COMENTARIO
Una vez más podemos apreciar el gusto del autor de 2 M por el dramatismo de las escenas. El episodio carece de precisiones cronológicas y topográficas, y recuerda el caso de Saúl que se dio muerte de manera parecida para no caer en manos de los enemigos (cfr 1 S 31,4). No tenemos más noticias de este anciano y de su trágica muerte; el recuerdo de su acción sirve al autor sagrado para mostrar, como hiciera en los relatos martiriales de 6,18-7,41, que es preferible morir antes que quebrantar la ley de Dios o verse obligado a ello por los impíos. Más que justificar el suicidio, cuya moralidad no se plantea aquí, el texto presenta un ejemplo de heroísmo y de esperanza en la resurrección (v. 46). «El suicidio es siempre moralmente inaceptable, al igual que el homicidio. La tradición de la Iglesia siempre lo ha rechazado como decisión gravemente mala. Aunque determinados condicionamientos psicológicos, culturales y sociales puedan llevar a realizar un gesto que contradice tan radicalmente la inclinación innata de cada uno a la vida, atenuando o anulando la responsabilidad subjetiva, el suicidio, bajo el punto de vista objetivo, es un acto gravemente inmoral, porque comporta el rechazo de amor a sí mismo y la renuncia a los deberes de justicia y caridad para con el prójimo, para con las distintas comunidades de las que se forma parte y para la sociedad en general. En su realidad más profunda, constituye un rechazo de la soberanía absoluta de Dios sobre la vida y la muerte» (S. Juan Pablo II, Evangelium vitae, n. 66). cfr también notas a 1 S 31,4-5 y Tb 3,7-10.