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II. Acto de amor después de la Misa.
Yo te amo, Señor Jesús, alegría y descanso mío; te amo, sumo y único bien mío, con todo mi corazón, toda mi mente, toda mi alma y todas mis fuerzas; y, si ves que no te amo como debería, a lo menos así deseo amarte, y si no lo deseo suficientemente, por lo menos quiero desearlo de este modo. Enciende, Señor, con tu fuego ardentísimo mis entrañas, y ya que no me pides más que amor, dame lo que pides y pide lo que quieras. Porque si tú no me das el querer y el obrar, pereceré en mi debilidad. Resuene en mis oídos aquella dulcísima y eficacísima voz: "Quiero". Pues, si quieres, puedes lavarme e iluminarme, puedes elevarme al supremo grado del amor. Como quisiste sufrir y morir por mí, así también querrás que fructifique en mí tu pasión y muerte. Acuérdate de las palabras que dirigiste a tu siervo, con las que me diste esperanza: "Quien como mi Carne y bebe mi Sangre, en Mi permanece y Yo en él". ¡Oh dulcísimas palabras, "Tú en mí y yo en Ti"!¡Oh cuánto amor, "Tú en mí", vilísimo pecador, y "yo en Ti", mi Dios, cuya majestad es incomprensible! Una cosa sola me es necesaria y sólo esto busco: vivir en Ti, en Ti descansar, no separarme nunca de Ti. Feliz es quien te busca, más feliz quien te posee, felicísimo quien persevera y muere en esta posesión. ¡Oh días infelices que vergonzosamente pasé amando la vanidad y separándome de Ti! Y ahora, Señor, que has venido a este mundo para salvar a los pecadores, redime ahora mi alma, que sólo confía en tu misericordia, y arranca de mí todos los impedimentos a tu amor. Lejos de mí todo amor terreno, nada me agrade, nada me atraiga fuera de Ti. Vive y reina siempre en mí, fidelísimo amante de mi alma; pues en Ti se encuentran todos los bienes, y ya en adelante estoy preparado a sufrir todos los males antes que dejar alguna vez de amarte. ¡Oh cuerpo sacratísimo abierto por cinco heridas, ponte como un sello sobre mi corazón e imprime en él tu caridad! Sella mis pies, para que siga tus pasos; sella mis manos, para que siempre realicen obras buenas; sella mi costado, para que por siempre arda en fervientes actos de amor hacia Ti. ¡Oh sangre preciosísima que lavas y purificas a todos los hombres! Lava mi alma y pon una señal sobre mi rostro, para que no reciba a otro amante fuera de Ti. ¡Oh dulzura de mi corazón y vida de mi alma!, como Tú en el Padre, y el Padre en Ti, así yo por tu gracia sea uno contigo por el amor y la voluntad, y el mundo esté crucificado para mí y yo para el mundo. Amén.
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III. Acción de gracias después de la Misa.
Te doy gracias, benignísimo Dios, porque te has dignado admitirme a mí, vilísimo pecador, al vivificante convite de tu mesa. Y ¿quién soy yo, únicamente polvo y ceniza, para que me ofrezcas tu corazón, dejando tus cielos y descendiendo; para que con tu Sangre purísima laves mis impurezas; para que a mi alma, debilitada por el hambre, la reconfortes y sacies, no con maná del cielo, sino con tu carne inmaculada? Si el cielo de los cielos no es bastante para contenerte dentro, ni los ángeles están limpios en comparación contigo, ¿quién soy yo, y qué mi casa, para que hayas querido venir a mí, y ser tocado por mis manos indignísimas y habitar en mí? ¿Qué encontraste en mí, Rey de tremenda majestad, que te hiciera salir del templo de tu gloria y descender al abismo de las miserias? Vosotros, santos ángeles, vosotros todos los elegidos de Dios, venid, escuchad, y os contaré cuánto hizo Dios en mi alma: cómo, siendo yo pobre y abominable, y no osando levantar mis ojos al cielo ante la multitud de mis iniquidades. El me alzó del polvo, me sacó del estiércol para que me sentase con los príncipes y comiese de su mesa todos los días de mi vida. Dadle gracias vosotros por mí, fidelísimos amigos míos, pues yo soy un niño, no en años, sino en conocimiento, y ni sé hablar, ni encuentro palabras con las que ensalzar y proclamar como es debido la abundancia de tales gracias. ¿Con qué amor puedo yo corresponder a su infinita caridad, con qué amor que merezca el nombre de tal, y no el hielo y la frialdad? Sus infinitas perfecciones y dignidad, y mi enorme e infinita indignidad, ¿no harán que parezca nada cualquier alabanza, cualquier adoración u obsequio que yo pudiera tributarle? Pero Tú, Señor misericordioso y clemente, y de inmensa bondad; Tú, que me conoces, no desprecies mi humilde acción de gracias, que te ofrezco desde mi pobreza, y mi sacrificio de alabanza te honrará. Tuya es la magnificencia, tuya es la gloria, a Ti se te den alabanzas por todas las eternidades, por tan excelso e incomparable beneficio. En tu honor se entonen las aclamaciones; a Ti conmigo den gracias todos los pueblos, las tribus y las lenguas; todos tus ángeles y tus santos, porque tu misericordia se ha extendido maravillosamente sobre mí y sobre todas tus obras. Alégrense en Ti todas las criaturas, todo lo que se contiene en el ámbito del cielo, la tierra y los abismos, y perpetuamente canten alabanza que, saliendo de Ti, a Ti vuelvan, como principio y fin de todas las cosas. Alégrense en Ti y te den gracias mi corazón y mi alma, mis fuerzas, sentidos, potencias y todos los miembros de mi cuerpo; sean el honor y la gloria únicamente para Ti, de quien, por quien y en quien son todas las cosas; que eres Dios bendito y alabado por los siglos de los siglos. Amén.
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IV. Ofrecimiento después de la Misa.
Tu siervo soy, Señor Dios mío, y como tributo de mi servidumbre quisiera ofrecerte algo que fuera digno y aceptable a tu majestad; pero mi deuda excede a todas mis posibilidades, porque te debo tanto, cuanto Tú vales, y tu valor es infinito. Yo por mí nada puedo, nada soy. Tengo, sin embargo un don preclaro, que no puedes rehusar de ningún modo; poseo a tu queridísimo Hijo, mi Señor Jesucristo, porque de tal manera se ha comunicado a mí que yo estoy en El y El en mí. Por lo tanto, tomaré con toda propiedad las palabras de tu profeta, y diré: "Benedic anima mea, Domino, et omnia quae intra me sunt nomini sancto eius", "bendice, alma mía, al Señor, bendiga todo mi ser su santo nombre". Pues tu mismo Hijo bendecirá por mí dignamente tu nombre, y te amará y te glorificará, pues estando sacramentalmente dentro de mí se ha hecho uno conmigo, y yo uno con El. Te lo ofrezco, pues, como perfume de suavísimo olor, para tu mayor honor y gloria, y en acción de gracias por todos tus beneficios; en remisión de mis pecados y los de todo el mundo, y para impetrar los auxilios de la vida temporal y eterna, para mí y para todos aquellos por quienes he pedido y debo pedir, y por todas las almas de los fieles difuntos. Recibe, Señor, con esta sacratísima oblación de mi alma y de mi cuerpo, todas mis fuerzas y mis afectos, para que sea yo un perpetuo holocausto que arda sin cesar ante tu majestad. Concédeme que en adelante no tenga miembros, ni sentidos, ni potencias, ni vida sino para amarte y servirte. Tú eres mi sabiduría y mi luz; tú mi fortaleza y mi energía; enséñame, ilumíname, vigorízame para que conozca y haga tu voluntad. Me ofrezco a ti en servidumbre perpetua, y quiero marcarme como esclavo de tu beneplácito, libre de cualquier otro ciudado y solicitud. Todo lo que permitas que me suceda lo recibiré gustoso de tu mano. No quiero para mí, en el tiempo ni en la eternidad, sino lo que Tú me tengas preparado desde el principio, sea próspero o adverso. Viva siempre reine sobre mí tu Voluntad, que quiero cumplir en cada palabra, en cada acción, pensamiento y hasta en cada uno de mis más insignificantes movimientos. Señor, ante Ti están todos mis deseos. No te oculto mis gemidos. Me faltan palabras con que explicar mi afecto, pero me arrojo en el ardentísimo horno de tu amor en el que te encendiste para dignarte venir a mí y hacer tu mansión en mi alma. Enciéndeme, Señor; inflama mi corazón, quema mis entrañas para que continuamente arda para Ti, y en Ti viva, y en Ti muera. Amén.
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V. Peticiones después de la Misa.
Dulcísimo amante, Señor Jesucristo, que me nutriste con tu Cuerpo y tu Sangre preciosísima, te ruego que disculpes mi indignidad y perdones misericordioso las faltas que he cometido en la celebración de esta Misa. Reconozco y confieso mi presunción, porque osé acercarme a este tremendo misterio sin la debida preparación, reverencia, humildad y caridad. Mírame con los ojos de tu misericordia y suple con la abundancia de tus méritos mi mucha imperfección. ¡Oh! ¿Cuántas veces has venido a mí para enriquecer mi pobre alma con tus dones? Y yo, sin embargo, te desprecié y me marché lejos de Ti, siguiendo los depravados deseos de mi corazón. Y cuando, ya disipado cuanto poseía, regresé a Ti desnudo y consumido por el hambre, Tú me recibiste y te olvidaste de todas mis iniquidades. Por fortuna para mí, me amas con un amor eterno e infinito; pues si no fuese infinita tu bondad, de ningún modo podrías tolerar mi miseria. Venza, por tanto, tu bondad y absorba mi malicia. Riégame con las lágrimas que derramaste por mí; úngeme con la mirra de tu dolor, átame con tus ataduras, lávame con tu Sangre, levántame con tu Cruz y vivifícame con tu muerte. Penetre tu amor en mis entrañas y expulse a cualquier otro amor. Huya la multitud de mis imaginaciones, y transfórmeme totalmente en Ti, para que en Ti perezca y no me encuentre más que en Ti Imprime en mi corazón el amor de la cruz y de la humillación, pues que para rendirme, no quisiste pasar ni un momento sin la cruz. No permitas que me aparte de Ti sin fruto; en cambio, obra conmigo tus maravillas, como las obraste con tus santos, y haz que camine con la fortaleza de aquel alimento hasta el monte de la perfección. Enciéndeme con la fuerza abrasadora de tu amor, para que quede consumado en uno contigo, y abstraído del todo de mí mismo, y de toda criatura. Da asimismo paz, salud y bendición a todos aquellos siervos tuyos por quienes ofrecí este sacrificio, y por quienes debo rogar, y por quienes Tú quieres que pida. Convierte a Ti a los pobres pecadores, llama otra vez a los herejes y cismáticos, ilumina a los infieles que te desconocen. Auxilia a todos los que se encuentran en alguna necesidad y tribulación. Muéstrate propicio a mis compañeros y bienhechores. Ten misericordia de todos mis enemigos, y de quienes me afligieron con alguna molestia. Socorre a aquellos que se encomendaron a mis oraciones. Concede tu favor y tu gracia a los vivos y la luz y el descanso sempiterno a los fieles difuntos. Amén.
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VI. Aspiraciones a la Beatísima Virgen, a los ángeles y a los santos que se pueden hacer después de la Misa.
Mírame, gloriosísima Virgen María, porque ahora soy digno de que me vean tus ojos. Intercede por mí ante tu amadísimo Hijo, que me nutrió suavísimamente con su Cuerpo y con su Sangre, y ofrécele tus méritos como suplemento de mi imperfección. Dale gracias en lugar mío y ruégale que no se aleje de mí en su presencia sacramental sin que deje a mi alma colmada de bendiciones.
Santos ángeles, ministros del Dios altísimo, realizadores de sus mandatos, mirad al Primogénito del Padre Eterno, a quien -cuando descendían a la tierra- adorasteis por orden del Padre, y haced que le sirva con el mismo espíritu y verdad con que vosotros le servisteis en esta vida y ahora le servís en el cielo.
Santos Patriarcas y Profetas, varones de deseos, conocedores de los secretos de Dios, mirad al Redentor prometido desde el principio del mundo, a quien tan ardientemente deseasteis, y a quien por tanto tiempo esperasteis, sin que pudieseis llegar a verlo; haced que le desee intensamente, para que se realicen todas sus demás promesas y sienta yo los efectos prometidos a este sacramento.
Apóstoles de Jesucristo, clarísimos predicadores de su Evangelio, mirad en mí a vuestro mismo amantísimo Maestro, a quien tanto amasteis; y pedid que yo le ame profundísimamente y más que a ninguna otra cosa, que participe del fervor que vosotros experimentéis cuando El con sus mismas manos sació nuestra hambre con este alimento.
Mártires invictos, mirad a Cristo crucificado, por cuyo amor tan liberalmente derramasteis vuestra Sangre, y rogadle que me haga vivir siempre y morir en la Cruz para que corresponda a su amor en la medida de mis fuerzas.
Bienaventurados pontífices, pastores de la grey del Señor, ved al Cordero inmaculado, que tantas veces inmolasteis sobre el sagrado altar al Dios omnipotente, y procurad con vuestras oraciones que sea yo un ministro digno de tan grande sacrificio para que, junto con la oblación sagrada, me inmole cada día a mí mismo por medio de las buenas obras.
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