COMENTARIO

 2 Ts 2,1-12 

Frente a los que habían sembrado la agitación entre los fieles afirmando que la Parusía era inminente, se dice, con un lenguaje de imágenes y símbolos tomado del Antiguo Testamento, que antes deben producirse dos hechos: la «apostasía» y la manifestación del «hombre de la iniquidad» (v. 3). La apostasía había sido ya anunciada por nuestro Señor (cfr Mc 13,22). Cuando se haya colmado la medida de los pecados de los hombres, entonces vendrá el fin y se celebrará el Juicio Universal. No sabemos a qué se refiere la expresión «hombre de la iniquidad». Quizá sea el conjunto de fuerzas del mal que constituyen un instrumento al servicio de Satanás, aunque la descripción que se hace de este adversario de Dios es muy similar a la del «Anticristo» del que habla San Juan (cfr 1 Jn 2,18-22). La expresión que hemos traducido «por revelaciones» (v. 2) dice literalmente «por espíritu». El autor sagrado podría estar aludiendo a quienes arrogándose la posesión de un carisma profético, supuestamente recibido del Espíritu Santo, se dedicaban a divulgar sus ideas personales como si vinieran de Dios. Otros, en cambio, preferían atribuirlas a palabras o escritos de San Pablo.

Es difícil concretar en qué consiste el «misterio de la iniquidad» y quién o qué es lo que impide su dominio (vv. 6-7). Algunos consideran que ese misterio es la actuación del «hombre de la iniquidad» (vv. 2-3). En relación al obstáculo que lo frena, hay quienes lo identifican con las leyes del Imperio romano, como instrumento en las manos de Dios. Otros piensan que se refiere a la proclamación del Evangelio y a su acción en la vida de los creyentes. Éstos, con su vida y su actividad apostólica, hacen llegar la doctrina y la gracia de Cristo a muchos hombres. Como consecuencia, si los cristianos dejaran enfriar su celo apostólico, cesaría el impedimento que frena la acción del mal, permitiendo que se manifiestara la apostasía. Otros lo refieren a Dios, que según el pensamiento judío había atado a los ángeles malos hasta el día del juicio. Muchas otras explicaciones se han propuesto pero ninguna de ellas es satisfactoria. El Catecismo de la Iglesia Católica enseña: «Antes del advenimiento de Cristo, la Iglesia deberá pasar por una prueba final que sacudirá la fe de numerosos creyentes (cfr Lc 18,8; Mt 24,12). La persecución que acompaña a su peregrinación sobre la tierra (cfr Lc 21,12; Jn 15,19-20) desvelará el “Misterio de iniquidad” bajo la forma de una impostura religiosa que proporcionará a los hombres una solución aparente a sus problemas mediante el precio de la apostasía de la verdad. La impostura religiosa suprema es la del Anticristo, es decir, la de un seudo–mesianismo en que el hombre se glorifica a sí mismo colocándose en el lugar de Dios y de su Mesías venido en la carne (cfr 2 Ts 2,4-12; 1 Ts 5,2-3; 2 Jn 7; 1 Jn 2,18.22). Esta impostura del Anticristo aparece esbozada ya en el mundo cada vez que se pretende llevar a cabo la esperanza mesiánica en la historia, lo cual no puede alcanzarse sino más allá del tiempo histórico a través del juicio escatológico: incluso en su forma mitigada, la Iglesia ha rechazado esta falsificación del Reino futuro con el nombre de milenarismo (cfr DS 3839), sobre todo bajo la forma política de un mesianismo secularizado, “intrínsecamente perverso” (cfr Pío XI, “Divini Redemptoris” que condena el “falso misticismo” de esta “falsificación de la redención de los humildes”; GS 20-21)» (nn. 675-676). Ver también notas a 1 Jn 2,18-29 y Ap 20,1-6.

«Dios les envía un poder seductor» (v. 11). Es un modo de hablar, frecuente en la Biblia, por el cual se atribuye a Dios lo que Él simplemente permite. Dios quiere que todos los hombres se salven y nunca incita al mal, pero permite, por respeto a la libertad del hombre, que se condenen quienes se obstinan en la malicia.

La incertidumbre acerca del momento en que acontecerá la Parusía no es obstáculo para una vida cristiana auténtica, ni fuente de desasosiego, sino que —como lo hace notar San Atanasio— resulta beneficiosa: «No conocer cuándo será el fin ni cuándo será el día del fin es útil a los hombres. Si lo conocieran, despreciarían el tiempo intermedio, aguardando los días próximos a la consumación. En efecto, sólo entonces alegarían motivos para pensar en ellos mismos. Por esto guardó silencio sobre la consumación de la muerte de cada uno para que los hombres no se enorgullecieran con tal conocimiento y no comenzaran a pasar la mayor parte del tiempo irreflexivamente. Ambas cosas, la consumación de todo y el final de cada uno, nos lo ocultó el Verbo (pues en la consumación de todo se halla la consumación de cada uno y en la de cada uno se contiene la del todo) para que siendo incierto y siempre esperado, cada día avancemos como llamados, tendiendo hacia lo que está delante de nosotros y olvidando lo que está detrás (Flp 3,13)» (S. Atanasio Contra Arianos 3,49).

En cualquier caso, y dado que el sentido de este pasaje permanece oscuro, cada persona ha de elegir, mientras tanto, entre el «amor de la verdad» (v. 10), ofrecido por Cristo, y las señales y discursos del Maligno. «Todos los hombres están obligados a buscar la verdad, sobre todo en lo que se refiere a Dios y a su Iglesia, y, una vez conocida, a abrazarla y practicarla» (Conc. Vaticano II, Dignitatis humanae, n. 1).

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