Jueves 18ª Tiempo ordinario Año impar (Id=531)

Primera Lectura

Lectura del libro de los Números 20, 1-13

En aquellos días, la comunidad entera de los israelitas llegó al desierto de Sin el mes primero, y el pueblo se instaló en Cadés. Allí murió María y allí la enterraron. Faltó agua al pueblo y se amotinaron contra Moisés y Aarón. El pueblo riñó con Moisés diciendo:

–¡Ojalá hubiéramos muerto como nuestros hermanos, delante del Señor! ¿Por qué has traído a la comunidad del Señor a este desierto, para que muramos en él nosotros y nuestras bestias? ¿Por qué nos has sacado de Egipto para traernos a este sitio horrible, que no tiene grano ni higueras ni viñas ni granados ni agua para beber?

Moisés y Aarón se apartaron de la comunidad y se dirigieron a la tienda del encuentro, y delante de ella se echaron rostro en tierra. La gloria del Señor se les apareció, y el Señor dijo a Moisés:

–Coge el bastón, reúne la asamblea tú con tu hermano Aarón, y en presencia de ellos ordenad a la roca que dé agua. Sacarás agua de la roca para darles de beber a ellos y a sus bestias.

Moisés retiró la vara de la presencia del Señor, como se lo mandaba; ayudado de Aarón reunió la asamblea delante de la roca, y les dijo:

–Escuchad, rebeldes: ¿Creéis que podemos sacaros agua de esta roca?

Moisés alzó la mano y golpeó la roca con el bastón dos veces, y brotó agua tan abundante que bebió toda la gente y las bestias.

El Señor dijo a Moisés a Aarón:

–Por no haberme creído, por no haber reconocido mi santidad en presencia de los israelitas, no haréis entrar a esta comunidad en la tierra que les voy a dar. (Esta es Fuente de Meribá, donde los israelitas disputaron con el Señor y él les mostró su santidad.)

Palabra de Dios.
Te alabamos, Señor.

Salmo Responsorial

Del salmo 94

Ojalá escuchéis hoy la voz del Señor: «No endurezcáis vuestro corazón».
Utinam hódie, vocem Dómini audiátis: "nolíte obduráre corda vestra"

Venid, lancemos vivas al Señor, aclamemos al Dios que nos salva. Acerquémonos a Él, llenos de júbilo, y démosle gracias.
Ojalá escuchéis hoy la voz del Señor: «No endurezcáis vuestro corazón».
Utinam hódie, vocem Dómini audiátis: "nolíte obduráre corda vestra"

Venid, y puestos de rodillas, adoremos y bendigamos al Señor, que nos hizo, pues Él es nuestro Dios y nosotros, su pueblo; Él nuestro pastor y nosotros, sus ovejas.
Ojalá escuchéis hoy la voz del Señor: «No endurezcáis vuestro corazón».
Utinam hódie, vocem Dómini audiátis: "nolíte obduráre corda vestra"

Hagámosle caso al Señor, que nos dice: "No endurezcáis vuestro corazón, como el día de la rebelión en el desierto, cuando vuestros padres dudaron de mí, aunque habían visto mis obras".
Ojalá escuchéis hoy la voz del Señor: «No endurezcáis vuestro corazón».
Utinam hódie, vocem Dómini audiátis: "nolíte obduráre corda vestra"

Aclamación antes del Evangelio

Aleluya, aleluya.
Tú eres Pedro y sobre esta piedra edificaré mi Iglesia, y los poderes del infierno no prevalecerán sobre ella, dice el Señor.
Tu es Petrus, et super hanc petram ædificábo Ecclésiam meam, et portæ ínferi non prævalébunt advérsus eam.
Aleluya.

Evangelio

† Lectura del santo Evangelio según san Mateo 16, 13-23

Gloria a ti, Señor.

En aquel tiempo llegó Jesús a la región de Cesarea de Felipe y preguntaba a sus discípulos:

–¿Quién dice la gente que es el Hijo del Hombre?

Ellos contestaron:

–Unos que Juan Bautista, otros que Elías, otros que Jeremías o uno de los profetas.

El les preguntó:

–Y vosotros, ¿quién decís que soy yo?

Simón Pedro tomó la palabra y dijo:

–Tú eres el Mesías, el Hijo de Dios vivo.

Jesús le respondió:

–¡Dichoso tú, Simón, hijo de Jonás!, porque eso no te lo ha revelado nadie de carne y hueso, sino mi Padre que está en el cielo.

Ahora te digo yo:

–Tú eres Pedro, y sobre esta piedra edificaré mi Iglesia, y el poder del infierno no la derrotará. Te daré las llaves del Reino de los cielos; lo que ates en la tierra, quedará atado en el cielo, y lo que desates en la tierra, quedará desatado en el cielo.

Y les mandó a los discípulos que no dijesen a nadie que él era el Mesías. Desde entonces empezó Jesús a explicar a sus discípulos que tenía que ir a Jerusalén y padecer allí mucho por parte de los senadores, sumos sacerdotes y letrados, y que tenía que ser ejecutado y resucitar al tercer día. Pedro se lo llevó aparte y se puso a increparlo:

–¡No lo permita Dios, Señor! Eso no puede pasarte.

Jesús se volvió y dijo a Pedro:

–Quítate de mi vista, Satanás, que me haces tropezar; tú piensas como los hombres, no como Dios.

Palabra del Señor.
Gloria a ti, Señor Jesús.

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