COMENTARIO

 Ez 25,1-17 

Los cuatro pueblos denunciados en este capítulo fueron destruidos poco después de Judá, concretamente entre los años 586 y 570 a.C.; eran vecinos de Israel y enemigos acérrimos desde sus orígenes. Los amonitas aparecen ya en el libro de los Jueces oponiéndose a los israelitas (Jc 3,13; 10,11); los moabitas aparecen unidos a los anteriores como fruto del incesto de las hijas de Lot (Gn 19,30-38), y también se opusieron al ejército israelita desde el principio (Jc 3,12-30; cfr nota a Jr 48,1-47); los edomitas, descendientes de Esaú, son descritos como vengativos y toscos (Gn 25,29ss.; cfr nota a Jr 49,7-22), estuvieron en permanente tensión con los israelitas. Los tres pueblos estaban emparentados con los israelitas. Los filisteos, en cambio, provenían de Asia Menor y se habían establecido en el litoral mediterráneo, haciendo constantes tentativas por penetrar en el interior de Israel (cfr 2 S 5,17ss.; 1 R 16,16ss.). Fueron siempre considerados como extranjeros de distinta etnia.

Los oráculos de esta sección tienen un esquema parecido: descripción del delito (vv. 3.8.12.15) y promulgación de la sentencia, introducida por la expresión típica «por eso» (vv. 4.9.13.16). Son breves, contundentes, claros. Y terminan con la fórmula de reconocimiento: «sabrán que Yo soy el Señor». Subyace, por tanto, un afán por explicar los sufrimientos y desastres de los pueblos paganos: todo esto ocurrió para manifestar el dominio supremo de Dios y conseguir que los pueblos lo reconozcan y confiesen. Es un rasgo, aunque imperfecto todavía, de la universalidad del mensaje profético, que extiende sus objetivos más allá de las fronteras de Israel.

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