COMENTARIO
El recuerdo de la segunda celebración de la Pascua especifica las normas que debían seguirse cuando era imposible celebrarla a su tiempo, ya fuera porque se había contraído impureza por contacto de un cadáver, o porque ese día se estaba de viaje. Esta normativa parece especialmente adecuada a las circunstancias en las que vivió Israel después del destierro; cuando las comunidades dispersas por tantos lugares tenían dificultades para reunirse. Según el libro de las Crónicas (2 Cro 30), Ezequías aplicó estas disposiciones al instaurar la Pascua en el Templo, como parte de su reforma religiosa.
La Pascua es la fiesta específica de Israel: quien no participase en ella, pudiendo hacerlo, se le consideraba excluido del pueblo; en cambio, los extranjeros que participaban en ella eran tenidos como conciudadanos. Esta fiesta tiene un sentido importante en la religión del pueblo elegido: es el memorial de su liberación de la opresión de Egipto, que vuelve a hacer presente la intervención de Dios sobre su pueblo cada vez que se celebra, de modo que cada uno conforme su vida a estos acontecimientos (cfr también notas a Ex 23,14-17; Lv 23,5-8 y Dt 16,1-8).
Por eso, así como era esencial para los israelitas el participar en la Pascua, por actualizar el recuerdo de la intervención salvadora del Señor, ahora, la Iglesia, siguiendo una tradición apostólica, ha establecido que los cristianos deben participar al menos el domingo en la actualización del misterio pascual que se realiza en la Eucaristía (cfr Código de Derecho Canónico, c. 1246,1).