe lo que ha sucedido estos días en Jerusalén?
El les preguntó: —¿Qué cosa?
Ellos le respondieron: —Lo de Jesús el nazareno, que era un profeta poderoso en obras y palabras, ante Dios y ante todo el pueblo. Cómo los sumos sacerdotes y nuestros jefes lo entregaron para que lo condenaran a muerte, y lo crucificaron. Nosotros esperábamos que él sería el libertador de Israel, y sin embargo, han pasado ya tres días desde que estas cosas sucedieron. Es cierto que algunas mujeres de nuestro grupo nos han desconcertado, pues fueron de madrugada al sepulcro, no encontraron el cuerpo y llegaron contando que sé les habían aparecido unos ángeles, que les dijeron que estaba vivo. Algunos de nuestros compañeros fueron al sepulcro y hallaron todo como habían dicho las mujeres, pero a él no lo vieron.
Entonces Jesús les dijo: –«¡Qué insensatos sois vosotros y qué duros de corazón para creer todo lo anunciado por los profetas! ¿Acaso no era necesario que el Mesías padeciera todo esto y así entrara en su gloria?» Y comenzando por Moisés y siguiendo con todos los profetas, les explicó todos los pasajes de la Escritura que se referían a él.
Ya cerca del pueblo a donde se dirigían, él hizo como que iba más lejos; pero ellos le insistieron, diciendo: —Quédate con nosotros, porque ya es tarde y pronto va a oscurecer.
Y entró para quedarse con ellos. Cuando estaban a la mesa, tomó un pan, pronunció la bendición, lo partió y se lo dio. Entonces se les abrieron los ojos y lo reconocieron, pero él se les desapareció. Y ellos se decían el uno al otro: —«¡Con razón nuestro corazón ardía, mientras nos hablaba por el camino y nos explicaba las Escrituras!»
Se levantaron inmediatamente y regresaron a Jerusalén, donde encontraron reunidos a los Once con sus compañeros, los cuales les dijeron: —«De veras ha resucitado el Señor y se le ha aparecido a Simón».
Entonces ellos contaron lo que les había pasado por el camino y cómo lo habían reconocido al partir el pan.
Mira, Señor, con bondad los dones que te presentamos, por el eterno descanso de nuestros difuntos, N., y tú que has instituido este sacramento para la salvación humana, concédeles, por él, un lugar entre la asamblea de los santos.
Concede, Señor, el descanso eterno a nuestros hermanos difuntos, en cuyo recuerdo nos hemos reunido, para participar del Cuerpo y de la Sangre de Cristo.
Te rogamos, Señor misericordioso, que el sacramento de redención que hemos recibido, nos alcance a nosotros tu protección, y a nuestros hermanos difuntos, N., la salvación eterna.