COMENTARIO
La existencia de herejes lleva a pensar que se ha cumplido la predicción del Señor sobre la llegada del Anticristo (cfr Mt 24,15-28 y par.), y ha comenzado «la última hora» (v. 18). Ésta refleja el anhelo de los primeros cristianos por la segunda venida de Cristo o Parusía, y quiere decir que todo lo que sucede está preparando esa venida.
La expresión «Anticristo» aparece sólo en las cartas de San Juan (2,18.22; 4,3; 2 Jn 7), si bien sus características son similares a las del «hombre impío», «el adversario», de que habla San Pablo (cfr 2 Ts 2,1-12), y a las «Bestias» del Apocalipsis (cfr p. ej. Ap 11,7; 13,1ss.): su cualidad común y distintiva es la brutal oposición a Cristo, a su doctrina y a sus seguidores. No resulta fácil interpretar con seguridad si el Anticristo tiene sentido individual o colectivo. De las cartas de San Juan puede deducirse más bien lo segundo: designaría al conjunto de los que se oponen a Jesucristo —los «muchos anticristos»—, que han actuado desde los orígenes del cristianismo, y continuarán luchando contra el Señor hasta el fin de los tiempos. cfr nota a 2 Ts 2,1-12 y Ap 20,1-6.
«La unción del Santo» (vv. 20 y 27) se refiere a la acción del Padre y del Hijo por el Espíritu Santo que se despliega en el cristiano mediante el Bautismo. Los cristianos no necesitan oír enseñanzas ajenas a las de la Iglesia, sino que, guiados por el Espíritu Santo, poseen la certeza de la fe «cuando “desde los obispos hasta el último de los laicos cristianos” (S. Agustín, De praed. sanct. 14,27) muestran estar totalmente de acuerdo en cuestiones de fe y de moral» (Conc. Vaticano II, Lumen gentium, n. 12). Éste es el denominado sentido sobrenatural de la fe de los fieles (sensus fidelium).
El v. 22 contiene una verdad fundamental de la fe: para ser cristiano es necesario creer que Jesús, el que vivió entre nosotros, es el Mesías, el Hijo de Dios: «Son claramente opuestas a esta fe las opiniones según las cuales no sería revelado y conocido que el Hijo de Dios subsiste desde la Eternidad en el misterio de Dios, distinto del Padre y del Espíritu Santo; e igualmente, las opiniones según las cuales debería abandonarse la noción de la única persona de Jesucristo, nacida del Padre antes de todos los siglos según la naturaleza divina, y en el tiempo de María Virgen según la naturaleza humana; y, finalmente, la afirmación según la cual la Humanidad de Jesucristo existiría, no como asumida en la persona eterna del Hijo de Dios, sino, más bien, en sí misma como persona humana y, en consecuencia, el misterio de Jesucristo consistiría en el hecho de que Dios, al revelarse, estaría de un modo sumo presente en la persona humana de Jesús» (Cong. Doctrina de la Fe, Mysterium Filii Dei, n. 3).
La unción (v. 27) hace referencia al Espíritu Santo, que actúa en los fieles instruyéndolos «acerca de todas las cosas».