COMENTARIO
La cuarta lamentación se dirige a quienes buscan inútilmente la ayuda de Egipto para resistir el embate asirio, en vez de contar con el Señor y apoyarse en Él. Comienza con amenazas (vv. 1-17), pero después el tono va cambiando hasta mostrar que Dios se compadece de su pueblo, indicándole el camino que debe seguir para librarse del peligro de Asiria (vv. 18-33).
En primer lugar (vv. 1-17) se insiste en que es insensatez y rebeldía hacer planes humanos al margen de Dios: es una estupidez buscar el amparo de Egipto, cuyo auxilio es completamente inútil. El Señor condena la desconfianza en Dios que supone llevar a cabo acciones diplomáticas encaminadas a obtener el apoyo egipcio (vv. 1-7). El profeta debe advertir al pueblo, que se obstina en desobedecer la Ley de Dios y no quiere que los profetas cumplan su misión (vv. 8-11), de la ruina irreparable que acarreará su alianza con Egipto (vv. 12-14), al que se describe gradualmente como peligroso (v. 6), inútil (v. 7) y decididamente pernicioso (vv. 12-14). Habiendo podido evitar el castigo acudiendo al Señor, han confiado en sus propias fuerzas, buscando ayuda en los «caballos» y «carros» de sus aliados (vv. 15-17). Soán (Tanis), y Janes (Hierápolis) (v. 4) son ciudades egipcias situadas en el Delta del Nilo (cfr nota a 19,1-25). Rahab (v. 7) es un monstruo marino de la mitología oriental, que algunas veces designa a Egipto (cfr Jb 9,13; 26,12; Sal 87,4; 89,11).
La segunda parte de la lamentación (vv. 18-33) está integrada por diversos oráculos, en los que se suceden promesas de liberación a Jerusalén y amenazas de castigo para Asiria. Primero se describe la situación de felicidad en que se encontraría el pueblo si volviese a su Dios (vv. 18-22). El Señor espera ansioso su retorno, porque está lleno de misericordia y amor hacia los suyos (v. 18). En cuanto vuelvan, gozarán de un bienestar, expresado con imágenes de abundancia de bienes materiales, mayor que el que podían imaginar (vv. 23-26). Asiria, por el contrario, experimentará el severo juicio de Dios (vv. 27-33). El «Tófet» (v. 33), literalmente «crematorio», era el lugar en el valle de Ben-Hinom, (o Ge–ben-Hinnôn, la gehenna) en las afueras de Jerusalén donde, en algún tiempo, sacrificaron niños al dios cananeo Moloc (ver nota a Jr 7,21-8,3; cfr Jr 19,5; 32,35). Llegó a convertirse en lugar de reprobación y de venganza divina contra los pecadores. Allí el poderío asirio tiene preparado su destino.