Esta mujer sabia que edificó su casa, y, temiendo al Señor, caminó en rectitud.
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Señor Dios, grandeza de los humildes, tú has querido hacer brillar a santa Mónica por su caridad y su paciencia; concédenos, por su intercesión y sus méritos, que, llevando día a día nuestra cruz, podamos crecer siempre en amor hacia ti.
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Como el sol que brilla en el cielo del Señor, así es la mujer bella en su casa bien arreglada
Lectura del libro del Eclesiástico 26, 1-4.16-21
Dichoso el marido de una mujer buena, se doblarán los años de su vida. La mujer hacendosa es la alegría de su marido, y él vivirá su vida en paz. La mujer buena es un tesoro: lo encuentran los que temen al Señor; sean ricos o pobres, estarán contentos y siempre vivirán con alegría.
La mujer servicial alegra a su marido; la que es cuidadosa le causa bienestar. La mujer discreta es un don del señor; y la bien educada no tiene precio. La mujer modesta duplica su encanto y la que es dueña de sí supera toda alabanza.
Como el sol que brilla en el cielo del Señor, así es la mujer bella en su casa bien arreglada.
Del Salmo 130
Dame, Señor, la paz junto a ti.
Señor, mi corazón no es ambicioso ni mis ojos, soberbios; grandezas que superan mis alcances ni de lejos pretendo.
Dame, Señor, la paz junto a ti.
Estoy, Señor, por lo contrario, tranquilo y en silencio, como niño recién alimentado, en los brazos maternos.
Dame, Señor, la paz junto a ti.
Que igual en el Señor esperen, los hijos de Israel, ahora y siempre.
Dame, Señor, la paz junto a ti.
Aleluya. Yo soy la luz del mundo, dice el Señor; el que me sigue tendrá la luz de la vida. Aleluya.
«La pesada carga que aquella viuda llevaba en el corazón, te impulsó a decir: Joven, yo te lo digo: ¡Levántate!» (San Agustín, Confesiones)
† Lectura del santo Evangelio según san Lucas 7, 11-17
En aquel tiempo, se dirigía Jesús a una población llamada Naín, acompañado de sus discípulos y de mucha gente. Al llegar a la entrada de la población, se encontró con que sacaban a enterrar a un muerto, hijo único de una viuda a la que acompañaba una gran muchedumbre. Cuando el Señor la vio, se compadeció de ella y le dijo: –«No llores».
Acercándose al ataúd, lo tocó y los que lo llevaban se detuvieron. Entonces Jesús dijo: –«Joven, yo te lo mando: Levántate».
Inmediatamente el que había muerto se levantó y comenzó a hablar. Jesús se lo entregó a su madre. Al ver esto, todos se llenaron de temor y comenzaron a glorificar a Dios, diciendo: —«Un gran profeta ha surgido entre nosotros. Dios ha visitado a su pueblo».
La noticia de este hecho se divulgó por toda Judea y por las regiones circunvecinas.
Recibe, Señor, la ofrenda de tu pueblo y hazle sentir que el misterio que ahora celebra en honor de tus santos con devoción sincera, le ayuda eficazmente a alcanzar la eterna salvación.
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El que cumple la voluntad de mi Padre del cielo, ése es mi hermano, y mi hermana, y mi madre, dice el Señor.
Señor, al celebrar la memoria de santa Mónica nos has colmado con los dones sagrados que hemos recibido; concédenos que sus saludables efectos nos purifiquen y su auxilio nos fortalezca siempre.