Dios, que resucitó a Cristo Jesús de entre los muertos, dará también la vida a nuestros cuerpos mortales, por medio de su Espíritu que habita en nosotros. Aleluya.
Por amor a tu Hijo, que quiso entregarse a la muerte por nosotros, concede, Señor, a nuestro hermano N., tener parte con él en el triunfo de su admirable resurrección.
Estaremos siempre con el Señor
Lectura de la primera carta del apóstol San Pablo a los Tesalonicenses 4,13-17
Hermanos: No queremos que ignoren la suerte de los difuntos, para que no se aflijan como los hombres sin esperanza. Pues si creemos que Jesús ha muerto y resucitado, del mismo modo a los que han muerto en Jesús, Dios los llevará con él.
Esto les lo que os decimos como Palabra del Señor: Nosotros, los que vivamos y quedemos para su venida, no aventajaremos a los difuntos. Pues él mismo, el Señor a la voz del arcángel y al son de la trompeta divina, descenderá del cielo; y los muertos en Cristo resucitarán en primer lugar. Después nosotros, los que aún vivamos, seremos arrebatados con ellos en la nube, al encuentro del Señor, en el aire. Y así estaremos siempre con el Señor. Consuélense, pues, mutuamente con estas palabras.
Del Salmo 102
El Señor es compasivo y bondadoso.
El Señor es clemente y bondadoso, lento al enojo, pronto a la indulgencia; no nos trata según nuestros pecados ni según nuestras culpas merecieran.
El Señor es compasivo y bondadoso.
Como un padre amoroso es con su hijo, así es tierno el Señor con quien lo quiere; pues sabe bien de lo que estamos hechos y no olvida que somos barro débil.
El Señor es compasivo y bondadoso.
La vida humana dura lo que el heno: brota como una flor silvestre, la roza el viento, y ya no existe y a verla, nadie vuelve.
El Señor es compasivo y bondadoso.
El amor del Señor, por el contrario, por siempre permanece, y su justicia llega hasta los hijos y a la generación siguiente de los hombres que cumplen con su alianza y sus leyes recitan y obedecen.
El Señor es compasivo y bondadoso.
Lo que se ve es transitorio y lo que no se ve es eterno
Lectura de la segunda carta del apóstol san Pablo a los Corintios 4, 14-18; 5.1
Hermanos: Sabemos que aquel que resucitó a Jesús nos resucitará también a nosotros con Jesús y nos colocará a su lado con vosotros. Y todo esto es para vuestro bien, de manera que, al extenderse la gracia a más y más personas, se multiplique la acción de gracias para gloria de Dios.
Por esta razón no nos acobardamos; pues aunque nuestro cuerpo se va desgastando, nuestro espíritu se renueva de día en día. Nuestros sufrimientos momentáneos y ligeros nos producen una riqueza eterna, una gloria que los sobrepasa con exceso.
Nosotros no ponemos la mira en lo que se ve, sino en lo que no se ve, porque lo que se ve es transitorio y lo que no se ve es eterno. Sabemos que, aunque se desmorone esta morada terrena, que nos sirve de habitación, Dios nos tiene preparada en el cielo una morada eterna, no construida por manos humanas.
Aleluya. Jesucristo es el primogénito de los muertos; a él sea dada la gloria y el poder por siempre. Aleluya.
Yo soy la resurrección y la vida
† Lectura del santo Evangelio según san Juan 11, 17-27
En aquel tiempo, llegó Jesús a Betania y Lázaro llevaba ya cuatro días en el sepulcro. Betania quedaba cerca de Jerusalén, como a unos dos kilómetros y medio, y muchos judíos habían ido a ver a Marta y a María para consolarlas por la muerte de su hermano. Apenas oyó Marta que Jesús llegaba, salió a su encuentro; pero María se quedó en casa. Le dijo Marta a Jesús: —«Señor, si hubieras estado aquí, no habría muerto mi hermano. Pero aún ahora estoy segura de que Dios te concederá cuanto le pidas».
Jesús le dijo: —Tu hermano resucitará.
Marta respondió: —«Ya sé que resucitará en la resurrección del último día».
Jesús le dijo: –«Yo soy la resurrección y la vida. El que cree en mí, aunque haya muerto, vivirá; y todo aquel que está vivo y cree en mí, no morirá para siempre. ¿Crees tú esto?»
Ella le contestó: –«Sí, Señor. Creo firmemente que tú eres el Mesías, el Hijo de Dios, el que tenía que venir al mundo».
Por este sacrificio en que vamos a ofrecerte la sangre de Cristo purifica, Señor, de sus pecados, a nuestro hermano N., y que tu amor misericordioso, que lo renovó en el bautismo, lo lleve a participar de tu gloria.
Yo soy el pan vivo que ha bajado del cielo, dice el Señor. El que coma de este pan, vivirá para siempre; y el pan que yo voy a dar, es mi carne para vida del mundo. Aleluya.
Después de recibir el Cuerpo y la Sangre de tu Hijo, que murió y resucitó para salvarnos, te pedimos, Señor, por nuestro hermano N., a fin de que, purificado por esta Eucaristía, participe un día de tu gloriosa resurrección.