COMENTARIO
Jesús visita de nuevo a sus amigos de Betania (cfr 11,5). Conmueve ver cómo el Señor tiene esta amistad, tan divina y tan humana, que se manifiesta en un trato frecuente. Parece que hubo dos unciones del Señor en ocasiones distintas y por motivos diferentes: la primera, al principio de su ministerio público, en Galilea, relatada por San Lucas (7,36-50); la segunda, al final de su vida, en Betania, narrada aquí por San Juan, y que sin duda es la misma que relatan San Mateo (26,6-13) y San Marcos (14,3-9). En San Juan tiene un carácter más personal. Se indican los nombres de quién unge a Jesús, María (v. 3), y de quién murmura contra ella, Judas (v. 4). La presencia de Lázaro, recientemente resucitado, y la referencia a la sepultura de Jesucristo (v. 7) sugieren que Él va a morir para dar la vida a los hombres. En ocasiones se ha confundido a María de Betania con María Magdalena, al identificar esta unción con la que narra San Lucas (Lc 7,36), realizada por una mujer pecadora en Galilea también en el contexto de un banquete, y al pensar que esta mujer pecadora era la Magdalena de la que Jesús había arrojado siete demonios (cfr Lc 8,2). Sin embargo, no hay argumentos sólidos para tales identificaciones, y los textos apuntan más bien a que se trata de tres mujeres diferentes.
La libra (v. 3) era una medida de peso equivalente a unos trescientos gramos; el denario (v. 5) era la paga diaria de un obrero agrícola (cfr Mt 20,2-13); por tanto, el valor del frasco de perfume equivaldría al salario de todo un año. La Tradición de la Iglesia ha visto en el gesto de la hermana de Lázaro una muestra de la generosidad con que se debe corresponder al amor de Cristo por nosotros: «¡Qué prueba tan clara de magnanimidad el derroche de María! (…). No seáis mezquinos ni tacaños con quien tan generosamente se ha excedido con nosotros, hasta entregarse totalmente, sin tasa» (S. Josemaría Escrivá, Amigos de Dios, n. 126).
Además de alabar el gesto magnánimo de María, el Señor anuncia veladamente la proximidad de su muerte (v. 7), y hasta se vislumbra que será tan inesperada, que apenas habrá tiempo para embalsamar su cuerpo tal como solían hacerlo los judíos (19,39-40; Lc 23,56). Jesús no niega el valor de la limosna que tantas veces recomendó (cfr Lc 11,41; 12,33), ni la preocupación por los pobres (cfr Lc 14,12-14), sino que descubre la hipocresía de aquellos que, como Judas, aducen falsamente motivos nobles para no dar a Dios el honor debido (ver también notas a Mt 26,6-16; Mc 14,1-11).