COMENTARIO
En este relato, de características algo diversas a los precedentes ya que no aparece en él ningún juez, se habla de la migración que la tribu de Dan se vio obligada a realizar, debido a la presión de los filisteos, desde el territorio que ocupó inicialmente en la Sefelá hasta las regiones del norte, al pie del monte Hermón. La narración se centra en explicar los orígenes del santuario de Dan, lugar sagrado que posteriormente tuvo considerable importancia en el reino de Israel. Al tratar de la fundación de ese santuario —en el que se daría un culto idolátrico al Dios verdadero en la época monárquica (cfr 1 R 12,30)— se explica que fue establecido allí cuando los danitas conquistaron ese territorio y que a él trasladaron los enseres del santuario de Micá (18,30-31).
No faltan testimonios en la Sagrada Escritura, y los hallazgos arqueológicos lo corroboran, de que era muy frecuente entre los israelitas la posesión de ídolos a pesar de que la Ley lo prohibía expresamente (cfr Dt 5,8; 27,14-15). En relatos muy antiguos, como el que se narra ahora, esta costumbre no es reprobada. Micá era un hombre de la montaña de Efraím que llegó a tener un lugar de culto doméstico dedicado al ídolo de metal fundido que se había hecho. Además se hizo un efod, esto es, un instrumento idolátrico que servía probablemente para echar suertes (cfr nota a 8,27 y Ex 28,6-30), unos terafim, y mantuvo a su cargo a personas que desempeñaran tareas sacerdotales, primero uno de sus hijos y después un levita que contrató para su servicio (sobre la expresión «llenar la mano» véase nota a Nm 3,2-4). El autor sagrado recuerda aquí estos episodios como una manifestación más de la impiedad que se iba extendiendo debido a las repetidas infidelidades del pueblo y a la falta de una autoridad que pusiera orden (17,6; cfr 18,1).
La primera vez que aparece el efraimita que mandó hacer el ídolo se le llama Micaías (que significa: «¿Quién como el Señor?») (17,1). En las demás ocasiones se utiliza el nombre abreviado Micá.