COMENTARIO

 Jr 37,1-21 

La trama narrativa del libro de Jeremías da otra vez un salto de varios años. La situación que ahora se describe es semejante a la narrada en el cap. 21 y es probable que este episodio no haya que situarlo mucho tiempo después (cfr nota a 21,1-10 y 34,1-7). Los babilonios levantan momentáneamente el cerco para luchar contra los egipcios (v. 5) y Sedecías, que conocía bien cuál era la palabra de Dios sobre el destino de la ciudad por no quererse someter a los caldeos (v. 3), envía mensajeros al profeta confiando obtener un mensaje más esperanzador. Parece que continuaba confiando en una intervención milagrosa, tal como sucedió en tiempos del rey Ezequías (cfr nota a 21,1-10). Sin embargo, las palabras de Jeremías confirman el juicio de Dios sobre la ciudad (vv. 6-10).

En esa situación Jeremías aprovecha para resolver unos asuntos familiares en su ciudad natal (cfr vv. 11-12). Posiblemente es lo relativo a la compra de un campo, de la que se habló en 32,1-15. Sin embargo, el clima de incertidumbre era grande y debían de ser muchos los que intentaban huir (cfr 38,19; 39,9). Como consecuencia, el profeta es acusado de traición por querer pasarse al enemigo y termina encarcelado en una casa privada, en un lugar que hacía las veces de calabozo (vv. 13-16). No obstante, Sedecías, inseguro y de débil personalidad, está inquieto y busca todavía un oráculo favorable de parte del profeta, al margen de los nobles de la ciudad (v. 17). Por contraste, la respuesta de Jeremías resalta la figura del de Anatot. A pesar de las circunstancias en que se encontraba, se mantiene fiel a la palabra de Dios y manifiesta al rey la injusticia que se ha hecho con él (vv. 18-21). Queda así como ejemplo perenne de amor a Dios y a la verdad, por encima de las consecuencias que de ello se puedan seguir: «No tengas miedo a la verdad, aunque la verdad te acarree la muerte» (S. Josemaría Escrivá, Camino, n. 34).

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