COMENTARIO
La continuidad entre Moisés y Josué sigue quedando patente en más detalles. Así como después de la batalla contra Amalec Moisés mandó escribir los sucesos y edificó un altar (cfr Ex 17,14-16), de la misma manera, ahora que los israelitas han conquistado Ay guiados por Josué, se edifica un altar y se escribe una copia de la Ley. De este modo, cuando se ha llegado al centro de la narración contenida en esta parte del libro —una vez narradas las primeras conquistas de Israel en Canaán y antes de explicar cómo se produjo el resto de la ocupación de la tierra prometida—, se deja constancia de la fidelidad de Israel a su Dios. Primero se construye un altar y, después de ofrecer holocaustos y sacrificios de comunión (cfr notas a Lv 1,1-17 y 3,1-17), se escribe una copia de la Ley que es leída en su integridad ante el pueblo; todo ello siguiendo las instrucciones dadas por Moisés antes de llegar a la tierra prometida (cfr Dt 11,29 y 27,1-8).
La lección que el autor sagrado enseña es clara: Josué y su generación cumplieron con fidelidad la Ley que Dios entregó a Moisés; por eso pudieron gozar del favor divino que, entre otros bienes, trae consigo la posesión de la tierra que el Señor había prometido a sus padres. Cuando pase el tiempo y los israelitas sean expulsados de esa tierra y llevados a la cautividad de Babilonia no tendrán motivos de queja. Una vez más se muestra que Dios es siempre fiel, pero cuenta con nuestra fidelidad en el cumplimiento de sus mandatos.